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 Nothing psychological is strange to us
III Congreso Nacional de Psicología - Oviedo 2017
Universidad de Oviedo

 

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Psicothema

ISSN Paper Edition: 0214-9915  

2004. Vol. 16, nº 1 , p. 1-6
Copyright © 2014


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MALESTAR Y CONDUCTAS DE AUTORREGULACIÓN ANTE LA SITUACIÓN EXTRAÑA EN NIÑOS DE 12 MESES DE EDAD

 

Ester Ato Lozano, Carmen González Salinas, José A. Carranza Carnicero y Manuel Ato García

Universidad de Murcia

El presente trabajo pretende estudiar la respuesta de malestar y las conductas de autorregulación en 49 niños de 12 meses de edad, identificando tanto factores de origen endógeno (temperamento) como exógeno (disponibilidad del adulto) que pueden estar influyendo sobre estas conductas. Se administró una versión modificada de la Situación Extraña, de manera que las respuestas de los niños fueron observadas en diferentes condiciones: niño solo, con la madre, y con la experimentadora. Mientras que el uso de estrategias pasivas de autorregulación correlacionó positivamente con el malestar expresado por los niños, las estrategias activas se asociaron de forma negativa con el malestar. En cuanto a la influencia del temperamento, los niños más miedosos exhibieron mayores niveles de malestar, así como un uso más frecuente de estrategias pasivas. Finalmente, la presencia del adulto favoreció el uso de estrategias más autónomas por parte del niño.

Distress and self-regulation behaviors in 12-month-olds in coping the Strange Situation. The aim of this work was to study distress responses and self-regulation behaviors in 12-month-old infants, identifying both endogenous (temperament) as well as exogenous (adult availability) factors which can influence these behaviors. A modified version of the Strange Situation was administered so that children’s behaviors were observed in different conditions: child alone, mother present, and experimenter present. While the frequency in using passive self-regulation strategies was positively correlated with the level of distress expressed by the infants, active strategies were negatively associated with distress. With respect to temperament influence, more fearful infants exhibited higher levels of distress as well as a more frequent use of passive strategies. Finally, adult presence facilitated a use of more autonomous strategies by the children.

 
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Correspondencia: Ester Ato Lozano
Facultad de Psicología
Universidad de Murcia
30100 Murcia (Spain)
E-mail: esterato@um.es

 

La investigación actual sobre la regulación emocional en la infancia aborda el estudio de las conductas que pueden ser usadas por el niño pequeño para modificar o alterar las respuestas emocionales (Grolnick , McMenamy y Kurowski, 1999). Dado que las repuestas emocionales adquieren su significado en interacción con otros, la regulación de la emoción negativa tiene grandes implicaciones para el funcionamiento social de los individuos (Eisenberg y Fabes, 2002).

Las definiciones de regulación emocional asumen hoy una perspectiva funcionalista, centrada en los beneficios a nivel adaptativo de ser capaz de ajustar el estado emocional. Thompson (1994), por ejemplo, la define como procesos intrínsecos y extrínsecos responsables de evaluar y modificar las reacciones emocionales, especialmente sus características de intensidad y tiempo, con la finalidad de atender a determinados objetivos. Fox (1994), por otro lado, enfatiza que la regulación emocional es una habilidad para modular el afecto, al servicio del respeto a normas definidas social y culturalmente. Otros autores redundan en que la regulación emocional supone el manejo del arousal emocional y el control consciente del comportamiento (ej., Vondra, Shaw, Swearingen y Owens, 2001).

El estudio de las estrategias de autorregulación de la emoción negativa desplegadas por los niños ha supuesto, frecuentemente, exponerles a una variedad de situaciones de alto arousal emocional. Por ejemplo, retirar un objeto con el que estaban jugando, dejándolo a la vista pero fuera de su alcance (Diener y Mangelsdorf, 1999; Grolnick, Kurowski y McMenamy, 1998); exponer a los bebés a estimulación audio-visual desagradable a través de monitores de ordenador (Harman, Posner y Rothbart, 1997); restringir los movimientos de brazos y piernas, sentándolos en una silleta donde no se pueden mover libremente (Kochanska, Coy, Tjebkes y Husarek, 1998); y presentarles objetos nuevos y personas desconocidas, o pedir que la madre abandone la sala (Grolnick, Kurowski y McMenamy, 1998; Mangelsdorf, Shapiro y Marzolf, 1995). A este respecto, el clásico procedimiento de la Situación Extraña (Ainsworth y Witting, 1969) que empleamos en el presente estudio ha resultado útil para el estudio de las conductas de autorregulación emocional (Braungart y Stifter, 1991; Bridges, Grolnick y Connell, 1997) porque expone a los niños a diferentes niveles de arousal emocional, dados por la confrontación con una persona desconocida y la ausencia y el reencuentro con la madre.

Las conductas observadas en tales situaciones son posteriormente agrupadas en categorías funcionales de regulación de la emoción negativa. Grolnick et al. (1999) las han clasificado en estrategias relacionadas con el cambio de la atención del estímulo que les produce malestar, con la búsqueda de consuelo o bienestar, y con la focalización sobre el estímulo que provoca el malestar. Estas estrategias pueden reflejar conductas más primitivas, pasivas y dependientes, consideradas como menos efectivas en la regulación emocional, u otras más activas y autónomas, que llevarán a una autorregulación más eficaz. Teniendo en cuenta estas diferencias en su efectividad se espera que las estrategias más autónomas estén asociadas a menores niveles de expresión de emoción negativa, mientras que las estrategias menos sofisticadas estén relacionadas con una mayor intensidad de la expresión emocional negativa.

La elección y uso de una determinada estrategia de regulación de emoción negativa por parte de los niños en un momento dado dependerá, entre otros factores, de su nivel evolutivo, pronosticándose una tendencia evolutiva hacia el uso de estrategias más activas y autónomas con la edad (Bridges, Grolnick y Connell, 1997; Grolnick et al., 1999; Mangelsdorf et al., 1995). No obstante, esta tendencia puede verse influida por factores de carácter endógeno, como el temperamento, o exógeno, como la disponibilidad de ayuda por parte del adulto. Efectivamente, con respecto a la influencia del temperamento, Fox (1989) destacó la importancia de la intensidad emocional sobre la adquisición de habilidades de autorregulación. Argumentó que los niveles de reactividad de los niños dan forma al tipo de estrategia de regulación emocional que necesitan adquirir. Así pues, el hecho de que un niño sea altamente reactivo puede hacer que necesite la asistencia de sus cuidadores más a menudo que otro niño menos reactivo, o, lo que es lo mismo, que tenga menos oportunidades que otros de expandir su repertorio de habilidades autorregulatorias. Siguiendo esta hipótesis, los niños con tendencia a una mayor reactividad negativa experimentarán mayor ansiedad en respuesta a una situación de alto estrés y desplegarán estrategias de autorregulación menos autónomas y efectivas que los niños con baja emocionalidad negativa. En definitiva, el temperamento puede afectar a la intensidad de la emoción experimentada y, por consiguiente, a la estrategia de autorregulación seleccionada.

Con respecto a los factores exógenos, una diversidad de estudios ha mostrado cómo cuando las madres participan activamente en la interacción con sus hijos éstos tienden a exhibir estrategias de autorregulación emocional más sofisticadas que cuando las madres no participan en la interacción, incluso aunque estén presentes (Bridges, Grolnick y Connell, 1997; Diener y Mangelsdorf, 1999; Grolnick, Bridges y Connell, 1996).

A edades posteriores, la inducción parental a la autorregulación se ha relacionado sobre la percepción de competencia y el rendimiento académico en adolescentes (González-Pienda, Núñez, Álvarez, González-Pumariega, Roces, González, Muñiz y Bernardo, 2002). Sin embargo, quedan por estudiar más profundamente los mecanismos de autorregulación que exhiben los niños pequeños en interacción con un adulto desconocido. El procedimiento de la Situación Extraña permite precisamente ahondar en este aspecto porque propone la observación de las conductas de los niños en diferentes contextos, esto es, en presencia de su madre, en interacción con un adulto desconocido y cuando se quedan solos en la sala. Estas tres condiciones permitirán observar tanto las estrategias de autorregulación que despliegan los niños cuando disponen de la ayuda de un adulto en comparación a cuando están solos.

El presente trabajo pretende, pues, estudiar la regulación de la emocionalidad negativa en niños de 12 meses de edad, identificando tanto factores de origen endógeno como exógeno que pueden estar contribuyendo al grado de malestar expresado en una situación de alto arousal emocional, así como en la elección de la estrategia de afrontamiento utilizada. Específicamente, se contempla tanto la contribución del temperamento como la disponibilidad de ayuda para explicar las diferencias en la expresión del afecto negativo, así como en los mecanismos de autorregulación empleados.

Método

Participantes

La muestra estuvo compuesta por 49 familias procedentes de diferentes localidades dentro de la región murciana, y que pertenecían a un nivel socioeconómico medio. Sus hijos, 25 niñas y 24 niños, no presentaron anomalías físicas ni psíquicas en el momento de su nacimiento ni exhibieron problemas de desarrollo.

Instrumentos

MEDIDA DEL TEMPERAMENTO EN LOS NIÑOS

Para la medida del temperamento infantil a través del informe materno se utilizó el Toddler Behavior Assessment Questionnaire (Goldsmith, 1988) en su adaptación española (González, Hidalgo, Carranza y Ato, 1999). Este cuestionario consta de 111 ítems a través de los cuales se pregunta a los padres por la conducta de sus hijos durante el último mes a la fecha en que se está cumplimentando el informe. Para los propósitos de nuestro estudio hemos considerado las dimensiones de emocionalidad negativa, esto es, Propensión a la ira, que recoge el llanto, la protesta, los gritos u otros signos de ira en situaciones que implican conflicto con el adulto o con otro niño, y Miedo social, la cual se refiere a la inhibición, ansiedad, retirada (frente a aproximación), o signos de timidez ante situaciones nuevas o que producen incertidumbre.

MEDIDA DEL MALESTAR EN EL LABORATORIO

Para medir el grado de malestar de los niños en el laboratorio se sometió a éstos a varias situaciones estresantes que incluían la separación de la madre y el contacto con una persona extraña, en una versión modificada de la Situación Extraña (Ainsworth y Witting, 1969). Como índices del malestar observamos las siguientes variables: (1) Intensidad de la expresión facial de malestar. Su puntuación oscila de 0 a 3, donde 0= Ninguna región facial muestra movimiento de malestar codificable; 3= Hay un cambio en las tres regiones faciales, o se tiene la impresión de malestar facial intenso. (2) Intensidad de las vocalizaciones de malestar. Su puntuación oscila de 0 a 5 en el que 0= No hay angustia; 5= Llanto o grito de alta intensidad (casi pérdida de control).

MEDIDA DE LAS ESTRATEGIAS DE AUTORREGULACIÓN DEL NIÑO EN EL LABORATORIO

De forma simultánea al malestar experimentado por los niños se codificó la frecuencia de uso de las estrategias de autorregulación (desde 0= no aparición, hasta 4= aparición en todos los intervalos de medida). Siguiendo el trabajo de Grolnick, Bridges y Connell (1996), consideramos las siguientes estrategias: (1) Implicación activa en el juego, es decir, actividades de juego o exploratorias que implican un compromiso o enganche activo con algunos aspectos del ambiente; (2) Uso pasivo de los objetos, se codifica cuando el comportamiento del niño no está activamente dirigido a la tarea, se da un uso pasivo de determinados aspectos del ambiente; (3) Autotranquilización física, por medio de la cual se recogen los intentos de tranquilización por parte del niño que implican diversas partes del cuerpo; (4) Autotranquilización simbólica: se codifica cuando observamos el uso de la función simbólica, como la imitación o representación; (5) Búsqueda de proximidad y contacto con otros: en este caso la tranquilización no va dirigida al propio cuerpo, sino que el niño necesita de otros para su consecución; (6) Búsqueda de la madre, supondría la focalización sobre el estímulo provocador de malestar, en este caso la madre, cuando ésta abandonaba la sala, por lo que es codificada únicamente en las situaciones de separación.

Procedimiento

Las sesiones de laboratorio fueron grabadas en vídeo en la Sala de Observación y Registro de la Escuela Infantil de Guadalupe de la Comunidad Autónoma de la región de Murcia, y posteriormente codificadas por observadores entrenados ajenos a las hipótesis del trabajo. En primer lugar, cuando la madre y su hijo entraban en la sala de observación, había un período de familiarización con los espacios y una experimentadora, de 10 minutos de duración aproximadamente. Transcurrida esta fase de familiarización, se administraron tareas para la medida del temperamento en el laboratorio. Mientras, en una sala adyacente, una persona del equipo entregó a las madres el cuestionario TBAQ, dando indicaciones para su cumplimentación en el hogar. De las 49 familias del estudio, 43 devolvieron correctamente el cuestionario.

Una vez finalizada esta fase, se administró una versión modificada de la Situación Extraña (Ainsworth y Witting, 1969), compuesta de las siguientes situaciones: (1) una mujer desconocida (experimentadora) entra en la sala donde se encuentran el niño y la madre, y se sienta al lado de la madre, iniciando una conversación con ésta, (2) la madre sale de la habitación y se quedan la experimentadora y el niño solos en la habitación. La extraña puede intentar consolar o distraer al niño en el caso de presentar éste ansiedad o llanto, (3) la madre entra en la sala y la extraña abandona la habitación. La madre es libre de aplicar las técnicas que quiera para tranquilizar al niño en el caso de que éste presente malestar, puesto que no recibe instrucciones sobre cómo comportarse con su hijo. Éste sería, por tanto, el primer episodio de reunión, (4) la madre abandona la sala y el niño se queda solo durante 30 segundos, (5) la experimentadora entra en la sala e intenta consolar al niño en el caso de presentar malestar o llanto, (6) la madre entra en la sala y la extraña la abandona. Ésta sería la segunda situación de reunión.

Análisis y reducción de datos

Las conductas exhibidas en la Situación Extraña fueron codificadas en intervalos de 15 segundos. El acuerdo interobservadores se calculó a través del coeficiente Kappa de Cohen para cada una de las variables, con un rango entre 0.76 y 1.00. La estrategia de Autotranquilización simbólica fue eliminada de posteriores análisis por su baja frecuencia de aparición. Se obtuvo una puntuación única de malestar, con el promedio de las puntuaciones típicas de Intensidad de la expresión facial e Intensidad de las vocalizaciones, siguiendo el trabajo de Grolnick et al. (1996).

Con respecto a los episodios de la Situación Extraña, se comparó el grado de malestar experimentado por los niños entre las situaciones (2) y (5) –niño/experimentadora–, y entre las situaciones (3) y (6) –niño/madre–. Dado que no se obtuvieron diferencias significativas entre estas comparaciones, las situaciones mencionadas fueron agrupadas, de manera que quedaron tres condiciones: niño/experimentadora, niño/madre y niño/solo. La Situación (1) fue excluida de nuestros análisis porque el 70% de los niños no mostró malestar en ésta.

Resultados

Relación entre malestar y estrategias de autorregulación

Para estudiar la relación entre la respuesta de malestar y las estrategias de autorregulación calculamos correlaciones de Pearson entre el malestar exhibido por los niños en cada situación y la frecuencia de uso de cada una de las estrategias.

Los resultados muestran que la implicación activa en el juego se asocia con menores niveles de malestar (Situación 1; r= -0.746; p<.001; Situación 2; r= -0.631; p<.001 y Situación 3; r= -0.597; p<.001), mientras que estrategias menos flexibles y dependientes del estímulo, tales como uso pasivo de los objetos (Situación 1; r= 0.312; p<.01; Situación 2; r= 0.334; p<.01 y Situación 3; r= 0.041; p<.001), búsqueda de contacto (Situación 1; r= 0.254; p<.05 y Situación 2; r= 0.417; p<.01) y búsqueda de la madre (Situación 1; r= 0.444; p<.001 y Situación 3; r= 0.275; p<.05) se asocian a niveles más altos de malestar. La estrategia de autotranquilización física no se relacionó significativamente con el malestar (Situación 1; r= 0.149; Situación 2; r= 0.166 y Situación 3; r= 0.061).

Influencia del temperamento sobre la respuesta de malestar y las estrategias de autorregulación

Para analizar la implicación del temperamento en las diferencias individuales mostradas por los niños en el nivel de malestar expresado en el laboratorio realizamos análisis de regresión multivariante, donde tomamos, por un lado, las dimensiones de Miedo Social y Propensión a la ira como variables predictoras, y, por otro, el malestar exhibido en cada una de las situaciones como variable de respuesta. El compuesto multivariante arrojó resultados significativos (Pillai= 0.17, F3,39= 2.93, p= 0.05), de forma que los niños que puntuaban más alto en miedo en el cuestionario puntuaban a su vez más alto en malestar en el laboratorio. En el análisis por situaciones encontramos que tanto para la Situación Niño-Experimentadora (F1,41= 6.86, p= 0.01) como para la situación Niño-Madre (F1,41= 4.33, p= 0.04) y Niño solo (F1,41= 8.45, p= 0.00) obtuvimos resultados significativos. Sin embargo, la dimensión Propensión a la Ira no resultó significativa ni de forma general ni en el análisis por situaciones.

Este mismo análisis se aplicó para cada una de las estrategias de autorregulación. De nuevo, la Propensión a la ira no aportó resultados significativos. En cambio, la dimensión de Miedo social pronosticó la frecuencia de uso de la estrategia de implicación activa en el juego (Pillai= 0.16, F3,39= 2.87, p= 0.05), y de búsqueda de contacto (Pillai= 0.17, F3,39= 2.98, p= 0.04), de manera que los niños con mayores puntuaciones de miedo buscaron más el contacto del adulto y se implicaron menos en el juego que los niños con menores puntuaciones en miedo. Para la estrategia de implicación activa resultaron significativas las situaciones Niño-Experimentadora (F1,41= 6.56, p= 0.01) y Niño-Madre (F1,41= 3.81, p= 0.05), mientras que no resultó significativa la situación Niño solo (F1,41= 2.65, p= 0.11). Para la estrategia de búsqueda de contacto el análisis por situaciones mostró resultados similares, de manera que tanto la situación Niño-Experimentadora (F1,41= 4.66, p= 0.03) como la situación Niño-Madre (F1,41= 4.11, p= 0.04) arrojaron resultados significativos.

En cambio, el Miedo no resultó significativo para las estrategias de uso pasivo de objetos (Pillai= 0.14, F3,39= 2.13, p= 0.11), autotranquilización física (Pillai= 0.15, F3,39= 2.34, p= 0.07) y búsqueda de la madre (Pillai= 0.02, F3,39= 0.42, p= 0.65).

Implicación del adulto en el malestar expresado y las estrategias de autorregulación infantiles

Con el fin de averiguar si la interacción del niño con el adulto influía sobre el malestar experimentado por los niños se realizó un ANOVA simple, tomando como variable independiente la situación (con tres niveles, esto es, niño solo, experimentadora presente, madre presente), y como variable dependiente la intensidad del malestar. Dicho análisis resultó significativo (F2,143= 18.48, p= 0.00), y las comparaciones post-hoc, con ajuste de Bonferroni, informaron de que las diferencias entre la situación experimentadora-niño y madre niño no resultaron significativas (t= -0.62, p= 0.07), pero sí resultaron significativas la comparación entre niño-experimentadora y niño-solo (t= 1.01, p= 0.00), y entre niño-madre y niño-solo (t= 1.63, p= 0.00). En conclusión, las situaciones donde el niño está acompañado de un adulto son experimentadas por éste con menor grado de malestar que cuando está solo.

Con respecto a la influencia de la implicación del adulto sobre las estrategias de autorregulación del niño, de nuevo calculamos ANOVAS simples, tomando como variable independiente la situación (con tres niveles, esto es, niño solo, experimentadora presente, madre presente), y como variable dependiente cada una de las estrategias desplegadas por el niño. Para la estrategia del niño de Implicación activa, el análisis general resultó significativo (F2,143= 30.03, p= 0.00), y en las comparaciones post-hoc, el contraste niño-madre y niño-experimentadora no resultó significativo (t= 0.59, p= 0.62), mientras que sí resultaron significativas la comparación entre niño-madre y niño-solo (t= -3.41, p= 0.00), y niño-experimentadora y niño-solo (t= -2.82, p= 0.00). Este mismo patrón se encontró para la estrategia del niño de Uso pasivo de objetos (ANOVA general F2,143= 26.01, p= 0.00), siendo la comparación madre-niño y madre-experimentadora no significativa (t= -0.88, p= 0.09), y significativas las comparaciones madre-niño y niño-solo (t= -1.98, p= 0.00), y experimentadora-niño y niño-solo (t= -2.86, p= 0.00). Así pues, tal como se observa en el Gráfico 1, los niños utilizaron de forma similar la Implicación activa como el Uso pasivo de objetos tanto cuando la madre estaba presente como también la experimentadora. En cambio, los niños tendieron a utilizar menos la Implicación activa y el Uso pasivo de objetos cuando se encontraban solos.

Para la estrategia del niño de Autotranquilización física (F2,143= 4.05, p= 0.02), la comparación que resultó significativa fue madre-niño, niño-solo (t= -0.68, p= 0.01), mientras que las comparaciones experimentadora-niño y niño-solo (t= -0.34, p= 0.49) y experimentadora-niño/madre-niño (t= 0.35, p= 0.45) no resultaron significativas. Esto es, los niños utilizaron con mayor frecuencia la estrategia de Autotranquilización física cuando la madre estuvo presente en comparación a cuando el niño se encontró solo.

Para la estrategia del niño de Búsqueda de contacto sólo se incluyeron en el análisis la comparación entre madre-niño y experimentadora-niño, dando un resultado significativo (F1,96= 26.27, p= 0.00), indicando que los niños tendieron a buscar más el contacto con la madre que con la experimentadora como una forma de consuelo.

Finalmente, en la estrategia del niño de Búsqueda de la madre sólo fue posible el contraste niño-solo y niño-experimentadora, arrojando un resultado no significativo (F1,94= 0.24, p= 0.63), de manera que no hubo diferencias en la frecuencia en que el niño buscó a la madre cuando ésta no se encontraba en la sala.

Discusión

Este trabajo tenía como propósito estudiar las conductas que son usadas para modificar o alterar las respuestas emocionales que se suscitan en los diferentes episodios de la Situación Extraña en niños de 12 meses de edad, junto a la identificación de la contribución del temperamento y del adulto para explicar la varianza en los niveles de malestar mostrados por los niños y en las estrategias de autorregulación utilizadas.

Las asociaciones encontradas entre la intensidad de malestar experimentado por los niños y el uso de determinadas estrategias de autorregulación pueden ser interpretadas como índices del grado de eficacia de las estrategias de autorregulación para reducir el malestar. Así, Implicación activa con los juguetes, la cual supone la reorientación de la atención, se habría mostrado como la más eficaz porque el uso de esta estrategia se ha asociado a menores niveles de malestar. En la misma línea de nuestro trabajo, Braungart y Stifter (1991) estudiaron la respuesta de malestar y las estrategias de autorregulación en niños de 12 meses aplicando el paradigma de la Situación Extraña, y encontraron que niveles altos de malestar estuvieron asociados con una menor implicación activa con los juguetes y menores niveles de exploración de los objetos.

En lo que se refiere a las estrategias de Uso pasivo de objetos, Autotranquilización física y Búsqueda de contacto, efectivamente, se relacionaron positivamente con niveles altos de malestar, mostrándose claramente como alternativas dependientes de regulación del malestar. Otros autores también han encontrado que comportamientos como la mirada hacia la madre, o la aproximación a ella, se asocian de forma positiva a expresiones de malestar por parte del niño (Braungart y Stifter, 1991; Rothbart et al, 1992).

Finalmente, la estrategia de Búsqueda de la madre cuando ésta no está en la sala supone la focalización sobre el objeto generador de malestar, y es considerada como la más dependiente dentro del continuo de dependencia-independencia. En apoyo a la naturaleza menos adaptativa de este tipo de estrategia, Bridges y Connell (1991) encontraron que, durante una breve separación, la búsqueda de la madre correlacionó con un alto grado de malestar.

Por otro lado, la aparición de las diferentes estrategias podría ser interpretada como directamente relacionada con la intensidad del nivel de malestar. Dado que los niveles altos de emocionalidad negativa parecen interferir sobre una variedad de procesos cognitivos, entre ellos especialmente los procesos atencionales (Gerardi, 1997; González, Fuentes, Carranza y Estévez, 2001), no es de extrañar que para regular altos niveles de malestar los niños pongan en funcionamiento estrategias más primitivas y menos eficaces que las sofisticadas estrategias de distracción de la atención tales como la implicación activa en los juguetes. A pesar de lo plausible de este planteamiento, el presente trabajo no permite dilucidar las causas de esta relación arousal emocional-estrategia de autorregulación por el carácter correlacional de las asociaciones.

En cuanto a la influencia del temperamento sobre la intensidad de la respuesta de malestar y las estrategias de autorregulación usadas por el niño encontramos que la dimensión de Miedo, tal como fue informada por las madres, predijo tanto el nivel de malestar experimentado en los diferentes episodios de la Situación Extraña como el uso de algunas de las estrategias de autorregulación. Así, los niños más miedosos, en comparación con los menos miedosos, mostraron mayor grado de malestar en todas las situaciones, y tendieron a utilizar con menor frecuencia la estrategia de implicación activa, en favor de estrategias de carácter dependiente tal como Búsqueda de contacto. Aunque son escasos los estudios que han relacionado el temperamento de los niños con las conductas de afrontamiento en situaciones de alto arousal emocional, el estudio de Morales y Bridges (1997) permite comparar nuestros resultados. Ellos encontraron que los niños descritos como emocionalmente más negativos mostraron un bajo nivel de implicación en el juego y más búsqueda de contacto, mientras que los emocionalmente menos negativos se engancharon más en juego activo, lo cual está en consonancia con nuestros resultados. Es posible que los niños con más alta emocionalidad negativa hayan elegido estrategias de autorregulación más dependientes, por haber experimentado la situación con más alto grado de estrés que los niños menos miedosos, lo que les ha dificultado la tarea de engancharse en situaciones alternativas que les permitieran reorientarse sobre fuentes distintas a la del malestar. En cambio, debido a que los niños menos miedosos vivieron la situación como menos estresante, probablemente pudieron poner en marcha estrategias que les permitieron desengancharse de la fuente de malestar con mayor facilidad, y que exigían un mayor grado de autonomía e independencia. Otra dimensión de temperamento que pusimos a prueba, Propensión a la Ira, no se relacionó ni con el malestar expresado en los distintos episodios utilizados de la Situación Extraña, ni con la utilización de las estrategias de autorregulación.

En el análisis de la influencia del contexto, es decir, en qué medida la disponibilidad de ayuda por parte del adulto en comparación a cuando el niño estaba solo influía sobre el malestar exhibido por éste, encontramos, tal como esperábamos, que la situación niño-solo proporcionó mayores cotas de malestar en los niños, no produciéndose diferencias entre las situaciones niño-experimentadora y niño-madre. En la misma línea, otros trabajos han encontrado mayores niveles de malestar estando el niño solo en comparación con la presencia de la madre (Braungart y Stifter, 1991; Grolnick et al., 1996).

Por otro lado, también se observó si la intervención del adulto tenía una influencia sobre la selección de la estrategia de autorregulación utilizada. Encontramos que la estrategia considerada como más autónoma, Implicación activa con los juguetes, fue utilizada de forma similar en las situaciones niño-madre, niño-experimentadora, con niveles más bajos de uso en la situación niño-solo. Un patrón de resultados similar se encontró en Grolnick et al. (1996) con niños de 2 años de edad; en dicho estudio se observó una menor frecuencia de implicación activa en el juego en la situación en que la madre no estuvo participativa (aunque sí presente) en comparación con la situación donde la madre estuvo participativa.

La frecuencia de uso de la estrategia Búsqueda de contacto de nuevo fue similar para las situaciones niño-madre y niño-experimentadora y significativamente más baja para niño-solo. Esta estrategia, aun teniendo un carácter pasivo, por ser una técnica que implica la ayuda de otro para modificar su respuesta, tiene un carácter más sofisticado que la autotranquilización física, por lo que no resulta extraño que también se utilice con mayor frecuencia cuando los niños se hallan en interacción con un adulto. Por el contrario, Autotranquilización física, una estrategia considerada como primitiva, mostró el patrón inverso, produciéndose su nivel más alto de uso en la situación niño-solo y el más bajo en la situación niño-madre.

Una estrategia considerada muy poco eficaz, la Búsqueda de la madre cuando ésta está ausente fue utilizada por los niños de forma similar en las dos situaciones de separación (niño-experimentadora y niño-solo). Finalmente, la estrategia de Búsqueda de contacto sólo fue posible codificarla en los episodios de de interacción niño-adulto, donde se encontró que los niños buscaron con mayor frecuencia el contacto de su madre que el de la experimentadora como forma de consuelo. Este resultado es coherente teniendo en cuenta que la experimentadora era la persona desconocida.

Como conclusión, los datos de nuestro estudio nos llevan a plantear que existe una relación entre la respuesta de malestar en los diferentes episodios de la Situación Extraña y las estrategias de autorregulación que emplean los niños para controlar este malestar. Niveles más altos de malestar se han asociado con estrategias de menor grado de autonomía y flexibilidad. Además, factores de carácter endógeno y exógeno influyen a su vez en los niveles de malestar que observamos y en la elección de determinadas estrategias. Así, el temperamento pronostica tanto el grado de malestar como el tipo de estrategia, de manera que niños descritos por sus madres como más miedosos tienen reacciones de malestar más intensas y eligen estrategias más pasivas y dependientes del estímulo. Dentro de los factores de tipo exógeno, la disponibilidad de ayuda por parte del adulto permite al niño el uso de estrategias más autónomas y sofisticadas a cuando se encuentra solo.

Agradecimientos

Esta investigación ha sido subvencionada por el Ministerio de Educación, Dirección General de Investigación Científica y Técnica (DGICYT), proyecto número PB90-0309.


REFERENCIAS

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    Gráfico 1. Frecuencia de utilización de las estrategias de autorregulación en cada una de las situaciones.