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III Congreso Nacional de Psicología - Oviedo 2017
Universidad de Oviedo

 

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Psicothema

ISSN Paper Edition: 0214-9915  

1997. Vol. 9, nº 3 , p. 473-485
Copyright © 2014


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INFLUENCIA DEL SEXO Y LA EDAD EN LAS REPERCUSIONES PSICOLÓGICAS DE LOS NIÑOS MALTRATADOS FÍSICAMENTE

 

Mª Victoria Trianes Torres y José Antonio Gallardo Cruz

Universidad de Málaga

El presente trabajo estudia en sujetos maltratados físicamente la influencia del sexo y la edad sobre una serie de variables que miden el ajuste social y afectivo infantiles. La muestra estuvo compuesta por 62 niños y 57 niñas; de ellos, 38 en edad escolar (9 a 10 años), 45 preadolescentes (11 y 12 años) y 36 adolescentes (13 y 14 años). Se les aplicaron diversas pruebas de autoinforme y fueron evaluados por los profesores y por el grupo de iguales. Los resultados arrojaron que los sujetos de mayor edad, al comparárseles con los más pequeños, manifestaron un empeoramiento de la situación emocional y adaptación social. Finalmente, respecto al sexo, las niñas mostraron más problemas internalizantes que los varones.

The influence of sex and age in the psychological repercussions of physically abused children. This word studies the influence, in physically abused subjects, of sex and age on a series of variables which measure children’s social and affective adjustment. The sample was made up of 62 boys and 57 girls; of them, 38 were of school age (9 to 10 years old), 45 were preteens (11 and 12 years old) and 36 were teens (13 and 14 years old). They completed several self-assessment tests and they were also evaluated by their teachers and peers. The results show that the older subjects, when compared with the younger ones, give signs of a worsening in their emotional attitudes and social adaptation. Finally, regarding the sex variable, girls were shown to have more internalizing behavior problems than boys.

 
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Correspondencia: Mª Victoria Trianes Torres
Dpto. de Psicología Evolutiva y de la Educación
Facultad de Psicología
Campus de Teatinos, s/n. 29071 Málaga (Spain)

 

El maltrato físico ha sido la primera etiqueta existente desde que Kempe, Silverman, Steele, Droegemueller y Silver (1962) acuñaran el término "síndrome del niño apaleado". A partir de aquí el trabajo social y la investigación se centraron en una noción de maltrato ligada al daño físico cuantificable, de modo que términos como el maltrato psicológico o el maltrato emocional, que aluden a otros tipos de daños no detectados externamente, son mucho más recientes. A pesar de los treinta años transcurridos, hoy día todavía no está todo clarificado en torno a la detección, tratamiento y prevención del maltrato físico. Podemos admitir que el término maltrato es complejo y difícil de conceptuar, ya que para una serie de autores existe una gran heterogeneidad en la definición de este fenómeno (Cicchetti y Barnett, 1991; Palacios, Moreno y Jiménez, 1995), pudiéndose aplicar esto mismo también al maltrato físico.

Pensemos, por un lado, en la variedad de factores negativos o patológicos familiares, del entorno social y del propio niño que se han puesto en relación, con el maltrato físico, caracterizándolo; y por otro en la diversidad de modelos teóricos que han intentado explicar este fenómeno: 1º el enfoque clínico - psiquiátrico, centrado en la patología de los padres como explicación de los comportamientos agresivos; la investigación ha detectado (Taylor et al., 1990) en padres maltratantes alteraciones psiquiátricas, de drogadicción, psicóticos y depresivos, y también una serie de manifestaciones menores como problemas para controlar los impulsos agresivos (Dietrich, Berkowitz, Kadushin y McGloin, 1990), ansiedad (Kaufman y Sandler, 1985) o narcisismo y dependencia (Egeland, Jacobvitz y Scroufe, 1988). 2º el enfoque centrado en las habilidades o competencias de los padres que se ha fijado en los estados de inmadurez o inhabilidad, como desencadenante de los malos tratos físicos hacia los hijos; por ejemplo, aquí se ha apelado a la falta de empatía (Kugler y Hansson, 1988), baja autoestima y confianza en sí mismos (Lawson y Hays, 1989), etc. 3º el enfoque centrado en las características del contexto, que ha enfatizado los problemas sociales que afectan a las familias, como paro, desempleo, desestructuración familiar, cárcel, etc., capaces de originar el maltrato físico (véase Gallardo, 1994) y 4º el enfoque centrado en la vulnerabilidad del niño, que ha destacado aquellas características del propio niño que desencadenan el abuso, como la edad, la existencia de anomalías congénitas y determinadas características problemáticas en los niños, etc.

Podemos admitir que hoy día la investigación sobre el maltrato físico se considera un fenómeno multicausado, es decir, sujeto a diversas influencias de variables que interrelacionan entre sí, modulando sus efectos, a diferencia de la investigación desarrollada en los primeros tiempos, que fue lineal, ya que buscaba variables individuales que se asociaban al maltrato. Actualmente el enfoque predominante para abordar este tema es el ecológico (Belsky, 1980, 1993) que tiene la ventaja de integrar todas estas variables y puntos de vista considerando cuatro niveles de factores causales interactivos: a) el ontogenético (características de los padres que maltratan, etc.); b) el microsistema (características de la familia y del propio niño, etc.); el exosistema (problemas laborales, relaciones de la familiar con el contexto social, etc.) y el macrosistema (características sociales que sensibilizan o predisponen a la violencia sobre la infancia; decisiones políticas, etc.).

La investigación, en los primeros tiempos, se caracterizó por el predominio de trabajos epidemiológicos sobre la incidencia del maltrato físico en poblaciones generales o de riesgo. Al centrarse sobre los efectos o secuelas del maltrato físico sufrido, los estudios se han limitado, en estos primeros momentos, a señalar una fuerte asociación entre este fenómeno y la aparición de problemas físicos y psicológicos, sin explorar si el surgimiento de estas consecuencias negativas era independiente del contexto general de pobreza y del bajo nivel en que viven muchas de las familias estudiadas. Quizás podemos caracterizar nuestra década por estudios, que intentan delimitar efectos y riesgos asociados causalmente a los distintos tipos de maltratos y abusos por parte de los progenitores, con diseños preparados para aislar e independizar lo efectos del maltrato sufrido de aquellos otros existentes en los contextos deprivados.

Por último, en el tema del maltrato físico, se enfatiza hoy día la perspectiva preventiva y de tratamiento, siendo incipientes los trabajos de intervención que muestran procedimientos y acercamientos tecnológicos para esta labor. En este panorama actual sigue siendo oportuna la investigación sobre la influencia de factores que modulen o mediaticen los efectos del maltrato detectados en niños, con diseños que intenten, como se ha dicho, separar estos efectos de otros contextuales. Edad y sexo han sido dos factores que se han visto como precipitadores para recibir maltrato físico y sexual, para algunos niños y niñas en concreto. Recientemente, estas dos variables han sido concebidas como factores que incrementan el riesgo de sufrir mayor impacto negativo de las secuelas del maltrato recibido.

Respecto a la vulnerabilidad para recibir maltrato físico basada en la edad y el sexo, diversos estudios han mostrado la mayor probabilidad de recibir malos tratos por parte de niños pequeños en una relación inversamente proporcional al número de casos localizados (Creighton, 1989; Schloesser, Pierpont y Poertner, 1992). Algunos autores señalaron edades concretas: Egley (1991), los tres y ocho años de edad; Johnson y Showers (1985), los cuatro primeros años. Aunque no estudian esta hipótesis, abundan los estudios con muestras de edades inferiores que se basan en esta idea de la edad como vulnerabilidad, por ejemplo, comparando niños pequeños, que presentaron problemas de conducta (Crittenden, 1985) o problemas de salud como la prematuridad (Parke y Lewis, 1981), con aquellos otros que no lo manifestaron.

Por otra parte, la edad ha sido estimada como factor que incrementa el riesgo acerca del impacto negativo de las secuelas de los malos tratos recibidos. Aber, Allen, Carlson y Cicchetti (1989), trabajando con dos grupos de niños/as de cuatro a cinco años y de seis a once años de edad, distinguieron cuatro subgrupos: sujetos maltratados, con recursos económicos muy bajos, con problemas clínicos y niños/as normativos. Los resultados reflejaron, en el grupo de menor edad, que los niños con problemas clínicos, los maltratados y los de bajos recursos económicos (por este mismo orden) manifestaron mayores índices de agresividad, depresión, aislamiento social y enfermedad somática que los normativos, valorados con un cuestionario para profesores. En cambio, en el grupo de los mayores, sólo los que tenían problemas clínicos y los maltratados arrojaron estos mismos índices psicopatológicos. Estos autores concluyeron que, al relacionarse la edad con el maltrato sufrido, las consecuencias negativas de éste persisten a través de las edades superiores, en mayor medida que en el grupo con problemas de deprivación social. Gallardo (1994), encontró en niños maltratados físicamente varias diferencias significativas entre tres grupos de edades (escolares, preadolescentes y adolescentes), siendo los adolescentes los que presentaron más factores patológicos. Otros trabajos hallaron parecida conclusión en el ámbito del maltrato sexual (Kendall-Tackett, Williams y Finkelhor, 1993).

En cuanto al sexo, hoy día parece ser un factor de riesgo asociado al abuso sexual, pero no tanto al maltrato físico (Cappelleri, Eckenrode y Powers, 1993; Johnson, Showers, 1985; en nuestro país, Moreno, Jiménez, Oliva, Palacios y Saldaña, 1995; Inglés, 1995). No obstante, existen datos de mayor prevalencia de varones en las muestras del maltrato físico (Dion, 1974; Sze y Lamar, 1981). Trabajando con análisis de regresión, en un estudio sobre los correlatos negativos de distintos tipos de maltrato, Livingston, Lawson y Jones (1993) demostraron que los trastornos de conducta fueron predichos por el género (masculino) y por el incremento de edad, con independencia del tipo de maltrato padecido (físico o sexual). Podría relacionarse la edad y el sexo en el sentido de que este último fuese un factor modulador del impacto a largo plazo de las secuelas del maltrato. Por ejemplo, en otro tipo de literatura, relativa a los efectos del rechazo social, existen predicciones de que el sexo femenino se asociará a trastornos de tipo internalizante, mientras que el masculino lo hará a trastornos externalizantes, fundamentalmente agresividad (Hudley, 1993; Crick y Ladd, 1993). También existen predicciones de empeoramiento del efecto del rechazo en edades superiores (Jiménez, Trianes y Muñoz, enviado a publicación).

El objetivo de este trabajo es estudiar cómo afecta la edad y el género a la incidencia (prevalencia) de secuelas adscritas al maltrato físico sufrido en una muestra de niños de clase baja con episodios de maltrato físico detectados por los Servicios Sociales Comunitarios e internados por decisión judicial en una institución de beneficencia.

Como hipótesis concretas, hemos pensado que: 1º) Los niños y niñas de edades adolescentes (13 - 14 años) mostrarán mayor deterioro psicopatológico que los preadolescentes (11 - 12 años) y que los niños y niñas de edad escolar (9 - 10 años). 2º) Creemos que las niñas manifestarán mayor prevalencia de síntomas internalizados, frente a los niños que mostrarán conductas externalizadas.

Método

El diseño

Contrasta tres grupos de niños y niñas: El grupo de los maltratados físicamente por sus progenitores (N = 119), el grupo de violencia familiar constituido por aquellos que fueron testigos de las disputas existentes entre sus padres, sin ser ellos mismos maltratados (N = 34) y el tercer grupo de niños no maltratados, constituidos por sujetos del mismo status socioeconómico y las mismas condiciones de vida, pero de familias no violentas ni maltratantes (N=44). Este diseño permitió establecer, en otro lugar (Gallardo, 1994), la caracterización de una serie de problemas causados por el maltrato físico, independientemente de los otros factores del entorno. La razón de que exista 119 sujetos en el grupo de los maltratados físicamente, se debe a la índole de la institución de beneficencia donde se reclutó la muestra.

El diagnóstico

Se obtuvo a partir del propio niño, en el seno de una entrevista semiestructurada de hora y media de duración, donde la temática examinada fue mucho más amplia. Concretamente, el diagnóstico de maltrato físico se estableció preguntándole, en primer lugar, si ellos habían observado comportamientos evidentes de violencia familiar (Gallardo, 1994). En caso afirmativo se les preguntó a continuación por un lado, si recayó sobre ellos, sobre los hermanos y/o sobre los padres entre sí y, por otro, el tipo de violencia observada o experimentada y las posibles secuelas de índole físico. A partir de estas contestaciones constituimos los tres grupos del diseño. Concretamente, el grupo de niños maltratados físicamente informó de agresiones físicas llevadas a cabo con la mano o con instrumentos más o menos contundentes de forma no ocasional. Dado que el diagnóstico estuvo basado en la información proporcionada por el propio sujeto, para superar la sospecha de subjetividad, obtuvimos también información de los expedientes existentes en los servicios sociales, comprobándose una fuerte asociación entre este dato y el diagnóstico de maltrato familiar o físico ofrecido por el niño o niña a lo largo de la entrevista (χ2= 138,52, p < .001).

Procedimiento

Para la aplicación de las pruebas, el entrevistador procuró en todo momento establecer un clima de confianza necesario para obtener la confidencia y colaboración de la muestra, invirtiéndose bastante tiempo en lograr una interacción con los niños en el centro escolar. En cuanto a la contestación a las pruebas se completaron en primer lugar los cuestionarios, dejándose para el final la aplicación de la entrevista. Esta estrategia se llevó a cabo, por un lado, porque la información solicitada en los cuestionarios suele manifestar menor implicación personal y, por otro, para estimular el vínculo de confianza entre niño y aplicador, lo cual favoreció la confidencialidad en la entrevista. Algunos adolescentes no quisieron contestar ni someterse al estudio, respetándose su deseo. Todos los niños participantes colaboraron voluntariamente explicándoles que se trataba de un estudio para conocerles mejor y poder ayudarles en sus problemas. Se cuidó que todos ellos tuviesen una clara comprensión de los ítems de las pruebas, ayudando a los que presentaban dificultades. Completaron todos los instrumentos en tres sesiones de una hora y media, en días distintos, en pequeños grupos de tres o cuatro alumnos, saliendo de sus aulas durante el horario escolar.

Sujetos

La muestra se compone de 163 sujetos, de ellos 119 fueron maltratados físicamente y los 44 restantes constituyeron el grupo de no maltratados. Dentro de los maltratados identificamos 62 niños y 57 niñas y establecimos los siguientes grupos de edades: 38 niños/as de edad escolar (9 a 10 años), 45 preadolescentes (11 y 12 años) y 36 adolescentes (13 y 14 años). Todos ellos pertenecían a un nivel socioeconómico bajo, con falta de recursos y escasa cultura. Se descartó del estudio a los sujetos deficientes que fueron detectados por el test Raven y a cuatro más que tenían un fuerte retraso lingüístico. En general, todos presentaron un importante retraso escolar y estudiaban en el mismo centro de acogida o en colegios cercanos.

Los instrumentos

Los instrumentos aplicados fueron la revisión de los expedientes de los servicios sociales comunitarios, la entrevista, las pruebas de autoinforme y la evaluación de los profesores y del grupo de compañeros.

La Entrevista estuvo formada por 40 preguntas que recogían información sobre los datos personales, problemas familiares, diagnóstico específico de las instituciones de acogida y problemas de conducta y afectivos de los niños (véase Gallardo, 1994). Dentro de las pruebas autoinformadas se empleó la Escala de Autoconcepto de Martorell (1983) que dio lugar a cuatro variables: ansiedad, autoconcepto positivo, autoconcepto negativo y liderazgo/hipervaloración; su consistencia interna fue evaluada mediante el α de Cronbach que alcanzó el valor de .75, lo que consideramos aceptable. El test Raven (1970) se empleó para homogeneizar la muestra y descartar de ella aquellos casos con déficit intelectual. La prueba Locus de Control de Nowicki y Strickland (1973) extrae las dimensiones externalidad e internalidad y presentó un α = .40, no muy aceptable. La Escala de comportamiento asertivo (Michelson, Sugai, Wood y Kazdin, 1983) diferencia cuatro variables: asertividad pasiva o agresiva hacia niños y hacia adultos y arrojó un α = .59. Finalmente, el test de Conocimiento de Estrategias de Solución de Problemas Interpersonales (Jiménez, 1994) estudia el pensamiento alternativo a través de diez situaciones sociales problemáticas dentro del ámbito escolar y familiar en donde se le pide al niño que manifieste el mayor número de soluciones posibles a los problemas planteados (α = .87).

La evaluación de los profesores se obtuvo por medio de la Child Behavior Checklist-TRF para maestros de Achenbach y Edelbrock (1986). Este cuestionario arroja información sobre dos índices (adaptación general y rendimiento escolar) y una serie de problemas conductuales como ansiedad, conducta obsesiva, impopularidad, inatención, conducta autodestructiva, hiperactividad, agresividad y otras manifestaciones inespecíficas. Combinando estas puntuaciones los autores obtienen un índice de problemas internalizados y otro externalizados; la prueba total arrojó un α = .96 bastante aceptable. Finalmente, la valoración del grupo de iguales se obtuvo por medio de un sociométrico. Los criterios utilizados fueron: ¿Con quién te gustaría jugar en el colegio? ¿Con quién te gustaría trabajar en el aula? y ¿De quién te fiarías? Cada niño evaluó a todos los compañeros del aula en una escala intensiva de tres puntos (siempre, a veces y nunca). Para obtener una puntuación sobre la preferencia social empleamos la fórmula de Peery (1979) que consiste en restar las elecciones negativas (opción nunca) de las positivas (opción siempre y a veces) y dividir por el número de alumnos en clase.

Resultados

Realizamos, con cada uno de los tres paquetes de pruebas análisis multivariados de la varianza (MANOVAs) para considerar el efecto de la edad y el sexo conjuntamente, sobre las variables dependientes. El análisis fue SEXO (1,2) x EDAD (1,3) x el conjunto de variables dependientes (las de autoinforme, las evaluadas por el profesor y por los compañeros). Para analizar las diferencias significativas a posteriori utilizamos el Test de Rango Múltiple de Duncan al nivel de significación p < .05. Para estos contrastes hemos adoptado la perspectiva de la normalidad, definida por la medida obtenida en la misma variable por un grupo no maltratado pero del mismo status socioeconómico. Hemos controlado el tamaño desigual de los grupos mediante el Método 3 [METHOD = SSTYPE (SEQUENTIAL)], estableciéndose la prioridad para examinar la edad antes que el sexo en este diseño ortogonal (Tabachnick y Fidell, 1989). Todos estos análisis fueron del paquete SPSS-PC+. Para facilitar la lectura de los resultados hemos omitido en las Tablas 1 y 2 aquellas variables que no arrojaron diferencias significativas.

Variables autoinformadas

En el análisis multivariado aparecieron diferencias debidas al efecto del Sexo, F (11,103) = 2,70, p < .004, y sólo una tendencia relativa a la influencia de la Edad, F (22, 206) = 1,44, p = .08. No surgieron efectos debidos a la interacción de ambos factores. Los tests univariados revelaron que las chicas maltratadas manifestaron, en comparación con los varones maltratados que se asimilaron al grupo normativo, mayor autoconcepto negativo y una mayor sintomatología en ansiedad/depresión. También ellas mostraron un mayor número de estrategias de solución de problemas interpersonales (pensamiento alternativo), acercándose al grupo normativo y diferenciándose aquí de los varones maltratados que arrojaron un resultado más pobre. Entre estos varones también apareció una diferencia marginalmente significativa, debida a la agresividad con los adultos al comparárseles con los otros dos grupos (niñas maltratadas y grupo normativo). Por otro lado, en relación con la edad han aparecido algunas diferencias significativas que cumplen sólo el .1 por ciento de seguridad. En cuanto a la prueba de autoconcepto, los dos grupos extremos de edad mostraron más puntuación en ansiedad/depresión, asemejándose los de edad intermedia al grupo normativo. En cambio, los maltratados de menor edad, con respecto a los otros dos grupos, se hipervaloraron más. Los restantes resultados se refieren a que los maltratados más pequeños mostraron no sólo una mayor agresividad hacia los adultos, diferenciándose del grupo normativo de contraste, sino también un menor pensamiento alternativo, que parece incrementar con la edad.

Evaluación de los maestros

Al igual que en el caso anterior, no surgieron diferencias significativas en la interacción de estos dos factores. Sin embargo, obtuvimos diferencias debidas tanto al Sexo [F (11, 103) = 1,96, p < .05] como a la Edad [F (22, 206) = 1,59, p < .05] consideradas independientemente. Los tests univariados mostraron una sola diferencia entre sexos, pero numerosas diferencias de ambos grupos en relación al grupo normativo. Esta única variable fue la ansiedad, en donde los varones arrojaron menores índices ansiosos que los otros dos grupos. Por lo que respecta al resto de las variables, no arrojaron diferencias entre los dos grupos de maltrato, pero sí en relación al grupo normativo; destacamos el rendimiento escolar (más bajo en los varones), la adaptación general, el aislamiento, la impopularidad y la inatención (más altos en las chicas). Además, los varones manifestaron mayores índices agresivos, distinguiéndose también ellas del grupo normativo. Por lo que respecta a la edad, el grupo de niños menores obtiene los mejores resultados, asemejándose en muchos casos al grupo normativo, pero a medida que se incrementa la edad, aumenta la patología del comportamiento evaluado por el profesor. En concreto, los sujetos maltratados adolescentes se diferenciaron de los otros dos grupos de edades inferiores, que están en la norma, empeorando el ajuste. Esto ocurre respecto a la ansiedad, aislamiento, impopularidad, conducta obsesiva e inatención. En cuanto a la adaptación general y rendimiento escolar ningún grupo de los niños maltratados logró el nivel normativo. Tampoco éstos alcanzaron el bajo nivel de agresividad, autodestrucción, ni de otras conductas más inespecíficas del grupo normativo.

Evaluación sociométrica

No aparecieron efectos significativos de la edad, el sexo o su interacción. No obstante, la edad mostró una significabilidad marginal [F (6,222) = 2,03, p < .06]. El análisis de medias, al compararse la edad con el grupo normativo, encontró que los grupos maltratados, tanto por la edad como por el sexo, no alcanzaron el nivel del grupo normativo, en relación a los dos criterios de preferencia (trabajar y jugar). El tercer criterio, preferencia para confiar un secreto, se comporta de manera extraña, pues no arrojó resultados en el caso de la clasificación por el sexo, pero sí en el caso de la edad; aquí resultó que los tres grupos maltratados obtuvieron superior puntuación que el grupo normativo. Además, existió una diferencia a favor de los más pequeños, en esta elección de los iguales para guardar un secreto.

Discusión

En términos generales, para modular los efectos de las secuelas atribuibles al maltrato físico, no hemos encontrado interacción entre edad y sexo, pero sí consecuencias independientes de estas dos variables por separado.

Nuestra primera hipótesis relativa a la edad ha sido confirmada en el sentido de que ambos sexos, que habían sido maltratados físicamente, tienden a manifestar un mayor empeoramiento emocional y adaptativo. Debemos destacar que este dato aparece más claramente en la evaluación de los profesores y en la de los iguales, y menos en la autoevaluación. A juicio de los profesores y del grupo de iguales, los mas pequeños estaban dentro de la "normalidad" al no diferenciarse significativamente del grupo normativo; no obstante, se distinguieron sólo en dos variables de autoevaluación: la hipervaloración y la agresividad hacia los adultos. En cambio, los adolescentes fueron los que presentaron una peor situación respecto a la norma, quedando los preadolescentes en situación intermedia.

¿Cómo interpretar estos datos? Referirnos a la edad directamente no es fácil al no haber controlado con exactitud ni la intensidad y ni el tiempo que han padecido malos tratos. Aunque sabemos que, independientemente de la edad, llevaban un promedio de dos años internos, alejados de los episodios de maltrato cotidiano, y que todos ellos fueron controlados por los servicios sociales, este resultado, con las debidas precauciones, señala a la edad como un factor que incrementa las secuelas negativas del maltrato físico, evaluadas por profesores e iguales. No obstante, también hemos de tener en cuenta en estos niños, el hecho de que la edad pudiera estar relacionada con dificultades para afrontar la adolescencia en estos contextos institucionales.

El tipo de patología adscrito a estos adolescentes maltratados, comparados con los otros dos grupos de edad, fue internalizada (ansiedad, aislamiento, impopularidad, conducta obsesiva, inatención y otras más), en el centro escolar. Podemos destacar de estos resultados que no aparece una valoración de comportamiento agresivo por parte del profesor lo que no deja de ser excepcional. La conducta agresiva ha sido una constante en estudios que han tratado los correlatos del abuso sexual (Kendall-Tackett et al., 1993) y del abuso físico (véase Prino y Peyrot, 1994) encontrándose que estos niños se caracterizaron por manifestar agresividad, desobediencia e impulsividad. Quizás una explicación plausible pueda centrase en la percepción del profesor, cuyo nivel de tolerancia pueda ser más alto, al estar ubicadas estas aulas en contextos deprivados, donde los comportamientos agresivos menores están a la orden del día. Son bien conocidas las dificultades escolares (abandono, falta de motivación, conducta problemática en clase, agresividad y deficiente rendimiento) que presentan los niños y niñas en aulas de educación compensatoria al llegar la adolescencia (Sexto y Séptimo de EGB). Quizás exista cierta habituación del profesor respecto a las conductas agresivas, lo que le ha llevado a centrarse en otros síntomas que, como el comportamiento obsesivo o la ansiedad, no son quizás tan frecuentes en los contextos de estas aulas.

No apareció ninguno de estos síntomas en las pruebas autoevaluadas, lo que nos llevó a pensar en la existencia, en estas edades, de una crisis escolar más que personal. Quizás refleje este resultado no sólo la propia desesperanza del profesor, sino también la crisis que aparece acerca de la utilidad del estudio o de los aprendizajes escolares en estos contextos al llegar estas edades superiores. Posiblemente, también la respuesta a estos autoinformes esté obstaculizada por la deseabilidad social, aunque en estos niños de niveles culturales tan bajos, sin duda sus valores sociales son otros bien distintos. Un factor que discriminó fue el liderazgo/hipervaloración de la prueba de autoconcepto. En esta variable parece que los niños de edad escolar, los más pequeños (9 a 10 años), se hipervaloraron más. Una posible explicación de esta hipervaloración podría ser el fenómeno del egotismo (Frankl y Snyder, 1978), es decir, algunos niños y niñas se atribuyen capacidades que no tienen, interpretándose como un mecanismo de defensa del Yo, cuyo fin es proteger su autoestima. Vondra, Barnett y Cicchetti (1990) encontraron también autovaloraciones de competencia y aceptación de iguales más elevadas y poco realistas en preescolares maltratados físicamente.

También mostraron los mayores, pero sin alcanzar claramente la significación, un superior empleo de una estrategia de solución de problemas hipotéticos interpersonales: la búsqueda de soluciones alternativas. La prueba de problemas hipotéticos, pudiera no estar evaluando lo que el niño o niña hace realmente en las situaciones interpersonales, sino el conocimiento social que a través de diversas circunstancias de aprendizaje o escolarización, el sujeto ha adquirido del comportamiento oportuno socialmente en tales situaciones. El conocimiento social resulta una variable vinculada a la comprensión de las situaciones sociales y a la adecuación de la conducta social. Hipotéticamente se ha afirmado que los niños maltratados tendrían dificultades para desarrollar variables de cognición social como puntos de vista alternativos (Frody y Smetana, 1984) o empatía (Main y George, 1985; Klimes-Dougan y Kistner, 1990). Y, en general, suelen presentar déficit en habilidades sociales (Vondra et al., 1990). En este trabajo encontramos que, los mayores manifestaron un elevado nivel de conocimiento social en la prueba de problemas hipotéticos, al obtener una mayor puntuación en el empleo de soluciones alternativas, una solución no agresiva y considerada hábil (Spivack y Shure, 1974). Sin embargo, los más pequeños fueron los preferidos por el grupo de iguales a la hora de confiar en ellos, lo cual pudiera ser una señal de la adaptación real de los niños y niñas más pequeños en contextos sociales, al ser contrastados con los otros dos grupos de edad (preadolescentes y adolescentes) que poseen sin embargo un mejor conocimiento social.

Esta disparidad alude a una situación de dificultad en la interacción con iguales, lo que puede propiciar el rechazo por parte de los compañeros debido a otros factores distintos del conocimiento social. Sobre los numerosos datos existentes de que los maltratados no son elegidos preferencialmente por los compañeros (Haskett, 1990; Haskett y Kistner, 1991; Cicchetti, Lynch, Shonk y Manly, 1992; Salzinger, Feldman, Hammer y Rosario, 1993) se admite que este rechazo social se corresponde con una escasa reciprocidad en las percepciones de los niños maltratados hacia sus iguales. Tampoco podemos suponer aquí que el rechazo sea debido a la conducta agresiva, lo que ha sido supuesto en otros estudios como causa del rechazo de los iguales. En todo caso, y ateniéndonos a los datos del profesor, cabría poner en relación este rechazo con retraimiento y aislamiento por parte de los adolescentes maltratados físicamente. Por último, en relación a la edad, fueron los más pequeños los que se autoevaluaron más diferencialmente respecto de la norma en agresividad hacia los adultos, refiriéndose posiblemente a los padres, ya que esta agresividad no se correspondió con la visión del profesor.

La segunda hipótesis que hacía referencia al género también se ha confirmado en este estudio, apareciendo escasas diferencias de ambos grupos en relación al grupo normativo. Según los profesores, por un lado, los varones rindieron menos en el aula y presentaron mayor agresividad, y , por otro, las niñas evidenciaron mayor adaptación general y una serie de manifestaciones internalizadas, como el aislamiento, la impopularidad y la inatención. Además, en la autoevaluación ellas se consideraron afectadas por un autoconcepto negativo y síntomas depresivos/ansiosos.

Ha sido una constante en la investigación sobre el maltrato físico encontrar una baja autoestima y autoconcepto duraderos en el tiempo, informados por los propios sujetos y por sus madres (véase Malinosky-Rummel y Hansen, 1993). Los síntomas depresivos y la ansiedad han sido también asociados al abuso sexual, como hemos comentado antes, en la revisión de Kendall-Tackett et al. (1993). En concreto, los profesores las han identificado, en comparación con sus compañeros varones, con mayores síntomas de ansiedad, como problema prioritario, y en menor medida, aislamiento e impopularidad. En nuestro país, López, Hernández y Carpintero (1995) encontraron también una superior puntuación en ansiedad en mujeres que en hombres (desde 4 a 16 años) abusados sexualmente. Sin embargo, en nuestro trabajo, estos síntomas no se relacionaron con ningún índice de rechazo social. Y en apoyo a esta normalidad social, mostraron mayor conocimiento social que los varones, empleando mejor las estrategias de soluciones alternativas, en la prueba de problemas hipotéticos.

En definitiva, aunque harían falta más estudios que se cuestionen estos resultados, como conclusión final hemos encontrado a los adolescentes como el grupo más deteriorado en relación a los efectos del maltrato físico, siendo las chicas las que presentaron mayores problemas de ansiedad, bajo autoconcepto, aislamiento e impopularidad, por lo cual podrían ser más difíciles de manejar en los centros escolares y en las instituciones de acogida.


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Aceptado el 21 de febrero de 1997

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    Tabla 1. Variables relacionadas con el género.
                            
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    Tabla 2. Variables relacionadas con la edad.