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III Congreso Nacional de Psicología - Oviedo 2017
Universidad de Oviedo

 

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Psicothema

ISSN Paper Edition: 0214-9915  

2000. Vol. 12, nº 2 , p. 323-324
Copyright © 2014


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ATENCIÓN Y PERCEPCIÓN

 

E. Munar, J. Rosselló y A. Sánchez-Cabaco, coord.

Madrid, Alianza Editorial, 1999, 709 pp.

REVISION DE LIBROS / BOOK REVIEW

Este nuevo volumen de la prestigiosa colección de Manuales de la editorial Alianza constituye una obra excepcional, por diversas razones. En primer lugar, porque demuestra fehacientemente el progreso ocurrido en nuestra comunidad científica con respecto a la formación de nuevos investigadores en los campos de atención y percepción, por lo cual hay que felicitarse. En segundo lugar, porque presenta un amplio panorama de los diversos campos, cada vez más especializados y técnicos, en que se organiza el estudio de la percepción humana, en lugar de restringirse, como suele ser habitual, a la visión (o como mucho también a la audición); incluye incluso un capítulo sobre percepción del tiempo y la causalidad (si bien la propiocepción aparece sólo a través del capítulo sobre alteraciones perceptivas). En tercer lugar, porque consigue salir airoso del esfuerzo por homogeneizar las diversas contribuciones que lo constituyen en un esquema común para cada capítulo, que trata de maximizar la relación entre cantidad de información ofrecida y facilitación de su procesamiento, evitando solapamientos y repeticiones innecesarias, pero estableciendo «hipervínculos» que facilitan la comprensión de las relaciones entre los diversos niveles de estudio. Resulta notorio el esfuerzo de los coordinadores en este sentido, que han combinado capítulos introductorios, con otros más expositivos, algunos más avanzados, y otros que presentan someramente la dimensión psicopatológica.

 
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Revisado por:
Antoni Gomila Benejam
UIB

 

Este nuevo volumen de la prestigiosa colección de Manuales de la editorial Alianza constituye una obra excepcional, por diversas razones. En primer lugar, porque demuestra fehacientemente el progreso ocurrido en nuestra comunidad científica con respecto a la formación de nuevos investigadores en los campos de atención y percepción, por lo cual hay que felicitarse. En segundo lugar, porque presenta un amplio panorama de los diversos campos, cada vez más especializados y técnicos, en que se organiza el estudio de la percepción humana, en lugar de restringirse, como suele ser habitual, a la visión (o como mucho también a la audición); incluye incluso un capítulo sobre percepción del tiempo y la causalidad (si bien la propiocepción aparece sólo a través del capítulo sobre alteraciones perceptivas). En tercer lugar, porque consigue salir airoso del esfuerzo por homogeneizar las diversas contribuciones que lo constituyen en un esquema común para cada capítulo, que trata de maximizar la relación entre cantidad de información ofrecida y facilitación de su procesamiento, evitando solapamientos y repeticiones innecesarias, pero estableciendo «hipervínculos» que facilitan la comprensión de las relaciones entre los diversos niveles de estudio. Resulta notorio el esfuerzo de los coordinadores en este sentido, que han combinado capítulos introductorios, con otros más expositivos, algunos más avanzados, y otros que presentan someramente la dimensión psicopatológica.

Así, el primer bloque, dedicado a la atención, incluye dos capítulos de información básica — uno sobre los conceptos teóricos en el estudio de la atención, de Pilar Tejero, y uno sobre los paradigmas experimentales utilizados en su estudio, de Juan Botella y Mª Isabel Barriopedro —, junto a un capítulo, difícil, que plantea los retos de la investigación actual, de Jaume Rosselló, y otro, de Mateu Servera, sobre alteraciones atencionales. La exhaustiva discusión de Rosselló es sensible a los argumentos de quienes rechazan tanto la existencia de un mecanismo de control atencional supramodal (monarquía), como de una serie de mecanismos específicos de cada modalidad (oligarquía), para concluir en una especie de anarquía funcional, que descartaría la atención como concepto explicativo en psicología — frente a la cual uno siente la tentación de proponer un cierto feudalismo jerárquico como último recurso.

El segundo bloque, con una extensión naturalmente mucho mayor, arranca con una introducción, de José E. García-Albea, sobre el concepto y los supuestos básicos del estudio de la percepción, a la que le siguen 14 capítulos. Dos, el de psicofísica (Antonio Sánchez) y el del sonido y la arquitectura del sistema auditivo (Luís López-Bascuas) plantean las relaciones básicas entre física y fisiología; otros seis se centran en la visión: el procesamiento básico (Florentino Blanco y David Travieso), la percepción del contraste (José A. Aznar), del color (Julio Lillo), la organización perceptiva y la percepción de objetos (Antonio Crespo), del espacio (Enric Munar), y del movimiento (Munar y Rosselló; éste incorpora también los aspectos auditivos); otros dos capítulos de López-Bascuas presentan la percepción auditiva en general, y del habla en particular; le sigue un capítulo dedicado a la percepción táctil y háptica, de Soledad Ballesteros, otro de Santiago Estaún sobre la percepción del tiempo y la causalidad, y otro de Jordi Pich sobre los sentidos químicos. El capítulo final, dedicado a las alteraciones perceptivas (David Travieso y Florentino Blanco), enfrentado a una tarea propia de otro libro, se limita prudentemente a una presentación sucinta de las múltiples psicopatologías.

Podrían discutirse algunas de las opciones tomadas, sin duda. Por ejemplo, el peso de la información física y fisiológica es mayor que el dedicado a la descripción de las propiedades de la experiencia perceptiva; podría resultar quizá más apropiado reunir la percepción del movimiento y la causalidad en un capítulo sobre percepción de sucesos, y en lugar de hablar de percepción del tiempo, hablar de la temporalidad de la percepción, en función, precisamente, de esa sensibilidad a los cambios. Podría haberse ligado la presentación que hace Rosselló de la «atención para la acción» con la dimensión de guía de la acción que caracteriza la percepción. En general, aunque también se recogen las aportaciones conexionistas y algunos resultados desarrollados desde la perspectiva de Gibson, el manual se inscribe en un enfoque clásico. Obviamente, se trata aquí de una tarea de «satisfacción de constricciones» y cualquier opción final se tiene que enfrentar con alternativas igualmente atractivas.

En conjunto, este manual, con vocación de tratado, viene a llenar un espacio necesario, al hacer accesible a un público amplio el estado actual de la cuestión en atención y percepción, no sólo para el ámbito de la enseñanza universitaria, sino también como una obra de referencia básica y de consulta, accesible sin demasiadas dificultades. En este sentido creo que supone un claro avance respecto a su precedente de hace casi una década, el volumen 3 del Tratado de Psicología General, editado por Mayor y Pinillos en Alhambra. No me resisto, en cualquier caso, a reseñar una coincidencia que puede resultar curiosa para muchos: tanto Trespalacios en su contribución a esta última obra, como Blanco y Travieso en la que comentamos, acaban remitiendo a Merleau-Ponty y su Fenomenología de la Percepción como clave para entender la naturaleza de la percepción. Un caso interesante de constancia... ¿perceptiva?, que contrasta con la realidad de los contenidos.

Como es inevitable en una obra de estas características, siempre se puede echar algo en falta. La extensión del trabajo, paradójicamente, en lugar de disminuir este efecto, lo aumenta, aunque hay que decir que en este caso hay que esforzarse por encontrar alguna carencia significativa. Entrar en detalles aquí capítulo a capítulo resulta imposible, aunque no me resisto a manifestar que me ha llamado la atención la ausencia de referencias a la teoría retinex de las constancias en la visión del color de Land, o a la teoría motora de la percepción del lenguaje de Mattingly y Sttudert-Kennedy, que propugna la especificidad auditiva del procesamiento lingüístico, por ejemplo. Igualmente he mencionado al principio que no se trata la propiocepción (ni el reconocimiento de rostros) . Pero sí quisiera dedicar un breve comentario a una ausencia que considero importante, y que podría servir para unir algunos de los muchos hilos sueltos que van surgiendo a lo largo de los capítulos a nivel teórico.

A lo que me refiero es a la posibilidad de dedicar un capítulo final a hacer balance, en un doble sentido. Por una parte, sería interesante contar con alguna reflexión general sobre los resultados conseguidos hasta el momento, los temas pendientes y los caminos futuros por los que cabe esperar que discurra la investigación; cuando menos para evitar dar impresión de que se trata de un campo cerrado, en lugar de transmitir a los estudiantes, a quienes va dirigida en primer lugar esta obra, la necesidad de la investigación. Por otra parte, sería también necesario reflexionar, cuando menos, sobre los programas teóricos en que se sitúan las diversas teorías reseñadas. Pues si bien Gibson está tanto explícita como implícitamente, así como también aparecen algunos modelos conexionistas, siempre ocurre a nivel de capítulos concretos, y sin tratarse directamente la cuestión de si puede considerarse que el conexionismo como el heredero del programa anti-representacionalista de Gibson, o hasta qué punto se trata de una alternativa teórica. Resultaría, por ello, muy provechoso plantear, en primer lugar, esa cuestión; y en segundo lugar, si es posible, y de qué manera, una teoría unificada de la percepción, y cuáles serían sus características y compromisos a nivel de teoría psicológica vis a vis teoría neurofisiológica.

Esta demanda tiene mayor sentido en la medida en que estos dos aspectos, el de los límites del conocimiento y el de las opciones metateóricas, confluyen justamente en aquellos problemas para los que no disponemos todavía de una buena explicación teórica. Se me ocurre, por ejemplo, el tema de la integración de las diversas vías de obtención de información (toda información espacial, digamos, en un «binding problem» a la tremenda). O bien la necesidad de no desligar la propiocepción de la exterocepción, para poder dar cuenta de la coordinación sensoriomotora. En definitiva, de lo que se trata es de no olvidar que el objetivo del estudio de la atención y de la percepción es poder entender y explicar nuestras experiencias perceptivas, en último término conscientes (con una dimensión afectiva, placentera o displacentera, tan bien conocida implícitamente por el mundo del arte, la enología,. la decoración o la moda, pero que la psicología científica se resiste a estudiar).


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