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 Nothing psychological is strange to us
III Congreso Nacional de Psicología - Oviedo 2017
Universidad de Oviedo

 

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Psicothema

ISSN Paper Edition: 0214-9915  

1996. Vol. 8, Suplem.1 , p. 89-147
Copyright © 2014


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LA ESTRUCTURA DE LA CONDUCTA. ESTÍMULO, SITUACIÓN Y CONCIENCIA

 

Mariano Yela

Discurso leído el día 5 de Noviembre de 1947 en el Acto de su recepción pública como Académico de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

Señores Académicos:

Mis primeras palabras tienen que ser, por obligación y por devoción, de gratitud. Estoy aquí por el afecto de D. Juan Zaragüeta, que me propuso, y la benevolencia de todos ustedes, que me aceptaron. La honra que con ello me dan rebasa sin medida mis méritos, si tengo alguno. Aunque creo que sí, que alguno tengo, incluso tal vez dos.

Tengo por mi primer mérito el ser un trabajador. Vengo de familia de campesinos y obreros, hechos y, a veces, deshechos en el trabajo. He sido obrero parte de mi vida. Luego, he cambiado el taller por el laboratorio y la biblioteca. Es igual: sigo siendo un trabajador. He trabajado mucho, y bien merece esto algún premio, aunque nunca hubiera imaginado uno tan alto.

Mi segundo mérito, señores académicos, se lo debo a ustedes. No está mal que la Academia abra sus puertas a un sabio. Y aunque yo no lo era cuando ustedes me eligieron, al elegirme me pusieron en vías de serlo. ¿No decían Platón y Aristóteles, los viejos y eternos maestros, que el asombro es el principio de la sabiduría? Pues héme aquí, sabio o casi sabio, porque yo soy desde entonces, desde que supe que me habían elegido, el hombre más asombrado del planeta.

Y lo soy tanto más si reparo en quienes me antecedieron en la Medalla de Académico que hoy se me otorga. Entre los más recientes figuran algunos de ancha fama pública, como el cardenal Gomá y Ramiro de Maeztu. Yo quiero celebrar brevemente la memoria de los dos más inmediatos: D. José Rogerio Sánchez, que fue mi maestro, y cuyo consejo y ayuda cordiales, abundantes y generosos nunca olvidaré, y -el P. Carro, a quien sucedo en la Academia y a quien quisiera suceder en la vida limpia y sencilla, en el estudio infatigable, en el brío para defender sus convicciones, en el amor encendido a España. Toda su obra es un análisis lúcido y fervoroso de la aportación española -Vitoria, los Soto- al derecho de las gentes y de las naciones. En ella se aprende a admirar, no se sabe cuál más, si la originalidad o la valentía de un pensamiento teológico jurídico que proclama, a la altura del siglo XVI, en una época de arrolladora vitalidad desmesurada la igualdad radical de todos los hombres, miembros todos de una misma Communitas naturales orbis; todos, indios o españoles, fieles o infieles, con los mismos derechos naturales, por encima o por debajo de las diferencias de raza, lengua, religión o cultura. Un pensamiento que, decididamente, no ha perdido actualidad. Vaya por ello a la memoria del P. Carro el testimonio de mi admiración y respeto.

 
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Discurso leído el día 5 de Noviembre de 1974
en el Acto de su recepción pública como Académico de número
de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

 

I. El estímulo y el sujeto

El problema

La psicología es hoy la ciencia de la conducta. Los psicólogos, que discrepan sin tasa acerca de lo que la conducta sea, concuerdan al menos en afirmar que la conducta es, desde luego, el tema de sus trabajos1. Ese es también nuestro tema. Nos preguntamos qué es la conducta. No, claro está, para indagar sus formas y contenidos. No pretendemos hacer un resumen de la psicología, ni una psicología sinóptica. Nuestro objetivo concreto es examinar la estructura de la conducta. Estructura, decía Ortega, es igual a elementos más orden2. Ese es nuestro propósito: aclarar cuáles son los elementos de la conducta y cuál es el orden que los incluye. Nos limitaremos en esta ocasión a considerar el tema desde una perspectiva fundamentalmente experimental y positiva, que no tiene por qué ser necesariamente la perspectiva del positivismo o, como la llamaba Unamuno, del negativismo3.

La fórmula conductista

Una manera razonable de empezar es hacerlo por lo más simple, aun a riesgo de que lo más simple resulte excesivamente simplista. Pues bien, la fórmula más concisa y simple de la conducta es la ofrecida por el conductismo de Watson. La conducta es la reacción a un estímulo. Simbólicamente:

E → R

R = f (E)

donde E es estímulo; R es reacción, y f significa «función de».

Los elementos de la conducta son dos fenómenos físicos: el estímulo y la reacción. La conducta es la conexión entre ambos. La reacción es función del estímulo. Explicar la conducta significa explicar esa funcionalidad, inmensamente compleja, por supuesto, en el caso del hombre. Pero, a pesar de su complejidad, una cosa es clara para Watson. El estímulo, causa física, produce mecánicamente la reacción, efecto físico. La conducta es una cadena de conexiones E-R heredadas o adquiridas.

La postura de Watson suscita, por lo pronto, la alarma de Angell, su maestro, que en el mismo número de Psychological Review en el que aparece el primer manifiesto «behaviorista» escribe, entre dolido y resignado: «Habíamos borrado la palabra alma; la conciencia parece ser ahora la próxima víctima»4.

Dejemos a un lado la alarma de Angell. Vayamos directamente al problema. ¿De dónde viene y qué sentido tiene la fórmula de Watson?

Lo primero que hay que decir es que no es gratuita. Estaba en el espíritu de la época, en el Zeitgeist, como diría Boring, el más autorizado historiador de la psicología experimental5. La psicología y las ciencias del hombre se habían ocupado durante siglos de los actos humanos. La psicología científica, por obra principal de Wundt, en Europa, y de Titchener, en América, separó, a principios de nuestro siglo, los dos componentes de esos actos: la conciencia y el movimiento corporal. Trató de estudiar, por una parte, la conciencia, sus elementos y sus estados, terminando por reducirla a un conglomerado de cualidades sensoriales, artificioso, estéril y desligado del mundo, y por otra, los movimientos musculares y fisiológicos, considerados como fenómenos paralelos, manipulables directamente en la experimentación.

Esta quiebra de la acción humana, dividida en conciencia y movimiento, tiene detrás una larga tradición histórica, que parte, sobre todo, del dualismo cartesiano: el hombre como res cogitans, puro pensamiento, y como res extensa, pura máquina. En otros lugares6 hemos estudiado su origen, su evolución y su crisis. La crisis acontece, precisamente, en tiempos de Watson. Un año antes de 1913, en que Watson7 se rebela contra la conciencia introspeccionista de Titchener, lo hace Wertheimer8 contra la conciencia asociacionista de Wundt. Wertheimer, en el contexto de la fenomenología europea, origina la psicología de la Gestalt, que estudia no los elementos en la conciencia, sino los fenómenos ante la conciencia. Watson, en el contexto del pragmatismo norteamericano, da origen al behaviorismo, que prescinde de la conciencia y se atiene a lo único que queda, los movimientos.

Pero antes que él, y por sus mismos años, otros muchos se alzaron contra la escisión de los actos humanos en conciencia y movimiento9. McDougall10, Janet11y Piéron12, entre otros, hablaban por entonces de la acción humana, e incluso empleaban para ello el mismo término que Watson: behavior, Verhalkten, conduite, comportement. La misma tendencia se iniciaba en filosofía. Ortega, por ejemplo, presentaba en 1913 sus primeros esbozos de una teoría del hombre como realidad ejecutiva13.

Watson es uno más en rechazar la inaccesible y estéril conciencia supuestamente observada por los introspeccionistas. Aunque Watson, torpemente radical, se queda solamente, como dijimos, con la otra mitad de la acción humana, con las puras contracciones musculares.

Así y todo, es preciso reconocer, con Fraisse14, que la fórmula de Watson, con ser insuficiente, ha planteado por vez primera en el plano teórico las condiciones del establecimiento de una psicología científica. Porque la fórmula de Watson es, en efecto, insuficiente, pero correcta. Si no hay estímulo, no hay conducta; si no hay reacción, deja de haberla. En toda conducta hay reacción y hay estímulo. Mi conducta de escribir y sus diversas fases y componentes constan, sin duda, de reacciones -movimientos orgánicos mediante los cuales escribo-, que son función de los diversos estímulos internos y externos que me han excitado antes y que en este momento me excitan. La fórmula es válida, pero incompleta. Le falta un término absolutamente esencial: el sujeto. La reacción es del sujeto; el estímulo estimula al sujeto. Sin sujeto no hay ni estímulo ni reacción. La cosa es obvia y, de un modo u otro, admitida y dada por supuesta por todos. Pero, justamente, ahí está la cuestión, No darla por supuesta, sino, al contrario, considerarla de manera explícita y tratar de esclarecer su significado.

No se puede prescindir del sujeto por dos razones:

Primera, porque sin él no pueden entenderse ni el estímulo ni la reacción en tanto, precisamente, que elementos de la conducta, ni siquiera en una perspectiva puramente conductista, es decir, considerados como fenómenos físicos en conexión legal y verificable. Si no se admite explícitamente el sujeto, si se niega o, sin negarlo, se le excluye, se le vuelve a introducir de forma más o menos larvada y, en general, confusa, incoherente y, como veremos, contradictoria.

Segunda, porque al admitirlo no sólo se agrega un elemento más al estímulo y a la reacción, a saber, el sujeto, sino que el orden de la estructura y, por tanto, la estructura misma se modifica, y resultan radicalmente modificados el estímulo y la reacción en tanto que elementos de la conducta.

Admitamos, pues, la fórmula conductista y veamos cómo exige la inclusión del sujeto y cómo esta inclusión modifica la estructura toda de la conducta. Veámoslo, primero, desde el estímulo y, luego, desde la reacción. Advirtamos, sin embargo, que en el presente trabajo sólo nos ocuparemos temáticamente del primer punto.

La noción del estímulo

El estímulo en psicología, como el ser en Aristóteles, se dice de muchas maneras. En realidad no existe una idea clara de qué sea el estímulo. Es curioso: la psicología científica es, en gran parte, teoría de las conexiones entre el estímulo y la reacción, y, sin embargo, no se encuentra en ella por ningún lado una teoría del estímulo. Como dice Neal Miller, uno de los miembros más eminentes de la cofradía, «los psicólogos ER saben relativamente poco de sus estímulos y sus respuestas; no les interesan; son especialistas del guión intermedio, y podrían ser llamados, más exactamente, psicólogos del guión»15.

No es extraño que se haya llegado así a la situación paradójica señalada por Stevens16. Por una parte, la psicología toda se reduce «al problema de definir el estímulo respecto a una respuesta dada». Por otra parte, no hay manera de conseguirlo: «no se ha logrado, para ninguna respuesta, una definición completa del estímulo». Más aún, «es vano incluso intentar una definición general del estímulo en psicología». No hay modo, al parecer, de cumplir el programa de Watson: dado un estímulo, predecir la respuesta; dada una respuesta, especificar el estímulo.

¿Por qué? ¿Qué pasa con el estímulo en psicología? Es difícil responder a estas cuestiones si no se tiene una idea clara acerca de qué se entiende por estímulo.

El estímulo se entiende, lo hemos dicho, de muchas maneras. Su noción experimental procede de la biología, donde la palabra suele conservar su sentido etimológico; stimulus: pica, pincho; o, como dice el Diccionario, aguijada: incitamiento para obrar o funcionar. Desde Galvani y Volta a Bichet y Joahneüller, estímulo es la excitación de un órgano, un tejido, un nervio o un receptor, a la que el organismo, o la parte afectada, responde con una reacción propia. La investigación va descubriendo, durante el siglo XIX, más y más receptores y estudiando su reacción a más y más formas y variables de la energía física. Fechner consolida esta tradición: estímulo es la energía física que afecta a un receptor. Con Wundt se inicia la psicología experimental y, con ella, una nueva noción del estímulo, que se añade y se confunde con la anterior: estímulo es la variable independiente de los experimentos; a saber, todo lo que el experimentador controla y presenta al sujeto: energías, sílabas, palabras, consignas, problemas, tests y objetos diversos. La reacción conductista y objetivista de Thorndike, Pavlov y Watson mezcla, de nuevo, dos acepciones. Sigue empleando el término en su significado experimental, incluso lo subraya; estímulo es la variable independiente: alimento, campana, laberinto. Pero es, asimismo, la energía física en los receptores, interpretada ahora, en una clara vuelta al mecanicismo cartesiano, como causa mecánica de los movimientos del corps machine. La psicología ulterior, hasta nuestros días, conserva estas acepciones y extiende el campo semántico del término a cualquier situación con que se enfrente el sujeto: cosas, acontecimientos, personas y el propio sí mismo.

Tratemos de ordenar estas nociones.

Creo que sólo es posible introduciendo al sujeto.

Estímulo es, desde luego, una energía física. Esto lo admiten todos. Si no hubiera energías físicas, como la luz, electricidad, ondas sonoras, momentos, cambios químicos y mecánicos, etcétera, y si estas energías no llegaran a los órganos receptores y los excitaran, no habría estímulos, ni reacciones, ni conducta. De acuerdo: estímulo es igual a energía física. Entiéndase: igual a energía física estimulante, que no es exactamente lo mismo. Todo estímulo es energía física, pero no toda energía física es estímulo. Las energías físicas, como tales, las estudia la ciencia física. La psicología las considera sólo en tanto que estímulos, es decir, en tanto estimulan o pueden estimular; o sea, estrictamente, en función de un sujeto estimulable. Un sujeto que, por lo pronto, es un cuerpo vivo, un organismo.

El sujeto es un organismo estimulable. Depende y es función del estímulo. Sin él no puede subsistir. Yo, sin aire que respirar, sin presión externa que compense la interna, sin cierta temperatura, sin cierto trasiego de energía y materia con el medio en que vivo, no podría simplemente vivir. No en vano Armstrong, para dar su small step en la Luna, llevó consigo el ambiente imprescindible de la Tierra dentro de su vestimenta espacial.

El sujeto es función del estímulo. Pero la inversa, como hemos advertido, es igualmente cierta. El estímulo es función del sujeto.

En resumen, los estímulos lo son porque estimulan o pueden estimular; si no, serían, acaso, energías físicas, pero no estímulos. Lo son, como elementos de la conducta, en el sujeto. El sujeto es, por lo pronto, el lugar en el cual, si hay conexión E-R, ésta acontece. Y acontece en el sujeto en tanto éste es un organismo.

El sujeto como organismo

El estímulo es función del sujeto, al menos en el sentido elemental de que sólo lo es si estimula y porque estimula o puede hacerlo. El estímulo no es, sin más, una energía física, por ejemplo, unas ondas electromagnéticas, sino esa energía -esas ondas electromagnéticas- en tanto y sólo en tanto afectan a un organismo, es decir, en tanto encuentran un órgano apto para ser estimulado de alguna forma: visión, irritación, quemazón, etc.

El sujeto es, al menos, el lugar de la estimulación, donde la energía física se hace estímulo. Pero el estímulo depende del sujeto en forma mucho más honda y decisiva. El sujeto no es un lugar vacío ni una black box donde acaece la conexión entre el estímulo y la respuesta. Es un organismo con una peculiar organización. Esta organización peculiar es, precisamente, la que define el ámbito estimulante, es decir, qué energías físicas pueden ser para ella estímulo y cuáles no. Es el organismo vivo el que delimita por su propia organización su campo físico estimulante dentro del campo físico total. Sin conocer el organismo, sin referirse al sujeto como organismo, no cabe hablar del campo físico como medio estimulante.

No es que el organismo determine el medio, ni viceversa. Ambos se codeterminan y se codefinen, en un sistema unitario y dinámico que los comprende. Por lo que atañe al estímulo, que es nuestro tema, esto supone: Primero, que el organismo está definido por el sistema de relaciones que un cierto medio le hace posible. Este medio es característico de cada especie. Se conoce el organismo en la medida en que se conoce el medio que le corresponde y en las relaciones con el cual consiste en gran parte su vida. Segundo, que el medio está definido por la estructura específica del organismo. Se conoce el medio en la medida en que se conoce la estructura del organismo, sus respuestas y sus relaciones con él.

La misma energía física puede o no ser estímulo, según la especie del organismo. Las radiaciones electromagnéticas, en una amplia gama de ondas de longitud inferior a las 400 millonésimas de milímetro, son estímulos visuales para las abejas y otros muchos insectos, pero no para el hombre. En cambio, casi toda la luz que nosotros vemos como roja es invisible para ellos. Las polillas oyen los ultrasonidos, y los murciélagos los producen y perciben por encima de los 100.000 ciclos por segundo, mientras el hombre no suele captarlos por encima de los 20.000 herzios. Como nos recuerda Tinbergen, «si en una tarde tranquila de verano vemos revolotear murciélagos y polillas, que tratan de esquivarlos, pensemos que su ambiente es muy distinto del nuestro; para ellos la tarde no tiene nada de tranquila: es un infierno de alaridos»17.

Cada organismo tiene su medio. Y el organismo y su medio son como la llave y su cerradura, según von Uexküll, el teórico fundamental del medio biológico18. El medio es Umwelt: lo que circunda al ser vivo. El Umwelt funciona como Markwelt o medio estimulante, sentido y percibido, y como Wirkwelt o medio de las acciones del organismo. La conducta expresa, precisamente, la unidad de cada tipo de organismo y su medio propio.

También el hombre es un organismo, y también tiene su medio correspondiente. Al menos eso es lo que piensa von Uexküll19. La cosa es discutible. Buytendijk, uno de los más eminentes especialistas de psicología animal, se opone a esta idea: «Der Mensch hat keine Umwelt, sondern eine Welt»; el hombre no tiene medio, sino mundo. El mundo del hombre no está limitado a un ámbito específico de estimulación según su determinada estructura orgánica. No es sólo un medio específico, es un mundo existente20. Lo mismo viene a decir Zubiri, con mayor precisión metafísica. El animal tiene un medio de estímulos; el hombre, un mundo de realidades21.

No entremos en la cuestión filosófica. El hombre es un organismo vivo. Y su organización psicosomática delimita, en cierto modo, un ámbito estimulante. Si tuviéramos otros ojos, las radiaciones nos afectarían de otra manera y veríamos, en parte, de otra manera. Lo que pasa es que ese organismo del hombre, es justamente, humano. Se dice: el hombre, a diferencia del murciélago o el delfín, no produce ni capta ultrasonidos. Bien. Pero la frase es ambigua. El hombre no ha producido ni captado ultrasonidos durante cientos de miles, quizá millones, de años22. Hoy los produce y los capta mediante el sonar. Se dice: el hombre no puede guiarse por las radiaciones ultravioletas, como las mariposas. Pero, ¿no capta hoy con sus aparatos las ondas ultravioletas y, más allá, hasta los rayos cósmicos, y las ondas infrarrojas y, más acá, hasta las emisiones de radio? Evidentemente, el medio biológico del organismo humano es indefinido y le revela como organismo abierto, en principio, a cualquier medio. El del animal está circunscrito a ciertas energías y lo codefine como «enclasado», según el término de Zubiri23.

En el mismo sentido se expresa la actual teoría general de sistemas. El organismo vivo es un sistema físico peculiar, caracterizado por estar abierto al medio con el que forma una unidad de interacción y del medio que toma constantemente materia, información y energía. El medio biológico es parte integrante del sistema total. El estímulo lo es porque la relación entre ciertas propiedades del medio y ciertas propiedades del organismo está incluida en el sistema total organismo-medio. El peculiar sistema que corresponde al caso del hombre incluye relaciones simbólicas. Por ellas el hombre no sólo puede ser afectado y ajustarse a un medio determinado, sino rebasar y trascender todo medio específico24.

El medio biológico es, así, el ámbito de la estimulación posible del organismo. Ningún aspecto del campo de energías físicas es definible como estímulo, es decir, como elemento de la conducta, si no es por referencia al organismo que se conduce.

Más aún, el sujeto, como organismo, no sólo delimita el medio de su estimulación posible, sino dentro de él, y en cada caso, el estímulo concreto que puede hic et nunc ser estímulo eficaz. El mismo estímulo no siempre estimula ni siempre lo hace de la misma manera. Unas veces sí, por ejemplo, en el período excitable de una neurona; otras veces no, como sucede en el período refractario. Unas veces necesita más intensidad y otras menos, elevando o rebajando los umbrales de excitación. En unas ocasiones lo hace de una manera; en otras, de otra distinta, como acontece con la radiaciones electromagnéticas en la oscuridad, antes y después de la adaptación a la misma. Unas veces lo hace de una manera y otras de la contraria: el mismo alimento excita el apetito, el hastío o la nausea, según el sujeto esté hambriento, saciado o enfermo.

Del organismo dependen las condiciones de intensidad, cantidad, ordenación espacio-temporal, configuración energética, etcétera, que han de darse para que la energía física funcione, en efecto, como tal estímulo y con tales propiedades. Sólo referidas a un organismo determinado, con unas estructuras y en unas circunstancias dadas, pueden, por ejemplo, realizarse y tienen sentido psicológico las investigaciones sobre umbrales y dinteles de la sensación, estimulación propia e impropia de los órganos, niveles de detectabilidad, reconocimiento y discriminación de señales, medida de la información y de la redundancia, estimulación perceptiva, valor biológico de la estimulación, etc.

El estímulo, como integrante de la conducta, no es la pura energía física, sino, en rigurosa dependencia de ella, un proceso biofísico que depende también, en forma no menos rigurosa, de la estructura y funcionamiento del organismo. El estímulo, como elemento de la conducta, es un proceso de interacción biofísica inidentificable e ininteligible si no es en función de una determinada estructura orgánica en el contexto de la actividad del ser vivo que la posee.

«La excitación es ya una respuesta. No es un efecto que llega desde fuera al organismo; es el primer acto de su propio funcionamiento»25.

Una nueva fórmula de la conducta

A este nivel del análisis parece ya claro que la inclusión del sujeto en la fórmula de la conducta no sólo es necesaria, sino que, además, modifica radicalmente el sentido de los dos términos anteriores, el estímulo y la reacción. El estímulo no es ya, sin más, definible por entero en términos exclusivamente físicos, prescindiendo de toda referencia a un organismo vivo. El estímulo, para el psicólogo, es un elemento de la conducta y, como tal, un proceso biofísico, función de las energías físicas del medio y del sujeto orgánico al que afectan. La reacción no podrá ser mero efecto del estímulo físico, ya que éste se integra en una interacción biofísica, sino una reacción elaborada biofísicamente por el organismo. Con palabras más claras, la reacción no es mera reacción; es respuesta de un organismo vivo, utilización biológica de la estimulación. La fórmula de la conducta se ha complicado, pero resulta más fiel a la realidad observable:

E ↔S → R

R = f (S, E)

donde E es estimulación biofísica; S, sujeto orgánico vivo, y R, respuesta, como utilización biológica de la estimulación.

Los elementos de la conducta son la estimulación, el sujeto y la respuesta. La conducta es la respuesta que el ser vivo da a la estimulación. La respuesta es función del sujeto y de la estimulación que le afecta.

Por lo que respecta al estímulo, resulta de todo lo dicho que el sujeto es función de él y que él es función del sujeto. Lo hemos visto en términos generales. Tratemos de precisar ahora en qué consiste esta interdependencia. De paso, intentaremos superar en lo posible las anfibologías, disparidades y contradicciones que se han acumulado en la historia de la psicología sobre el concepto de estímulo, a las que ya hicimos alusión, y que ha llegado el momento de examinar explícitamente.

Recojamos, por de pronto, algo común a todas las acepciones del término. El estímulo pertenece a la fase predominantemente centrípeta de la conducta. La conducta, sea lo que fuere, es algo que se hace en un medio estimulante. El estímulo representa, en muy primer término, el influjo del medio en el organismo. Por el estímulo, el medio alerta, excita o se hace de alguna manera presente al sujeto. ¿Cómo? Esa es la cuestión. La vamos a examinar según tres perspectivas fundamentales en la experimentación psicológica.

Primero, la perspectiva física del estímulo. Se trata de aclarar en qué consiste físicamente el estímulo en tanto provoca o puede provocar la respuesta del organismo. Es el problema más estudiado por la psicología cuando se enfrenta directamente con el tema. Lo abordan casi exclusivamente los psicofísicos y los psicólogos de la sensación y la percepción. Cuando la psicología estudia la conducta completa, sus aspectos superiores o su parte ejecutiva y final, apenas considera este asunto o, si lo hace, lo trata, por lo común, inconsistentemente.

Pero la anterior perspectiva, enteramente legítima, no es la única. Es parcial e insuficiente. Los que la adoptan suelen prescindir nada menos que del carácter activo del organismo. Parten del supuesto, más o menos deliberado, que el organismo es fundamentalmente pasivo y reactivo. De suyo, no haría nada. El estímulo lo saca de la inacción, lo activa y pone en marcha. Pero esto es discutible. El organismo vivo es activo. El estímulo no pone en marcha su actividad. Incide sobre esa actividad y la modifica o modula. El estímulo ha de considerarse no sólo en función de sus propiedades físicas y de la estructura del organismo, sino, asimismo, en función de la actividad ya en marcha, que el estímulo no inicia y en la que se integra y por la que adquiere su concreto valor estimulante, informativo y comportamental.

Finalmente, es preciso considerar el estímulo en su efectiva complejidad. Aquello a lo que se responde en la conducta no es, en general, un estímulo aislado, sino un estímulo en un contexto. El estímulo forma parte de una situación. En grados diversos según el nivel filogenético, y de modo patente en el hombre, el estímulo es elemento de la conducta en tanto se articula en una situación estimulante. Su valor y papel en esa conducta dependen no sólo de sus propiedades física, no sólo de la actividad del ser vivo, considerada como acontecer psicoorgánico, sino concretamente de la situación total en que el estímulo se incluye, tal y como es vivida por el sujeto.

II. La consistencia física del estímulo

La gran paradoja

El estímulo es una energía física. En cuanto elemento de la conducta, depende de su interacción con el sujeto; primero, porque éste delimita por su estructura el ámbito de los estímulos posibles, y segundo, porque éste codetermina, en el proceso biofísico de la excitación, las propiedades que ha de tener el estímulo para ser hic et nunc eficaz.

Bien, pero ¿en qué consiste esta interdependencia y cómo afecta al carácter físico del estímulo?

Partamos, de nuevo, de la fórmula conductista. Estímulo es aquello a lo que se responde. Yo escribo: el estímulo es, para poner el ejemplo consabido, la hoja en blanco. Un coche viene sobre mí; yo lo esquivo: el estímulo es el coche. El perro segrega saliva ante el plato de comida: el estímulo es el alimento. Son ejemplos corrientes de lo que suele llamarse estímulo en la psicología experimental de la conducta. La hoja, el coche, el alimento: los estímulos son las cosas.

Pero ¿cómo puede ser estímulo una cosa? Las cosas, en realidad, no estimulan. La hoja o el coche no llegan a los receptores de mi retina. Tampoco envían al organismo pequeños retratos suyos, efigies, iconos, eidola, simulacros, especies, ni ninguna de esas «petites images voltigeantes par l'air», de que hablaba Descartes en su Dioptrique26. Ninguna imagen de la hoja se transmite hasta mis conos y bastones y los excita. Las cosas estimulan, que sepamos, solamente a través de las energías físicas. Estas son lo único que llega al organismo y lo estimula. La estimulación consiste en la modificación de ciertas células receptoras. Los estímulos son las energías físicas.

Esto lo admite hoy todo el mundo. Pero esto implica una paradoja en la cual están enzarzados todos los psicólogos que se ocupan del problema, o en la que caen, sin saberlo, los que lo ignoran o lo tienen por resuelto.

Porque parece que hay que decidir. El estímulo al que respondo es, o bien las cosas, o bien las energías físicas. Y ninguna de las dos versiones parece aceptable.

Si, en pura ortodoxia conductista, se llama estímulo a la cosa a que respondo, se pasa alegremente por alto que lo único que me puede efectivamente estimular son las energías físicas en los receptores. Y si llamamos estímulos a las energías físicas en los receptores no se explica, sin más, cómo podemos responder, como en efecto respondemos, a las cosas.

A lo que responde, dice el psicólogo de la conducta, es la estímulo. Ahora bien, el estímulo son las radiaciones electromagnéticas en mi retina. Pero la hoja no es una serie de radiaciones electromagnéticas en mi retina. Y, sin embargo, a lo que respondo es a la hoja: yo veo la hoja, no las radiaciones. ¿Hay alguna manera de deshacer la paradoja?

Se puede decir y se dice: lo que veo es la hoja, pero la veo por las energía excitantes. Lo que veo «inicial y formalmente sólo se me presenta como algo que está ahí, sea cualquiera su origen o su causa», dice, con razón, Millán Puelles27(pág. 64). Más aún, «ni yo veo que lo visto me haga verlo, ni el verlo se me presenta tampoco a la reflexión a título de un cierto efecto de lo visto» (pág. 121). Sólo la experiencia de ciertos hechos, como las apariencias perceptivas y la dependencia corporal de la visión (si cierro los ojos, no veo), nos lleva a admitir que «la visión requiere ciertas modificaciones suscitadas por la eficacia de determinados estímulos, pero -añade Millán- el hecho de la visión no es formalmente la conciencia de un objeto-causa en cuanto causa» (pág. 120).

Totalmente de acuerdo. Lo que veo es la hoja; lo que, de alguna manera, me hace verla es la estimulación de las ondas electromagnéticas en mi retina. Pero para el psicólogo la cuestión no puede terminar ahí. No se trata de decir, ni siquiera de entender, que esto es así. Se trata de explicarlo positivamente, de ver en la mayor medida posible cómo acontece este proceso total. Lo malo es que, al parecer, no sabemos cómo hacerlo. De hecho, no se sabe especificar cuál es el conjunto de energías físicas en los receptores que corresponde invariablemente a cada objeto invariablemente percibido o al que invariablemente se responde.

Esto, al menos, es lo que, como dijimos, afirma Stevens, una de las mayores autoridades en la materia, y lo que recoge y repite Gibson, en una de las mejores discusiones que conozco sobre el estímulo28. Es un hecho que lo único que nos estimula son las energías físicas en los receptores. Pero también es un hecho que la cosa que percibo o a la que responde permanece invariable a pesar de la continua variación de las energías física que me estimulan. ¿Cómo compaginar los dos hechos? Es lo que los psicólogos llaman técnicamente el problema de las constancias perceptivas y comportamentales. Es, asimismo, la paradoja fundamental del estímulo.

Veamos cómo plantean esta paradoja y otras muchas a ella subordinadas las diversas corrientes de la psicología experimental y qué medio hay -si lo hay- de superarlas. Comencemos, de nuevo, por la psicología de Watson.

Watson y las paradojas del estímulo

El estímulo es y no es causa suficiente de la respuesta

Para Watson, el estímulo es, al nivel de la explicación psicológica, causa suficiente de la respuesta. El único y total cometido de la psicología es, dado un estímulo, pronosticar la respuesta y, dada una respuesta, especificar el estímulo29.

Eso y sólo eso es lo que estudia y puede estudiar la psicología: las conexiones entre el estímulo externo y observable y la respuesta observable y externa. Lo que pasa entremedias es cuestión fisiológica. Los posibles fenómenos de conciencia, que en sus primeras publicaciones Watson no niega, son objetivamente inobservables y quedan fuera del campo de la psicología como ciencia positiva30.

Pero, por otra parte, Watson reconoce y subraya que a un mismo estímulo no siempre sigue una misma respuesta, e incluso que un estímulo que produce una respuesta en ciertas condiciones, no produce ninguna en otras, por ejemplo, cuando el organismo está ya adaptado31. El estímulo, pues, no es causa suficiente. Sólo estimula cuando el organismo presenta ciertas condiciones, y estimula de una u otra forma o con una u otra intensidad según esas condiciones orgánicas.

El estímulo es y no es independiente de la respuesta

El estímulo es una energía física del medio, definible con independencia de la respuesta, por ejemplo, unas ondas electromagnéticas. Actúa físicamente sobre el organismo y produce una respuesta físicamente observable, todo según el esquema cartesiano del cuerpo máquina32.

Pero, al tiempo, estímulo es todo factor que lleva a una respuesta (factors leading to reaction)33. Sólo podemos definir e identificar experimentalmente un estímulo en la medida en que comprobamos que está ligado funcionalmente a una respuesta. Con ello inaugura Watson una tradición que continúa vigente, y que adopta, e incluso, como veremos, deliberadamente defiende, la circularidad en la definición de la conducta. Conducta es la reacción a un estímulo, y estímulo es lo que provoca la reacción.

El estímulo es energía y situación

El estímulo es, desde luego, una energía física en los receptores sensoriales. Pero el estímulo es también, para Watson, una situación. «Es correcto -nos dice- hablar de una masa total de factores estimulantes que, como un todo o una situación, producen la reacción del hombre ante ella.» El estímulo no es entonces definible como una simple energía, sino como un objeto o una situación, por ejemplo, el alimento, o -son sus palabras- «el hecho de que ustedes están aquí, en una sala de conferencias»34.

El estímulo, energía elemental y complejo de energías

El estímulo, como acabamos de ver, es considerado unas veces como una energía elemental que afecta puntualmente a un receptor sensorial; otras veces es definido como un complejo o masa de energías, sin explicar en qué consiste esa complejidad ni a qué receptores afecta. Esta duplicidad de sentidos está en la base de una controversia interminable en torno a los conceptos de estímulos y respuestas moleculares y molares, perfectamente viva en la actualidad.

El estímulo, energía física sin sentido y fuente significativa de información

De nuevo, las dos acepciones se entrecruzan en la obra de Watson. El estímulo y la estimulación son procesos físicos. No significan ni tienen por qué significar nada. Son causas físicas que producen mecánicamente su efecto físico, y nada más. Un rayo de luz, por ejemplo, produce la convergencia de los músculos oculares. Pero, a menudo, se habla de ellos como objetos y situaciones -el alimento, la sala de conferencias- definidos por su significación para el sujeto.

El estímulo, causa y motivo

El estímulo es, sin duda, causa física que produce la respuesta. Pero no siempre. A veces no la produce. Para explicar estas variaciones en la eficacia del estímulo, Watson recurre, como ya vimos, al organismo. Este es un sistema de fuerzas en equilibrio homoestático. El estímulo rompe este equilibrio. La respuesta lo restaura. Una vez restaurado, se produce «un estado fisiológico tal que el estímulo no provoca ya reacciones». La conducta termina46.

Según esto, el estímulo no es simple causa efectora. Mueve al organismo a obrar. Es el motivo que le pone en marcha para, según las leyes propias del equilibrio intraorgánico, elaborar la respuesta.

Lo cual nos lleva a otra paradoja con la que, por no ser excesivamente prolijos, daremos fin a la serie.

El estímulo, fenómeno periférico y central

En principio, toda la obra de Watson defiende una psicología periférica. Casi diríamos, como en efecto muchos han dicho, una psicología epidérmica. El estímulo es una variable externa, observable periféricamente: tal energía que incide sobre la superficie del organismo. La respuesta es una variable externa, periféricamente observable: tal contracción muscular. Los procesos intermedios no pertenecen a la conducta que el psicólogo estudia. El psicólogo se atiene exclusivamente a la conexión observable en la periferia del organismo entre el estímulo y la respuesta. Tal es el periferismo radical de Watson, seguido luego de otros muchos y criticado por más.

Piéron47 lo llama «periferismo pueril»; Bentley48 habla de «glorificación de la piel»; Brunswik49 le acusa de confundir lo accesible con la pertinente; Woodger50 lo tacha de finger and thumb metaphysics, y, en fin, Koestler51 lo ridiculiza acentuando los aspectos más grotescos del sistema.

Y, sin embargo, el concepto de homeostasis y los procesos de equilibrio intraorgánico, necesarios para explicar las variaciones comprobadas en la conexión entre estímulos y respuestas, introducen en el sistema de Watson referencias a variables que actúan entre unos y otras. Con lo que se inaugura en el mismo Watson, y a pesar de su periferismo extremo, la ingente problemática de las llamadas variables intermedias y constructos hipotéticos, que ocuparán y ocupan un lugar destacado, a veces capital, en los intentos más serios de hacer de la psicología un sistema teórico formalmente positivo y verificable.

Esta diversidad de acepciones del estímulo que hemos entresacado de la obra de Watson, y que, claro está, no figura en ella en forma de parejas conceptuales contrapuestas, ni implica necesariamente ninguna contradicción, no es gratuita ni casual. Apunta a problemas claves de la psicología contemporánea, que siguen en buena parte sin resolver. Los examinaremos brevemente, agrupándolos en torno a tres grandes aporías.

La causalidad del estímulo

El estímulo, ¿es o no causa suficiente de la respuesta? En la historia de la psicología contemporánea se han defendido las dos posiciones, a veces incluso en la obra de un mismo autor. Ya lo vimos en el caso de Watson. Igual sucede con Pavlov. «El estímulo se relaciona con la respuesta como la causa con su efecto»52. «Toda actividad del organismo es la respuesta o reacción a un estímulo exterior, y la conexión entre el órgano que actúa y el agente estimulante se hace por medio de una determinada vía nerviosa»53, según el principio mecanicista cartesiano, que Pavlov lleva a sus últimas consecuencias. El organismo es un sistema equilibrado, aunque la ciencia, deplora Pavlov, no tenga un término preciso para designarlo54. El estímulo es una variación física o fisiológica que rompe el equilibrio; la reacción es el movimiento reflejo que lo restaura.

Pero, igual que Watson, Pavlov reconoce que el estímulo unas veces provoca la reacción y otras no; unas veces suscita ésta, y otras aquélla. La causa de la respuesta no es, finalmente, la sola energía física o fisiológica periférica; es el entero proceso orgánico y, especialmente, la excitación cerebral. La eficacia y el valor del estímulo dependen no sólo de sus propiedades físicas, sino de la «actividad nerviosa superior», y que facilita o inhibe las conexiones entre los influjos aferentes y las reacciones centrífugas. En ella radica la explicación de todas las reacciones, que son reflejos genéticamente determinados o adquiridos por condicionamiento55.

Hoy, la totalidad de los autores conciben el estímulo con una condición de la respuesta, no como su causa suficiente. Todos aceptarían sin grandes reparos la conclusión de Hilgard y Marquis, según la cual el estímulo es un «instigador» y no significa otra cosa que la ocasión de una respuesta56.

Todos admiten hoy, de acuerdo con el célebre esquema de Woodworth57 que entre el estímulo y la respuesta se intercala el ser vivo y, con él, numerosas variables intermedias y procesos mediadores de carácter fisiológico y psicológico, cuya admisión es obligada para dar cuenta del valor efectivo del estímulo como elemento de la conducta y suscitador de la respuesta.

En esto concuerdan no sólo las tendencias «neobehavioristas»58 y la psicología soviética59, más o menos derivadas de Watson y Pavlov, sino, por supuesto, de manera más acentuada y patente, las demás corrientes psicológicas. Admiten estas variables intermedias orgánicas y subjetivas las otras dos grandes escuelas contemporáneas, la Gestaltpsychologie y el psicoanálisis, que se apoyan en el mismo supuesto básico de Pavlov y de Watson, a saber, que la respuesta es el restablecimiento automático de un equilibrio roto, ya se conciba el proceso según el modelo del reflejo -caso de la doctrina original de Freud60, ya se interprete como equilibración de un campo dinámico, como define la escuela de la Forma61.

El gigantesco edificio de los procesos mediadores es, asimismo, patente en todas las corrientes actuales que en su mayor parte se han desarrollado al margen de aquel supuesto, o lo han superado, tanto en las múltiples variantes psicoanalíticas62 como en las diferentes teorías de la personalidad63, del mismo modo en la fenomenología experimental de la percepción64 y del comportamiento65 que en la psicología experimental de las dimensiones motivacionales66 y cognoscitivas67 de la conducta.

Sólo Skinner, entre los psicólogos actuales de alguna talla, rechaza de plano las variables intermedias. Pero no porque estime que el estímulo es causa suficiente de la respuesta. Skinner prescinde del lenguaje causal. Para él, el estímulo no es esta o aquella energía física eficiente; es, en pura metodología positivista, una condición variable ligada por alguna función demostrable a la respuesta. Más aún, no sólo el estímulo no se define en general como causa de la conducta, sino que toda la teoría de Skinner se funda en la distinción entre dos tipos de comportamiento, el «respondente» (respondent behavior, en el que la respuesta sigue al estímulo, y el «operante» (operant behavior, en el que la respuesta es una actividad del ser vivo emitida por éste sin estar comprobablemente ligada a ningún estímulo al que reaccione o responda68.

En conclusión, según la psicología actual, el estímulo no es definible como causa eficiente adecuada de la respuesta. La respuesta es función del estímulo y del sujeto.

Lo cual comienza a poner en claro por qué la psicología, como reconocía, un tanto desconsolado, Stevens, no ha podido especificar el estímulo para ninguna respuesta dada. Tal vez sea imposible si por estímulo se entiende una energía física del medio y si, al mismo tiempo, se comprueba que la respuesta depende del medio y del organismo. En la especificación del estímulo habría que incluir al sujeto. Lo cual nos conduce a la segunda gran aporía.

La definición circular del estímulo

Si la definición del estímulo incluye una referencia al sujeto, ¿quiere decirse que el estímulo sólo es definible en función de la respuesta? Parece inevitable entonces la definición circular. La conducta es la respuesta a un estímulo; respuesta es lo provocado por el estímulo; estímulo, lo que provoca la respuesta.

Existe, desde luego, una gran confusión, a este respecto. Ya vimos las vacilaciones de Watson. Para Pavlov, igualmente, el estímulo es una energía física; pero constantemente llama estímulo a todo lo que provoca una respuesta, como la campana, el alimento e incluso los experimentadores, que suscitan a veces la reacción salivar en los perros estudiados.

Esta doble manera de concebir el estímulo persiste en la psicología actual. Algunos, cada vez menos, consideran que el estímulo debe ser definido en términos físicos, independientemente de la respuesta. Es la posición del «behaviorismo» radical, ya presente en Watson, y subrayada por Hull69. La mantienen hoy, por ejemplo, Estes70 y Logan71. Desearían mantenerla, si pudieran, algunos más, como Skinner72.

Pero en el fondo no está nada claro que estos mismos defensores de la definición independiente del estímulo lo consigan, de hecho, en sus concretas investigaciones. Ni siquiera es evidente que la defiendan de forma inequívoca en sus discusiones teóricas.

Estes fue hace poco el más enérgico defensor de la definición física e independiente del estímulo. Pero ¿qué hace en realidad? Resulta que, para él, el estímulo físico no es una variable empírica y concreta, sino sistemática y teórica, definida como el conjunto de los elementos de una hipotética población estadística73. Son los elementos de este conjunto hipotético, que varían aleatoriamente cada vez, los que son concebidos como «definibles en términos físicos, sin referencia a la conducta». En la investigación efectiva se supone que esta población teórica está bien representada por la «situación experimental». Esta última está constituida «por todas las fuentes de estimulación que se mencionan en la descripción que el experimentador hace de la situación experimental». Esa es la única variable empíricamente definida. Definida, según vemos, como una situación y descrita por el experimentador. En sus estudios más recientes, acentúa Estes el valor informativo del estímulo y, en consecuencia, la necesidad de atender para definirlo a la significación que tiene para el sujeto74.

Logan, en la tradición de Watson, Hull y Spence, afirma, asimismo, que el estímulo es una energía física, pero precisamente en tanto que es considerado como variable independiente sistemática. Distingue, como Spence, el «situational stimulus» («que puede ser descrito en términos físicos, tales como frecuencia, amplitud, longitud de onda, etc.») y el «effective stimulus» («la fracción del estímulo situacional que se percibe en cada ocasión»). Agrega que ambos, el estímulo situacional y el efectivo, no son isomórgicos, y que «las reglas por las cuales cabe determinar el estímulo efectivo a partir del conocimiento del estímulo situacional no son todavía muy bien comprendidas» 75. Como vemos, el estímulo físicamente definido es una situación formada por energías físicas potencialmente estimulantes. El estímulo efectivo no coincide con él y depende del comportamiento del sujeto, al menos para su identificación experimental.

Skinner, a su vez, deplora en 1959, como vimos (nota 61), las definiciones circulares del estímulo, pero no sugiere ningún remedio. En realidad mantiene en sus experimentos la postura definida en su primer libro: «Ninguno de los dos, ni el estímulo ni la respuesta, puede definirse sin el otro en cuanto a sus propiedades esenciales»76.

Prácticamente, la totalidad de los neoconductistas aceptan hoy las definiciones circulares; incluso, por ejemplo, Neal Miller, el más directo y autorizado continuador de Hull. Según su «functional behavioral definition», «una respuesta es cualquier actividad del individuo que puede ser funcionalmente concectada con un suceso antecedente a través del aprendizaje; un estímulo es cualquier suceso con el cual se puede conectar de esta manera una respuesta»77. Y esta definición circular no sólo le parece a Miller necesaria, sino, además, teóricamente deseable (pág. 239), ya que el estímulo y la respuesta no son identificables como tal o cual energía o movimiento elemental, sino como clases de fenómenos cuyos miembros varían de una ocasión a otra. Estas clases son, a la postre, construcciones o discriminaciones del sujeto o del experimentador78.

Parece cada vez más aceptable, incluso para los mismos behavioristas, la afirmación de Merleau-Ponty: «Entre el organismo y su medio las relaciones no son de causalidad lineal, sino de causalidad circular»79.

Y, sin embargo, la definición circular no es enteramente satisfactoria. La mayor parte de los psicólogos de la sensación y la percepción, como Gibson80, prefieren evitarla. Desde luego, si no definimos el estímulo independientemente de la respuesta, es difícil entender la mayor parte de los experimentos y conceptos en estas áreas de la psicología. ¿Qué puede significar, por ejemplo, un estímulo subliminar, es decir, un estímulo que no produce ninguna respuesta? Y no se olvide que este concepto es capital en la investigación psicofísica. En general, sólo si puede definirse el estímulo independientemente de la respuesta, como, por ejemplo, tales ondas con tal frecuencia, se puede indagar experimentalmente a qué seres vivos afecta y a cuáles no, y cuáles son las condiciones externas, intraorgánicas y subjetivas de las que depende su eficacia.

Esto exige, desde luego, admitir la noción de estímulo potencial. Y, en efecto así se reconoce. De una manera más o menos implícita, como hemos visto, en el caso de Estes o Logan. Más frecuentemente, de forma explícita, como en Guthrie81 o, como más adelante veremos, en Gibson.

El estímulo potencial puede perfectamente definirse en términos físicos, en cuanto energía, pero lleva implícita una referencia al organismo, en tanto que estímulo. Si no se pueden especificar las condiciones en las cuales se hace estímulo actual, en relación con la respuesta de un ser vivo, no cabe hablar de forma científicamente verificable de ningún tipo de estímulo, sino de energía física sin más.

Si se conserva la definición circular y se niega tanto la posibilidad de definir el estímulo independientemente como la distinción entre estímulo potencial y actual, la investigación positiva se hace, en último término, imposible o incoherente.

Si el estímulo es, estricta y formalmente, lo que provoca la respuesta, ¿qué pasa cuando no la provoca? ¿Es estímulo o no lo es? Si decimos que no lo es, porque no la provoca, nos contradecimos, porque eso mismo era estímulo porque la provocaba. Y si decimos que lo era antes y no lo es ahora, porque es tal fenómeno que antes actuaba en ciertas condiciones, y por eso la provocaba, y ahora actúa en otras, y por eso no la provoca, entonces en realidad estamos definiendo el estímulo como cierto fenómeno independiente de la respuesta, que puede provocarla, dadas ciertas condiciones en el sujeto, y que, en efecto, la provoca cuando esas condiciones se dan.

En todo caso es inevitable cierta referencia última al sujeto. Lo es en los experimentos psicofísicos y perceptuales. Lo es de forma más acusada y admitida en la psicología del comportamiento, tanto en su modalidad «behaviorista», según hemos visto, como, más aún, en las otras corrientes. Fraisse82, por ejemplo, señala que, para Fechner o Watson, «el estímulo es el conjunto de los estímulos físicos del medio ambiente. Pero esta posición, válida en psicofísica, se hace insostenible si se considera una situación compleja. Describir una situación social en términos físicos sería prácticamente imposible y, lo que es más grave, no tendría sentido». «La situación eficaz para un sujeto dado es, en efecto, la situación tal y como existe para él» (pág. 308).

Cierta circularidad es, por lo tanto, inevitable. Lo cual no implica necesariamente ninguna coherencia. Primero, porque la conducta entera puede apoyarse en una primitiva referencia al estímulo como energía física potencialmente estimulante. Segundo, porque el hecho de que el estímulo funcione en la conducta total según lo que para el sujeto signifique, no impide que lo que significa algo para el sujeto posea de suyo una cierta consistencia independientemente comprobable.

En resumen, el estímulo es definible independientemente de la respuesta sólo en la medida en que sea admisible la distinción entre estímulo potencial y actual, y esto, a su vez, supone no incluir necesariamente la respuesta en su definición, pero sí definirlo en función de las posibilidades del sujeto, que pueden variar y hacer que el mismo estímulo sea unas veces eficaz y otras no.

Pues bien, ¿en qué consiste propiamente el estímulo potencial en sus caracteres físicos y qué es esa referencia insoslayable al sujeto en virtud de la cual el estímulo se hace eficaz y se convierte en aquello a lo que efectivamente el sujeto responde?.

Esta cuestión nos lleva al tercero y último grupo de aporías.

La energía y la cosa

Estímulos próximos y estímulos distantes

Ya queda dicho: el estímulo es, a la vez energía física y cosa. Lo que me estimula es la energía física. A lo que respondo es a la cosa. Bien, pero ¿cómo?

De nuevo, el panorama es sumamente complejo y confuso. Se trata, como dijimos, del problema de la constancia. El estímulo que efectivamente me estimula es energía. Mas si sólo fuera energía, no habría ninguna respuesta identificable en función de tal estímulo. La psicología, como ciencia positiva, sería inevitable.

En efecto, percibimos colores, formas, distancias, lugares, cosas, personas, palabras, situaciones. Los percibimos como algo relativamente constante, lo que permite identificar y manipular experimentalmente la situación e ir elaborando una ciencia psicológica. Esta constancia no se puede explicar mediante los estímulos que, como energías físicas, nos llegan de esos colores, formas, cosas o situaciones, porque estas energías varían constantemente. Pero, a la vez, esa constancia no puede explicarse tampoco por la invarianza de las cosas mismas, porque esas cosas no nos estimulan.

Para Watson y Pavlov estímulo significa, como vimos, las dos cosas. Teóricamente, es una energía; prácticamente, llaman estímulos a las situaciones y objetos. Tienen probablemente razón. El estímulo es las dos cosas; pero hay que explicar cómo. Ellos no lo hacen.

En la psicología de la conducta esa es la postura más común: dar por resuelto el problema o no planteárselo. En general, los psicólogos sociales y de la personalidad, los clínicos y escolares, los psicómetras e investigadores del aprendizaje, llaman estímulo a los objetos, cosas, problemas, elementos de un test, personas y situaciones. Incluso lo hacen los más estrictos «behavioristas». Spence83 llama estímulo a «la situación física o mundana con sus diferentes aspectos o características». Skinner84 hace lo mismo: «una parte, o la modificación de una parte del ambiente». Incluso añade que el estímulo es «una clase de sucesos» (a class of events), lo cual le confiere un cierto «carácter genérico» que nos permite llamar estímulo auditivo a una campana y referirnos a un libro como estímulo visual.

Estos psicólogos, y casi todos los demás, dan por hecho que las cosas del ambiente pueden estimularnos. No les inquieta la paradoja de que si, desde luego, las cosas son estímulos a los que respondemos, sólo los receptores periféricos de un sujeto pueden realmente ser estimulados85.

Esta postura es considerada ingenua por los psicólogos de la percepción86. Para éstos, los estímulos son, en primer lugar, energías, no objetos.

Así se reconoce desde Johanes Müller y Helmholtz87 a Woodworth88 y Koffka89. Un estímulo es lo que excita un receptor, la energía que cambia de polaridad una célula viviente y, en especial, una neurona.

Pero Koffka90 -y con él los «gestaltistas»- repara, desde luego, en el carácter paradójico del término estímulo, y es el primero en establecer y estudiar sistemáticamente la distinción entre estímulos próximos y estímulos distantes: «Aunque la percepción y el comportamiento parecen estar determinados por los estímulos distantes (las cosas), no pueden de hecho ser activados más que por los estímulos próximos (las energías).»

Sin embargo, como múltiples familias diferentes de estímulos próximos pueden llevar a la percepción de un mismo objeto distante, se plantea el problema de cómo esas diversas familias pueden ser un mismo estímulo. Hasta ahora, dice Gibson91, ninguna teorías lo ha explicado a gusto de todos.

Para hacerse cargo del problema es preciso, por lo pronto, aceptar la distinción de Koffka. Hay los estímulos distantes, aquello a lo que se responde perceptiva o comportamentalmente: la página en blanco, la sala de conferencias, y hay los estímulos próximos: las energías físicas en los receptores.

No cabe eliminar ninguno de los dos términos ni reducir el uno al otro. No cabe prescindir del objeto distante, porque precisamente eso es lo que veo; no cabe explicarlo reduciéndolo a los estímulos próximos, porque eso no sería explicar lo que veo, sino negarlo y afirmar algo tan disparatado como que veo las ondas electromagnéticas o mis excitaciones neurales. No cabe, por otra parte, prescindir de estas ondas y excitaciones, porque, en efecto, ellas y sólo ellas son las que me estimulan.

La reducción de la cosa al estímulo

Y, sin embargo, muchos psicólogos, a sabiendas o no, han tratado de dar una solución reduccionista. Llevados, en general, por la plausible intención de atenerse a las efectivas relaciones comprobables e inmediatas entre el organismo y el ambiente92, han centrado su estudio en los estímulos y respuestas próximos.

Se han ofrecido dos grandes tipos de explicación de esta índole, idénticos en el fondo, como muestra Káhler93. Son, de una parte, las teorías de la percepción montadas sobre el supuesto de que el estímulo próximo corresponde a la sensación, y, de otra parte, las teorías del comportamiento basadas en el esquema E-R.

La dificultad insalvable de ambas es un hecho hoy reconocido por todos; a saber, que la determinación distal de la percepción y el comportamiento, es decir, la constancia de los objetos y las acciones, es en muchos casos perfectamente comprobable, mientras la determinación proximal, es decir, la constancia de las energías físicas y de los movimientos musculares, no lo es.

Más en particular, las viejas teorías asociacionistas y sensistas de la percepción han sido refutadas una y mil veces, muy especialmente por la psicología de la Gestalt94. Han sido, asimismo, desautorizadas en sus pretendidos fundamentos fisiológicos por la reciente neuropsicología.

Volveremos sobre el tema más adelante. Baste señalar ahora que todas estas teorías se basan en dos supuestos. Uno, que podríamos llamar elementalismo psicofisiológico, consiste en suponer que a cada estímulo próximo -por ejemplo, una onda de luz- y, consiguientemente, a cada excitación de un receptor, nervio o localización central, corresponde una sensación simple -por ejemplo, una impresión de color-. Estas cualidades sensoriales serían los únicos datos de la experiencia inmediata ( ley de las energías nerviosas específicas de Müller, sensismo de Mach y de Titchener)95 . El segundo supuesto, llamado por Köhler hipótesis de la constancia96, consiste en dar por sentado que a un mismo estímulo próximo corresponde siempre la misma sensación, y - viceversa, y que si no hay estímulo próximo designable no puede haber experiencia ninguna.

Pues bien, al parecer, los dos supuestos son falsos. La correspondencia comprobable entre la experiencia fenoménica, por un lado, y la estimulación y los procesos nerviosos, por otro, es mucho más compleja. Para cada estímulo próximo no hay, en general, un proceso nervioso anatómicamente prefijado, que recorra vías preestablecidas e independientes y que corresponda siempre a la misma experiencia final. Cada mensaje se integra en un patrón de actividad nerviosa. Cada patrón puede integrar los procesos de millones de neuronas. Cada neurona puede formar parte de millones de patrones97. Está probado hasta la saciedad que el estímulo próximo actúa menos por sus propiedades que por su distribución espacial y temporal en el conjunto de otros estímulos98. Incluso en los reflejos más simples, la excitación de un mismo receptor puede provocar reflejos distintos, y la excitación de receptores distintos puede acabar en un mismo reflejo99.

Por lo demás, las puras cualidades sensoriales no solamente están lejos de ser los elementos básicos de la experiencia, sino que la casi totalidad de la experiencia se constituye con otro tipo de información en la cual esas cualidades figuran, a lo sumo, como uno más entre otros muchos aspectos y dimensiones y, por lo común, en lugar muy secundario. Percibimos cosas, procesos y situaciones, no puros colores o sabores100. Y, en la mayoría de los casos, la experiencia no corresponde a ningún estímulo próximo elemental, como acontece claramente, por ejemplo, en la percepción de la causalidad. Como vio Hume, es verdad que no hay ningún estímulo que corresponda a la causalidad, pero es verdad también que, a pesar de ello, hay una impresión sensible de causalidad101. El problema, claro es, subsiste. Hay que explicar cómo acontece la percepción. Pero lo que es seguro es que la explicación por medio de estímulos y sensaciones elementales no es correcta.

Lo mismo ocurre con el modelo E-R de la teoría «behaviorista» clásica. Se comete en él lo que Köhler102 llamaba el experience error, es decir, atribuir inadvertida y falsamente a los estímulos ciertas propiedades de la experiencia. Por ejemplo, suponer que, como el objeto visto es una cosa, la imagen retiniana correspondiente es una cosa también. Es el error en que suele incurrirse al hablar de imágenes y especies sensoriales y mentales. En realidad, llamar imagen a la retiniana es emplear un lenguaje figurado para referirse abreviadamente no a una verdadera imagen en sentido excepcional o fenoménico, sino a un patrón de procesos en la retina. Cuando vemos un lápiz, lo que vemos es justamente un lápiz, no su imagen en la retina. Tampoco lo vemos por medio de la imagen en la retina, porque si ésta fuera una verdadera imagen, es decir, un retrato material de la cosa, entonces para ser eficaz necesitaría otra imagen, como para ver la cosa la necesitamos a ella, y así ad infinitum. No, lo que vemos es el lápiz; lo que pasa es que la visión del lápiz incluye normalmente entre sus momentos psicofisiológicos esa excitación de la retina a la que denominamos imagen retiniana.

El error que más concretamente suelen cometer las teorías E-R consiste, como indica Heider103, en hablar de estímulos y respuestas próximos y, sin saberlo, sustituirlos por los distantes en los argumentos y explicaciones.

Es el caso típico de Watson, Hull o Skinner. Para Hull104, por ejemplo, la rata aprende a salir del laberinto porque establece una serie de hábitos. Cada serie es una cadena de conexiones entre estímulos y respuestas próximos. Estos hábitos son perfectamente definibles en términos distantes: en tal sitio dar tal vuelta, en tal otro orientarse hacia la izquierda, luego correr hacia adelante, etc. Pero, como el mismo Hull indica, cada uno de ellos «presenta una serie considerablemente variada de patrones». Sin embargo, todos ellos forman una sola «familia», porque, según Hull, todos tienen un elemento común. Este elemento es concreto y proximal. Consiste -en la conexión-entre una energía o conjunto de energías en los receptores -estímulo próximo y una reacción muscular -respuesta próxima-. En concreto, este «mecanismo físico» (pág. 40) es la «reacción a la meta» (goal reaction), que es siempre la misma, al final de las diferentes secuencias de estímulos y movimientos. Esta «reacción a la meta» figura ya en cada una de las series de hábitos como una y la misma «reacción fraccionaria y anticipatoria a la meta» (fractional anticipatory goal reaction, pág. 43). Y esto explica que todas estas secuencias sean uno y el mismo aprendizaje a uno y el mismo laberinto, a pesar de que los estímulos y las respuestas concretas varíen de una a otra ocasión.

No es el caso de presentar ni discutir aquí la teoría de Hull, bastante complicada y un tanto farragosa, pero que ha ejercido y ejerce un influjo considerable en la psicología del aprendizaje. Se trata únicamente de aclarar la cuestión de si ha logrado o no explicar la conducta de su rata en función de los estímulos próximos. Creo que no. Estos estímulos varían cada vez. Cada vez que la rata está ante una bifurcación del laberinto, la bifurcación es la misma en términos distales, a saber, tal lugar con tales características, pero los estímulos próximos no son nunca los mismos; dependen, entre otras mil cosas, se la posición y movimientos del animal. Lo mismo pasa con las respuestas.

En cada punto, la respuesta correcta es la misma en términos distales, porque esas acciones las ejecuta el animal cada vez con distintos movimientos. Todo lo cual lo admite Hull, que era un investigador extraordinariamente agudo. Pero defiende que la situación a que la rata responde, así como la conducta de la rata en que su respuesta consiste, es la misma porque a lo largo de toda ella hay un elemento idéntico, la «reacción anticipada a la meta», que es, no, por supuesto, una previsión cognoscitiva, sino una conexión E-R fragmentaria que queda como huella de las reacciones motoras ya efectuadas previamente en la meta.

Bien, pero ¿qué tiene de idéntico esta conexión en los distintos ensayos del animal? El ser parte de una misma «reacción a la meta», contesta Hull. Perfectamente. Pero ¿en qué sentido es la misma esta «reacción a la meta»? Hull nos dice que la «reacción a la meta» se define por acontecer en el «mismo lugar del ambiente» (es decir, una descripción distal) y por estar orientada de la misma manera respecto al lugar de partida (es decir, de nuevo, una descripción distal). De hecho, estas goal reactions son idénticas distalmente; no lo son, de ninguna manera comprobada, proximamente. Los estímulos que excitan a la rata y los movimientos que hace al llegar a la meta o al comer, no son idénticos cuando viene de un cierto punto de partida y distintos cuando viene de otro; son distintos siempre. Lo que hace que la meta sea la misam es su carácter de objeto: ser el lugar en tal sitio, con tal orientación y contener un alimento apetecible.

Lo mismo ha de decirse de Skinner. La verdad es que, en cierto modo, lo dice él mismo. En efecto, en las obras citadas anteriormente, y de forma más directa en su artículo de 1935105, define los estímulos y las respuestas de forma evidentemente distal, a pesar de que el sentido total de su teoría es estrictamente proximal. El comportamiento es una cadena de conexiones E-R establecida por condicionamiento clásico u operante. Son los estímulos los que están ligados funcionalmente a las respuestas. Pero ¿qué estímulos? Pues, por ejemplo, la célebre barra de la no menos célebre Skinner-box. Esa es la barra que la rata empuja. Pero la barra y la presión de la rata sobre ella son «clases de estímulos» y «clases de respuestas». Lo que se expresa en las leyes empíricas son relaciones entre estas «clases», es decir, entre estímulos y respuestas distales, no entre los estímulos concretos de cada ocasión y entre los movimientos concretos de la misma, que pueden variar y varían de una ocasión a otra sin que varíe la relación funcional experimentalmente verificada.

Y no vale decir, como a menudo se alega, que las variaciones de los estímulos próximos son simplemente aleatorias, porque el orden distal no puede derivarse del desorden proximal106, a menos, claro está, que se explique cómo. Cosa que todavía no se ha hecho.

Como arguye Tolman, otro de los grandes «neobehavioristas», todas las fórmulas habituales E-R son inadecuadas porque los estímulos y las respuestas empleados no son estímulos ni respuestas en el sentido en que se toman, es decir, como partes concretas y próximas -energías y reacciones musculares- de un reflejo. En un experimento en el que la rata tiene que tirar de una cuerda para obtener el alimento, la comida y la cuerda -dice Tolman-, en tanto que patrones de estímulos visuales, olfativos y táctiles, pueden ser considerablemente distintas de una vez a otra. Sólo retienen sus respectivas identidades a lo largo del experimento, en virtud de su «significado» o «sentido» ambientales. Se aprende no a conectar con una respuesta global a una situación significativa. Con palabras de Tolman, se aprende una sign-gestalt107.

Y eso mismo, después de todo, es lo que demostraron los primeros experimentos de Watson. En numerosas investigaciones, a partir de su tesis doctoral108, comprueba Watson que la rata puede aprender el mismo laberinto a pesar de que se le vayan eliminando la vista, el olfato, el oído, la sensibilidad cutánea y se la deje, en fin, yerma de toda estimulación externa. Watson concluye que la conducta de la rata es una cadena de reflejos en la que los estímulos son de tipo cinestésico, los únicos que le quedaban. Lashley, más tarde109, secciona los diferentes nervios aferentes del tronco y de los miembros. Las pobres ratas muestran claramente la pérdida de su cinestesia: marchan vacilantes, arrastran las patas, pisan con el dorso del pie en vez de con la planta. Pero aprenden el laberinto como las ratas normales, y lo retienen si lo habían aprendido antes. Finalmente, Macfarlane110 muestra que las ratas que han aprendido el laberinto nadando lo recorren sin falta corriendo, aunque, evidentemente, la serie de estímulos cinestésicos y de contracciones musculares sea completamente distinta.

A lo que responde la rata no es a ningún estímulo o serie de estímulos elementales. Todos pueden variar sin que la situación varíe. Y lo que hace la rata no es mover tal o cual músculo; todos esos movimientos pueden variar sin que su conducta varíe. Lo que hace la rata es recorrer el laberinto sin error, andando o a rastras, nadando o corriendo.

Las teorías E-R afirman que se da una conexión funcional entre estímulos y respuestas próximos. Esto no lo han probado; lo que han probado, si acaso, es que se dan esas relaciones funcionales entre los objetos a que se responde y las respuestas globales que a ellos se aplican.

Eso es lo que estudian, con toda razón, las demás teorías psicológicas: las relaciones de un ser vivo con su ambiente o con su mundo, sin preocuparse demasiado por los mecanismos elementales que se utilizan en esas relaciones. Piaget estudia las operaciones abstractas por las que una persona razona ante un problema. Thurstone analiza las contestaciones de una muestra de sujetos a un test. Freud considera la transferencia de un neurótico ante su psicoterapeuta. Ninguno se detiene a examinar los estímulos físicos ni las contracciones musculares que intervienen en todas estas conductas.

No es que nieguen ni menosprecien esos aspectos. Es que, por una parte, no es eso lo que se pretende estudiar; de la misma manera que para apreciar el estilo artístico de un cuadro no es preciso referirse a las ecuaciones diferenciales que definen el campo electrónico de las sustancias químicas de sus colores. Y, por otra parte, los resultados obtenidos y las leyes y funciones encontradas en esos estudios son independientes de los estímulos y los músculos que concretamente hayan formado parte de la conducta. Mi conducta hoy, aquí, en esta sala de conferencias, es la respuesta que yo doy a esta situación, y esta situación seguirá siendo la misma incluso si cambiamos todas las luces, los lugares en que están ustedes y todos los estímulos que me excitan. Entiéndase, seguirá siendo la misma mientras yo la siga percibiendo igual: «como una sala de conferencias, con ustedes sentados ahí», según las propias palabras de Watson.


151. MERLEAU-PONTY, 1949, p. 12, El organismo "serait un clavier qui se meut lui-même, de manière à offrir, -et selon des rythmes variables, -telles ou telles de ses notes à l'action en elle-même monotone d'un marteau extérieur".

152. CALLENS, 1972, p. 29.

153. CALLENS, 1972, p. 29; HORN, 1965.

154. HELMHOLTZ, 1867.

155. HERING, 1920.

156. ADRIAN y MATHEWS, 1927, 1928.

157. ZAZZO, 1959, p. 120.

158. COLLE y MEULDERS, 1968, p. 32: "la plupart de neurophysiologistes estime même que la conscience est un élément indispensable pour le contróle du fonctionnement d'un réseau neuronique aussi complexe que le système nerveux central".

159. PAILLARD, en CANESTRELLI et al. Le Comportement, 1968, p. 135. Cf. SHERRINGTON, 1940; ECCLES, 1953, 1966; PINILLOS, 1969, pp. 66 y s.

160. MACKAY, 1966; YELA, 1970, 1974b.

161. Tal es el título del libro de GIBSON, The senses considered as perceptual systems, 1966, cuyo argumento principal resumimos en este punto.

162. RUBINSTEIN, 1963.

163. HOLT, 1915, p. 162.

164. Con esto concuerdan las actuales teorías psiconeurológicas basadas en la cibernética y la informática. Vid. p.e., DODWELL, 1966, p. 35: "Thus, variable input at the retina is processed trough different stages of the visual system to compute an invariant output at a cortical neuron, according to the particular spatial pattern at the retina, but independently of the actual units there activated' (subrayado mío).

165. GIBSON, 1966, p. 58; PIÈRON, 1952, p. 29.

166. ORTEGA Y GASSET, 1946, tomo I, p. 336 (Meditaciones del Quijote, 1914).

167. SKINNER, 1938, pp. 18 y s.

168. CHAUVIN, 1968, p. 55.

169. MERLEAU-PONTY, 1949, p. 134.

170. NUTTIN, 1974; ESTES, 1972a.

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173. BAROJA, 1947, tomo II, p. 846 (La sensualidad pervertida, 1920).

174. MILLÁN, 1967, p. 65.

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176. MARÍAS, 1970, p. 69; p. 67: "Lo que llamo percepción está condicionado por las interpretaciones; nunca hay un mero funcionamiento del aparato perceptivo humano, sino que éste opera a lo largo de un sistema de interpretaciones"; p. 50: "Recuérdese que la persona es futuriza, no está nunca dada, no es sólo real, es programática y proyectiva".

177. NUTTIN, 1973, especialmente pp. 175-180 (Die drei Phasen des Verhaltens) y 180-16 (Die Welt der Objekte. Ursprung ihrer Sinnhaftigkeit); p. 181: Jeder Teil des Raums, den wir eben mit einem Namen bezeichnet haben, ist also in eine umfassende Konfiguration mit einbezogen, die eine Handlung impliziert"; p. 182: "Das sinnhafte Objekt einhält virtuell das Verhaltensschema"; p. 182: "Das sinnhafte Objekt ist gleichsam der Bodensatz oder der Niederschlag des zuvor ausgeübten oder wahrgenommenen Verhaltens". Para la constitución psicológica del objeto y la situación significativa, véase especialmente: AJURIAGUERRA et. al., 1963; BERGIUS, 1957; BUYTENDIJK, 1956; MILLER, GALANTER y PRIBRAM, 1960; NUTTIN, 1964; PIAGET, 1936, 1937; STRAUS, 1956; WEIZSACKER, 1950.

178. BLAKE y RAMSEY, 1951; MACCOBY et. al., 1958; DIXON, 1966; HECKHAUSEN y WEINER, 1972.

179. ASCH, 1958.

180. CANTRIL, 1942.

181. KOCH, 1963, vol. 6, p. 22: "The distinctive mark of the present phase of behaviorism -"the neo-behaviorism" that began to emerge in the early fifties- is in fact the concern with perceptual, and more generally, central process."

182. TOLMAN, 1936.

183. HULL, 1943.

184. MAC CORQUODALE y MEEHL, 1948.

185. REICHENBACH, 1938.

186. MILLER, N., 1959, cf. KOCH, 1959, vol. 3, Epilogue, pp. 740 y s.

187. TOLMAN, 1959, p. 98: "Intervening variables... will have in part the properties of hypothetical and not merely be intervening mathematical quantities. However the "surplus meaning" of my intervening variables which make them into hypothetical constructs are not at this stage primarily neurophysiological, as it is suggested by MacCorquodale and Meehl that they should be, but are derived rather from intuition, common experience, a little sophomoric neurology, and my own phenomenology." Estas variables intermedias son "beliefs, expectancies, representations and values and finally what I call performance vectors and their interactions", ibid., pp. 147-148.

188. GUTHRIE, 1959, p. 165: "It is not enough that they [los patrones de cambio físicos, los estímulos] be available in the physical situation nor is it enough that the organism's attention orient sense organs to receive them; it is further necessary that they have meaning for the responding organism" (subrayado mío).

189. KOCH, 1959, vol. 3, p. 769: Si el estímulo incluye su significación para el organismo y la respuesta su acción significativa sobre el medio, entonces "any basis for a difference in epistemological status between an S-R language and what has been called "subjectivistic" language is eliminateá". Todos incluidos los "behavioristas", recurren de una u otra forma a la "psychological definition of environmental variables" que entran a formar parte del comportamiento mediante procesos perceptuales y cognoscitivos (p. 763). De ahí que se aprecie una convergencia en todas las corrientes psicológicas. Pero "the present 'convergence' is largely unilateral: it is the S-R theorists who have moved and the man-preocupied systematists who have (relatively) stood still" (p. 763).

Una revolución parecida ha experimentado la epistemología positivista desde el estricto fisicalismo y operacionismo metodológicos (BRIDGMAN, 1927; REICHENBACH, 1938; STEVENS, 1939, reproducido en STEVENS, 1968) a la admisión actual de conceptos no referidos directamente a variables empíricas ni definidos por ninguna operación empíricamente realizada, sino elaborados teoréticamente, y paulatinamente verificados por la congruencia de los resultados obtenidos mediante métodos y operaciones diversas. Vid., p.e., CAMPBELL, 1954; CRONBACH y MEEHL, 1955; FEIGL y SCRIVEN, 1956; HEMPEL, 1951,1952; HORWITZ, 1968; KOCH, 1959, vol. 3, Epilogue; SCRIVEN, 1956; SELLARS, 1956. P.e., SCRIVEN afirma: "A term is fruitful only if it encourages changes in its own meaning; and, to some considerable extent, this is incompatible with operational definition" (SCRIVEN, 1956, p. 113).

190. ESTES, 1972a y b; DODWELL, 1972; HECKHAUSEN y WEINER, 1972; NUTTIN y GREENWALD, 1968; NUTTIN, 1973; WEINER, 1972. P.e., DODWELL, 1972, p. 13: "One of the major recent developments in theories of learning [is], the shift from emphasis on theories about control of behaviour through reward and punishment to a more cognitive view."

191. SKINNER, 1957, pp. 130-146. Por lo demás, toda la obra Verbal Behavior es, como señalan GOUGH y JENKIS (1968, p. 471), una extrapolación empíricamente gratuita del comportamiento animal en la Skinner-box al comportamiento lingüístico humano. SKINNER no describe este comportamiento, lo prescribe (CHOMSKY, 1959).

192. HEBB, 1960, p. 740.

193. THURSTONE, 1923.

194. Ello es patente en todas las comentes psicológicas de tipo fenomenológico, comprensivo, personalista y humanista; MISIAK y SEXTON, 1973; SPIEGELBERG, 1971, 1972. Lo es también y de forma creciente en las de tendencia experimental. Véase p.e., BANNISTER, 1966; CANESTRELLI et. al., 1968; FRAISSE y PIAGET, 1963 y s.; GOTTSCHALDT et. al., 1959 y s.; KELLY, 1955; LOCKE, 1968; LOCHE et. al.; 1970; METZGER, 1968; DE MONTPELLIER, 1970,1973; MURRAY, 1959; NUTTIN, 1973; WOODWORTH y SCHLOSBERG, 1954, 1971.

195. CANESTRELLI et. al., 1968, p. 13: "Le comportement a ... une valeur instrumentale. Il est objet de la Psychologie, au sens où il nous permet de saisir --directement ou indirectement- des significations; mais il n'est pas, en lui-même, l'objet (á savoir tout l'objet) de la Psychologie. En conséquence la Psychologie n'est pas réductible à une science du comportement." ZAZZO, 1968, p. 85: "nier la conscience pour echapper à la subjectivité c'est sapper du même coupe les fondaments de l'objetivité, c'est trancher nos liens avec le monde " . TEPLOV (ZAZZO, 1968): "No estoy de acuerdo con que el objeto de la psicología sea el comportamiento. El objeto de la psicología es la conciencia. El conocimiento del comportamiento no es el fin de nuestra ciencia, sino el medio." LEONTIEV, 1966, y en ZAZZO, 1968.

196. ZUBIRI, 1962, pp. 413 y ss., 446 y ss., 451 y ss. Por ejemplo, en este último lugar expone cómo el hombre no sólo no aprehende originariamente puros objetos, sino tampoco puras realidades: "...el hombre no aprende originariamente las cosas como pura realidad, sino como realidad estimulante o estímulo real. El hombre no intelige puramente la realidad sino que siente la realidad misma, siente su formal carácter de realidad. De ahí se sigue que el sentir humano no es puro sentir y que la primaria y fundamental intelección humana no es pura intelección, sino que el sentir (por serlo de realidad) es intelectivo, y la intelección (por ser la realidad algo sentido) es intelección sentiente." MILLÁN, 1967; YELA, 1963a.

197. MILLÁN, 1967, p. 147: "El insalvable resto de opacidad que la subjetividad originaria opone a su reflexión es el índice, nunca eliminado, de un ser que no se agota en ser conciencia y que por ello... está siempre sujeto... a la necesidad de no ser para sí mismo perfecta y absolutamente transparente." Cf. PINILLOS, 1970; YELA, 1960, 1963a,1970.

198. MERLEAU-PONTY, 1949, p. 138: "La structure du comportement telle qu'elle s'offre à l'expérience pérceptive, n'est ni chose ni consciente"; p. 136: "dans l'expérience des comportaments, je dépasse effectivement l'altemative du pour soi et de l'en soi" ; p. 223, en el comportamiento se revela el hombre corpóreo "sans que le corps soit nulle part pure chose, mais aussi sans qu'il soit nulle part pure idée". Cf. etiam, MERLEAU-PONTY, 1963, 1964; STRASSER, 1967; DE WAELHENS, 1961; YELA, 1948, 1958, 1963, 1970, 1971.

199. NUTTIN, 1973, p. 168: "Das wesentliche Merkamal des Verhaltens... besteht also in der gleichzeitigen Wirkiung verständlicher Intentionalität und bestimmter Naturgesetze. Wir sind überzeugt, dass die Verhaltensforschung nicht das eine zu Lasten des anderen ignorieren darf."

200. SANTA TERESA DE JESÚS, 1933, Moradas quintas, cap. 1, p. 87.

201. PROUST, 1969, tomo 4°, p. 380: "A n'emporte quel moment que nous le considérons, notre âme totale n'a qu'une valeur presque fictive, malgré le nombreux bilan de ses richesses, car tantôt les unes, tantôt les autres son indisponibles... Car aux troubles de la mémoire son liées les intermittances du coeur."

202. Otras fórmulas, más o menos equivalentes, abundan en la literatura psicológica. Entre las principales figuran las siguientes:

1. S-O-R: Stimulus-Organism-Response, que repite WOODWORTH en las numerosas ediciones de su Psychology y de su Experimental Psychology. En la cuarta edición de su Psychology (Holt, N.Y., 1940), amplía la fórmula: W-S-Ow-R-W, donde "W" es mundo -World- y "Ow" es el organismo que percibe el mundo y tiende hacia él. Del mismo modo en Experimental Psychology, 1954, aclara que "S" es estímulo y situación, y que "O" es organismo y sujeto.

2. S-I-R: Stimulus-Individu-Réponse, PAULUS, 1970, p. 50.

3. (E ↔ P) R: Estímulo, Persona y Respuesta, FRAISE, 1968b.

4. R = F(v) = F(P,W): La respuesta, "R", es función del espacio vital, "V", que contiene a la persona, "P", y al mundo, "W". LEWIN, 1936, 1938.

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