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 Nada de lo psicológico nos es ajeno
III Congreso Nacional de Psicología - Oviedo 2017
Universidad de Oviedo

 

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ARTÍCULO SELECCIONADO

Psicothema

ISSN EDICIÓN EN PAPEL: 0214-9915

1993. Vol. 5, Suplem.1, pp. 13-29
Copyright © 2014


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PATERNIDADES Y FILIACIONES EN LA PSICOLOGIA SOCIAL

 

Amalio BLANCO

Universidad Autónoma de Madrid

No han sido las reflexiones de corte histórico algo especialmente atendido en la Psicología social, a pesar de que de estas se pueden desprender conclusiones nada adjetivas en torno a su propia identidad, naturaleza y distintividad. Desde este punto de vista parece resaltar la idea de lo psicosocial como una perspectiva de estudio más que como un ámbito territorial que acoge diferencialmente determinados temas. Las consideraciones historiográficas para la Psicología social pasan por una triple dimensión: la rebelión contra el individualismo, la desestructuración política y económica del antiguo régimen y la implantación de un orden de las cosas impuesto desde el método como marco de referencia para la reflexión sobre la realidad social.

Palabras clave: Historiografía; Presentismo; Perspectiva psicosocial.

Paternities and filiations in social Psychology. The purpose of this article is to provide an overview of the historiography of Social Psychology. The following goals have been established in the revision of this topic: a) to set the basis for an integrated conceptual framework about the identity of Social Psychology; b) to define Social Psychology as a perspective no matter what kind of subject we have to investigate; c) to determine the basis for the origin of the psychosocial way of thinking; the rebellion against the individualism, the politica and econominal brake of the Ancien Regime and the introduction of a natural order in the way to study the social facts.

Key words: Historiography; Presentism; Psychosocial perspective.

 
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Correspondencia: Amalio Blanco
Universidad Autónoma de Madrid

 

Una ciencia que titubea en olvidar a sus fundadores está perdida. Se trata de una sentencia no sólo diáfana y propicia como ardid comunicativo, sino dotada de un especial significado para la Ciencia social. Con ese propósito la escribió Alfred Whitehead y con el mismo la recoge Robert K. Merton para que presida nada menos que su Teoría y estructura sociales y ello justifica con creces su advocación en estas modestas páginas. Una advocación que, si bien lo miramos, puede cumplir algo más que una función puramente estética en la medida en que entraña un cierto distanciamiento con un modelo de ciencia acumulativa donde este tipo de consideraciones históricas acaban por adquirir una importancia bastante más relativa. En suma, es posible que podamos seguir aplicando a la Psicología social la reflexión del propio Merton cuando justifica el apotegma de Whitehead en el hecho de que es mucho más valedero en Sociología que en las Ciencias Físicas, que tienen un mayor progreso selectivamente cumulativo.

A decir verdad, no es la de Merton la única advocación bajo la que podemos cobijarnos; podríamos haber acudido a nuestro Tuñón de Lara para quien la historia nos pone en situación de conocer los cimientos de nuestra vida actual, saber de dónde venimos, quiénes somos y aumentar las probabilidades de saber a dónde vamos. Y también hubiera sido posible recoger la opinión de algunos psicólogos sociales, pocos, a decir verdad, que han dedicado algún esfuerzo al estudio de los secretos que guarda la historia de nuestra disciplina (Samelson, Farr, Graumann, Moscovici, Pepitone, etc.). Todos ellos destacan la desidia con que los propios psicólogos sociales han abordado tradicionalmente este capítulo, al tiempo que resaltan, con argumentos distintos en la forma pero muy parecidos en el fondo, la importancia que para la propia Psicología social adquiere el estudio e investigación de sus entresijos históricos. Sirva como ejemplo y como resumen de las distintas argumentaciones la autorizada opinión de Carl F.Graumann (1990), autor de varios trabajos en este capítulo:

"Incluso una breve discusión de las diversas funciones de la historia de la disciplina revela que podemos aprender de la historia, siempre que no haya sido escrita exclusivamente en virtud de propósitos identificadores y justificadores, como ocurre generalmente en el caso de la historia ‘presentista'. Una historia útil de la disciplina debe tener en consideración las discontinuidades e inconvenientes, fracasos y callejones sin salida, así como las continuidades, éxitos y progresos. No debe pretender unidad cuando lo que hay es pluralismo, como ocurre en la Psicología social. Finalmente, como con cualquier fenómeno que podamos estudiar, necesitamos información sobre el contexto general. Para la historia disciplinar el contexto no es sólo el sistema de ciencias, sino también el sistema social, político y económico dentro de los que una disciplina específica se desarrolla' (Graumann, 1990, p. 22).

No estaría de más subrayar un par de argumentos de esta amplia cita sobre los que volveremos a lo largo de este trabajo bajo excusas de diverso orden: la crítica al presentismo y la consideración amplia del contexto.

ALGUNAS LECCIONES DE LA HISTORIA DE LA PSICOLOGIA SOCIAL

Son muchas las razones que se pueden esgrimir para justificar la necesidad de seguir abordando, en las postrimerías del milenio y cuando la Ciencia social se siente acorralada por la urgencias sociales, la tarea de seguir reconstruyendo los vericuetos históricos de la Psicología social. En primer lugar no parece que sea posible entender la naturaleza de nuestra disciplina sin una adecuada comprensión de los que en su momento fueron los motivos de su aparición en la escena de las Ciencias sociales. De hecho, el recién citado Graumann (1990) entiende que la construcción histórica de una disciplina nos ayuda considerablemente a dirimir algunas cuestiones relacionadas nada menos que con su identidad, y en algún otro momento (Blanco, 1988), hemos contrapuesto la idea de la Psicología social como el estudio de unos determinados temas utilizando las herramientas conceptuales y metodológicas empleadas en otras disciplinas científicas (unidad de conceptos y teorías y distintividad de objeto) a la idea de la Psicología social como una perspectiva más o menos peculiar de abordar el estudio de cualesquiera de los temas habidos y por haber en el amplio territorio del comportamiento humano en sus versiones individual, grupal, organizacional o colectiva con la ayuda de conceptos, teorías y metodologías más o menos propias (unidad de objeto y distintividad de conceptos, teorías y metodología).

Territorio vs. perspectiva como indicadores de la distintividad de la Psicología social. La decidida apuesta, ayer y hoy, por la segunda de las opciones tiene precisamente su punto de partida en una profunda convicción histórica: los temas de los que se ocupa la Psicología social han despertado el interés del hombre desde los tiempos más remotos, pero sólo muy recientemente podemos hablar de la Psicología social como una disciplina que de manera sistemática, ordenada y consensuada acomete el estudio de viejos asuntos y preocupaciones desde perspectivas novedosas, acudiendo a conceptos desconocidos, utilizando métodos hasta entonces inéditos.

"El planteamiento de la interdepedencia entre los hombres debió realizarse tan pronto como se tuvo el más ligero atisbo de su existencia. Los conquistadores de imperios o los constructores de pirámides, al verse forzados a coordinar los esfuerzos de cientos de miles de hombres, tuvieron que afrontar innumerables problemas de inter-relaciones humanas y, por lo tanto, se vieron obligados a solventar cierto número de cuestiones psicológico-sociales. Las legislaciones antiguas nos brindan claros ejemplos del modo que se afrontaron esos problemas. El código de Hammurabi y el Antiguo Testamento dan ciertas normas para regular las relaciones interpersonales que provocaban disensiones en el seno de la sociedad. De los diez mandamientos del Decálogo, siete se proponen explícitamente como objetivo la regulación de la conducta social" (Zajonc, 1967, p. 10).

Si ello nos sirve de consuelo podemos seguir parafraseando indefinidamente a Ebbinghaus: nuestro pasado es ciertamente prolongado, posiblemente tanto como el de la existencia del hombre en sociedad. Pero no deja de ser un pasado borroso y difuso e indiferenciado, perdido, además, en la noche de los tiempos del que no podemos esperar una singular inspiración para lo que es actualmente la naturaleza de nuestra disciplina. Frente a esta historia historizante, en expresión de Lucien Fevbre, lo que realmente importa es que la Psicología social tiene una existencia muy reciente, y que como disciplina científica viene a ser el fruto y la consecuencia de una serie de condiciones que, dentro de los escuetos límites que permite un trabajo como éste, intentaremos descifrar. Karpf, en uno de los esfuerzos más sólidos por descifrar los orígenes y desarrollo de la Psicología social (demasiado apegado en su desarrollo a los nombres y escasamente contextualizado) ha resumido esta idea de manera especialmente clara:

"Durante cientos de años, el estudio de la vida mental y de la vida social estuvo subordinado a intereses ajenos a los puramente científicos – metafísicos, políticos, religiosos, éticos. Esa fue la naturaleza de la teoría referente a los temas psicosociales durante la época griega y la Edad Media. Durante todo este tiempo hubo, desde luego, una filosofía social y una filosofía mental, pero no existió una Psicología social en el sentido que actualmente le damos a ésta. Incluso después de que el estudio de la vida mental y de la vida social comenzara a tomar forma como un campo específico de investigación científica en la época moderna, la necesidad de una Psicología social permaneció todavía oscurecida por el desarrollo de una Psicología centrada en la introspección y, decididamente individual " (Karpf, 1932, p. 2)

Si nos instalamos en la primera de las opciones, tendremos que convenir que tan psicólogo social es Maquiavelo como Festinger, y tendríamos que exigir la presencia de Adam Smith y David Ricardo en nuestros manuales junto a la de Homans y Staats. Por estos derroteros, historiográficamente ingenuos y periclitados, podemos llegar a conclusiones muy orondas que pueden llenarnos de un orgullo tan legítimo como fugaz: la Psicología social, podría ser el tono de la conclusión general, fue la primera en hacer su aparición en el transcurso del devenir histórico de las Ciencias sociales ello le concede no sólo un especial protagonismo, sino una cierta primacía. Ya estuvo a punto de suceder algo parecido a raíz de la que fue una sólida, aunque fallida, apuesta territorial: la de definir la Psicología social por referencia a las conductas que se desprendían de los estímulos sociales. De los otros como estímulos sociales por excelencia en Allport se pasó a los estímulos institucionales en Kantor; y de allí, a la cultura material y simbólica de Sherif para terminar en la consideración de las 236 situaciones estimulares de Sells (1963), lo que no es sino la antesala para la reducción de la conducta a conducta social y de la Psicología a Psicología social. Y esa es conclusión a que llegaba mucho más recientemente un histórico, Otto Klineberg (1990), en una palpable prueba de que la mentalidad territorial sigue teniendo sus adeptos dentro de nuestra disciplina.

Este es, sin duda, uno de los motivos para ocuparse muy seriamente por las razones que hicieron posible la existencia de la Psicología social como disciplina científica. Pero hay algunos otros igualmente importantes, no tanto en sí, como por lo que tienen de implicación cara a la naturaleza y estatus científico de la propia Psicología social. Se hace necesario discutir muy sosegadamente la amplitud de los avances teóricos que se han producido desde los Lewin, Mead, Allport, Asch, Sherif, etc. Las posiciones de quienes pueden ser considerados como los teóricos sobre los que recayó de manera primordial la constitución de la Psicología social como ciencia independiente (McDougall, Allport, Mead y Lewin) no han experimentado avances, réplicas, o modificaciones tan sustantivas como para decidir que ya han pasado a la historia; los clásicos resultan absolutamente imprescindibles para comprender lo que hay de sustantivo en una disciplina científica como la nuestra tan escasa de desarrollos teóricos de largo alcance y tan propensa a réplicas empíricas teóricamente desnutridas. Recogiendo ahora la sentencia de Whitehead podríamos concluir que en Psicología social la vuelta a las tradiciones resulta especialmente necesaria en la medida que nos las tenemos que ver con una ciencia cuyo avance no siempre se cifra en la acumulación de conocimiento, y tampoco se ha valido hasta ahora de un progreso acumulativo que haga periclitar las certezas pretéritas. Ello no quiere decir que la Psicología social deba ser inevitablemente considerada como una ciencia exclusiva de los dominios del espíritu para distinguirla de aquellas otras que cifran su progreso en la acumulación de un conocimiento arrancado empíricamente a la realidad. Estos posicionamientos dicotómicos pueden servir ciertamente como excusa para el primer día de clase de nuestros alumnos de primer curso, pero ya no como argumento sobre el que amparar definitivamente el discurso psicosocial. La vuelta a los clásicos resulta especialmente necesaria en la Psicología social española, presa de un vertiginoso (el término más adecuado sería el de incontrolado), desarrollo que ha requerido muchas veces la improvisación y, sobre todo, presa de un desmedido afán por la especialización que en nuestro caso se ha hecho con demasiada frecuencia desde un desmesurado vacío teórico, injustificable desde el marco académico.

Todo ello desemboca con frecuencia, como no podía ser de otra manera, en ese complejo obsesivo de descubridor que con tanta dureza criticara Sorokin: un complejo que podría quedar francamente suavizado, salvo en los casos más particularmente llamativos, en la medida en que seamos capaces de volver la vista a la historia. Por si pudiera ser de utilidad en este contexto y sólo con ese propósito, he aquí el agrio comentario que Sorokin hace de estos nuevos Colones:

"Los términos sociología moderna y ciencia psicosocial moderna se refieren al estado de estas disciplinas durante los veinte y cinco años pasados, aproximadamente. En este período el principal defecto de estas ciencias fue una especie de amnesia respecto a su historia, descubrimientos y realizaciones previas. Un segundo punto flaco está estrechamente ligado al primero. Muchos sociólogos o investigadores psicosociales modernos pretenden haber hecho determinado número de descubrimientos científicos por primera vez en toda la historia de la sociología o alguna otra rama psicosocial de conocimiento. Diciéndolo en pocas palabras, este punto flaco puede llamarse complejo obsesivo de descubrimiento, o con más precisión, complejo de descubridor" (Sorokin, 1957, p. 19).

La vuelta a los clásicos, a las tradiciones, a la historia de nuestra disciplina es un eficaz remedio contra esa suerte de adentrismo tan enemigo del auténtico conocimiento (ver a este respecto el capítulo 5 de la Sociología de la Ciencia de Merton) y que tan claramente se ha extendido a lo largo de la Psicología social. El adentrismo es enemigo de la historia, porque nos hace poner en tela de juicio nuestras lealtades, pone al descubierto algunas de nuestras miserias y nos enfrenta a alguna de nuestras más aleccionadoras limitaciones: uno sólo puede jugar a ser un Kurt Lewin delante de un par de tiernos becarios de investigación. Pero la actitud adentrista por excelencia es aquella que supone que la Psicología social ha dispuesto de una historia propia, singular, autónoma e independiente desde el mismo momento de su gestación; de una historia, naturalmente temática, que discurre al margen de las corrientes de pensamiento que han dado sentido a las Ciencias sociales. El interés por el devenir histórico de la disciplina nos ayuda sobremanera a corregir esta suerte de presentismo endogámico enmarcando la evolución de los intereses teóricos y, temáticos de la Psicología social dentro de sus pertinentes contextos, los personales, los socioculturales y los propiamente científicos. En el fondo no es sino una ratificación de que la Psicología social como disciplina científica es el resultado de una serie de prácticas sociales perfectamente acordes con los signos de cada uno de los momentos y situaciones históricas de una determinada sociedad. Sin necesidad, por requerimientos del guión, de acudir a los manidos argumentos de la imposibilidad de una ciencia social libre de valores, los ejemplos que la propia Psicología social nos concede para registrar en la memoria esta lección son varios. Sampson (1978) adelanta el que va a significar uno de los argumentos más sólidos en páginas posteriores: el paradigma científico del modelo natural se enclava dentro de una matriz valorativa que tiene en el puritanismo protestante, el individualismo, el machismo, la propiedad privada y el capitalismo sus vértices más sobresalientes. Cartwright (1979), en un estudio muy singular por lo que tiene de autobiográfico, ha defendido hipótesis muy parecidas: a) la Psicología social es un sistema social que tiene por objeto la producción de un determinado tipo de conocimiento empírico: b) el conocimiento logrado en nuestra disciplina es producto de un sistema social y, como tal, se encuentra influido por las características y propiedades de ese sistema y por su circunstancias políticas, sociales y culturales; c) las directrices que han definido el devenir teórico de la Psicología social contemporánea han procedido de fuera de la propia disciplina y tienen como protagonista a Adolph Hitler y como acontecimiento más relevante a la II Guerra Mundial; d) el marco teórico conceptual de nuestra disciplina es predominantemente el producto de una generación de varones norteamericanos blancos, de clase media: e) la Psicología social es, en suma, un producto norteamericano; es el producto de la ideología política y de los problemas sociales a los que se ha tenido que enfrentar la sociedad norteamericana a lo largo de los últimos cuarenta años. Morawski (1982) recurre a estos mismos argumentos para hacer una reflexión histórica en torno a los hechos y a los valores acudiendo a la investigación en torno a los roles sexuales entre 1972 y 1982 y pretendiendo poner en tela de juicio los supuestos sobre la naturaleza humana implícitos en la Psicología social de corte experimental. Martín-Baró se mostró siempre especialmente crítico con el presentismo historizante:

"En efecto, la Psicología social debe asumir sus propios condicionamientos históricos: el desde dónde o desde quién y, el para qué o para quién. La perspectiva parcializadora proviene de un equívoco metodológico consistente en creer que se puede partir desde nadie ("el laboratorio" como paradigma ideal), es decir, que la ciencia puede querer hacer abstracción total de la realidad desde la que se fabrica. Ese querer partir desde nadie significa, en la práctica, partir del poder establecido en la situación histórica concreta en que se produce la actividad científica. Desde nadie significa, realmente, desde quien tiene el poder. El formalismo, por otro lado, proviene de la falsa conciencia de que la ciencia es universal e incolora, es decir, que puede servir a todos. Negar el para qué o para quién de la ciencia es, en la práctica, ponerla al servicio de los intereses dominantes, ya que todo producto histórico necesariamente promueve unos u otros de los intereses socialmente en conflicto (Martín-Baró, 1976, p. 12).

Para reforzar esta tercera lección extraída de la historia de la Psicología social cabe traer a colación otro bloque de argumentos que tienen que ver con el devenir de los temas de los que se ha ido ocupando la Psicología a lo largo de su corta historia. Estos argumentos dan comienzo con el prolijo estudio que William Lambert publica en 1963 y se culminan con el trabajo recientemente publicado en castellano por Jiménez Burillo (Jiménez Burillo, et. al. 1992). Entre ambos, un conjunto de trabajos que pretenden dar a conocer la evolución de las tendencias teóricas y de los intereses temáticos en la Psicología social (Jiménez Burillo, 1976; Goldstein, 1980; Perlman, 1984: Blanco, et. al. 1986, entre otros). Si ciframos la distintividad de la Psicología social en los temas de que se ocupa, tendríamos que aceptar la existencia de una variedad de Psicologías sociales en razón del momento histórico en que se han elaborado, o en virtud del marco geográfico en el que se desenvuelven o en función de la persona que la elabore. Pero si rechazamos, y deberíamos hacerlo, el que todo valga en nuestra disciplina (por ejemplo, que haya tantas psicologías sociales como psicólogos sociales), la anárquica y desmoralizante posición territorial debe dar paso a la idea de que entre las definiciones efectivas de la Psicología social presentes en los manuales de uno y otro lado del Atlántico hay coincidencias más que casuales, y que la diferencia de temas abordados en las tres ediciones del Handbook no es sino el fiel y razonable reflejo del declive y el auge de determinados intereses, y que la ampliación de las diversas áreas aplicadas no significa, como los territorialistas quieren creer, una dolorosa aunque inevitable separación epistémica del seno materno, sino la traducción de la hipótesis lewiniana de la ampliación del objeto. Jiménez Burillo (1985) lo expresó una vez con tanta sencillez como acierto: la Psicología social, como el ser en Aristóteles, es una, pero se dice de muchas maneras.

Como se ve, son muchas las lecciones que se pueden extraer de la historia de la Psicología en general y particularmente de la social. En un ejercicio en modo alguno exhaustivo hemos especificado unas tres o cuatro, pero Rosa, Blanco y Huertas (1991) amplían la nómina de funciones que puede cumplir en este sentido la Historia de la Psicología: desarrolla un espíritu crítico en los estudiantes, actúa como fuente de inspiración para los investigadores, justifica la propia ciencia psicológica, nos la presenta dentro de las condiciones en que se produjo, nos sirve de marco de referencia para el presente y nos ayuda a desvelar los arcanos del hombre.

Las lecciones que aquí hemos extraído no coinciden del todo (realmente no coinciden casi nada) con las que extrae Albert Pepitone (1981). Por ejemplo, de la concepción histórica de la Psicología social que aquí se pretende jamás podremos llegar a la conclusión de que McDougall es el cofundador de la Psicología social, tal y como afirma rotundamente Pepitone (el otro es, naturalmente, Ross). Y no se podrá llegar nunca a esa conclusión por una cuestión de principio: no nos interesa la historia basada en pruebas de paternidad si no hacemos al mismo tiempo las pertinentes pruebas de filiación. Si William McDougall es el padre de un tipo de Psicología social, lo es en la misma medida en que su posición teórica es la continuación de una corriente de pensamiento perfectamente instalada en su época como el credo de la alta burguesía inglesa, perfectamente al tanto de las modas que dominaban la Europa de principios de siglo. Y en este sentido McDougall es el más acabado v genial ejemplo.

DE LOS QUIENES A LOS PORQUÉS

A estas alturas del desarrollo de la historiografía huelgan ya las críticas a las posiciones externalistas (la historia hecha por los héroes de Thomas Carlyle) e internalistas (la historia como hazaña de la libertad personal de Benedetto Croce). Las posturas encontradas que se mantienen desde ambas posiciones tienen un curioso punto en común: la negación de la ciencia histórica. Y un corolario: desde ambas posiciones la Psicología social acaba por dirimirse en los anecdóticos términos de su demarcación territorial. Josep Fontana, uno de nuestros más reconocidos historiadores, hablando precisamente de las posiciones del postivismo y del idealismo ha dicho que ambos

"..... tienen en común el hecho de negar toda validez a la historia, o de limitarla estrechamente, sin tener conocimiento suficiente de la práctica intelectual que pretenden descalificar. Pese a los aspectos de detalle que pueden enfrentarles, todos reúnen la herencia del positivismo, el neokantismo y la "filosofía de la vida". En todos hay, además, una concepción conservadora de la sociedad y una voluntad, más o menos abiertamente confesada, de combatir el marxismo... La esperanza de una revolución que transforme la sociedad no tiene ningún apoyo en las lecciones de la historia, porque no existen tales lecciones" (Fontana, 1982, p. 157).

En el ámbito de la Ciencia social, no hay probablemente ninguna disciplina que haya resuelto, con tanta elegancia y profusión de datos empíricos, esas falsas dicotomías que todavía siguen viendo la realidad en blanco y negro, sin haber sido capaces de introducir el más mínimo matiz cromático. Para la Psicología social la superación de las actitudes clasificatorias en términos excluyentes es una cuestión de necesidad que emana de su misma razón de ser y, sobre la que se asienta su distintividad. Y cuando, además, se habla de cultura, de estructura macro o micro-social, de contexto económico o modelos de producción como marco de referencia historiográfico, el psicólogo social no puede por menos de sentir que se trata de conceptos con los que su disciplina, más que cualquiera otra dentro de la Psicología, ha desarrollado una cierta familiaridad. Se trata, en suma, de variables que no pueden pasar desapercibidas en una aproximación histórica a la Psicología social por cuanto forman parte de su misma especificidad: el hecho de la relación entre el hombre y los objetos que lo rodean forma parte de la más pura perspectiva, estilo y actitud psicosociales. Y si esta perspectiva, hemos dicho en algún otro momento (Blanco, 1988), se define por la existencia de una posición relacional que intenta desentrañar los enigmas del comportamiento individual y colectivo a partir de la confluencia e intersección de diversos niveles y variables que establecen entre ellas una permanente relación de interdependencia, cuando nos acerquemos a dirimir los asuntos relacionados con su producción histórica no hay razón alguna para cambiar de opinión ni de perspectiva.

En el caso concreto de la Psicología social, esas condiciones se producen en la confluencia de dos acontecimientos que resultarán de singular trascendencia en el devenir de nuestra disciplina: la rebelión contra un individualismo que había dominado la escena política (Maquiavello), filosófica (empirismo), religiosa (Reforma protestante), social (Adam Smith) en Europa desde finales del siglo XIII hasta el XVIII y que comienza a tener primero en Rousseau y posteriormente en Kant su punto de inflexión, un punto, especialmente en el alemán, ciertamente moderado (la hipótesis de la insociable socialidad de los hombres es probablemente su resumen más acabado), algo que ya no podemos decir de sus continuadores, especialmente de Fichte. Junto a este acontecimiento de carácter predominantemente teórico, se suceden dos hechos que acaban por asestar un duro golpe al orden establecido y que son la razón de ese sentimiento de incertidumbre, pesimismo y caos que caracteriza el pensamiento social del XIX: el primero tiene que ver con los acontecimientos revolucionarios que convulsionaron Europa a partir de la segunda mitad del XVIII y cuyo último eslabón fue precisamente el estallido revolucionario francés en 1789. El segundo tiene un marcado carácter económico y está presidido por una doble revolución, la demográfica y la tecnológica. Ambos consolidan definitivamente el gran episodio de la Revolución industrial cuyas consecuencias fueron, a decir de los especialistas, las que realmente conmovieron las entrañas de los pensadores del XIX. La confluencia de los acontecimientos subsiguientes a estos hechos consolida una quiebra definitiva de lo que habían sido los marcos de referencia tradicionales a la hora de abordar los problemas que atañen al comportamiento de los hombres en sociedad. El cisma epistemológico, en acertada expresión de Apfelbaum, queda definitivamente instalado en el pensamiento y la teorización sobre los hechos sociales gracias a la coincidencia de una serie de conmociones sociales subsiguientes a los acontecimientos previamente mencionados: a) conocimiento de nuevas culturas y civilizaciones gracias a los viajes; b) declive y derrocamiento de una institución de tan hondas raíces como es la monarquía, lo que dio al traste con algunas de las más sólidas versiones de la historia: c) la industrialización.

Transitando a lo largo y ancho de estos acontecimientos y en estrecha conexión con todos ellos, el desarrollo de un método científico, el establecimiento de un orden de las cosas, de un orden de la naturaleza no puede dejar de ser mencionado como condición a la hora de establecer una pauta historiográfica para la Psicología social. Antonio Caparrós lo ha expresado en términos muy nítidos:

"..... la Psicología como conjunto de saberes, técnicas, actividades investigadoras y profesionales con identidad diferenciada y autónoma es el resultado de un proceso aún en marcha que se inicia en la década de los setenta del siglo pasado con la fundación y el establecimiento de la Psicología como ciencia, proceso que a lo largo de toda su historia ha tenido, además, a ésta como su motor y su guía" (Caparrón, 1984, p.4).

Rebelión contra el individualismo, derrocamiento del antiguo régimen en su vertiente socio-política y económica y aplicación del método científico al estudio de los hechos sociales como los tres ingredientes para poder empezar a hilvanar el discurso histórico de la Psicología social. De una Psicología social definida como una perspectiva y un punto de vista muy peculiar desde el cual se afronta el estudio de aquellas cosas que han preocupado al hombre desde que éste vive en sociedad. Si partimos del supuesto de que lo psicosocial nada tiene que ver con un objeto concreto de estudio, por mucho que bajo esta etiqueta se hayan incluido legítimamente una serie de temas que tradicionalmente nos han sido especialmente queridos, la dicotomías Historicismo-Presentismo y Externalismo-Presentismo comienzan a quedarse huérfanas de contenido y a exigir nuevos derroteros.

Y para ello podemos adoptar un marco de referencia sustentado en el desde dónde y el desde quién que, además de facilitarnos un alejamiento de las posiciones tradicionalmente excluyentes, resulta harto coherente con la idea de la Psicología social que venimos defendiendo en estas páginas. No es, desde luego, una idea original ya que a cualquier lector avezado en ciencias sociales le trae al recuerdo alguna hipótesis bien conocidas: el diálogo y la relación entre el quién (el hombre) y el y desde dónde (la naturaleza) se convierte en el marco inexcusable de referencia nada menos que para la teoría del conocimiento en el materialismo dialéctico. Claro es que no se trata de un quién cualquiera, sino de alguien que actúa sobre la naturaleza exterior a él y la transforma (escribe precisamente Marx en el capítulo V del primer libro de El Capital), y se trata, además, de una naturaleza entendida en su más amplio sentido, un sentido que, como es bien conocido, adquiere en el materialismo dialéctico unos tonos muy economicistas que es necesario ampliar.

Probablemente haya sido Vygotski quien muy al comienzo de El significado histórico de la crisis en Psicología, y con motivo de sus reflexiones en torno a la producción y el descubrimiento científico, nos haya concedido, con la moderación que sabemos le fue característica a la hora de pronunciarse sobre el materialismo dialéctico, el argumento sobre el que poder superar las dicotomías previas. En primera instancia, Vygotski plantea que la aparición, el desarrollo y el ocaso de las ideas, de las teorías y de los conceptos podría explicarse en la medida en que la ciencia está relacionada: a) con el substrato sociocultural de la época: b) con las leyes y condiciones generales del conocimiento científico; c) con las exigencias objetivas que plantea al conocimiento científico la naturaleza de los fenómenos que son objeto de estudio.

En alguna medida, la aparición y desarrollo de los conceptos y teorías de la Psicología en general y particularmente de la Psicología social pueden ser analizados a la luz de este esquema. En un primer momento debemos recordar que los orígenes del pensamiento psicosocial quedan enmarcados dentro del clima sociocultural de una época: y hablamos de sociocultural en un sentido francamente amplio en la medida en que no pueden ser pasados por alto sobre todo los acontecimientos económicos que tiene como trasfondo nada menos que la Revolución industrial. Un clima, convendría especificar, teñido de un cierto pesimismo que se trasluce en las ideas y concepciones de los más optimistas con el progreso (Comte y Spencer, por ejemplo) y que alcanza cotas de verdadero desánimo en los pesimistas (Durkheim, Tönnies, Tocqueville y posteriormente Le Bon). La añoranza por las formas de vida comunitarias fue sin lugar a dudas el ingrediente más común de ese clima sociocultural, hasta el punto de que, de las cinco ideas constitutivas del pensamiento de estos científicos sociales (comunidad, autoridad, estatus, lo sagrado y la alienación), en autorizada opinión de Robert Nisbet,

"..... la más fundamental y de más largo alcance es la de comunidad. El redescubrimiento de la comunidad es sin disputa el desarrollo más característico del pensamiento social del siglo XIX, desarrollo que se hace extensivo mucho más allá de la teoría sociológica... La idea de comunidad tiene en el siglo XIX la misma importancia que tuvo la idea de contrato en la Edad de la Razón: fue el eje alrededor del cual giraba todo lo demás. En aquel entonces, los filósofos habían usado el principio racional del contrato para dar legitimidad a las relaciones sociales. El contrato proporcionaba el modelo de todo lo bueno y lo defendible de la sociedad; en el siglo XIX, en cambio,vemos que el contrato se desvanece ante el redescubrimiento del simbolismo de la comunidad... La comunidad se basa sobre el hombre concebido en su totalidad, más que sobre uno u otro de los roles que pueden tener en un orden social, tomados separadamente. Su fuerza psicológica procede de niveles de motivación más profundos que los de la mera volición o interés, y logra su realización por un sometimiento de la voluntad individual que es imposible en asociaciones guiadas por la simple conveniencia o el consentimiento racional. La comunidad es una fusión de sentimiento y pensamiento, de tradición y compromiso, de pertenencia y volición. (Nisbet, 1969, p. 71-72).

Y junto a la añoranza, el sentimiento de caos como segundo ingrediente; caos que se da tanto en el mundo de las ideas como en el de la propia realidad social y del que es un testimonio inestimable el Comte del Curso de Filosofía Positiva, en cuya Lección 46, y como colofón a sus reflexiones sobre los sistemas contemporáneos de ideas (la retrógrada política teológica, la política metafísica con sus dogmas y la política estacionaria), se muestra ciertamente pesimista:

"La consecuencia más universal de esta fatal situación, su resultado más directo y más funesto, fuente primera de todos los demás desórdenes esenciales, consiste en la extensión, siempre en aumento y ya inquietante, de la anarquía intelectual, constatada, por lo demás, por todos los auténticos observadores, pese a la divergencia extremada de sus opiniones especulativas acerca de su causa y su terminación" (Comte, 1981, p. 86).

La descomposición intelectual, la crisis de la moralidad pública, la corrupción política, el predominio del punto de vista material y a corto plazo, la ambición vulgar; en una palabra, la anarquía moral es, en opinión de Comte, la consecuencia más palpable de aquella fatal situación.

El testimonio de Le Bon resulta igualmente valioso por la época en que fue escrito (1895):

"La época actual constituye uno de esos momentos críticos en que el pensamiento humano está en vías de transformación. En la base de esta última se hallan dos factores fundamentales. El primero es la destrucción de las creencias religiosas, políticas y sociales de las que se derivan todos los elementos de nuestra civilización. El segundo, la creación de condiciones de existencia y de pensamiento completamente nuevas, engendradas por los modernos descubrimientos de las ciencias y de la industria. Aunque conmocionadas, las ideas del pasado siguen siendo todavía muy potentes, y, dado que las sustitutas están aún en vías de formación, la edad moderna representa un período de transición y de anarquía" (Le Bon, 1983, p. 19).

No son éstos los únicos testimonios: los hay mucho más pesimistas a lo largo y ancho de la obra de Mark, desde El Manifiesto hasta El Capital (en el capítulo XXIII del primer libro, por ejemplo, queda claramente reflejado su desánimo y pesimismo frente a la postración física, anímica e intelectual que el modelo de producción capitalista ha condenado a las masas obreras), en la patente añoranza por las formas de vida y convivencia propias de la Gemeinschaft de Tönnies y en el pesimismo y hasta desilusión con que Durkheim acoge los resultados de la solidaridad orgánica que se desprende de la división del trabajo (precisamente el capítulo primero del segundo libro de La División del Trabajo Social se dedica a reflexionar sobre la relación entre los progresos de la división del trabajo y los de la felicidad, con conclusiones por parte del francés nada optimistas).

El nacimiento y desarrollo de las ideas y teorías psicológicas las enmarca y legitima su sometimiento a un método científico, el pasar a explicar determinados fenómenos y comportamientos con las herramientas que se habían revelado con éxito en las que habían sido las ciencias tradicionales. Junto a ello, resulta igualmente evidente la pérdida de credibilidad de la metafísica, la teología, la religión, la ley, la norma o la costumbre como instancias explicativas de los hechos que nos atañen

como individuos aislados y como personas en sociedad. Comte fue, sin duda, el máximo exponente de esta nueva perspectiva que, muy someramente resumida, tendría dos elementos centrales: el estudio de los fenómenos sociales parece estar fatalmente condenado a la abstracta y obtusa especulación teológica o metafísica (los dos estadios del desarrollo de las ciencias previos al positivo), obsesionadas ambas por las esencias, los orígenes y el destino último de las cosas, cuestiones estas lejos del alcance de la razón en la medida en que acuden a agentes sobrenaturales.

"Los métodos teológicos y metafísicos, que para el resto de los fenómenos han sido ya abandonados, ya sea como medio de investigación o solamente como medio de argumentación, sin embargo, son todavía utilizados exclusivamente bajo uno y otro aspecto, para todo lo que concierne a los fenómenos sociales, aunque su insuficiencia a este respecto ha sido ya plenamente sentida por todas las mentes claras fatigadas de esas vanas réplicas interminables entre el derecho divino y la soberanía del pueblo" (Comte, 1981, p. 48).

En estos términos se pronuncia el francés en la primera lección del Curso de Filosofía Positiva, la misma en la que se queja de que la ciencia social languidece en una infancia prolongada aferrada a creencias sobrenaturales o metafísicas faltas de credibilidad y de objetividad.

Pero hay un segundo argumento especialmente significado en esta tesitura histórica, cual es el de que el estudio de los fenómenos sociales ha de ser llevado a cabo atendiendo a un principio elemental: la consideración de los hechos sociales como fenómenos naturales:

"El carácter fundamental de la filosofía positiva consiste en considerar todos los fenómenos como sujetos a leyes naturales invariables, cuyo descubrimiento preciso y la posterior reducción al menor número posible constituyen la finalidad de nuestros esfuerzos" (Comte, 1981, p. 43).

La proposición de que los fenómenos sociales son cosas y deben ser tratados como tales, hecha por Durkheim en Las reglas del método sociológico, su ácida crítica a las prenociones, su rechazo al sentido común como autoridad científica, su oposición a la intervención del sentimiento y de las creencias políticas y religiosas en la explicación científica de los hechos sociales, su dura reacción contra el misticismo negador de toda ciencia, todo esto no es sino uno de los síntomas de ese clima sociocultural al que hacía referencia Vygotski. El establecimiento del naturalismo en la explicación de los hechos sociales parece una condición indispensable para separarlos del oscuro, caprichoso y resbaladizo dominio de lo sobrenatural. El supuesto básico de la ciencia moderna, sin el cual hubiera sido inviable la propia Psicología, escribe Merton (1977, p. 335), citando precisamente a Whitehead, es la convicción difundida e instintiva de la existencia de un Orden de las Cosas en general, y más en particular, de un Orden de la Naturaleza que comienza a impregnar toda la actividad científica prácticamente desde el siglo XVIII. Así, al menos, lo ha intentado mostrar Paul Hazard en su extraordinaria obra La crisis de la conciencia europea:

"Ya la ciencia se convierte en un ídolo, en un mito. Se empiezan a confundir ciencia y felicidad, progreso material y progreso moral. Se cree que la ciencia sustituirá a la filosofía, a la religión y que bastará a todas las exigencias del espíritu humano. Y por reacción, ya protestan otros; reprochando a la ciencia, que ha fijado cuidadosamente sus propios límites, querer rebasarlos; hablan de su excesivo orgullo y proclaman -hasta el punto es necesario, tan pronto, combatir ese mito naciente- la bancarrota de la ciencia" (Hazard, 1988, p. 267).

El propio establecimiento de este Orden de las Cosas mantiene estrechos vínculos, en opinión del propio Merton, con un ethos puritano caracterizado por una consideración altamente positiva de la ciencia en la medida en que era la más evidente manifestación de la gloria de Dios, por una creencia ciega en el progreso como instrumento al servicio de la mejora del hombre sobre la tierra, por una inclinación claramente práctica sustentada en el utilitarismo.

"El empirismo y el racionalismo fueron canonizados, beatificados, por así decir. Bien puede ser que el ethos puritano no influyera directamente en el método de la ciencia y que éste fuera sencillamente un desarrollo paralelo en la historia interna de la ciencia, pero es evidente que, mediante la sanción psicológica de ciertos modos de pensamiento y de conducta, este complejo de actitudes hizo recomendable una ciencia de fundamento empírico, en lugar de hacerle reprensible o, en el mejor de los casos, tolerable, como en el período medieval. En resumen, el puritanismo modificó las orientaciones sociales. Llevó al establecimiento de una nueva jerarquía vocacional, basada en criterios que daban prestigio al filósofo de la naturaleza" (Merton, 1977, p. 323).

Hay un contexto socio-cultural, una matriz social dentro de la cual se desarrolla la ciencia que se caracteriza, sigue Merton, por una permanente interdependencia entre las distintas esferas institucionales (la religión, la economía, la ciencia) dentro de las cuales se establecen conductas socialmente pautadas (intereses, motivaciones, etc.). Joseph Needham (1980), lo ha expresado en unos términos muy parecidos a los de Merton y Hazard:

"Ningún problema es más difícil que el de la causalidad histórica. Pero el desarrollo de la ciencia moderna en Europa en los siglos XVI y XVII, o bien debe ser considerado milagroso, o bien debe ser explicado, aunque sea de manera provisional y tentativa. Este desarrollo no fue un fenómeno aislado; ocurrió, pari passu, con el Renacimiento, la Reforma y el surgimiento del capitalismo mercantil seguido por la manufactura industrial. Tal vez, cambios sociales y económicos concomitantes que sobrevinieron sólo en Europa constituyeron el ambiente en el que las ciencias naturales pudieron elevarse finalmente por encima del nivel del artesanado superior, el de los técnicos semimatemáticos" (Needham, 1980, p. 43).

Por lo que respecta a la Psicología, no parece que haya duda en poder contemplar sus inicios y desarrollo a la luz de la hipótesis de Vygotski en la medida en que la implantación del método natural le sería esencial en sus primeros momentos. Cuando Caparrós apuntaba que la Psicología como ciencia se inicia en la década de los años setenta del pasado siglo, está queriendo decir que sólo fue posible una vez que se incorporó a las condiciones en que se estaba desarrollando el conocimiento científico que por aquella época eran las propias del naturalismo:

"Partimos del supuesto de que la identidad de la Psicología es el resultado de su vinculación histórica y sistemática al método científico, vinculación que, en definitiva, determina tanto su dimensión científica como su dimensión tecnológica y profesional en la medida en que éstas pretenden ser racionales, lo más posible, ajustándose a procedimientos explicitados, ajustados a reglas y susceptibles de repetición’ (Caparros, 1984, p. 6).

Esas y no otras eran precisamente las exigencias que, por aquella época, planteaban al conocimiento científico los fenómenos de la vida social y de la vida mental. Comte lo vio con meridiana claridad, y, hoy en día podemos decir que sus palabras fueron claramente premonitorias de lo que iba a suceder unos pocos años después (de lo que realmente estaba sucediendo ya en Alemania):

"Ciertamente se ve que de ninguna manera se puede admitir esa Psicología ilusoria, última transformación de la teología, que tan vanamente se pretende reanimar en nuestros días, y que sin ocuparse ni del estudio psicológico de nuestros órganos intelectuales, ni de la observación de los procesos racionales que dirigen nuestras investigaciones científicas, intenta llegar al descubrimiento de las leyes fundamentales del espíritu humano, contemplándose a sí mismo, es decir, haciendo completa abstracción de las causas y de los efectos" (Comte, 1981, p. 55).

En el caso concreto de nuestra disciplina, se ha tenido a veces la tentación de excluir de esa matriz social de la que venimos hablando todo lo referente al Orden de las Cosas impuesto desde el método. Y esta exclusión no ha sucedido por capricho, ya que no podemos olvidar que el primer movimiento sistemático de corte psicosocial se dio precisamente en el seno del idealismo alemán, un idealismo crítico y hasta negador de los principios esenciales del empirismo positivista. Claro que hubo una Psicología social elaborada al margen de la matriz científica de la que se nutrió la Ciencia social europea del XIX. Fue la Psicología social que, desde la Psychologie als Wissenschaft de Herbart, publicada en la temprana fecha de 1825, protagonizaron, desde 1860 hasta la década de los treinta del presente siglo, Moritz Lazarus y Hermane Steinthal, Gustav Adolph Lindner, Franz Eulenburg, Rudolf Maria Holzapfel, Kurt Haase, Franz Stoltenberg, Aloys Fischer, Walter Moede, F. Schneersohn, Gaston Roffenstein, Carlo Sganzini, L. H. Geck, U. Raab; es decir, una serie de autores más bien marginales dentro de las Ciencias sociales en general y dentro de la Psicología más en particular, con las excepciones de rigor que, en esta nómina, se reducirían a Eulenburg y Moede, si exceptuamos los autores de la Psicología de los pueblos. Ninguno de ellos perteneció a los círculos en los que se estaba gestando la Psicología de la época y sus aportaciones, en algún caso perfectamente acordes con lo que hoy entendemos por pensamiento psicosocial, pasaron más bien desapercibidas como consecuencia de la escasa visibilidad de sus autores en el campo de la Ciencia social y, sobre todo, como consecuencia de su escasa sensibilidad al Zeitsgeist de la época. Esa Psicología social se desvaneció espontáneamente en el tráfago de sus propias especulaciones idealistas y apenas tuvo eco fuera no sólo de las fronteras germano hablantes, sino incluso más allá del reducido círculo de los propios autores.

Es una prueba más, desde dentro de nuestra propia disciplina, de la decisiva importancia que acaban por tener lo que en la Sociología de la Ciencia se ha denominado la matriz social de la producción y del pensamiento científico, sus bases socioculturales, los contextos sociales de la ciencia, el ethos de una época concreta y determinada. Decir sin más aditamento que fue Carlo Cattaneo quien en 1863 emplea por primera vez el término Psicología social en una de las conferencias pronunciadas en el Instituto Lombardo de las Ciencias (Dell'antitesi come metodo di psicologia sociale, era en concreto el título de la conferencia que pasaría a formar parte de su obra Psicología della menti associate), o que el austríaco Gustav Adolph Lindner dedica el segundo libro de su Ideen zur Psychologie der Gesselschaft, publicado en Viena en 1871, a elaborar unos principios de Psicología social, es tan irrelevante como saber de qué guisa iba vestido Luis XVI aquella aterida mañana del 21 de Enero de 1793 cuando la guillotina le cercenó el pescuezo. Es esa historia historizante que con tanto gracejo como impiedad criticara Lucien Fevbre y que tan notables ejemplos ha tenido y siguen teniendo en la Psicología social de entre los que, sin duda, destaca el capítulo que Allport ha venido dedicando en las sucesivas ediciones del Handbook a los orígenes históricos de la Psicología social bajo la infértil, acomodaticia e, historiográficamente, impertinente pregunta de quién fundó la Psicología social (de nuevo una prueba de paternidad completamente descontextualizada). Heines y Vaughan (1979) han intentado demostrar, por otra parte, cómo la afirmación hecha por Gordon Allport en su famoso capítulo de que el primer problema experimental en la Psicología social fue el formulado por Norman Triplett, ha acabado por adquirir carta de naturaleza en la disciplina (ha adquirido el estatus de verdad, dicen textualmente los autores, a la hora de hablar de los orígenes de la Psicología social), a pesar de que Allport confunde la fecha de publicación, no acaba de entender en su totalidad el experimento de Triplett (dice que el inglés no hace la distinción entre la competición y los efectos dinamogénicos, cuando en efecto la hace), adopta una actitud muy conservadora en la historia de la ciencia y apenas se ha ocupado de investigar los verdaderos orígenes de la Psicología social experimental. Los hay, muchos sin duda, que se inclinan por la emblemática fecha de 1908 en la que McDougall y Ross dan a la luz sus respectivas obras: para Brewster Smith, en una visión muy personal de la disciplina, la prehistoria la constituyen Lewin, Allport, Klineberg y Murphy. No ha sido imaginación lo que ha desbordado en el estudio histórico de nuestra disciplina.

Es en este contexto en el que merece la pena retomar, por si pudiera ser de alguna utilidad, la hipótesis que Merton defiende para la Sociología:

"Establecer si la Sociología comenzó verdaderamente con Vico (por no hablar de un linaje más remoto) o con Saint-Simon, Comte, Stein o Marx no tiene mucha importancia aquí, aunque la postura que se adopte puede ser sintomática de las adhesiones actuales en Sociología. Lo importante es que el siglo XIX -para poner límites a nuestra referencia- fue el siglo de los sistemas sociológicos, no necesariamente porque los primeros sociólogos fueran hombres con mentalidad de sistema, sino porque era su tarea, por entonces, lograr la legitimidad intelectual para esta nueva ciencia de un tema muy antiguo" (Merton, 1977, p. 98).

Hoy podemos dar una respuesta al planteamiento de Vygotski y Merton: las teorías científicas, los conceptos y hasta el conocimiento en general es fruto de un profundo maridaje entre el hombre y la naturaleza; el hombre con sus ideas, motivos, estructura cognoscitiva, inteligencia, etc., y una naturaleza que, además de estar decididamente influida por la acción del hombre, ejerce a la vez y al mismo tiempo sobre él un inexorable ascendente:

"Por consiguiente, el conocimiento científico, considerado como conocimiento de la naturaleza y no como ideología, constituye un tipo de trabajo y como todo trabajo es, ante todo, un proceso entre el hombre y la naturaleza. Y en este proceso, el propio hombre se enfrenta a la naturaleza en tanto que fuerza surgida de su seno. Se trata, pues, de un proceso condicionado tanto por las propiedades de la naturaleza transformada como por las propiedades transformadoras de la fuerza transformadora de la naturaleza" (Vygotski, 1991, p. 273).

La producción teórica, la creación de teorías se dirime, pues, como consecuencia de las relaciones entre el hombre y la naturaleza. Se trata, obviamente, de una clara prolongación de la teoría marxista del conocimiento que alcanza su punto máximo en el famoso (maravilloso es el adjetivo que le dedica Eric Hobsbawm) Prólogo de la Contribución a la Crítica de la Economía Política en el que se expone el materialismo histórico del modo más denso e incisivo, razón más que suficiente para recordarlo en esta modesta aventura histórica en la que estamos inmersos.

"El resultado general a que llegué y que, una vez obtenido sirvió de hilo conductor a mis estudios, puede resumirse así: en la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia'" (Marx, 1974, p. 182).

Pero una interpretación exclusivamente economicista de la hipótesis marxiana no hace sino falsear el pensamiento de Marx y Engels (Pagés, 1983). En la concepción materialista, ha escrito Pierre Vilar (cit. en Pagés, 1983, p. 189), lo que importa es la fuerza de las interrelaciones. Josep Fontana ha sido, como en él es habitual, muy claro en la defensa del carácter dialéctico de la propuesta marxista:

"El materialismo histórico contiene una concepción de la historia que nos muestra la evolución humana a través de unas etapas de progreso que no son definidas fundamentalmente por el grado de desarrollo de la producción, sino por la naturaleza de las relaciones que se establecen entre los hombres que participan en el proceso productivo... Es cierto que el materialismo histórico sostiene también que existe una correspondencia entre el grado de desarrollo de las fuerzas productivas y la naturaleza de las relaciones que se establecen entre los hombres, pero ésta no puede reducirse a la determinación del cambio social por el crecimiento económico. Considerar la interpretación marxista de la historia como un economicismo que es algo que se hace frecuentemente es un disparate que se pone claramente de manifiesto cuando la reintegramos en el materialismo histórico; recordamos que Marx y Engels esperaban que el tránsito del capitalismo al socialismo se efectuase gracias a una revolución proletaria, y no como un resultado espontáneo del desarrollo industrial capitalista. El nexo entre fuerzas productivas y relaciones de producción es más complejo y, debe entenderse en términos de interacción" (Fontana, 1982, p. 149).

La concepción materialista de la historia no sólo corre el riesgo economicista. La necesidad de introducir consideraciones de otro estilo fue ya intuida por el propio Engels quien en carta a Joseph Bloch el 21 de Septiembre de 1890 confiesa un excesivo énfasis en las variables económicas y una escasa referencia a la interacción. La consideración de la estructura económica resulta ciertamente necesaria a la hora de abordar el orígen, el desarrollo y la implantación del orden de las ideas, pero no es suficiente ya que necesita del concurso de otras variables, de la interacción entre esos niveles institucionales de los que hablaba Merton, o de la interdependencia entre las identidades estructurales (el mundo de las ideas, el ámbito de las teorías y del conocimiento propiamente dicho) la estructura social de que hablaba Scheler en su Die Wissensformen und die Gesellschaft. La propia peripecia histórica de nuestra disciplina nos enseña a suponer que cuando una corriente de pensamiento se desarrolla al margen de cualquiera de estas dos estructuras, está condenada al silencio. Le ocurrió a esa Psicología social alemana de finales del XIX y principios del XX, le ocurriría a la francesa; algo parecido sucedería en la España krausopositivista. Ni Wundt, ni Binet ni Simarro tuvieron entre sus preocupaciones preferentes a la Psicología social.

Pero hoy en día no es el peligro economicista el que acecha a la historiografía, ya que cuando hacemos referencia a esas matrices culturales, a esos contextos socioculturales son muchas las posibilidades que se nos presentan y es ahí donde se corre el riesgo de que esos elementos sin duda importantes, pero un tanto difusos (lo simbólico-semiótico-narrativo), acaben por enterrar definitivamente el último rastro de objetividad en el quehacer histórico de la Psicología en general y de la social más en particular (es tan corto el amor y tan largo el olvido, recordando al poeta). No es un miedo injustificado: historiadores de la Psicología teórica y metodológicamente bien pertrechados, además de conocedores como pocos de los secretos sociohistóricos (Rosa, Huertas, Blanco y Montero, 1991), han aconsejado acudir a la consideración de tres niveles (el nivel teórico, el nivel biográfico y el nivel social) para conjurar el peligro idealista en el que da la impresión que ellos mismos caen alguna vez por un excesiva confianza en el discurso y por una cierta proclividad hacia el contexto intralingüístico.

La cuestión que se nos plantea es saber cómo llegamos a comprender esas producciones escritas no sólo como fruto de una acción comunicativa semióticamente mediada, sino también como consecuencia de unas determinadas coordenadas biográficas de corte preferentemente personal (muy claras en el caso de McDougall por su pertenencia a una adinerada familia industrial de Mancheste, en el de Mead debido a su rígida educación en el Oberlin College y obviamente en el de Lewin por su ascendencia judía, por poner sólo tres ejemplos) que indefectiblemente se enmarcan dentro de esas matrices y contextos socioculturales de los que hemos venido hablando.

En la Psicología social el peligro idealista es todavía más acentuado a causa del desarrollo que han tenido en los últimos años las llamadas orientaciones críticas (análisis del discurso, etogenia, retórica, etc.). Ibáñez (1990) ha denunciado, con razón, que la visión cientifista y positivista de la historia (la búsqueda de los quiénes, y de los cuándo y en qué momento) no hace más que negar las condiciones sociohistóricas que han rodeado la producción psicosocial. Pero las corrientes llamadas críticas todavía no han dado muestra de ser una garantía para recuperar esas condiciones; más bien por el contrario, y acudiendo a lo que han dado de sí dentro de la disciplina, podemos aventurar que seguirán negándola, sólo que esgrimiendo otros argumentos. Los primeros (el cientifismo y la filosfía positiva) sospechan que las cosas son mayormente en función de quienes las hacen; los supuestos críticos creen que las cosas son como quienes las escuchan, las perciben y las interpretan. No podemos abordar el quehacer histórico de la Psicología acudiendo todavía a los planteamientos de una filosofía clasificatoria aristotélica: o positivismo cientifista (historiografía tradicional) o historiografía crítica, entre otras cosas porque esta actitud es escasamente psicosocial. Tienen, cualquiera de las dos opciones, una gran ventaja: son muy fáciles de llevar a buen término, pero de ninguna de ellas es posible extraer lecciones aprovechables para la Psicología social, salvo la descalificación de la contraria. Y para esa conclusión mejor nos ahorramos el viaje.


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