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 Nada de lo psicológico nos es ajeno
III Congreso Nacional de Psicología - Oviedo 2017
Universidad de Oviedo

 

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ARTÍCULO SELECCIONADO

Psicothema

ISSN EDICIÓN EN PAPEL: 0214-9915

1993. Vol. 5, Suplem.1, pp. 31-43
Copyright © 2014


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EL INDIVIDUO EN LA SOCIEDAD DEL SIGLO XXI: REFLEXIONES SOBRE EL CAMBIO SOCIOPOLÍTICO

 

Silverio BARRIGA

Universidad de Sevilla

Las diferencias introducidas por los distintos modelos teóricos alumbran modelos de hombre también distintos. N\o podemos permanecer cual mudos testigos de un mundo que marcha a pasos acelerados sin saber hacia donde. Aunque nosotros bien podemos intuirlo. La descripción de la sociedad actual puede, a veces, arrojar el negro resultado de un colectivo desorientado, perdido en su identidad e incapaz de encontrar puntos estables de referencia sobre los cuales construir unos valores que den sentido al ajetreo mundial. El individuo no puede desaparecer en la vorágine de una sociedad ebria de consumismo, informativamente atolondrada, egoístamente competitiva, configurada en el altar del culto al dinero e insensible a las necesidades ajenas. Hace falta volver a afirmar al sujeto en el centro del mundo. Un sujeto solidario, interactuado, socialmente constituido y enriquecido en su proyección a los demás, no puede morir ahogado en el egocentrismo de un hedonisno sin fronteras.

Palabras clave: Individuo; Sociedad; Hedonismo; Dinero.

The individual in the society of the XXI century: reflections regarding the sociopolitical change. The differences introduced by the distinct theorical models also show different human models. We mustn’t permit that the world progresses rapidly without knowing where it is going, although we can envisage it well enough. The description of the present society can, some times, show the bad result of a desorientated collective, lost in its identity and unable to find stable points of reference on which, test in its identity and unable to fin stable points of reference on which to build some values that give sense to this world. The individual mustn’t disappear in the voracitness of a society flooded by consumism, informatively harebrained, selfishly competitive, configured to worship money and insensitive to another's s needs. It is necessary to put the individual in the center of the world again. A solidary, interactive, socially constituted individual, enriched in his projection to other people, mustn’t fall in the self-centred hedonism without frontiers.

Key word: Individual; Society; Hedonism; Money.

 
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Correspondencia: Silverio Barriga
Universidad de Sevilla

 

"En cualquier época hay como un concepto central, cuya posición a través de idénticas coordenadas, expresa a la vez la realidad más profunda y el mayor de los valores: para los griegos era el ser, para el cristiano, Dios; en el s. XVII y XVIII, la naturaleza y ahora parece que es el turno de la vida... " (Simmel, G. The Philosophy of Money, p. 509).

Recientemente el realismo cruel de la Guerra del Golfo Pérsico, fue el aldabonazo que nos despertó resaltando la fragilidad de nuestra pretendida consistencia. La querencia idealista de una comunidad internacional fraguada en la racionalidad y en la solidaridad, recibió un fuerte golpe de gracia. El interés despiadado, bajo ropajes de orden internacional, caló en la justificación social de los horrores de una guerra "tecnológicamente incruenta". La guerra se instaura nuevamente en la frontera de los egoísmos internacionales. Después del socialismo real, el propio capitalismo neoliberal muestra sus debilidades en un mundo de contrastes socioeconómicos. Y, en consecuencia, el individuo rezuma indefensión frente a la tecnología mortífera y, sobre todo, frente a quienes en su nombre toman decisiones que deciden mortalmente su destino.

No será extraño que la indefensión fragilice los lazos de solidaridad y desencadene un movimiento hedonista centrado en el placer inmediato dando culto al sujeto individual.

Durante muchos años, la vida no ha sido sino medio para realizar determinados objetivos. Pero ahora la vida es el objetivo. Una vida que se concretiza en el sujeto individual: en la satisfacción de sus necesidades y en la realización de sus proyectos. El egoísmo moderno, propio del posmodernismo, se constituye en el cemento que da sentido y valor a la vida social. Lo social se vive en el individuo. No hay nada más allá.

El desarrollo de la sociedad racional, y economicista ha llevado a despertar las subjetividades, las pasiones de los individuos; hasta conseguir la sociedad sin sociabilidad.

Aún más, el ahínco en resaltar los valores de comunidad, sociabilidad, colectividad, ha llevado a preferir las originalidades de los sujetos. En aras de la cantidad del número se ha sacrificado la calidad de la idiosincrasia personal. Ya no sólo por el culto al número que ha supuesto que en democracia política un hombre sea un voto, y en democracia de opinión -con la realización de sondeos- a cada hombre le corresponda una opinión, sino que el mismo desarrollo científico en Occidente ha llevado a sacralizar la objetividad que no implica, que analiza fría y cartesianamente a partir de datos cuantificables y al margen de subjetividades cualesquiera.

En este contexto, la sociedad "máquina de fabricar dioses" (Moscovici, 1988) tiene un dios particularmente relevante que encarna en sí las contradicciones y posibilidades del mundo actual.

Nos referimos al dinero: anónimo, frío, abstracto, instrumental, racional, distante, poderoso, sucio,... tabú. Pero el resultado no es tanto que nuestra sociedad haya generado monstruos que la aniquilen dando lugar a individuos autónomos, libres, apasionados etc., sino que el riesgo de desaparición de la sociedad puede conllevar el fin de la historia poniendo en peligro la pervivencia misma de la especie.

En la reflexión sobre estas y otras ideas vamos a ayudarnos de las intuiciones geniales de un sociólogo alemán del S. XIX, G. Simmel (1978 v. o. 1900) desde la visión enriquecedora que Moscovici nos presentó recientemente (Moscovici, 1988).

Pero antes, intentemos situar las interrelaciones individuo-colectividad a la luz misma del devenir del socialismo europeo.

LA CRISIS DEL SOCIALISMO REAL

En Europa desde que Gorvachev, con la "perestroika", lanzara un mensaje a la URSS y, al mundo entero (Gorvachev, 1987) y comenzara a reconocer públicamente los errores y limitaciones del socialismo real, los desencantos de muchos intelectuales de izquierda convirtieron en silencio sus anteriores entusiastas adhesiones.

Para algunos, ya desde 1968 a 1978 "el marxismo entró en una espectacular crisis y se derrumbó como ideología política, como visión del mundo y como paradigma teórico" (Paramio, 1988. p. 1).

Situación que había tenido su expresión cuando públicamente Althusser afirmara que el marxismo no era una teoría general, o cuando Colletti mantuviera que la teoría del valor no era científica.

La misma crisis del marxismo como religión, le ha impedido alentar el éxito histórico por haber cumplido una función de credo secular.

Hay quienes ven la crisis del marxismo latino como expresión del fracaso político del reformismo que pretendió el eurocomunismo (Anderson, P., 1986 p. 93). Aunque otros prefieren invertir la relación causal.

Sea lo que fuere, lo cierto es que la teoría del cambio social propugnada por el marxismo ha fracasado. Su hipótesis revolucionaria "la destrucción del Estado, único camino hacia el socialismo", no se ha verificado.

Por otra parte, la identificación del socialismo con el anticapitalismo ha llevado más al colapso de la producción que al crecimiento del control social sobre dicha producción.

La experiencia tanto de la URSS como de los países del Este de Europa, han puesto de manifiesto las limitaciones prácticas de una teoría muchas veces apriorística y dogmática sobre el devenir social.

Que los dogmatismos sociopolíticos vayan dando paso a concepciones pluralistas, son el mejor argumento para reconocer las limitaciones de aquéllos frente a los desarrollos de éstas. En este sentido el camino emprendido por la URSS y, sobre todo, la esperanzada experiencia iniciada en Polonia en agosto de 1989 y seguida por los vertiginosos acontecimientos en la República Democrática Alemana y otros países de la Europa del Este, junto a la reformulación del partido comunista italiano, son caminos abiertos en la búsqueda de quehaceres más ajustados a la realidad.

Pero ante la indudable crisis del socialismo real se han expresado diversas posiciones:

- quienes minusvaloran las críticas por considerar que la ausencia de libertades políticas conlleva menores secuelas que el paro occidental; por lo que el socialismo, aunque imperfecto, sigue siendo el punto de mira de los trabajadores;

- quienes achacan las deficiencias del socialismo real al hecho de que las sociedades socialistas no fueran previamente un Estado obrero, sino obrero y campesino, con sus deformaciones burocráticas;

- quienes resaltan las deformaciones burocráticas de quienes constituyen una auténtica casta política. Los burócratas habrían usurpado el poder a los obreros.

(Para unos y para otros, las sociedades del socialismo real siguen siendo sociedades en transición hacia el socialismo);

- quienes resaltan el capitalismo de Estado puesto en marcha por el socialismo real, ya que la posesión de los medios de producción está en manos del Estado. Dada la falta de democracia obrera, los obreros no controlan el uso de los medios de producción ni participan en las decisiones de planificación y la relación del obrero con el Estado es una relación meramente salarial.

Sin querer confundir la teoría con ciertas realizaciones, lo cierto es que, desde nuestra perspectiva, las experiencias del socialismo real han abocado al fracaso. Y estamos asistiendo a un resurgir crítico frente a dichas experiencias. Bien que quizás no convenga confundir el socialismo con el socialismo real, si como se afirmó "el socialismo real no es realmente socialista" (Sánchez Vázquez, 1981, 50).

Pero pese a que la crisis del socialismo teórico ha llevado a renunciar al dogmatismo de corte religioso y a aceptar las limitaciones de la predicción sociológica, y a que las limitaciones del socialismo real aparezcan públicamente reconocidas por sus más lúcidos paladines, ello no es óbice para que el modelo socialista de una sociedad basada en la justicia y en la equidad, sea reconocido como moralmente superior a las otras alternativas de la sociedad capitalista.

LO INDIVIDUAL VERSUS LO SOCIAL

El fracaso del socialismo real, junto al galopante desarrollo de una sociedad de bienestar amparada en el florecimiento capitalista, ha llevado a absolutizar los principios individualistas.

Lo social, lo comunitario, propugnado por el socialismo se enfrenta a lo individual defendido por el capitalismo. Y si bien no caben adjudicaciones exclusivas, lo cierto es que los valores comunitarios están más acordes con los planteamientos de la ideología socialista, mientras que la exaltación del individuo casa mejor con la concepción capitalista.

Al respecto resalta constatar el difícil equilibrio defendido por el catolicismo: valoración de lo comunitario ( la ecclesia) e insistencia en la responsabilidad subjetiva para alcanzar la salvación; solidaridad con las minorías sociales e ineludible salvaguarda del esfuerzo individual para expresar en obras la fe.

En las ciencias sociales muchos autores han solido transmitir unas delimitaciones aleatorias en cuanto a sus respectivos objetos de estudio: la Sociología estudiaría la comunidad, la Psicología estudiaría al individuo.

El análisis de la realidad científica desarrollada por uno y otros autores, sin embargo, nos permite llegar a la conclusión de que mientras la Psicología, máxime la Psicología Social, estudia los fundamentos sociales de la vida psíquica, la sociología estudia los fundamentos psíquicos de la vida social (Moscovici, 1988, 423). Unos y otros se centran en el mismo objeto pero con recorridos inversos. Al respecto el brillante estudio que Moscovici realiza de los trabajos de Max Weber y de Durkheim, es altamente esclarecedor: los padres de la sociología que siempre proclamaron rehuir todo psicologismo en su esfuerzo por consolidar la sociología científica, a la larga no han tenido más remedio que reconocer que:

"no vemos ningún inconveniente en decir que la sociología es una Psicología, a condición de matizar que la psicología tiene sus propias leyes, leyes que no son las de la psicología individual" (Durkheim, 1978. p. VI).

Y Max Weber, a su vez, reconoce que si bien los hechos son sociales, sus causas son psíquicas: el que la doctrina de la predestinación calvinista trastocara las prácticas económicas y sociales se explica acudiendo a motivaciones de orden psicológico:

"este punto es particularmente importante en la interpretación de los fundamentos psicológicos de las organizaciones sociales calvinistas. Sus motivos íntimos siempre son "individualistas", "racionales" (Weber, La Etica protestante, p. 120).

Lo reconocía el mismo Parson en el prólogo a la obra "The Sociology of Religion" de Weber : "psicologiza a ultranza la interpretación de la acción social en el marco de los sistemas sociales" (p. LXXI).

Apoyados en los propios teóricos de la sociología, y al socaire del equilibrio teórico que propugnaron los escritos de Marx y bajo el impulso de la doctrina moral católica, hemos asistido a la valorización de lo colectivo, lo comunitario, como valor último de la vida humana. El mismo sentido de la solidaridad no se justifica sino en un mundo de destinos compartidos y en donde la consecución de los mismos exige la coordinación de los esfuerzos individuales.

Pero si bien al "comunismo" católico que enfatizaba la fe para salvarse y la dependencia jerárquica del Papa para acercarse al texto sagrado etc., le surgió como fuerza innovadora y rupturista el protestantismo, justo es reconocer que al "comunitarismo" occidental le han salido contestadores contundentes: el hedonismo del bienestar material en una colectividad competitiva, el fracaso empírico del socialismo real, y el desencanto por la utopía social que ha encarnado el corporativismo sindical de los países desarrollados.

Y es que los vaivenes de la historia social no son, a veces, tan irracionales como parecen. Los equilibrios se consiguen paulatinamente yendo previamente de un polo a otro. Se podrá mitigar la distancia de un extremo a otro, pero resulta imprescindible moverse antes de permanecer parado con el fiel de la balanza equilibrado.

La valoración de lo comunitario ha podido, incluso, servir de acicate para el reconocimiento de la importancia que la interacción social tiene en la constitución del individuo (la Psicología Social halla ahí su objeto de estudio). Pero justo es reconocer que en un mundo objetivado, instrumentalizado, despersonalizado, el sujeto tiene dificultades de supervivencia.

Los medios de comunicación masiva, la tecnología teleinformática permite uniformar las informaciones que nos llegan acallando, cada vez con más facilidad, el espíritu crítico, la discrepancia, la innovación. Se favorece la conformidad a lo colectivo. Y quienes modulan lo colectivo son agencias sociopolíticas anónimas e impersonales impulsadas por el frío interés del mejor rendimiento empresarial.

Los valores que vehicula esta cultura suponen una feroz ruptura con los valores en que se basa la solidaridad comunitaria, hecha de sujetos autónomos y libres que optan de acuerdo a criterios personales y móviles ideológicos.

Hemos asistido a la hipostasía de lo comunitario, con una sacralización no exenta de exageración. De ahí que los movimientos individualistas se hayan despertado como huyendo de la asfixia colectiva en que se hallaba el sujeto. Y no ha hecho falta mucho esfuerzo para que el individuo haya empezado a cabalgar libremente por los caminos del hedonismo: era la explosión anunciada de un capitalismo triunfante, era la rebeldía ante los dogmatismos sociales (políticos y religiosos), era la afirmación de si ante una sociedad modulada que hace de los sujetos meros módulos para una vez desenraizados, movilizarlos allá donde puedan ser más rentables independientemente de la atrofia de sentimientos y afinidades afectivas.

El posmodernismo se instaura ensalzando al individuo y tomando cautelar distancia de la identificación inconsiderada con lo social.

Hagamos un poco de justicia a esta situación de llegada. Los rasgos característicos de la sociedad en que vivimos son:

- objetivismo frente a subjetividad;
- culto de la cantidad frente a la calidad;
- anonimato como valor de salvaguarda;
- economicismo y culto al dinero;
- racionalización de las relaciones;
- indiferencia a las necesidades del individuo en aras de salvaguardar los objetivos colectivos (tanto religiosos como económicos-sociales);
- conformismo como expresión de adaptación y valoración social frente a innovación y creatividad; - -- evacuación de la pasión individual;
- debilitamiento del carácter personal;
- búsqueda de lo lejano y desconocimiento de lo próximo;
- relatividad de los valores individuales;
- etc.

De tal árbol no podía surgir otro fruto que el pendular individualismo. Aunque ¿es ello todo? ¿Asistimos a un movimiento pendular de afirmación de lo individual frente a lo social, o acaso, la disyuntiva nos lleva más allá del individuo, y de lo social a cuestionarnos por los valores de subsistencia de la misma especie? (Cfr. Moscovici, 1988 p. 416).

Volveremos sobre ello.

LO OBJETIVO VERSUS LO SUBJETIVO

El conocimiento científico se caracteriza por la objetividad de lo estudiado y de los métodos empleados para ello.

Las exigencias de la ciencia se han generalizado a las relaciones sociales. También las interacciones se pretenden ahormar en tal patrón. Lo objetivo es general, abstracto, frío, cuantificable y está más allá del sujeto. Lo objetivo es la ciencia. Pero la ciencia no es la vida. Pretender doblegar la vida cotidiana a las exigencias de los parámetros científicos sólo puede convertir en fantoches a protagonistas vivos. El legítimo afán de objetividad científica tiene sus objetivos y sus limitaciones. La vida no es científica, la objetividad no es generalizable. La pasión individual constituye la idiosincrasia de la vivencia afectiva de cada sujeto.

La racionalidad de nuestra sociedad tiende a eliminar cualquier parámetro subjetivo que pueda complicar el manejo y gobierno de los ciudadanos. La reducción racionalista facilita el tratamiento impersonal, convirtiendo al sujeto en mero instrumento anónimo de intereses manipuladores por quienes tienen algún tipo de poder sobre él.

El poder domina mejor cuando no hay resonancias personales, cuando al pisotón no le sigue el grito, cuando la decisión no conlleva réplica, cuando el conformismo de la mayoría sella la planificación de la minoría poderosa.

El allanamiento de la morada individual es tanto más eficiente cuanto que se la oculta bajo planteamientos científicos. Y así el culto a los sondeos, no deja traslucir la negación de la subjetividad.

Cuando en esa democracia de opiniones cada sujeto es un número, poco importan las diferencias individuales para poder detectar la desviación a la media del colectivo sondeado. De sus respuestas sólo se valora lo cuantificable y en cuanto cuantificables se le seleccionan los temas sobre los cuales podrá opinar.

La misma democracia política nos ha habituado a olvidar las particularidades de los sujetos. Un hombre, un voto. Es un principio de la democracia representativa. Bastante nos ha costado llegar hasta ahí. Y, sin embargo..., cabe la dictadura de las mayorías, cuando el sujeto sólo tiene la posibilidad de expresarse mediante el voto cada cuatro años. No se reconocen las minorías y sobre todo, no se tiene en cuenta la necesidad de participación que el sujeto tiene como agente de su propia cotidianidad en un determinado contexto social (Barriga, 1989).

Si la subjetividad llevada a un extremo troca en perecedero, relativo, aleatorio cuanto analiza; a su vez, la objetividad puede cercenar la vitalidad de un colectivo social convirtiendo en cenizas la originalidad de cada sujeto.

En el altar de lo objetivo caben múltiples sacrilegios de ofrendas inmundas. Ni la subjetividad es repulsiva, ni la objetividad la meta de toda interacción.

Lo propio de la vida se expresa de manera ideográfica. Lo nomotético responde a exigencias de estudio científico.

Lo objetivo nos aleja de lo que estudiamos. La objetividad reduce lo estudiado a variaciones cuantificables, comparables. Lo idiosincrásico desaparece ante el tabú de la cientificidad.

La necesidad que el hombre actual tiene de reafirmarse en su mismidad, en sus representaciones y en sus ensoñaciones, en sus fantasías y en sus delirios. etc., pone en evidencia lo insatisfactorio que resultaría el amor al unísono de un ritmo fisiológicamente más "saludable", o la elección de pareja en base a datos computarizados (moderna suplencia de los intereses familiares en los casamientos por conveniencia).

El objetivismo llegó a adormilar, si no aniquilar la libertad de sentimientos y afecto a pesar de ser tanto o más importante que la libertad de pensamiento.

El pensamiento es a la racionalización como el sentimiento a la vida. Y ni siquiera el hecho de que la inteligencia abstracta implique un paso evolutivo superior en la especie humana, es causa suficiente como para eliminar cualquier manifestación vital al suponer que no es tan noble. Se argüirá que los excesos de la subjetividad, de lo irracional... están patentes en los estragos fascistas y nazis. Y responderemos que si execrables son esos estragos, no menores son los efectos de una vida social racionalizada, que mata la espontaneidad, la vivencia, la resonancia afectiva, en aras de una mayor rentabilidad económica y al servicio de un desarrollismo sin fronteras que pone en grave peligro el mismo equilibrio ecológico del sistema planetario. Ni todo en el hombre es irracional, ni todo lo racional es humano. A cada cual su merecido... y la vida para todos!

CONFORMIDAD VERSUS INNOVACION

El colmo de nuestra sociedad radica en que pretende una sociedad a-sociable; es decir, al margen e independiente de las peculiaridades individuales que constituyen su entramado y su riqueza. Se valora al máximo la obediencia, la sujección al poder, la conformidad a la norma establecida. Se dice que es la garantía de la convivencia en un colectivo de lobos aptos siempre para devorar a cualquiera de sus convecinos. Valga. Pero no nos preguntemos sobre las causas de la situación actual o replanteemos totalmente las relaciones que determinan esta situación. Máxime que ese principio de conformidad siempre es defendido; predicado por quienes detentan el poder en alguna de sus múltiples formas.

El conformismo se adueñó del sujeto. El colmo del sujeto es que al interiorizar la norma se sujeta a sí mismo, sin necesidad de guardianes externos. El conformista se constituye en mero consumidor de valores y situaciones heredados. Es infecundo. No transmite novedad. Sólo vehicula, transporta lo que ha heredado desconectado incluso del contexto por el que se llegó a elaborar determinada norma social. La costumbre, como la ley, esclaviza al hombre y, a su vez, le libera del esfuerzo psicológico por recrear en cada situación la respuesta más adecuada.

El conformismo es pasividad, es abulia, es negación, es muerte si no se complementa con la oportuna dosis de innovación y creatividad. La innovación supone tener en cuenta la situación heredada para desde ella elaborar alternativas enriquecedoras que permitan resolver mejor los nuevos problemas que plantea la vida cotidiana. El innovador no es rupturista, sino creativo. Se apoya en la tradición para elaborar desde el presente un futuro enriquecedor. El innovador se constituye en agente de su propia historia. Desarrolla una actitud positiva, activa, entusiasta, generadora de optimismo ante las dificultades que puede encontrar.

Pero el innovador, por ser creativo, se ubica entre grupos minoritarios que han de pelear por afirmarse y subsistir frente a las mayorías establecidas y arropadas por la inercia.

Cuando en una sociedad prima el conformismo y castiga la innovación está sembrando la semilla de los despotismos fundamentalistas, es decir, está dando culto a lo establecido en base a argumentos de autoridad y no por convencimiento propio.

Una sociedad conformista genera sujetos abúlicos, sin carácter, sin compromiso..., aptos especialmente para el suicidio individual y colectivo. La lógica del conformismo lleva al exterminio, a la aniquilación del contrario y a la muerte de uno mismo.

Por fortuna la inercia de la vida es más fuerte que los condicionantes, incluso estructurales, que se le adscriben. La vida salta lozana por encima de cercados y tapias hasta encontrar tierra virgen en donde ahondar su raíz.

La historia demuestra, y en este empirismo histórico basamos nuestro optimismo, que la vida siempre ha seguido adelante. Y por más que los peligros que hoy acechan a la humanidad sean colosalmente mayores, preferimos adherirnos a esa secreta esperanza que nos pronostica el imparable resurgir de la vida contando con el apoyo pequeño pero eficaz e innovador de los sujetos creadores de su propio destino y hacedores de solidaridades compartidas.

DE LA MUERTE DE LO SOCIAL AL RESURGIR DEL HEDONISMO

Una sociedad que poco a poco se fue olvidando del individuo como sujeto agente de la misma, desemboca en una racionalidad impersonal más preocupada por instrumentalizar que por conseguir objetivos cada vez más humanos.

Los intereses de unos se solapan con el interés colectivo. La sociedad como meta de un empeño solidario, consciente, equilibrado... permanece como el sueño utópico de unos pocos.

La realidad es más cruda.

Bajo el nominalismo de lo social de hecho se están desarrollando proyectos cada vez más egoístas que sólo pretenden dominar para implantar el gobierno frío del número y la conveniencia económica.

Cuando se prescinde de lo psicológico, lo social se descompone: deja de existir. Lo social no se explica sin lo individual y viceversa. Sin individuos no hay sociedad. Sin sociedad no hay individuos. Círculo explicativo de una interdependencia constitutiva.

De ahí que la prepotencia social al eliminar al sujeto se aniquila a sí misma. Y.,a su vez, el hedonismo del individualismo capitalista, cercena los lazos solidarios y desemboca en la tragedia de una sociedad asocial: la sociedad ya no existe. Y si la sociedad no existe, los individuos son su propia caricatura. Cada uno se constituye en su propia sociedad. Este solipsismo social está matando de cuajo las potencialidades mejores de quienes necesariamente han de plantearse colectivamente la historia de su destino.

Tanto más cuanto que la verdad de cada cual se constituye en el contexto con la verdad de los demás y al socaire del contexto en que se hallan. Pese, pues, a todo el relativismo que se quiere introducir en la definición de los hechos sociales, son una realidad configurante y configurada en su relación con el individuo.

Si la dinámica de las relaciones sociales que el modelo cultural entretiene, en vez de enriquecer conjuntamente a los individuos y a la colectividad, sólo alimenta la voracidad de ciertas minorías poderosas, el resultado, entonces, viene determinado por el paulatino empobrecimiento del caudal social y, en consecuencia, la esterilización de la propia vida individual.

La relatividad del conocimiento social lejos de impedir la constitución de nexos sociales cada vez mayores, ha de ser acicate en la tarea de incrementar, con renovados aires, las interacciones de solidaridad, en consonancia con las posibilidades concretas que tienen cada tiempo y cada espacio concretos.

Como manifestación de la vida, la sociedad es transitoria, pasajera, evolutiva, genética, dependiente de los individuos que la integran. Y, a su vez, el desarrollo evolutivo de los individuos se halla enriquecido y limitado por los condicionantes estructurales y espacio-temporales del tipo de sociedad que les ha tocado vivir.

La absolutización de lo social sirvió muchas veces de punto de referencia en la consolidación de la consistencia cultural del individuo.

Cuando los valores sociales se desvanecen a ritmo trepidante, la impresión de mareo invade a los individuos; a quienes muchas veces sólo queda el refugio en su propia soledad para salvaguardar consistentemente los límites de su propia identidad.

Dramática situación la del hombre, animal social, que se ve forzado al enquistamiento como salvaguarda de sí mismo. Tamaño empobrecimiento jamás pudo ser predicho por los teóricos sociales, adalides de una humanidad solidaria en sus objetivos. Pero la cruda realidad de la evolución socioeconómica palmariamente expresa el cancerígeno crecimiento de los solipsismos ante la muerte real de los contenidos sociales.

La sociedad o se construye cada día con la aportación participante y activa de la mayoría de los ciudadanos, o necesariamente aboca a la disgregación más caótica del liberalismo haciendo lema del "sálvese quien pueda".

Esta situación es tanto más paradójica cuanto que el conocimiento de las necesidades ajenas es más profundo, las informaciones son más veloces y la presencia audiovisual del otro es más inmediata.

¿Será posible que hoy, a finales del siglo XX, lo social haya devenido asocial y lo individual navegue sin rumbo por el mar tenebroso de la vida sin que un faro orientador indique el término de la existencia y sea capaz de poner rumbo a tantas barquichuelas que zozobran lentamente en el altamar de su rutina cotidiana?

Una vez más nos cuesta aceptar resignadamente la crueldad de la evidencia. Si la lógica del desarrollo de la sociedad lleva a la hecatombe de lo social, ha de haber algún mecanismo que impulse a minorías conscientes y activas a influenciar a las mayorías, cambiando así el rumbo prefijado.

Así, al menos, preferimos esperarlo para poder seguir viviendo.

EL DINERO, SIMBOLO DE LOS VALORES DE HOY

En el alumbrar del siglo XX, el sociólogo alemán Simmel en su "Filosofía del dinero" expuso claramente cómo la metamorfosis del dinero ha venido objetivando la evolución de los valores que han caracterizado a nuestra sociedad.

Reflexionar sobre ello no sirve de ilustración de cuanto antes hemos señalado.

El dinero es la transformación de una imagen mental en una cosa. Mediante los procesos propios de toda representación mental (Moscovici, 1984) se da cuerpo a un pensamiento (objetivación) y se le entronca con las demás representaciones sociales que tiene la sociedad (anclaje) en un momento dado.

De ahí que en el dinero lo más importante sea la representación del objeto. En esa subjetividad se funda primariamente el valor. El dinero toma toda su riqueza del valor de intercambio que establece entre los sujetos. Intercambio en base a representaciones sociales. El intercambio implica una economía de sacrificio. Pero el dinero no sólo es representación social de algo anterior, sino que genera su propia realidad, constituyendo un mundo autónomo y objetivo, cuantificable y transportable a los terminales de ordenador de las entidades bancarias en cualquier parte del mundo.

El dinero objetiva, crea la mediación y la va cambiando a lo largo del tiempo acomodándose a los adelantos tecnológicos: de la moneda de oro, al billete, a la tarjeta de crédito, a la pantalla del ordenador, etc.

"El dinero es una potencia intelectual'" (Renan, 1947 p. 14). "Pues mucho más de lo que lo quisiéramos, el dinero pone en marcha simultáneamente fuerzas intelectuales, sociales, artísticas hasta entonces desconocidas" (Moscovici, 1988, p. 346).

Junto a la función religiosa (recordar las indulgencias de la Edad Media), el dinero tiene sobre todo una función económica. Pero lo esencial del dinero radica en su definición substantiva. El dinero es substancia, es algo tangible que está ahí: fría, anónima e inexorablemente cual patrón de muchos valores mediatizando las relaciones interpersonales de los hombres modernos. Y a la vez que es substancia, no se convierte en cosa absoluta. Es pura relación, es símbolo que religa las cosas y los valores. Es nexo que relaciona a los hombres permitiéndoles mantener su identidad propia y autónoma. El dinero que tanto esclaviza, se establece como causa de liberación entre patrón y trabajadores. El salario permite la relación igualitaria entre dos hombres, entre el patrón y los trabajadores. Se paga con algo exterior a ellos, sin que la relación laboral haya de traducirse en dependencia y sumisión permanente.

A su vez, el dinero, medio de relación con las cosas y entre los hombres, se autonomiza y se constituye en fin de sí mismo. El dinero se endiosa y por doquier se erige el culto al dinero. El dinero que tantas libertades aumenta y que tanta esclavitud hace desaparecer, derrumba a dioses anteriores para constituirse en el dios secular de nuestros tiempos. Al monoteísmo monetario se le rinde culto por doquier: desde el templo de la bolsa, hasta la transacción cotidiana de la compra del pan o el encuentro amoroso de quienes se dicen su amor comprándose una diadema.

Lo propio del dinero es que su nombre se convierte en número. Su calidad se expresa por su cantidad. Ya no se valora lo que se sea, sino cuanto se valga. "Gano X millones" es la adecuada presentación del ejecutivo que turiferea en el templo sagrado del dinero. Su nómina define su cualidad humana. Es el imperio del "¿cuánto?".

El dinero inicia su recorrido humano siendo objeto de deseo para luego convertirse en deseo de objetos. Comprar, apoderarse de, apropiarse... son objetivos que consigue el dinero. Pero con tal obsesiva dedicación que llega a sobrepasar los objetos mismos para instaurarse en objeto de sí mismo.

El dinero es impersonal, anónimo, objetivo, cuantificable... Es racional, reproduce simbólicamente los valores máximos de nuestra sociedad.

Pero el dinero rezuma la ambigüedad de toda creación humana. A sus valores simbólicos, de unión entre los hombres, de salvaguarda de la autonomía personal, une el despiadado imperio de su frialdad e interés, por encima de todo, facilitando la eclosión de una sociedad fundada en el interés económico de la interacción, del intercambio. La solidaridad desaparece en aras de un solipsismo económico cada vez más voraz desde el momento en que las amarras del dinero se han soltado y cabalga salvajemente por el mundo sembrando de dolor y muerte su propia idolatría.

De cuanto hemos dicho vaya como colofón el decálogo de la síntesis que presenta Moscovici de la obra de Simmel:

1. El intercambio es una forma "sui generis" de la sociedad, en la que los valores adquieren una existencia objetiva.

2. El intercambio deviene económico desde el principio por mediación del sacrificio que aceptan los individuos.

3. El dinero representa los valores y los clasifica, lo que permite ponerlos en relación y compararlos.

4. El paso de una economía cerrada a una economía abierta se lleva acabo por una corticalización del dinero en la que la substancia desaparece delante de la función.

5. Al corticalizarse, el dinero incrementa su poder de objetivar, es decir, de distanciar los bienes de las personas.

6. A lo largo de una evolución dominada por el principio del menor esfuerzo, el dinero asegura la superioridad de los medios de intercambio de comunicación de valores sobre los fines. De manera que se transforma de medio en fin, su propio fin.

7. El dinero realiza la tendencia de la vida a unificar la diversidad al reducir la calidad a cantidad, tendencia que se convierte en el principio de nuestro control sobre la sociedad y la naturaleza.

8. A medida que se realiza esta reducción, el dinero se transforma en signo puro y código crematístico de los intercambios en general.

9. La difusión de la economía monetaria lleva a la autonomía del mundo de los intercambios y le confiere una forma abstracta y universal.

10. "La dominación del dinero orienta nuestra cultura hacia la preeminencia del intelecto sobre los afectos y las operaciones racionales sobre los bricolages empíricos" (Moscovici, 1988, p. 377).

PUERTAS DE ESPERANZA

La crisis del socialismo real, junto al replanteamiento teórico del marxismo ha hecho que algunos intelectuales de izquierda hayan quedado silenciosos ante el futuro por labrar.

Se olvidó que los modelos teóricos no deben absolutizarse, sino que deben ir componiéndose al filo de lo que va mostrando la realidad empírica. Pues se trata no de elaborar modelos teóricamente bellos en su estructura, cuanto de explicar comprensivamente la riqueza variopinta de la realidad cotidiana, sembrando, a su vez, semillas que puedan ayudarnos a perfilar las líneas tendenciales del futuro.

Las ciencias sociales, particularmente la sociología y la psicología deben permanecer muy alertas a la realidad concreta si no quieren construir castillos en el aire, más propios para satisfacer el narcisismo intelectual y académico que para solventar los problemas que la vida plantea en el intercambio social.

Ni lo psicológico se explica sin lo social, ni éste tiene justificación fuera de la realidad tangible de los sujetos individuales que integran una sociedad concreta. De ahí que el desconocimiento tradicional que sociólogos y psicólogos se han manifestado (más aquéllos que éstos) denota escasa sensibilidad al reconocimiento de la verdad objetiva de la interacción social.

De poco sirve erigirse en oficiantes de una ciencia determinada, incoando una guerra de religión que más que culto a los dioses sólo siembra de querellas el amplio campo del conocimiento científico.

Por otra parte, las urgencias sociales son de tanta envergadura que resulta cuando menos irresponsable pretender servir a la comunidad cuando un celoso corporativismo impide diagnosticar adecuadamente la problemática para mejor ajustarle los remedios más eficientes.

El momento social que vivimos a finales del siglo XX urge la reflexión serena de todos los científicos sociales arropado cada uno en los mejores instrumentos operativos de que dispone. Las disquisiciones académicas sobre métodos y objetos de estudio, pueden merecer el mayor de los desprecios cuando las urgencias sociales exigen de nosotros empeño en participar en la resolución de las mismas.

Estas reflexiones se me ocurren para concluir que las diferencias introducidas por los distintos modelos teóricos alumbran modelos de hombre también distintos. No podemos permanecer cual mudos testigos de un mundo que marcha a pasos acelerados sin saber hacia donde. Aunque nosotros bien podemos intuirlo. La descripción de la sociedad actual puede, a veces, arrojar el negro resultado de un colectivo desorientado, perdido en su identidad e incapaz de encontrar puntos estables de referencia sobre los cuales construir unos valores que den sentido al ajetreo mundial.

En ese caso, volver al pequeño gran mundo de la vida interior de cada sujeto, puede ser un principio de enriquecimiento para un sereno análisis de la riqueza subjetiva, baluarte de objetivos colectivos.

El individuo no puede desaparecer en la vorágine de una sociedad ebria de consumismo, informativamente atolondrada, egoístamente competitiva, configurada en el altar del culto al dinero e insensible a las necesidades ajenas.

Huir de lo más próximo, en ese afán por descubrir nuevos mundos y nuevas e insólitas experiencias puede ser la manera más alienada de escabullir la propia responsabilidad.

La vida es sencilla y más fácil de realizar de lo que muchas veces creemos. Para ello hace falta volver a afirmar al sujeto en el centro del mundo. Un sujeto solidario, interactuado, socialmente constituido y enriquecido en su proyección a los demás, no puede morir ahogado en el egocentrismo de un hedonismo sin fronteras.

Ni el placer está reñido con la vida, ni la vida es sólo placer.

Sujetos con carácter, con decisión, capaces de constituirse en minorías consistentes, solidarios, pueden ser el principio que alumbre una sociedad más humana, más justa, más placentera, con mayor nivel de bienestar social.

Con esto no pretendemos ignorar la importancia de los determinantes sociales. Pero cuando estos están ahí, la fuerza capaz de influenciar el cambio de rumbo, ha de salir de alguien personal, constituido en minoría.

¿Influencia mayoritaria? ¿Influencia minoritaria? Más eficiente la mayoritaria. Quizá más posible la minoritaria. En todo caso desde uno y otro frente urge reconstruir la sociedad y erigir al hombre nuevo con ideales propios y convicciones firmes, capaz de apasionarse por la vida que cada mañana despierta con él.

La sociedad será fuerte y sólida si los hombres que la integran tienen decisión y empeño en realizar ideales solidarios. Porque la vida sigue siendo bella, sigue siendo posible, incluso cuando parece que la sociedad muere...


REFERENCIAS

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Paramio, L. (1988). Tras el diluvio: la izquierda ante el fin de siglo. Madrid: Siglo XXI.

Renan, E. (1947). Souvenirs d'enfance et de jeneusse. Paris: Calmann - Levy.

Sánchez Vázquez, A. (1981). "El ideal socialista y socialismo real", en Teoría, 7, julio-septiembre, 50-57.

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Paul. Weber, M. (1985). L'ethique protestante et l'esprit du capitalisme. Paris: Plon.

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