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 Nada de lo psicológico nos es ajeno
III Congreso Nacional de Psicología - Oviedo 2017
Universidad de Oviedo

 

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ARTÍCULO SELECCIONADO

Psicothema

ISSN EDICIÓN EN PAPEL: 0214-9915

1993. Vol. 5, Suplem.1, pp. 45-51
Copyright © 2014


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FREUD Y LA POLÍTICA

 

F. JIMENEZ BURILLO

Universidad Complutense. Madrid

En la primera parte del artículo se aportan algunos datos biográficos acerca de las creencias políticas de Freud. En la segunda parte se lleva a cabo un análisis crítico sobre las influencias de Freud en 3 áreas de investigación de la ciencia Política: el papel de los factores irracionales en la conducta política, la socialización política y la psicohistoria.

Palabras clave: Psicoanálisis; Socialización Política; Ciencia Política.

Freud and Politics. In the first part of article we provide some biographical data about Freud's political beliefs. In the second part a critical analysis is made about Freud's influences on three research areas of political science: the role of irrational factors in political behaviour, political socialization and Psychohistory.

Key words: Psychoanalysis; Political Socialization; Political Science.

 
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Correspondencia: F. Jiménez Burillo
Universidad Complutense. Madrid

 

Son dos los puntos fundamentales que trataré de desarrollar en este artículo. En primer lugar, las actitudes políticas del propio Freud y en segundo término las influencias de su pensamiento en la Ciencia Política.

ACTITUDES POLÍTICAS DE FREUD

Martín Freud, según documenta Assoun (1981), ha descrito el ambiente político de la Viena de su infancia-coronación del Emperador Francisco José, luchas civiles en Austria entre las dos guerras, afirmando la neutralidad de su padre ante esos acontecimientos. No obstante, cuando en 1934 los nazis intentan tomar el poder, Sigmund Freud y su familia rompen esa imparcialidad mostrando abiertamente su simpatía por el Canciller Dollfuss y, posteriormente, hacia su sucesor.

Cuenta Assoun que, en su adolescencia, tuvo Freud un brote militarista y nacionalista, extinguidos ambos prontamente después: el militarismo, tras un año de servicio militar que interrumpió sus estudios, y su nacionalismo al tomar conciencia de su condición judía. Deja atrás su adolescente identificación con algunos políticos -Alejandro, Napoleón, Lincoln-, mostrando claras simpatías por la cultura política británica. De hecho, cuando a partir de 1908 se decidió a votar lo hizo por el partido liberal, ya que ninguno de los partidos dominantes -socialista y cristiano sociales-merecían su aprecio.

Como es sabido, el etiquetamiento político es un proceso sumamente elástico –ahora, sin duda, más que en tiempos de Freud- por lo que no ha de extrañar las distintas calificaciones que los biógrafos han atribuido a Freud: por ejemplo, son realmente obsesivos los intentos de Orasen (1970) por demostrar que era un liberal, en tanto Gay, tras negar que fuera conservador lo denomina "antiutopista prudente" (Gay, 1989, p. 609).

Sea como fuere, conviene recordar aquí ese oscuro episodio de la dedicatoria de una de sus obras a Mussolini. A partir de las versiones de Jones, y Gay cabe reconstruir los hechos con alguna verosimilitud. Cuenta Jones (Cfr Assoun, 1981) en su exaltada biografía del maestro que, en 1933, Freud recibió una paciente, procedente de Roma, acompañada de su padre, amigo del dictador fascista. Solicitó el padre a Freud un libro dedicado para el Duce y Freud le entregó "Por qué la Guerra", un opúsculo escrito con Einstein. Con esta dedicatoria: "De parte de un anciano que saluda en el Duce al héroe de la cultura". Es el texto que refleja Jones, sin más comentarios. Pero Assoun ha revelado que en el original, que se encuentra en los Archivos Nacionales de Roma, se lee lo siguiente: "A Benito Mussolini, con el saludo respetuoso de un hombre viejo que reconoce en la persona del dirigente un héroe de la cultura". El texto alemán, desde luego, se presta a distintas interpretaciones1. La de Assoun es que Freud habría querido contraponer el dirigente (Matchhaber) al Kulturheros, invitando al Duce a usar la razón y no la violencia. Es una versión, ciertamente caritativa. Pero hay otras. En su monumental biografía, Peter Gay (1989, p. 499), en una nota de pie de página narra el episodio a través de la versión de un testigo, el psicoanalista italiano Edoardo Weis: "Según mi costumbre, en 1933, llevé un paciente muy enfermo a ver a Freud para realizar una consulta. El padre del paciente, que nos acompañaba, era un amigo íntimo de Mussolini. Después de la consulta, el padre le pidió a Freud un presente para Mussolini, con una dedicatoria del propio Freud. Yo me sentía en una posición muy embarazosa pues sabía que en esas circunstancias Freud no podía negarse... la dedicatoria fue: "con el saludo devoto de un hombre anciano, que reconoce al héroe cultural en el gobernante".

Anota Gay que Weis interpreta que Freud quería aludir en su dedicatoria "a las excavaciones arqueológicas" emprendidas por Mussolini en las que "Freud estaba muy interesado". Es dudoso cuál de estas dos versiones es más piadosa.

Pero todo esto no debe distraernos acerca de la actitud básica personal que, más allá de las anécdotas y etiquetas, Freud mantenía sobre la política. Y que no era otra que la de un profundo escepticismo. Varios testimonios así parecen probarlo. Una vez, al preguntarle Max Eastman a Freud: ¿qué es usted políticamente? éste le respondió: 'Políticamente no soy nada en absoluto". W. Reich, en 1952, afirmó que "Freud no esperaba nada de la política", añadiendo que el maestro solía decir: "soy un hombre de ciencia, nada tengo que ver con la política". Es, al cabo, ese escepticismo el que está suficientemente expresado en su trabajo "Análisis terminable e interminable" cuando escribe: "Parece casi como si la del psicoanalista fuera la tercera de esas profesiones "imposibles" en las cuales se está de antemano seguro de que los resultados serán insatisfactorios. Las otras dos, conocidas desde hace mucho más tiempo, son las de la educación y del gobierno"(Freud, 1968, III, p. 568).

Las actitudes que Freud mantuvo hacia algunos temas y eventos políticos constituyen una segunda cuestión relevante en este apartado. Es bien sabido que, entre otras cosas, el Freudismo es, simultáneamente, una teoría acerca de la estructura de la mente humana, una técnica de curación de determinados trastornos psíquicos y una concepción de la sociedad y de su historia. A este último aspecto es el que ahora me voy a referir.

Por de pronto, es obligado recordar el juicio que al propio Freud le merecían sus obras, vale decir, "sociopolíticas", particularmente "El porvenir de una ilusión" y "El malestar en la cultura", que, junto a "Totem y Tabú", "La Psicología de las masas" y sus trabajos sobre la guerra de 1915 y 1932 constituyen las obras fundamentales para nuestros propósitos.

De "El porvenir de una ilusión" sabemos que, en una carta a Ferenczi, califica al libro de "infantil" y "psicoanalíticamente endeble" (Gay, 1989, p. 584). Y a René Laforgue le escribe: "Este es mi peor libro" (id. p. 585). Y respecto a "El malestar en la cultura'" escribe a Lou Andrea Salomé tras concluir la obra: "Me da la impresión, sin duda exacta, de ser superfluo en gran medida en contraste con obras anteriores... pero ¿qué otra cosa puedo hacer? No se puede estar fumando y jugando a cartas durante todo el día: no puedo pasear por mucho tiempo y gran parte de lo que leo no me interesa ya en lo más mínimo" (Roazen, 1970, p. 97). Como observa Peter Gay quizás Freud no fuera el mejor juez de sí mismo pero, en cualquier caso, es admirable su lúcida capacidad autocrítica.

Como quiera que sea, Freud trató con más o menos ligereza, algunos de los más importantes asuntos de la Ciencia Política: los orígenes del Estado -con planteamientos que recuerdan las tesis de Hobbes (Cfr, por ejemplo, Freud, 1968, III, p. 25)-, la Guerra -inevitable a causa de las pulsiones instintuales humanas-, la función de las ideologías, etc. Transversalmente a todos ellos subyace una afirmación básica general: la constitutiva, irreconciliable, eterna oposición entre la "indómita naturaleza humana" y las instituciones sociales, incluidas las políticas, naturalmente2.

En 1930 escribe Freud: "esta frustración cultural rige el vasto dominio de las relaciones sociales entre los seres humanos, ya sabemos que en ella reside la causa de la hostilidad opuesta a toda cultura" (Freud, 1968, III, p. 27). Entiéndase bien: a toda cultura, es decir, a toda organización política, según la definición que acabamos de examinar en la nota anterior. Fue, por tanto, de nuevo coherente Freud -ya lo había sido en la contradicción individuo/sociedad al hilo de su deducción de la estructura del aparato psíquico- al no eximir de la oposición a ningún sistema cultural (político) concreto. De ahí el fracaso, desde las estrictas premisas antropológicas freudianas -y también de las marxianas- del proyecto freudomarxista. Es necesario insistir: no existen, en Freud, sistemas políticos más o menos emancipatorios. No se trata tanto de una cuestión política, como biológica: como Hobbes o Maquiavelo, Freud deduce un modelo de sociedad a partir de una teoría (psico)biológica del ser humano (del macho, para ser exactos). Acorde con su proceso de análisis, en cuya complejidad no es posible detenerse ahora, toda organización política es, en cuanto agente represor, causa y consecuencia de su modelo de hombre. Baste una referencia para probarlo. En "El malestar en la cultura" discute la intención del "experimento" soviético -sobre el que, en el mejor de los casos, mostró un profundo escepticismo, cuando no abierta hostilidad, de instaurar un orden social nuevo3. El sistema comunista, al que Freud le adscribe un estatus semejante al de la religión, no aparece con mayor potencial emancipatorio que su contrapuesto sistema capitalista. Así es, y no podía ser de otra manera. Freud, como han reconocido prestigiosos especialistas de su pensamiento, fue siempre fiel a los principios fisiologistas de su juventud -recuérdese el comienzo del "Proyecto de Psicología para neurólogos"-. Su concepto de naturaleza humana determinó su escepticismo político -a veces puro reaccionarismo- reflejado, a la vez, en sus convicciones personales y en el papel que asignó a las ideologías en la transformación de la sociedad.

INFLUENCIA DE FREUD EN LA CIENCIA POLITICA

El grado de colaboración entre las Ciencias Sociales y el Psicoanálisis ha sido muy diferente para cada disciplina: prácticamente nulo en el caso de la Economía (Weisskopft, 1955 es una excepción), algo más intenso en Sociología (Parsons, Escuela de Fracfort) y elevado con la Antropología Cultural. ¿Qué acontece con la ciencia Política?4.

Como suele ser sólido en el campo científico-social, hay desacuerdo en los diagnósticos: para Hall y Lindzey (1968) -que despachan el tema en una cara de su artículo- la Ciencia Política apenas ha sido influida por la teoría freudiana. Pero Stone (1974) afirma que el psicoanálisis ha influido en Teoría Política más que ninguna otra teoría psicológica. Brand (1981), refiriéndose al ámbito francés, escribe que la Ciencia Política apenas se interesa por el psicoanálisis, y viceversa. Y Pivasset (1985) en su mordaz crítica del libro de Enriquez "De la horde á I’Etat", pide rigor a los politólogos que utilizan el psicoanálisis. En tono más contemporizador, Roazen (1979, p. 29) afirma de Freud y la Ciencia Política que "la necesidad de discutirlo es un índice de lo contemporáneo de sus ideas", aunque escribe más adelante que su pensamiento inicial no ha sido adecuadamente absorbido por los estudiosos de la política. Bryder (1986), en fin, sostiene que la influencia de Freud en la Psicología Política es "indiscreta y general".

Con la brevedad que las circunstancias demandan restringiré la exposición a tres puntos de contacto de la doctrina freudiana y la Teoría Política: en primer lugar, el papel de lo irracional en el mundo político; en segundo término, la socialización política y en tercer lugar las técnicas psicobiográficas.

2.1. No es correcto, como frecuentemente se hace, atribuir a Freud el exclusivo mérito de haber introducido los factores irracionales en el estudio de los comportamientos políticos. Desde la Sociología, Pareto, con su teoría de los residuos, lo hizo antes. Es cierto que Lasswell –injustamente nominado padre fundador de la Psicología Política- insistió en ese importantísimo factor, pero no menos cierto es que su interés por lo irracional no lo recibió tanto de Freud como de su maestro Charles Merrian en Chicago. Y para decirlo todo, fue un político fabiano británico, Graham Wallas, casi coetáneo de Freud, autor de "La naturaleza humana en política" (1908) -donde se reclama deudor de William James, Tarde y McDougall -el auténtico introductor del tema de lo irracional en la Ciencia Política. Fue Wallas quién denunció el excesivo intelectualismo de la Ciencia Política, insistiendo en la necesidad de incorporar las emociones a su ámbito de investigación.

2.2. En principio, el campo de la Socialización Política puede aparecer como el espacio "psico-político" más adecuado para examinar la virtualidad de los presupuestos freudianos en la conducta política. De hecho, la tradición freudiana, junto a las distintas variedades conductistas y la Teoría de los Roles, constituye una de las fuentes indiscutibles de la literatura sobre socialización.

A comienzos de los años 60, cuando se llevaron a cabo las primeras investigaciones en Norteamérica (Greenstein, 1960; Hess y Easton, 1960), algunos de sus resultados parecieron confirmar la decisiva influencia de la figura paterna en la prístina aproximación que el niño tenía al sistema político a través, precisamente, de la figura del Presidente. La proyección hacia éste de los atributos percibidos en el padre -omnipotencia, bondad, etc- acuñó la etiqueta de "lider benevolente" expresiva de la transferencia al Presidente -y por extensión al sistema político- de las vivencias infantiles respecto al padre.

Esas conclusiones, hoy, son insostenibles. Cuando esos estudios han sido replicados con otras muestras -por ejemplo, con niños negros- y con otros presidentes menos carismáticos que Eisenhower y Kennedy, como Nixon o Reagan -calificados a veces de líderes "malevolentes"- los hallazgos no han confirmado los pioneros hallazgos de los sesenta (Cfr Sears, 1975 y Oercheron, 1985).

2.3. Dentro del movedizo campo de la Psicohistoria existe una técnica de investigación con la que, desde supuestos freudianos -y postfreudianos- se han realizado investigaciones sobre distintos líderes políticos.

La propia visión de la Historia por parte de Freud le impulsó a utilizar este instrumento técnico. En congruencia con el espíritu de su tiempo -Pareto, Mosca, Michels, Ortega- Freud era elitista y en verdad no tenía en gran aprecio a las masas. Recuérdese que LeBon le suministró la base sociopsicológica para su teoría de las multitudes5. Es la aristocracia de la Inteligencia que recuerda al Ortega de la "Rebelión de las Masas". Véase, por ejemplo, este texto: "Es necesario educar un estracto superior de hombres... únicamente por la influencia de individuos que puedan representar un ejemplo y en quienes las masas reconozcan a sus líderes podría conseguirse que estas hagan su trabajo" (Apud Roazen, 1970, p. 216).

Pero Freud no sólo participaba de la visión histórica del "Gran Hombre" sino que llevó a cabo un estudio psicoanalítico del presidente norteamericano Thomas W. Wilson, personaje clave en el primer tercio de nuestro siglo. El libro fue escrito por Freud en colaboración con el diplomático William Bullit. Este último ha narrado algunas de las peripecias que acompañaron su escritura, que les llevó diez años. Bullit redactó 1.500 páginas, que leyó Freud, redactando luego sendos borradores, corrigiéndose mutuamente y reescribiendo uno el borrador del otro. El resultado, dice Bullit, "became an amalgam", y de mutuo acuerdo reducen de extensión. En la primavera de 1932, concluido el manuscrito definitivo, Freud escribe unos nuevos pasajes a los que Bullit opone serias objeciones. Tras comprobar, pasado un tiempo, su desacuerdo, aplazan la publicación del libro. Tras la huída de Freud a Londres, Bullit le visita y, suprimidos los pasajes polémicos, acuerdan no publicar la obra hasta que fallezca la viuda Wilson (Freud y Bullit, 1973, 13-14). De hecho, no se publicó hasta 1967.

Para decirlo pronto, la psicobiografía de Wilson constituyó un rotundo fracaso.

No es un juicio de valor personal. Un estudioso tan bien predispuesto como Roazen la califica de "desesperadamente mala" y para Gay, el libro es sin rodeos una "debacle" y `'una caricatura de psicoanálisis aplicado" (Gay, 1989, p. 623-624). En verdad se comprenden los esfuerzos de algunos autores por arrojar dudas -en parte fundadas sobre la autoría del engendro por parte de Freud.

Sea como fuere, las inconsistencias de buena parte de las monografías psicobiográficas más conocidas -Hitler ha batido el record de despropósitos a este respecto- hace, a mi juicio, problemática la utilidad de este método, verdadero monumento al reduccionismo, para una adecuada interpretación del papel de las élites en la Historia.

Pero es menester concluir. Todo lo anterior ni rebaja la gigantesca figura de Freud ni debe hacernos olvidar su contribución fundamental, también en el campo de la política: la mostración del conflicto primordial, radical, básico, entre Biología y Lenguaje, para decirlo en términos de Ricoeur. Desde otros supuestos disciplinares habría que averiguar con más detalle cómo esa represión fundamental es diferencial en relación a sistemas políticos concretos -no es lo mismo, por ejemplo, respecto a la represión sexual, el sistema político de Lesu que Iraní- y sectores de la población -piénsese en los "desviados" sexuales-.

Pero en el estricto campo de la Ciencia Política -que ha sido nuestro tema- no es fácil situar a Freud en el puesto de honor a que es acreedor en otras áreas. Comprensiblemente. Como dijera hace años un buen conocedor de Freud (Hacker, 1958) tanto la Psicología como la Ciencia Política -aunque no sólo ellas, naturalmente- son todavía campos de batalla donde combaten ejércitos rivales de interpretaciones, ideologías, teorías académicas y algo de sentido común. En estas condiciones, evidentemente, no es posible erigir el monumento.

NOTAS

1. El texto alemán es el siguiente: "Benito Mussolini mit dem ergebenen Gruss eines alten mannes, der im machthaber den Kulturheros erkennt'°. El lector, si le plac, puede hacer su propia interpretación.

2. La Cultura (que Freud no distingue de la Civilización, como luego hará Marcuse) presenta en Freud dos aspectos: por una parte, el saber humano dominador de la naturaleza para satisfacer las necesidades humanas, y por otra, que es la que ahora nos interesa "todas las organizaciones necesarias para regular las relaciones de los hombres entre sí muy especialmente la distribución de los bienes naturales alcanzables (Freud, 1968, II, p. 73). Por lo demás, Freud, como es de sobra conocido, insiste una y otra vez a partir de la formulación de su "segunda teoría' de las pulsiones instintivas en esa contradicción básica entre, al cabo, biología y cultura (Freud, 1968, II, pp. 098, 74-75 y III, p. 27).

3. Ciertamente no se puede afirmar que Freud -como él mismo reconoció- leyera a los clásicos del marxismo. Sus simplistas opiniones acerca de las teorías marxistas así lo ponen de manifiesto. Recuérdese, por ejemplo, los pasajes finales de su conferencia "Una concepción del universo": allí, tras celebrar la perspicacísima demostración (del marxismo) de la influencia coercitiva que las circunstancias económicas de los hombres ejercen sobre sus disposiciones intelectuales, éticas y artísticas (Freud, 1968, II, p. 963), rechaza la tesis marxiana de que "los motivos económicos sean los únicos que determinan la conducta de los hombres en sociedad". Hay pruebas, incluídas las explícitas declaraciones de Marx y Engels al respecto, que niegan ese reduccionismo economicista en el pensamiento de Marx. Por lo demás, es evidente la desconfianza radical con que Freud contempló el colosal evento de la Revolución Soviética. Que, por cierto, al principio albergó, de mano de Luria y Vygotsky, a un incipiente grupo psicoanalítico, luego disuelto por Stalin.

4. Cfr Roazen, 1970, p. 41. Evidentes exigencias de espacio aconsejan limitar nuestro análisis a unos mínimos aspectos de la Ciencia Política. Por ello, no entraré en las contribuciones de autores tan "freudianos' y "politólogos" como Leites (1948), Money-Kyrle (1973), Weinstein y Platt (1973), Davies (1980), Seveno (1981), Draï (1979,1985) o Enríquez (1981, 1983). Tampoco debo entrar en pormenores acerca de la influencia de Freud en la Psicología Política, despachada ésta ahora en su definición "efectiva", esto es, como contenido de los textos "norteamericanos" (Stone, 1981, 1986; Herman, Stone y Schaffner, 1988) y "europeos" (V. V. A. A, 1971), así como en las Revistas y Actas de Congresos correspondientes. Finalmente, tampoco es posible abordar autores tan significativos para nuestro tema, sea cual fuere el juicio que merezcan sus obras, como Norman O. Brown, Reich, Marcuse, Reuben Osborn, etc.

5. Ya en 1883 le escribiría a Marta, su prometida: "la Psicología del hombre común es más bien diferente de la nuestra". Y a Andrea Salomé, en 1929: "En mi ser más íntimo, estoy realmente convencido de que mis queridos semejantes, con unas pocas excepciones, son Chusma". Incluso dice algo peor si creemos a Fernczi quien, en su diario, en 1932, refleja que Freud le había confesado: "los neuróticos son chusma, sólo buenos para mantenernos económicamente y para aprender con sus casos" (Gay, 1989, p. 590). Y Roazen (1970, p. 215) recoge esta frase de la correspondencia de Freud: "He encontrado poco de bueno entre los seres humanos. En mi experiencia, la mayoría de ellos son basura".


REFERENCIAS

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