Un indicador social se puede definir, siguiendo a Casas (1989),
como un estadístico de interés normativo, que da acceso a un juicio
conciso, comprehensivo y equilibrado sobre el estado o condición de aspectos
fundamentales de una sociedad. Un "sistema de indicadores" es un conjunto integrado
de éstos, del que se espera una información "perdurable, periódica
y rigurosa" sobre el sistema social.
Si el sistema de indicadores se refiere a la situación
de la mujer, tomará en consideración la posición de ésta
en diversos ámbitos como educación, empleo, familia, uso del tiempo
libre y otros. Esto es, precisamente, lo que ha venido haciendo en los últimos
años el Instituto de la Mujer que, en 1992, publicó un Listado
de 243 indicadores sobre la "situación social de la mujer en España".
Veamos algunos ejemplos: a) en el ámbito de la SALUD "consumo de tabaco
por sexos", b) en EDUCACION "el porcentaje de la población de 6
a 23 años escolarizada por sexo y edad"; c) en TRABAJO cabe destacar
la "participación en la población activa por sexo y edad", d)
en FAMILIA la "proporción de mujeres y hombres en cada una de las categorías
de estado civil por edad", e) en POLITICA la "proporción de mujeres parlamentarias
sobre el total de parlamentarios nacionales, regionales y locales", f) en DELITOS
Y FALTAS "el número de participantes en los robos con violencia
e intimidación según sexo. Razón mujer/hombre".
Estos seis ejemplos, entre los 243 que componen el conjunto
total, pueden ser suficientes para mostrar en dónde reside la utilidad
de un sistema de indicadores. Si un objetivo importante de la sociedad es eliminar
"las desigualdades y discriminación que actualmente padecen las mujeres",
como afirma Alvaro (1992), será preciso estar de acuerdo con este autor
en que el sistema de indicadores servirá para establecer una línea
de base o patrón de contraste para fijar la situación existente
en un momento temporal dado y poder evaluar, en ocasiones posteriores, su evolución.
Esta información será de mucho mayor valor si en el periodo considerado
se han puesto en marcha políticas concretas de actuación para
promover la igualdad. Una buena ilustración lo constituyen en España
los sucesivos Planes de Igualdad de Oportunidades para las Mujeres. De hecho,
recientemente, en Marzo de 1993, se acaba de poner en marcha el Segundo de estos
Planes.
Ahora bien, según Alvaro (1992), un Sistema de Indicadores
debe ser algo más que un mero agregado de indicadores sin integración
o coherencia interna. Si ha de ser un "sistema'", deberá descansar sobre
un modelo teórico. Es éste el que permite una visión global
sobre el problema o asunto de interés, en nuestro caso, la situación
social de la mujer en España. El propio autor formula un modelo que consta
de cuatro elementos fundamentales: contexto, entrada, proceso y producto. Cada
elemento contiene sus propios indicadores cuya función o utilidad está
determinada por las relaciones que se establecen entre los cuatro elementos
entre sí.
El "contexto" recoge aquellos indicadores que inciden en todos
los demás y que modulan su influencia. Ejemplos relevantes serían
el hábitat o la Comunidad Autónoma. En la "entrada" se incluyen
los recursos para paliar las desigualdades y las políticas concretas
encaminadas al mismo fin. Como "proceso" se consideran los indicadores relativos
a la educación en la familia, escuela y/o grupo de iguales y la influencia
de las imágenes y mensajes emitidos por los medios de comunicación.
Finalmente, los indicadores de "producto" son los efectos u objetivos que se
persiguen.
Estos indicadores están relacionados entre sí
de forma compleja. Ya se ha señalado que el contexto incide en la entrada,
en el proceso y en el producto y que modula su influencia respectiva. Se supone,
igualmente, que las variables de entrada influyen en las de producto a través
de las de proceso. Sin embargo, la alteración de esta pauta también
resulta posible. Con frecuencia encontramos retroalimentaciones en las que las
variables de producto modifican las de entrada. Tampoco cabe descartar los influjos
de las variables de proceso sobre las de entrada. El modelo teórico propuesto
tiene la flexibilidad suficiente para acomodarse a estas relaciones y a otras
posibles.
LA ESTEREOTIPIA DE GENERO
Un estereotipo es una generalización que hacemos sobre
una persona en razón de su pertenencia a un grupo o a una categoría
social determinada. Un estereotipo de género es la generalización
que hacemos sobre una persona por el hecho de ser hombre o mujer. Williams y
Best (1990) distinguen entre estereotipos de género de rol y de rasgo.
De rol son aquellos estereotipos que incluyen creencias relativas a la adecuación
general de roles y actividades para hombres y mujeres. De rasgo son aquellos
estereotipos compuestos por características psicológicas o rasgos
de conducta que se atribuyen con mayor o menor frecuencia a hombres o a mujeres.
¿Qué importancia tienen los estereotipos de género
en un sistema de indicadores sociales sobre la situación social de la
mujer? La respuesta la podemos encontrar en la explicación que dan Williams
y Best de la persistencia de dichos estereotipos. Esta explicación se
articula en torno a cuatro puntos principales: a) a lo largo de la historia
hombres y mujeres han realizado roles diferentes en la sociedad por lo que respecta
a las ocupaciones fuera de casa, el trabajo del hogar y las actividades de ocio,
entre otras, b) estas diferencias se suelen achacar a diferencias en las características
psicológicas de hombres y mujeres, c) si se acepta esta explicación,
lo más probable es que la desigual distribución de roles siga
perdurando, d) agentes socializadores como padres y maestros tratarán
de forma diferencial a hombres y a mujeres, con lo cual se fomenta de forma
intensiva el rol que se considera típico de hombres y de mujeres.
A esta explicación hay que añadir que la difusión
y penetración social de los estereotipos de género es tal que
parecen funcionar como heurísticos, es decir, parecen dictar la estrategia
a seguir frente a hombres y mujeres en las situaciones cotidianas de interacción.
En muchos casos de violación, incluso los policías y los jueces
caen en el error de hacer responsable del delito a la víctima y no al
violador. El atractivo físico, el utilizar determinado atuendo como una
minifalda, o el estar de madrugada en una discoteca se considera un motivo suficiente
para exculpar a quien comete el delito. La justificación es muy sencilla:
la culpa la tiene la mujer por su provocación y no el hombre, que ha
respondido como cabe esperar de él.
Otro ejemplo de la activación de un heurístico
lo proporciona el trabajo de Taylor v Falcone (1982). Una discusión grabada
de trece minutos se emitía a los sujetos experimentales. Estos la oían
a través de auriculares. Seis personas, tres hombres y tres mujeres,
protagonizaban la discusión. En ella sugerían cómo contribuir
al incremento del número de votantes en las elecciones. A los sujetos
experimentales se les proyectaban una serie de diapositivas para que pudieran
identificar la cara de cada persona cuya voz les llegaba a través de
los auriculares. Al final, tras oír toda la discusión, se les
planteaban cuatro preguntas sobre la competencia percibida de cada una de los
seis protagonista, sobre el grado de influencia que cada uno había tenido
en la discusión, sobre la medida en que consideraban interesante una
colaboración con esa persona y sobre su futura eficacia al frente de
una campaña para las elecciones locales. Los resultados mostraban que
los varones eran evaluados mejor que las mujeres en las cuatro dimensiones consideradas.
Ello, a pesar de que, obviamente, y en virtud del control experimental, las
sugerencias que habían formulado en la discusión eran de igual
valor.
Sin embargo, cuando existe información discrepante con
los estereotipos, el impacto de éstos se ve fuertemente disminuido. Este
es el planteamiento de Eagly y Steffen (1984). Su razonamiento se puede resumir
así: cuando no se proporciona información sobre el rol realmente
desempeñado por hombres y mujeres, los perceptores ven a hombres y a
mujeres de forma estereotipada, ya que en estas condiciones los atributos que
se les adscriben reflejan los diferentes roles sociales que subyacen a los estereotipos.
A nuestro juicio, esto es lo que ocurre en los dos casos antes mencionados:
las decisiones de los jueces y las evaluaciones de los sujetos de Taylor y Falcone.
Sin embargo, cuando existe información y descripción
del rol, siguen diciendo Eagly y Steffen, los juicios estereotípicos
de género quedan bloqueados si esta información y esta descripción
proporcionan indicaciones claras acerca de aquellas características de
los roles que, tradicionalmente, se consideran unidas al sexo. La razón
es que tal información elimina la base implícita de los estereotipos,
que no es otra que la covariación de sexo y rol. La hipótesis
de partida de Eagly y Steffen es que los hombres y mujeres que desempeñan
el mismo rol se percibirán de manera equivalente. En líneas generales,
esto es lo que aparece en los cinco experimentos de los que informan en el trabajo
citado.
PROPUESTA PARA LA CONSTRUCCION DE INDICADORES DE ESTEREOTIPIA
DE GENERO
Con base en los razonamientos anteriores, hemos formulado una
propuesta para la construcción de indicadores de estereotipia de género.
Junto a las consideraciones ya mencionadas, nos impusimos dos exigencias adicionales.
En primer lugar, partir de trabajos previos realizados en nuestro país.
Es cierto, en efecto, que Williams y Best, en su trabajo multicultural (1990),
encuentran un importante núcleo común de estereotipia de género
en los 30 países que componen su muestra. Pero también lo es que
descubren notables variaciones entre países. En segundo lugar, nuestro
acercamiento a la medición de la estereotipia de género ha de
ser múltiple, en parte para recoger la de rol y la de rasgo, pero también
para captar los aspectos ideológicos vinculados a esta estereotipia y
que, en gran medida, conforman el suelo del que se nutre.
Nuestra propuesta consta, pues, de tres ejes independientes:
estereotipia de rol, estereotipia de rasgo y teorías implícitas
sobre la mujer.
ESTEREOTIPIA DE ROL
Moya y colaboradores han ido seleccionando, desde hace algunos
años, un conjunto de proposiciones que expresan puntos de vista tradicionales
sobre la posición de la mujer en la sociedad. Tras sucesivas validaciones,
han elaborado el CIRS o Cuestionario de Ideología del Rol Sexual. En
él se incluyen los 38 items con características psicométricas
más idóneas (véase Navas, Moya y Gómez, 1990).
Como los propios autores reconocen, un problema, con el que
se ha de enfrentar quien desee utilizar este cuestinario, es que cada vez resulta
menos probable que las personas manifiesten públicamente un estereotipo
de rol desfavorable a las personas de sexo femenino. Este problema, apuntado
ya por Deaux en su clásica revisión de 1985, se ha constatado
repetidamente en investigaciones en nuestro país.
Un buen ejemplo lo ofrecen los resultados de Navas (1991).
En su muestra de 89 sujetos universitarios, 23 hombres y 66 mujeres, la distribución
de las respuestas es la que aparece en el Cuadro 1.
Con un rango de puntuaciones de 0 a 100, la media resultante
es de 79.63, casi 30 puntos por encima de la media teórica. La inmensa
mayoría de sujetos superan, de hecho, la puntuación de 75, lo
que significa que están básicamente de acuerdo con posiciones
favorables a la igualdad de hombres y mujeres.
Para remachar más aún este hallazgo, vale la
pena considerar un segundo conjunto de resultados. A estos mismos sujetos la
autora citada les pedía que expresasen su posición desde 1, "persona
muy tradicional", hasta 7, "persona muy feminista", sobre un continuo que contaba,
además, con las correspondientes posiciones intermedias. Los resultados
obtenidos se muestran gráficamente en el Cuadro 2.
Con un rango de 1 a 7, la media resultante es 4.5. Muy pocas
personas se autodefinen como tradicionales (11.3%). Un nutrido grupo (40%) no
se define ni en un sentido ni en otro. La mayoría, casi un 50%, se consideran
feministas.
A la vista de estos resultados, proponemos utilizar, como punto
de partida para nuestro primer indicador de estereotipia de rol, el CIRS de
Moya y colaboradores, introduciendo dos modificaciones que, esperamos, nos permitirán
superar con éxito el problema de la deseabilidad social que aqueja a
algunos de sus items.
La primera modificación consiste en seleccionar sólo
aquellos items en los que existen fuertes diferencias entre personas, de las
que, de antemano, sabemos que son tradicionales o feministas. Se trata de items
que recogen posiciones contrarias a la igualdad entre hombres y mujeres pero
que tienen una peculiaridad añadida: resultan aceptables para las personas
más tradicionales. Para clasificar a los sujetos en tradicionales y feministas
utilizaremos la "Escala de Tradicionalidad de las Creencias acerca del Rol Femenino"
(ETCRF) de Krause, validada en nuestro país, como señalan De Paul
y Torres (1990).
Nuestra segunda modificación se inspira en una sugerencia
de Pérez (1992) sobre la medición del estereotipo hacia los gitanos.
Este autor establece una distinción entre las dimensiones manifiesta
y latente de dicho estereotipo. Considera que en la dimensión manifiesta
caen los items valorativos y/o normativos. En nuestro caso, un item como "hay
que poner a las mujeres en el sitio que les corresponde" ejemplificaría
la dimensión manifiesta del estereotipo. Por contra, en la dimensión
latente se integran los items de carácter descriptivo-fáctico.
En nuestro caso, "hay menos mujeres que hombres en puestos directivos".
La trascendencia de esta distinción se aprecia en los
resultados obtenidos por Pérez en su propio trabajo sobre estereotipos
racistas. En concreto, no aparecen correlaciones significativas entre los items
manifiestos y la actitud real del sujeto. Sí aparecen entre los items
latentes y dicha actitud. Por esta razón se han añadido algunos
items de carácter descriptivo a los previamente seleccionados del CIRS.
Véase Apéndice.
ESTEREOTIPIA DE RASGO
Se basa en la técnica propuesta por Martin (1987). El
supuesto básico es que, frente a los rasgos asignados, existen unos rasgos
que cabría denominar, en sentido amplio, reales. Los rasgos asignados
son aquellos que se atribuyen a otras personas, es decir, los propiamente estereotípicos.
Los rasgos reales serían, en cambio, los utilizados para la autodescripción.
Martin postula que cuanto mayor sea la discrepancia entre unos y otros, mayor
será la fuerza del estereotipo.
Desde los años 60, diversos autores han elaborado listas
de rasgos estereotípicos de hombres y mujeres. Convencionalmente, se
acepta que la primera investigación de impacto en este ámbito
fue la de Rosenkrantz y cols. (1968), a las que siguieron las de Bem (1974),
Spence y cols. (1974) y Williams y Best (1990), entre otros. El resultado más
aceptado de la aplicación de los diversos instrumentos elaborados ha
sido el descubrimiento de dos grandes bloques, definidos como Comunión
y Agencia y que caracterizan, respectivamente, a mujeres y a hombres.
Contamos con adaptaciones a la población española,
realizadas por Echebarría y cols. (1992) y por López (1991). Esta
autora, en concreto, realizó su investigación en dos fases. En
la primera, una muestra de 138 sujetos evaluaron a hombres y mujeres con la
ayuda de los rasgos del Inventario de Roles Sexuales de Bem. Indicaban la medida
en que hombres v mujeres, en general, poseen cada uno de estos rasgos. La escala
iba de 1 (nunca lo poseen) a 7 (siempre lo poseen). Se comprobó que un
65% o más de la muestra señaló 10 rasgos femeninos y 10
rasgos masculinos que, en su opinión, caracterizan siempre o casi siempre
a las mujeres o a los hombres, en este orden.
En la segunda fase, una muestra diferente, compuesta por 186
sujetos, trabajó sobre los 20 rasgos previamente seleccionados. En este
caso, la tarea de los sujetos consistía en señalar el porcentaje
de hombres y de mujeres que poseían cada uno de esos rasgos. Con las
respuestas obtenidas, se calculaba una puntuación de estereotipia. Esta
venía indicada por la razón entre el porcentaje de mujeres y el
porcentaje de hombres que poseían un cierto rasgo. El numerador de la
razón era el porcentaje de varones cuando se trataba de items masculinos
y a la inversa. Se obtenía así una medida directa de la estereotipia.
En efecto, un número elevado en la razón correspondiente a un
determinado rasgo indica que hombres y mujeres son estereotipados en la dirección
tradicional en ese rasgo. Cualquier número superior a 1 apunta a la existencia
de estereotipia.
Los rasgos finalmente obtenidos fueron los siguientes: entre
los masculinos actúa como líder, amante del peligro, individualista,
atlético, agresivo, personalidad fuerte, dominante. Entre los femeninos
amante de los niños, tierna, comprensiva, compasiva, sensible a las necesidades
de otros, cariñosa, afectuosa. Para una descripción más
detallada se puede consultar López (1991).
Una vez seleccionados los rasgos estereotípicos, es
posible calcular lo que Martin denomina razón diagnóstica o Rd.
Se trata de una razón que se obtiene al dividir el % de hombres a los
que se atribuye un determinado rasgo por el % de mujeres a las que se atribuye
ese mismo rasgo. El rasgo es estereotípicamente masculino si es superior
a 1 de forma significativa y femenino en el caso opuesto.
El complemento de Rd es la razón crítica o Re.
Esta razón se obtiene dividiendo el % de varones que utilizan un cierto
rasgo para autodescribirse por el % de mujeres que también lo utilizan.
Es, precisamente, el contraste entre Rd y Re lo que da pistas sobre la fuerza
del estereotipo. Supongamos que la Rd es superior de forma significativa a la
Re. Ello indicaría una inexactitud en la percepción de hombres
y mujeres. Así pues, un indicador de la estereotipia de rasgo vendría
dado por las diferencias entre Rd y Rc para cada uno de los rasgos seleccionados.
Martin propone cuatro puntuaciones de discrepancia para completar
el indicador anterior. Supongamos que se calcula el porcentaje medio real (autoasignado)
de varones con rasgos masculinos, es decir, de los varones que se autoasignan
los 7 rasgos masculinos, y que hacemos lo mismo con los varones que se autoasignan
los 7 rasgos femeninos. Se trataría de restar el porcentaje obtenido
en estas dos operaciones del porcentaje medio de varones a los que se atribuyen
dichos rasgos (rasgos heteroasignados o propiamente estereotípicos).
El procedimiento se repetiría con las mujeres. Se obtendrían,
de esta forma, cuatro puntuaciones de discrepancia: para varones en items masculinos
y femeninos, para mujeres en items masculinos y femeninos. Las puntuaciones
positivas, significativamente superiores a 0, son sobreestimaciones y las negativas,
significativamente inferiores a 0, son infraestimaciones.
Ahora bien, ¿qué significaría una sobreestimación
de rasgos masculinos para varones? Sencillamente, que a éstos se les
atribuye un porcentaje mayor de estos rasgos de los que ellos mismos utilizan
en su autodescripción. La fuerza del estereotipo, en el procedimiento
ideado por Martín, es así una función del grado en que
la sobreestimación es consistente con el estereotipo. En otras palabras,
del grado en que se da una sobreestimación de los rasgos masculinos para
varones y de los femeninos para las mujeres. Con la infraestimación,
como es lógico, habría que invertir los términos.
TEORIAS INMPLICITAS SOBRE LA MUJER
¿Es posible el cambio de los estereotipos de género?
A nuestro juicio, es preciso dar una respuesta afirmativa a esta pregunta si
lo que se pretende es promover la igualdad entre hombres y mujeres. Sin embargo,
para que la respuesta pueda ser afirmativa, se impone conocer las razones en
virtud de las cuales las personas mantienen dichos estereotipos o intentan modificarlos.
En el trabajo de Rodríguez y González (1987)
sobre Teorías Implícitas acerca de la mujer hemos encontrado cinco
grandes bloques de razones o explicaciones que las personas utilizan para mantener
el estereotipo tradicional acerca de las diferencias sociales entre hombres
y mujeres o para oponerse a ellos e intentar su superación. Estos bloques
fueron etiquetados como tradicional, biológico, psicológico, progresista
y liberal.
Para estimar la consistencia interna de estas explicaciones
o "Teorías Implícitas", los autores citados pidieron a un grupo
de sujetos que indicasen, sobre una escala de 0 a 7, en qué medida diversas
proposiciones eran similares a una proposición estímulo típicamente
tradicional. El procedimiento se repetía con las cuatro explicaciones
restantes. En cada caso se utilizaba un grupo de sujetos diferente. Al final,
cada una de las proposiciones empleadas obtenía cinco puntuaciones de
Tipicidad. El Índice de Tipicidad se definía como la puntuación
media que se asignaba a cada proposición en cada una de las cinco comparaciones.
En la Teoría Implícita tradicional se integrarán aquellas
proposiciones que obtengan el Índice de Tipicidad más elevado
en las comparaciones con la proposición tradicional, en la biológica
las que lo obtengan en las comparaciones con la biológica, y así
sucesivamente.
El Índice de Polarización, por su parte, permite
establecer si una proposición cae sólo dentro de una teoría
determinada o es compartida por otras teorías. Se calcula restando, de
la puntuación media que la proposición obtiene en la teoría
en la que parece integrarse de forma más verosímil, el sumatorio
de sus puntuaciones medias en las cuatro teorías restantes partido por
cuatro. La resta resultante se divide entre 7.
Las tres primeras teorías implícitas son de corte
conservador. La tradicional apela a la mujer como procreadora y como núcleo
aglutinante de la familia. La biológica reivindica las diferencias biológicas
existentes entre hombres y mujeres, desde los cambios hormonales y los ciclos
menstruales, hasta los periodos de gestación, pasando por la estructura
corporal. Con ello pretende justificar el mantenimiento de las diferencias existentes
en la actualidad. La psicológica pone el énfasis en las características
psicológicas diferenciadoras.
Las dos explicaciones restantes promueven el cambio de los
estereotipos. La teoría progresista vincula la exigencia de cambio de
la posición social de la mujer a fuertes cambios sociales en general.
La razón es que considera a la mujer víctima de opresiones sociales.
La liberal pide que la mujer se incorpore sin limitaciones a la vida social,
pero que ello no implique dejar atrás los valores que la caracterizan.
Los resultados obtenidos por Rodríguez y González
(1987) demuestran que cada una de estas explicaciones goza de una elevada consistencia
interna y, que es posible trazar entre todas ellas una clara distinción.
CONCLUSION
Nuestra propuesta para la construcción de un sistema
de indicadores sociales de estereotipia de género se basa en la existencia
de resultados sólidamente establecidos en la literatura relevante de
la Psicología Social y en la elaboración previa en nuestro país
de los instrumentos necesarios. Creemos que la aplicación sistemática
de estos indicadores a muestras representativas de la población española
permitirá una comprensión mejor del problema de partida y en conjunción
con los resultados de la aplicación del resto de los indicadores utilizados
tradicionalmente, un cambio hacia una sociedad más igualitaria y más
justa.
APENDICE
Items descriptivos para medir la estereotipia de rol de género
- La mujer, cuando tiene hijos, recupera rasgos infantiles
que le permiten entenderlos mejor.
- Cuando un porcentaje elevado de mujeres comienza a acceder
a una profesión, ésta tiende a perder prestigio social
- En nuestra sociedad, la mujer que tiene que dirigir a hombres
es objeto de continuas burlas y zancadillas
- En el trabajo las mujeres no suelen tener ideas originales
porque están demasiado preocupadas por su seguridad laboral. |