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 Nada de lo psicológico nos es ajeno
III Congreso Nacional de Psicología - Oviedo 2017
Universidad de Oviedo

 

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ARTÍCULO SELECCIONADO

Psicothema

ISSN EDICIÓN EN PAPEL: 0214-9915

1993. Vol. 5, Suplem.1, pp. 169-180
Copyright © 2014


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LAS VIEJAS CREENCIAS DE LA SOCIEDAD POST

 

Julio SEOANE

Universidad de Valencia

Las dimensiones de la Escala de Postmodemidad, analizadas a través de unas muestras de jóvenes, adultos y viejos, sirven de base en este escrito para una reflexión sobre las sociedades actuales y el papel que juega la edad en las creencias sociales. Las "formas democráticas de vida", el "dominio técnico del presente" y las "relaciones sociales egocéntricas" forman los tres ejes de análisis que definen el estudio de las creencias potsmodernas.

Palabras clave: Creencias sociales; Escala de Postmodernidad; Viejos; Formas democráticas de vida.

Old beliefs of post-modern society. The dimensions of the Postmodernity Scale, which are analyzed in a sample of young, middle age and old people, are used in this paper as the background for a reflexion on nowadays societies and the role that age plays in social bellefs. The threefold axis for analysis, "democratic ways of life", "technical mastery over the present" and "egocentric social relationships", defined the study of potsmodern beliefs.

Key Words: Social beliefs; Postmodernity scale; Old people; Democratic ways of life.

 
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Correspondencia: Julio Seoane
Universidad de Valencia

 

En las últimas dos o tres décadas y, principalmente, en los últimos años, cualquier habitante de una de las ciudades del occidente desarrollado, cuya principal ocupación o preocupación sean los símbolos, la comunicación, la información o lo que clásicamente se llamaba conocimiento, comienza a sentir una especial sensación de agobio; literalmente se siente con la cabeza agachada y abrumada por el peso. Y es que a medida que la existencia se hace más liviana en nuestra cultura, a medida que crece "la insoportable levedad del ser", aumenta el sentimiento de agobio intelectual. Palabras y conceptos, creencias y valores, conocimientos y técnicas, se juntan de golpe en una cabeza que ya no sabe si es biológica o religiosa, psicológica o sociológica, histórica o informática. Aliviados de existencia y agobiados de cultura, al igual que ángeles sin sexo, nos encontramos tan sabios como antes pero más cansados, tal y como vaticinaba el poeta:

"Ahora ya, ¡ay!, he estudiado a fondo filosofía, leyes, medicina y por desgracia también, teología, con ardoroso esfuerzo. Y ahora me encuentro, ¡pobre de mí!, tan sabio como antes."1

Y ante este descubrimiento, ante esta duda sobre el conocimiento sistemático, se produce una nueva sensación, un nuevo sentimiento que recorre Europa y América, el sentimiento "post", el darse cuenta de que ya estamos instalados en el "después"; occidente se proyectó hacia el futuro y hacia el progreso con tanta fuerza, con tanto deseo y convicción, que consiguió estar en el progreso y en el futuro ahora, una extraña forma temporal que se denomina "post". Todavía no conseguimos ponernos de acuerdo sobre características y consecuencias de esta nueva situación, pero se perfilan con claridad las emociones que nos produce; una vez más, el poeta ya lo sabía y describió mejor que nadie el sentimiento post-moderno:

"..... también ha huido de mi toda alegría, no me imagino saber nada a derechas, no me hago la ilusión de poder enseñar nada, ni de mejorar ni convertir a los hombres."

Se desvanecen lentamente las creencias en el progreso, en la enseñanza y en el ser mejor; y cuando el tiempo se detiene en ese futuro post, cuando se concentra en "tiempo real" en lugar de prolongarse en "tiempo vivido", el espacio se desparrama sin límites y surge la aldea global donde habitan hombres sin raíces, sin cultura propia, universales. En la aldea global, amparada en la defensa de las realidades múltiples y complejas, con sus regionalismos, tribalismos y localismos, se desenvuelve la sociedad post; es un paso más allá de megalópolis, es la ciudad fáustica, donde el yo trascendental se convierte en ciudad. La aldea global no existe, su realidad es puramente simbólica y, por tanto, depende de la imaginación del hombre postmoderno, del ensueño de los viejos occidentales.

Sin embargo, cuando se busca la mejor representación de estos sueños y fantasías del viejo occidente siempre se recurre a las generaciones jóvenes; el estudio de la estructura de la sociedad post-industrial, de la cultura post-moderna y de los valores postmateriales, se realiza la mayoría de las veces sobre los jóvenes y, si es posible, sobre los jóvenes norteamericanos, los más jóvenes de todos. Dicho de otra forma, la creencia en el progreso nos impide ver que las últimas generaciones son las más viejas de occidente y, por tanto, aquellas que manifiestan con mayor claridad sus últimas consecuencias.

En cualquier caso, lo que no es discutible es que las creencias sociales contemporáneas, las creencias post-modernas, no están representadas exclusivamente en los jóvenes; nuestros mayores han contribuido a su formación, mantienen una postura determinada frente a ellas y constituyen actualmente un porcentaje considerable de nuestra sociedad.

LA TERCERA EDAD

Todos sabemos y aceptamos que la denominación de "Tercera Edad" es un suavizante semántico para hacer referencia a los viejos, a nuestros mayores; sin embargo, aceptando su origen y su función, puede que en definitiva no sea tan desacertada. La "Primera Edad" es la de aquellos que todavía no son, los que pueden llegar a ser cualquier cosa pero todavía no son nada: la "Segunda Edad" pertenece a los que son esto o aquello, pero en cualquier caso son y están; la "Tercera Edad" es la de los que fueron esto y aquello, pero ahora ya no lo son.

Algunos clásicos llamaron felahs a los pueblos y a las personas en esta situación, adoptando el nombre de su ejemplo más famoso, los egipcios a partir de la época romana. Cuentan que un rey egipcio destronado tenía que vivir en Roma en una pequeña y mezquina habitación, colgado en el piso más alto de una casa. Imaginémonos por un momento que un sociólogo actual, realizando una encuesta de opinión, preguntase al mencionado rey egipcio por temas de la sociedad romana: su opinión por la política, por las costumbres sexuales, por el dinero y la familia. En sus contestaciones, sin duda, se observarían dos tendencias: por un lado, un deseo desesperado por adaptarse a su nueva situación en una sociedad distinta y por otro, unas opiniones caducas, fuera de época, con interferencias de memoria más retroactivas que proactivas. Pues bien, nuestros mayores son como ese rey egipcio, salvo que se convierten en felahs dentro de su propia sociedad.

Se han destacado muchos aspectos médicos, psicológicos y socio-políticos, que son característicos de esta tercera edad o época felah, pero hay tres que me interesan especialmente ahora.

En primer lugar, las consecuencias de los ya conocidos fenómenos demográficos (descenso de la natalidad, aumento de la expectativa de vida, impacto del SIDA en la juventud, entre otros), que envejecen considerablemente las poblaciones de nuestras sociedades occidentales, y que parecen hacerlas caminar lenta pero inexorablemente hacia la tercera edad. Esto ha provocado que, al principio, la vejez se tratara como un problema, luego como tema importante de estudio y pronto quizá como uno de los colectivos más importante y poderosos de nuestras sociedades. Esto produce un efecto curioso sobre los estereotipos de la vejez, que van modificándose oportuna y paulatinamente desde los atributos negativos hacia perfiles más positivos y optimistas.

En segundo lugar, es necesario destacar ciertas similitudes entre la Primera y la Tercera Edad, en el sentido genérico que apuntábamos antes, unos todavía no son y los otros ya fueron, pero ambos se asemejan en que no son. La juventud y la vejez son contrarias en muchos aspectos esenciales pero, como veremos más adelante, guardan ciertas analogías en sus valores y creencias sin duda originadas por su relativa marginación del poder en la sociedad activa. Esta circunstancia puede tener importantes efectos en la dinámica social del futuro inmediato.

El tercer aspecto es todavía más apasionante que los anteriores: alude a la hipótesis de que en la mentalidad de los viejos existen algunos elementos no sólo del pasado de nuestras sociedades, su memoria, sino también algunas características del posible futuro de las mismas. Una parte importante de las características de las sociedades actuales existían ya como proyecto en la cultura de nuestros mayores; es decir, las sociedades no son el producto del azar de cada momento sino que también son el resultados de planes y proyectos. Bajo este punto de vista, nuestros mayores no viven exactamente en la sociedad que ambicionaban y pretendían, pero tampoco en una sociedad completamente ajena a sus intenciones. En la memoria de nuestros mayores late una parte de la sociedad del futuro.

Todas estas consideraciones y algunas otras adquieren un colorido especial en los momentos actuales. Ya sea porque se percibe el final de siglo, o quizá por el final de milenio, el caso es que las sociedades occidentales comienzan a sufrir el impacto de una transfiguración profunda. El envejecimiento de la población va acompañado de un aumento creciente en la expectativa de vida, junto con una explosión demográfica de carácter global; el desarrollo de nuevas y altas tecnologías discurre paralelo al deterioro y desgaste ambiental, a veces llamado envejecimiento de la Tierra; el triunfo aparente de un nuevo orden internacional, acompañado de una extraña renuncia a una gran parte de las ideologías, provoca una valoración dudosa del último hombre occidental y la crítica del pensamiento post. Día a día ganan terreno la cultura post-moderna (Gergen, 1991), la sociedad post-industrial (Bell, 1973) y los valores post-materiales (Inglehart, 1977), y su ascenso se produce al margen de la polémica sobre su significado.

Hasta hace poco tiempo, los ancianos de una sociedad nunca veían realizados los proyectos sociales de su juventud; pero ahora nuestros mayores viven más tiempo y sobre todo, los cambios se producen con tal velocidad, que los viejos tienen que enfrentarse con lo que pensaban era sólo futuro. Y esta sociedad es el resultado parcial de lo que ellos desearon, aunque les resulte difícil adaptarse a ella. En resumen, podríamos decir que las paradojas del tiempo tienen carácter existencial en los momentos actuales, y esto convierte la vejez en uno de los fenómenos más sugestivos para los investigadores sociales. De algunas de estas paradojas, de las creencias y valores de nuestros mayores en la sociedad actual, es de lo que nos vamos a ocupar en las siguientes páginas.

CREENCIAS Y VALORES

El estudio de los distintos modos de pensar y de sentir de determinados grupos ante la sociedad en general tiene una larga tradición en las ciencias sociales; actitudes, creencias y valores (Garzón, 1989) constituyen distintas perspectivas de este mismo fenómeno. Entre otras raíces intelectuales, estos trabajos tienen su origen en el estudio que entre 1918 y 1920 se realizó sobre emigrantes polacos en América (Thomas y Znaniecki, 1918-20), intentando conocer las actitudes de estos grupos hacia la sociedad a la que tenían que adaptarse. Poco más de una década después, los psicólogos se enfrentaban ya a la tarea de ordenar coherentemente esos modos de pensar en unas cuantas dimensiones; Thurstone (1934) identificó dos factores que aglutinaban, según él, la mayor parte de las actitudes conocidas y que denominó en función de sus extremos bipolares: el primero era el factor de radicalismo-conservadurismo y el segundo el de nacionalismo-internacionalismo.

Estos dos factores constituyen uno de los primeros modelos sobre la interpretación del mundo que nos rodea; es decir, se postulan como las dos grandes dimensiones según las cuales tomamos posición ante el mundo social. La primera está compuesta por creencias y actitudes sobre la organización social y nuestra satisfacción o tolerancia ante los cambios que en ella se realizan, desde las posturas más radicales hasta las más conservadoras. La segunda hace referencia a nuestras relaciones con los demás, a nuestra mayor o menor aceptación del otro en función de que pertenezca a grupos más próximos o más lejanos. En definitiva y al margen de los nombres concretos que utiliza Thurstone, lo que defiende es que la organización social y sus cambios, por un lado, y las relaciones interpersonales, por otro, son los dos grandes núcleos explicativos de las distintas formas de enfrentarnos a la sociedad. Jóvenes y viejos, hombres y mujeres, seguidores y líderes, urbanos y campesinos, y cualquier otro grupo social estará delimitado por sus creencias en ambas dimensiones.

Desde entonces a ahora, desde aquel trabajo de Thurstone hasta la actualidad, son muchos los trabajos que han intentado construir modelos más o menos similares sobre nuestra concepción del mundo social. Sin embargo, si nos olvidamos de los matices académicos y del estilo erudito, no son muchas las variantes que se han formulado. Por ejemplo, Inglehart publica en 1990 un estudio sobre el cambio cultural en las sociedades industriales avanzadas, donde defiende que la existencia de una democracia estable, es decir, de una sociedad del occidente actual, depende de muchos factores pero entre otros de una serie de sentimientos y actitudes por parte de los ciudadanos, que se convierten en requisitos culturales para una sociedad moderna (Inglehart, 1990). En este caso los factores son tres, pero los dos primeros no se alejan mucho de los de Thurstone; el primero lo denomina confíanza interpersonal (Inglehart, 1991), entendido como un sentimiento internacionalista y de rechazo del etnocentrismo y de los grupos primarios como fundamento de la sociedad; el segundo es la satisfacción vital, que representa un indicador de la orientación positiva hacia la organización social en la que uno vive. La novedad aparece en el tercer factor, el rechazo de los cambios revolucionarios, que parece señalar hacia la renuncia en las utopías y hacia la desconfianza en el control y planificación de la historia; esta última agrupación de actitudes no aparece claramente en Thurstone, quizá porque no es adecuada para su época, pero completa el modelo de creencias sobre la sociedad.

Nuestros trabajos sobre las creencias sociales contemporáneas, a través de la construcción e investigación de una Escala de Actitudes de Postmodernidad (Seoane-Garzón, 1989, 1992; Garzón-Seoane 1991a, 1991b), vuelve a poner de manifiesto la misma estructura con otra interpretación y otras denominaciones; en este caso hablamos de formas democráticas de vida como estilo de actitudes hacia la organización social actual, de dominio técnico del presente como una concepción de la historia y del conocimiento propio de las sociedades postindustriales, y de relaciones sociales egocéntricas como las formas predominantes de relación interpersonal. Una vez más la organización social, la concepción de la historia y del conocimiento, y las relaciones interpersonales surgen como los tres ejes principales de nuestro mundo de creencias sociales.

¿A qué se deben estas coincidencias? ¿Estamos quizá ante un "descubrimiento" sobre la naturaleza humana, como dirían los clásicos, o se trata de una "construcción" social por decirlo al estilo de los construccionistas postmodernos? Sin duda es una construcción, pero en el mismo sentido en que la cultura es una construcción; porque la estructura de creencias que estamos reconociendo probablemente pertenece a la cultura occidental, o a la cultura cristiana, si se prefiere; a las normas judeo-cristianas como afirma Inglehart (1990). Los Diez Mandamientos representan con bastante exactitud la misma estructura de creencias que venimos comentando: la inviolabilidad de la familia como forma básica de relaciones personales, el orden público como deseo fundamental de la organización social y, en tercer lugar, el monoteísmo como concepción de la historia y del conocimiento.

¿Cuál es la posición de nuestros mayores en estas tres dimensiones de concepción social? ¿En qué se diferencian de los jóvenes de nuestra sociedad? ¿Son los adultos realmente una clase media, una segunda edad más o menos equidistante de jóvenes y viejos? En términos generales, se supone que los mayores se encuentran desplazados dentro de nuestra sociedad, que les resulta difícil adaptarse a unas formas de vida que no comprenden ni comparten; pero en realidad no está nada claro que suceda así ni que suceda por igual en todas las dimensiones que hemos discutido anteriormente. Es por esta razón por la que hemos utilizado nuestra escala de creencia sociales contemporáneas, la Escala de Postmodernidad, para aclarar en lo posible estos interrogantes; la muestra que utilizamos es de alrededor de 2000 sujetos y la hemos dividido en jóvenes (hasta 20 años), adultos (entre 30 y 40 años) y viejos (más de 65 años), como una forma convencional para compararlos entre sí. Por supuesto que no pretendemos en esta ocasión "demostrar científicamente" las diferencias, sino simplemente utilizar los datos como sugerencias creativas de unas estructuras de creencias distintas; eso quiere decir que no alargaremos pesadamente este escrito con procedimientos estadísticos y cuantificaciones, como mucho utilizaremos algún procedimiento gráfico para facilitar más la exposición de nuestras preocupaciones en este terreno, que en este momento no son otras que plantearnos qué piensan los viejos sobre una sociedad vieja.

ORGANIZACION SOCIAL: FORMAS DEMOCRATICAS DE VIDA

La primera dimensión con la que nos vamos a enfrentar es la correspondiente a la organización social, sin duda la más evidente y conocida en la actualidad, que aglutina una gran cantidad de creencias, actitudes y valores sobre la sociedad actual. Desde hace ya varias décadas, su principal significado hace referencia a las formas democráticas de vida, ya se exprese con estas o con otras palabras similares; no es un problema de las estructuras políticas de la sociedad, sino de los sentimientos y orientaciones de los ciudadanos hacia su organización social. Pero estos sentimientos no han existido siempre o, por lo menos, no existían de forma generalizada como ahora; resulta difícil concretar desde cuando se convierten en predominantes, pero aproximadamente ocurre inmediatamente después de la II Guerra Mundial.

En definitiva, las formas democráticas de vida (FDV) se pueden entender como una aceptación general del modelo democrático como procedimiento organizativo de las sociedades occidentales actuales (Gráfico 1). Sin embargo, esta aceptación general se puede analizar en grupos distintos de actitudes. Un primer aspecto es una especial atracción por una sociedad "a la carta", flexible, sin coacciones ni violencia, donde cada uno pueda elegir entre las distintas ofertas sociales; se podría sintetizar en la frase "máximas elecciones y mínima autoridad" (MEMA). Otro aspecto se relaciona con la permisividad en los estilos de vida, en la elección de obligaciones, en la expresión artística, en la educación, impulsando así los estilos espontáneos de vida en contraposición con las normas y patrones establecidos (EEV). Por último, existen unas creencias firmes en el juego político pacífico, plural y formalista, al margen de su consideración de espectáculo y del ejercicio real de los derechos; un formalismo democrático (FD) basado más en los estilos que en los contenidos.

Pues bien, en nuestras muestras existe una fuerte aceptación de estas formas de vida; es una escala de aceptación de 1 a 5, los resultados fluctúan todos alrededor del cuatro. Lo más significativo es que no existen diferencias importantes entre jóvenes, adultos y viejos, tal como los definimos anteriormente.

Como puede observarse, en los tres aspectos parciales (MEMA, EEV y FD) existen pocas diferencias, los estilos espontáneos son los más bajos en conjunto y las formas democráticas las más aceptadas. En el factor general, las formas democráticas de vida (FDV) que se representan separadas a la derecha del gráfico, el grupo de viejos está ligeramente por debajo de los otros dos grupos, pero la diferencia es poco importante, sobre todo si tenemos en cuenta que estamos en el extremo de mayor acuerdo de la escala. Se podría haber esperado que las formas democráticas de vida fuesen más características de los jóvenes, en alguna medida de los adultos, puesto que existe el prejuicio de que los mayores no se sienten tan cercanos a este modo de organización social. Pues no es así; nuestras muestras de más de 65 años aceptan plenamente estas nuevas actitudes, ya sea porque han asimilado perfectamente las corrientes de opinión mayoritaria o bien porque su generación, nacida en 1925 o antes, comenzaba ya el proceso de elaboración de la sociedad actual.

No es por tanto en los sentimientos hacia la organización social donde hay que buscar las creencias específicas de nuestros mayores; en esto no se diferencian actualmente del resto de la población.

CONCEPCION DEL MUNDO: EL DOMINIO TÉCNICO DEL PRESENTE

La segunda dimensión es la relacionada con la concepción del mundo, con el sentido de la historia y del conocimiento; sin duda alguna es la dimensión más en contacto con nuestra cultura y nuestro pasado. Su sentido actual lo intentamos resumir mediante la frase "dominio técnico del presente" (DTP), puesto que sus creencias se relacionan con la confianza en los expertos, en los técnicos, en los profesionales, y va acompañada además de una preocupación exclusiva por el presente de individuos independientes y por una desconfianza sobre la capacidad de controlar la historia y el futuro, porque intervienen fuerzas desconocidas que están fuera del alcance de los expertos; en definitiva, como decíamos, una fuerte creencia en el dominio o control mediante procedimientos técnicos de los problemas presentes o actuales, al margen del pasado o del futuro.

Esta concepción del mundo, la valoración de la eficacia, de la técnica y del presente, puede dividirse en tres grandes conglomerados de creencias, como ocurría en la dimensión que analizamos anteriormente. En primer lugar, una agrupación de actitudes sobre la concepción técnica del conocimiento (TC), es decir, rechazo del conocimiento como humanismo (Stone-Garzón, 1992) y valoración de la ciencia, colocando la tecnología y hasta la enseñanza dentro de una visión utilitarista y economicista del conocimiento: valoración de expertos y técnicos, junto con una devaluación del conocimiento en sí mismo y como proceso de humanización.

En segundo lugar, una agrupación de actitudes relacionadas con la transmisión informatizada del conocimiento frente a la historia cultural, la creencia en el presente individual, no en el colectivo, y en la independencia de los antepasados, de los contemporáneos y de los descendientes. En definitiva, independencia tanto de los demás como de la historia; por eso hablamos de un "individualismo ahistórico" (IA).

La tercera agrupación de actitudes dentro de esta dimensión apunta hacia un fatalismo tanto histórico como personal, cercano al paranoidismo de los teóricos de la personalidad (Ibáñez-Andreu, 1988), que sugiere que nuestras acciones no nos pertenecen por completo; es decir, un fatalismo histórico y personal (FHP), que nos impide pensar que somos dueños y responsables de nuestras acciones.

Pues bien, los resultados en esta dimensión se pueden observar en el Gráfico 2, donde la concepción del mundo como un intento de dominio técnico de presente aparece separada a la derecha del gráfico y sus tres componentes se muestran en primer lugar, a la izquierda.

Como puede observarse, tanto en los tres componentes como en la dimensión general, los viejos alcanzan puntuaciones de aceptación o acuerdo considerablemente superiores a los otros dos grupos, los jóvenes y los adultos. El mismo patrón de resultados se repite sistemáticamente: el máximo de acuerdo en este tipo de creencias son los viejos, seguidos a cierta distancia por los jóvenes, y el mínimo de acuerdo pertenece a los adultos. Si prescindimos por un momento del grupo de mayores, parece lógico que los jóvenes estén más de acuerdo con esta concepción del mundo; nacidos entre 1970 y 1975 aproximadamente, pertenecen plenamente a la sociedad post-industrial y a sus sentimientos. Los que aquí consideramos adultos (30-40 años) son de las generaciones de 1950 a 1960, y por tanto socializados todavía en el mundo de las ideologías, los humanismos y las revoluciones; además son los que están actualmente activos en la sociedad y con frecuencia con una familia alrededor, y así se ven forzados a un menor individualismo y a una creencia en un mayor control de sus acciones. Hasta aquí los resultados parecen bastante coherentes, pero, ¿qué ocurre con los viejos, con los de la tercera edad?

El grupo de mayores supera considerablemente hasta a los jóvenes; mantiene un acuerdo de 4.2 sobre 5 en la concepción técnica del conocimiento, un 3.2 en individualismo ahistórico y un 3.6 en fatalismo histórico y personal; en conjunto, un 3.7 en dominio técnico del presente. Pueden existir varias razones para estos resultados; en primer lugar, el papel que los viejos tienen en la sociedad actual favorece algunos aspectos de estas creencias. Su soledad, su aislamiento de la familia y de la sociedad activa en general, su sentimiento de falta de control de las circunstancias, la utilización de los medios masivos de diversión y entretenimiento, todo ello y otras circunstancias más son perfectamente consistentes con las actitudes y creencias de la dimensión que estamos comentando. En algunos aspectos tienen posiciones similares a los más jóvenes, al menos en cuanto que no están en el mundo de la producción y la actividad social, sino que desempeñan papeles más pasivos y de consumo de servicios.

Otro grupo de razones, más discutibles pero también interesantes, que pueden favorecer estos resultados apuntan hacia ciertas características evolutivas de nuestra sociedad, concretamente hacia su etapa actual de desarrollo; sin duda, las sociedades occidentales son sociedades viejas, con creencias y actitudes típicas en las culturas viejas: la creencia en la técnica y en la ciencia instrumental, el sentimiento de falta de control sobre la historia, la sensibilidad individualista, todo indica un perfil de sociedad muy desarrollada, casi en su tercera edad, ya mayor. Si esto es así, tampoco resulta extraño que las personas mayores sintonicen bien con los sentimientos prevalecientes en estas sociedades; es el pensamiento de los viejos en una sociedad vieja.

En cualquier caso, sean estas u otras las razones, los resultados apuntan a que esta concepción técnica e individualista de la historia y del conocimiento es la concepción característica de los viejos, seguidos a distancia por los jóvenes que se sitúan alrededor de la zona neutra de la escala (la puntuación 3), mientras que los adultos están ya en plena zona de rechazo o desacuerdo (por debajo de 3). Hasta ahora, podemos insinuar que nuestros mayores no son especialmente distintos en cuanto a sus creencias sobre la organización social, en la medida en que aceptan bien las formas democráticas de vida al igual que jóvenes y adultos, pero se diferencian en su concepción del mundo, más técnica e individual en comparación con los jóvenes y, principalmente, contrapuestos en esto con los adultos.

RELACIONES INTERPERSONALES: RELACIONES SOCIALES EGOCENTRICAS

Organización social, concepción del mundo y, por último, relaciones con los demás, relaciones interpersonales como tercera dimensión de las creencias sociales, que en nuestra sociedad aparecen centradas más en lo externo y en los deseos y necesidades que en lo íntimo y emocional, destacando un rechazo hacia el compromiso profundo y una defensa de la autonomía y de la independencia afectiva; es decir, unas relaciones sociales egocéntricas (RSE). El modelo tradicional de relaciones interpersonales se basaba en el grupo primario, fundamentalmente en la familia, con fuertes lazos afectivos entre los próximos y cierto distanciamiento con los extraños; por el contrario, en la sociedad post-industrial predomina la multiplicidad de relaciones más o menos superficiales con personas que con frecuencia no hemos visto nunca o que dejaremos de ver en breve plazo. Por fuerza, tienen que ser entonces relaciones más egocéntricas que comunitarias o grupales.

Las actitudes que configuran esta dimensión son, en primer lugar, las tan conocidas y comentadas por los sociólogos actuales relacionadas con la preocupación excesiva por la imagen externa, por las gratificaciones externas inmediatas y, en general, por el pensamiento desiderativo. Quizá sea el término de narcisismo (NA) el que más se haya empleado para describir estos sentimientos (Lasch, 1979), considerados como característicos de una buena parte de nuestra sociedad.

En segundo lugar, esta dimensión se relaciona con las actitudes y creencias típicas del consumismo, pero no tanto del consumismo de productos y artilugios que constituían el conocido "nivel de vida" en los años 60, sino de servicios y medios culturales propios del deseo de "calidad de vida" en la sociedad de servicios de lo años 80. Por tanto, un consumismo cultural y personal (CCP) que busca el uso de cultura y de diversión, acompañado de miedo a envejecer y de premura de vivir, con distanciamiento de las tradiciones y de todo lo que signifique esfuerzo en su consecución.

Por último, y muy característico de esta dimensión, aparecen creencias que destacan la importancia del control emocional, en el sentido de conseguir una independencia afectiva, no comprometida y más preocupada por uno mismo que por los demás; es decir, un egocentrismo emocional (EE) que matiza cualquier relación interpersonal.

Los resultados obtenidos en estas agrupaciones de creencias es semejante a los obtenidos en la anterior, en cuanto a las diferencias entre jóvenes, adultos y viejos; los más bajos son los adultos, seguidos a continuación por los jóvenes, y los mayores en las posiciones de mayor acuerdo, tal como aparece en el Gráfico 3.

Podemos observar que las diferencias en narcisismo son mínimas, todas las puntuaciones alrededor del 3, aunque viejos y jóvenes destacan ligeramente. En consumismo cultural y personal las distancias son más claras, con predominio de los mayores y luego de los jóvenes, ambos por encima de la puntuación 3, y con un ligero desacuerdo por parte de los adultos puesto que puntúan por debajo del 3. Pero es el tercer aspecto el que resulta más característico, el egocentrismo emocional, que en los viejos alcanza casi la puntuación 4, mientras que jóvenes y adultos están por debajo del 3 aunque con ligero predominio de los jóvenes. En definitiva, las relaciones interpersonales de tipo egocéntrico consideradas como típicas de la sociedad de servicios, también parecen las propias de la tercera edad; una vez más, encontramos cierta consistencia entre los mayores y las características de la sociedad postindustrial.

En este caso las razones para estos resultados pueden ser muy semejantes a las empleadas en la dimensión anterior. Este tipo de relaciones sociales no pueden mantenerse fácilmente por unos adultos con una familia todavía alrededor, algo más fáciles de incorporar por parte de los jóvenes por la ausencia aún de compromisos y de lazos más profundos con los demás; pero, sin duda, son unas relaciones oportunas para los mayores de la sociedad actual, solos en la mayoría de los casos, habiendo dejado en el recuerdo a muchos de los suyos, preocupados por su propia imagen en una época de pretendida juventud permanente y deseando utilizar los servicios culturales, de entretenimiento y de salud que les ofrece la sociedad. O dicho de otra manera, si las sociedades jóvenes son en ,general más tribales y centradas en el propio grupo, las sociedades ya mayores como la nuestra tienen que fomentar relaciones de tipo más secundario, más internacionalistas como diríamos ahora; y, en consecuencia, coinciden de esta forma sociedad y la generación de mayores.

CREENCIAS, SOCIEDAD Y VEJEZ

Hemos visto que desde los comienzos de nuestra cultura, los pensamientos sobre el mundo que nos rodea tienen tendencia a estructurarse en tres grandes aspectos: la organización social, la concepción de la historia y del conocimiento, y las relaciones con los demás. Insinuamos también que en los tiempos actuales, tiempos que para algunos ya no son modernos sino postmodernos, esas dimensiones toman la forma de un modo democrático de vida, una concepción ahistórica y técnica del mundo, y unas maneras egocéntricas en la relación con los demás. Este parece ser el diagnóstico de nuestro momento, al margen de que sea visto de un modo optimista por unos o de forma crítica por otros.

Con estos supuestos, tenemos que llegar a la conclusión de que el pensamiento de los que pertenecen a la tercera edad no discrepa de ese diagnóstico, sino que por el contrario aparece como especialmente representativo del mismo. En la primera dimensión, en las formas democráticas de vida, el acuerdo es tan alto y tan generalizado que no resulta interesante para diferenciar entre grupos y edades; con pequeños matices, la aceptación es plena. Pero las otras dos dimensiones resultan mucho más significativas para nuestros propósitos, y en ambos casos la gente mayor está más de acuerdo y los adultos son, más reacios en aceptar esas creencias. Por tanto, no parece cierto que los viejos puedan estar o sentirse desplazados en la sociedad actual, por lo menos en cuanto a sus modos de pensar; otra cosa muy distinta es su consideración social, la atención de su bienestar o sus posibilidades económicas. Sus creencias, sus "hábitos del corazón", como dirían los clásicos, parecen totalmente adecuados a la sociedad en que viven.

Naturalmente que las tendencias que hemos observado y que estamos comentando deben ser tomadas con muchas precauciones; análisis más amplios y rigurosos deberán confirmarlas, al margen de que existen muchos factores que pueden alterar y modificar esta situación. Pero en cualquier caso es un panorama curioso y digno de tomarse en cuenta. Porque si las tendencias actuales persisten, la situación puede hacerse todavía más marcada; se piensa, por ejemplo, que el aumento en la expectativa de vida y el descenso en la natalidad aumentará el impacto de la tercera edad sobre la sociedad occidental y, por tanto, siguiendo nuestro argumento, aumentará también la influencia social de sus creencias. También deberíamos tener en cuenta que en la actualidad la juventud tiende a aumentar todo lo posible sus límites de edad, al margen de que las dificultades del mundo de trabajo les facilita ese proceso; del mismo modo que el retiro anticipado de la llamada vida activa incrementa, por otro lado, los grupos de la tercera edad. Podría ocurrir, en una caricatura que sólo pretende ser un toque de atención, que lo que hoy día entendemos por "adultos" se convierta en algo absolutamente minoritario en la sociedad del futuro, transformada así en una sociedad de "viejos" con ciertas proporciones de "jóvenes".

Hace ya tiempo que los intelectuales vienen intentando realizar un retrato robot del que denominan "último hombre" de nuestra cultura y, ciertamente, no se alcanza mucho acuerdo en esta materia. Posiblemente lo único que se pueda decir es que ese hombre, feliz o fracasado, individualista o comunitario, en evolución o petrificado, ese hombre del "final de la historia", pertenece casi sin lugar a dudas a la llamada Tercera Edad.

NOTAS

1. Fausto, Obras Completas de Goethe, III, p. 1301. Aguilar.


REFERENCIAS

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    Gráfico 1. Escala de Postmodernidad, organización Social.
                            
Ver Gráfico 2 :
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    Gráfico 2. Escala de postmodernidad, concepción del mundo.
                            
Ver Gráfico 3 :
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    Gráfico 3. Escala de Postmodernidad, relaciones Interpersonales.