En las últimas dos o tres décadas y, principalmente,
en los últimos años, cualquier habitante de una de las ciudades
del occidente desarrollado, cuya principal ocupación o preocupación
sean los símbolos, la comunicación, la información o lo
que clásicamente se llamaba conocimiento, comienza a sentir una especial
sensación de agobio; literalmente se siente con la cabeza agachada y
abrumada por el peso. Y es que a medida que la existencia se hace más
liviana en nuestra cultura, a medida que crece "la insoportable levedad del
ser", aumenta el sentimiento de agobio intelectual. Palabras y conceptos, creencias
y valores, conocimientos y técnicas, se juntan de golpe en una cabeza
que ya no sabe si es biológica o religiosa, psicológica o sociológica,
histórica o informática. Aliviados de existencia y agobiados de
cultura, al igual que ángeles sin sexo, nos encontramos tan sabios como
antes pero más cansados, tal y como vaticinaba el poeta:
"Ahora ya, ¡ay!, he estudiado a fondo filosofía, leyes,
medicina y por desgracia también, teología, con ardoroso esfuerzo.
Y ahora me encuentro, ¡pobre de mí!, tan sabio como antes."1
Y ante este descubrimiento, ante esta duda sobre el conocimiento
sistemático, se produce una nueva sensación, un nuevo sentimiento
que recorre Europa y América, el sentimiento "post", el darse cuenta
de que ya estamos instalados en el "después"; occidente se proyectó
hacia el futuro y hacia el progreso con tanta fuerza, con tanto deseo y convicción,
que consiguió estar en el progreso y en el futuro ahora, una extraña
forma temporal que se denomina "post". Todavía no conseguimos ponernos
de acuerdo sobre características y consecuencias de esta nueva situación,
pero se perfilan con claridad las emociones que nos produce; una vez más,
el poeta ya lo sabía y describió mejor que nadie el sentimiento
post-moderno:
"..... también ha huido de mi toda alegría,
no me imagino saber nada a derechas, no me hago la ilusión de poder enseñar
nada, ni de mejorar ni convertir a los hombres."
Se desvanecen lentamente las creencias en el progreso, en la
enseñanza y en el ser mejor; y cuando el tiempo se detiene en ese futuro
post, cuando se concentra en "tiempo real" en lugar de prolongarse en "tiempo
vivido", el espacio se desparrama sin límites y surge la aldea global
donde habitan hombres sin raíces, sin cultura propia, universales. En
la aldea global, amparada en la defensa de las realidades múltiples y
complejas, con sus regionalismos, tribalismos y localismos, se desenvuelve la
sociedad post; es un paso más allá de megalópolis, es la
ciudad fáustica, donde el yo trascendental se convierte en ciudad. La
aldea global no existe, su realidad es puramente simbólica y, por tanto,
depende de la imaginación del hombre postmoderno, del ensueño
de los viejos occidentales.
Sin embargo, cuando se busca la mejor representación
de estos sueños y fantasías del viejo occidente siempre se recurre
a las generaciones jóvenes; el estudio de la estructura de la sociedad
post-industrial, de la cultura post-moderna y de los valores postmateriales,
se realiza la mayoría de las veces sobre los jóvenes y, si es
posible, sobre los jóvenes norteamericanos, los más jóvenes
de todos. Dicho de otra forma, la creencia en el progreso nos impide ver que
las últimas generaciones son las más viejas de occidente y, por
tanto, aquellas que manifiestan con mayor claridad sus últimas consecuencias.
En cualquier caso, lo que no es discutible es que las creencias
sociales contemporáneas, las creencias post-modernas, no están
representadas exclusivamente en los jóvenes; nuestros mayores han contribuido
a su formación, mantienen una postura determinada frente a ellas y constituyen
actualmente un porcentaje considerable de nuestra sociedad.
LA TERCERA EDAD
Todos sabemos y aceptamos que la denominación de "Tercera
Edad" es un suavizante semántico para hacer referencia a los viejos,
a nuestros mayores; sin embargo, aceptando su origen y su función, puede
que en definitiva no sea tan desacertada. La "Primera Edad" es la de aquellos
que todavía no son, los que pueden llegar a ser cualquier cosa pero todavía
no son nada: la "Segunda Edad" pertenece a los que son esto o aquello, pero
en cualquier caso son y están; la "Tercera Edad" es la de los que fueron
esto y aquello, pero ahora ya no lo son.
Algunos clásicos llamaron felahs a los pueblos
y a las personas en esta situación, adoptando el nombre de su ejemplo
más famoso, los egipcios a partir de la época romana. Cuentan
que un rey egipcio destronado tenía que vivir en Roma en una pequeña
y mezquina habitación, colgado en el piso más alto de una casa.
Imaginémonos por un momento que un sociólogo actual, realizando
una encuesta de opinión, preguntase al mencionado rey egipcio por temas
de la sociedad romana: su opinión por la política, por las costumbres
sexuales, por el dinero y la familia. En sus contestaciones, sin duda, se observarían
dos tendencias: por un lado, un deseo desesperado por adaptarse a su nueva situación
en una sociedad distinta y por otro, unas opiniones caducas, fuera de época,
con interferencias de memoria más retroactivas que proactivas. Pues bien,
nuestros mayores son como ese rey egipcio, salvo que se convierten en felahs
dentro de su propia sociedad.
Se han destacado muchos aspectos médicos, psicológicos
y socio-políticos, que son característicos de esta tercera edad
o época felah, pero hay tres que me interesan especialmente ahora.
En primer lugar, las consecuencias de los ya conocidos fenómenos
demográficos (descenso de la natalidad, aumento de la expectativa de
vida, impacto del SIDA en la juventud, entre otros), que envejecen considerablemente
las poblaciones de nuestras sociedades occidentales, y que parecen hacerlas
caminar lenta pero inexorablemente hacia la tercera edad. Esto ha provocado
que, al principio, la vejez se tratara como un problema, luego como tema importante
de estudio y pronto quizá como uno de los colectivos más importante
y poderosos de nuestras sociedades. Esto produce un efecto curioso sobre los
estereotipos de la vejez, que van modificándose oportuna y paulatinamente
desde los atributos negativos hacia perfiles más positivos y optimistas.
En segundo lugar, es necesario destacar ciertas similitudes
entre la Primera y la Tercera Edad, en el sentido genérico que apuntábamos
antes, unos todavía no son y los otros ya fueron, pero ambos se asemejan
en que no son. La juventud y la vejez son contrarias en muchos aspectos esenciales
pero, como veremos más adelante, guardan ciertas analogías en
sus valores y creencias sin duda originadas por su relativa marginación
del poder en la sociedad activa. Esta circunstancia puede tener importantes
efectos en la dinámica social del futuro inmediato.
El tercer aspecto es todavía más apasionante
que los anteriores: alude a la hipótesis de que en la mentalidad de los
viejos existen algunos elementos no sólo del pasado de nuestras sociedades,
su memoria, sino también algunas características del posible futuro
de las mismas. Una parte importante de las características de las sociedades
actuales existían ya como proyecto en la cultura de nuestros mayores;
es decir, las sociedades no son el producto del azar de cada momento sino que
también son el resultados de planes y proyectos. Bajo este punto de vista,
nuestros mayores no viven exactamente en la sociedad que ambicionaban y pretendían,
pero tampoco en una sociedad completamente ajena a sus intenciones. En la memoria
de nuestros mayores late una parte de la sociedad del futuro.
Todas estas consideraciones y algunas otras adquieren un colorido
especial en los momentos actuales. Ya sea porque se percibe el final de siglo,
o quizá por el final de milenio, el caso es que las sociedades occidentales
comienzan a sufrir el impacto de una transfiguración profunda. El envejecimiento
de la población va acompañado de un aumento creciente en la expectativa
de vida, junto con una explosión demográfica de carácter
global; el desarrollo de nuevas y altas tecnologías discurre paralelo
al deterioro y desgaste ambiental, a veces llamado envejecimiento de la Tierra;
el triunfo aparente de un nuevo orden internacional, acompañado de una
extraña renuncia a una gran parte de las ideologías, provoca una
valoración dudosa del último hombre occidental y la crítica
del pensamiento post. Día a día ganan terreno la cultura post-moderna
(Gergen, 1991), la sociedad post-industrial (Bell, 1973) y los valores post-materiales
(Inglehart, 1977), y su ascenso se produce al margen de la polémica sobre
su significado.
Hasta hace poco tiempo, los ancianos de una sociedad nunca
veían realizados los proyectos sociales de su juventud; pero ahora nuestros
mayores viven más tiempo y sobre todo, los cambios se producen con tal
velocidad, que los viejos tienen que enfrentarse con lo que pensaban era sólo
futuro. Y esta sociedad es el resultado parcial de lo que ellos desearon, aunque
les resulte difícil adaptarse a ella. En resumen, podríamos decir
que las paradojas del tiempo tienen carácter existencial en los momentos
actuales, y esto convierte la vejez en uno de los fenómenos más
sugestivos para los investigadores sociales. De algunas de estas paradojas,
de las creencias y valores de nuestros mayores en la sociedad actual, es de
lo que nos vamos a ocupar en las siguientes páginas.
CREENCIAS Y VALORES
El estudio de los distintos modos de pensar y de sentir de
determinados grupos ante la sociedad en general tiene una larga tradición
en las ciencias sociales; actitudes, creencias y valores (Garzón, 1989)
constituyen distintas perspectivas de este mismo fenómeno. Entre otras
raíces intelectuales, estos trabajos tienen su origen en el estudio que
entre 1918 y 1920 se realizó sobre emigrantes polacos en América
(Thomas y Znaniecki, 1918-20), intentando conocer las actitudes de estos grupos
hacia la sociedad a la que tenían que adaptarse. Poco más de una
década después, los psicólogos se enfrentaban ya a la tarea
de ordenar coherentemente esos modos de pensar en unas cuantas dimensiones;
Thurstone (1934) identificó dos factores que aglutinaban, según
él, la mayor parte de las actitudes conocidas y que denominó en
función de sus extremos bipolares: el primero era el factor de radicalismo-conservadurismo
y el segundo el de nacionalismo-internacionalismo.
Estos dos factores constituyen uno de los primeros modelos
sobre la interpretación del mundo que nos rodea; es decir, se postulan
como las dos grandes dimensiones según las cuales tomamos posición
ante el mundo social. La primera está compuesta por creencias y actitudes
sobre la organización social y nuestra satisfacción o tolerancia
ante los cambios que en ella se realizan, desde las posturas más radicales
hasta las más conservadoras. La segunda hace referencia a nuestras relaciones
con los demás, a nuestra mayor o menor aceptación del otro en
función de que pertenezca a grupos más próximos o más
lejanos. En definitiva y al margen de los nombres concretos que utiliza Thurstone,
lo que defiende es que la organización social y sus cambios, por un lado,
y las relaciones interpersonales, por otro, son los dos grandes núcleos
explicativos de las distintas formas de enfrentarnos a la sociedad. Jóvenes
y viejos, hombres y mujeres, seguidores y líderes, urbanos y campesinos,
y cualquier otro grupo social estará delimitado por sus creencias en
ambas dimensiones.
Desde entonces a ahora, desde aquel trabajo de Thurstone hasta
la actualidad, son muchos los trabajos que han intentado construir modelos más
o menos similares sobre nuestra concepción del mundo social. Sin embargo,
si nos olvidamos de los matices académicos y del estilo erudito, no son
muchas las variantes que se han formulado. Por ejemplo, Inglehart publica en
1990 un estudio sobre el cambio cultural en las sociedades industriales avanzadas,
donde defiende que la existencia de una democracia estable, es decir, de una
sociedad del occidente actual, depende de muchos factores pero entre otros de
una serie de sentimientos y actitudes por parte de los ciudadanos, que se convierten
en requisitos culturales para una sociedad moderna (Inglehart, 1990). En este
caso los factores son tres, pero los dos primeros no se alejan mucho de los
de Thurstone; el primero lo denomina confíanza interpersonal (Inglehart,
1991), entendido como un sentimiento internacionalista y de rechazo del etnocentrismo
y de los grupos primarios como fundamento de la sociedad; el segundo es la satisfacción
vital, que representa un indicador de la orientación positiva hacia
la organización social en la que uno vive. La novedad aparece en el tercer
factor, el rechazo de los cambios revolucionarios, que parece señalar
hacia la renuncia en las utopías y hacia la desconfianza en el control
y planificación de la historia; esta última agrupación
de actitudes no aparece claramente en Thurstone, quizá porque no es adecuada
para su época, pero completa el modelo de creencias sobre la sociedad.
Nuestros trabajos sobre las creencias sociales contemporáneas,
a través de la construcción e investigación de una Escala
de Actitudes de Postmodernidad (Seoane-Garzón, 1989, 1992; Garzón-Seoane
1991a, 1991b), vuelve a poner de manifiesto la misma estructura con otra interpretación
y otras denominaciones; en este caso hablamos de formas democráticas
de vida como estilo de actitudes hacia la organización social actual,
de dominio técnico del presente como una concepción de
la historia y del conocimiento propio de las sociedades postindustriales, y
de relaciones sociales egocéntricas como las formas predominantes
de relación interpersonal. Una vez más la organización
social, la concepción de la historia y del conocimiento, y las relaciones
interpersonales surgen como los tres ejes principales de nuestro mundo de creencias
sociales.
¿A qué se deben estas coincidencias? ¿Estamos quizá
ante un "descubrimiento" sobre la naturaleza humana, como dirían los
clásicos, o se trata de una "construcción" social por decirlo
al estilo de los construccionistas postmodernos? Sin duda es una construcción,
pero en el mismo sentido en que la cultura es una construcción; porque
la estructura de creencias que estamos reconociendo probablemente pertenece
a la cultura occidental, o a la cultura cristiana, si se prefiere; a las normas
judeo-cristianas como afirma Inglehart (1990). Los Diez Mandamientos representan
con bastante exactitud la misma estructura de creencias que venimos comentando:
la inviolabilidad de la familia como forma básica de relaciones personales,
el orden público como deseo fundamental de la organización social
y, en tercer lugar, el monoteísmo como concepción de la historia
y del conocimiento.
¿Cuál es la posición de nuestros mayores en estas
tres dimensiones de concepción social? ¿En qué se diferencian
de los jóvenes de nuestra sociedad? ¿Son los adultos realmente una clase
media, una segunda edad más o menos equidistante de jóvenes y
viejos? En términos generales, se supone que los mayores se encuentran
desplazados dentro de nuestra sociedad, que les resulta difícil adaptarse
a unas formas de vida que no comprenden ni comparten; pero en realidad no está
nada claro que suceda así ni que suceda por igual en todas las dimensiones
que hemos discutido anteriormente. Es por esta razón por la que hemos
utilizado nuestra escala de creencia sociales contemporáneas, la Escala
de Postmodernidad, para aclarar en lo posible estos interrogantes; la muestra
que utilizamos es de alrededor de 2000 sujetos y la hemos dividido en jóvenes
(hasta 20 años), adultos (entre 30 y 40 años) y viejos (más
de 65 años), como una forma convencional para compararlos entre sí.
Por supuesto que no pretendemos en esta ocasión "demostrar científicamente"
las diferencias, sino simplemente utilizar los datos como sugerencias creativas
de unas estructuras de creencias distintas; eso quiere decir que no alargaremos
pesadamente este escrito con procedimientos estadísticos y cuantificaciones,
como mucho utilizaremos algún procedimiento gráfico para facilitar
más la exposición de nuestras preocupaciones en este terreno,
que en este momento no son otras que plantearnos qué piensan los viejos
sobre una sociedad vieja.
ORGANIZACION SOCIAL: FORMAS DEMOCRATICAS DE VIDA
La primera dimensión con la que nos vamos a enfrentar
es la correspondiente a la organización social, sin duda la más
evidente y conocida en la actualidad, que aglutina una gran cantidad de creencias,
actitudes y valores sobre la sociedad actual. Desde hace ya varias décadas,
su principal significado hace referencia a las formas democráticas de
vida, ya se exprese con estas o con otras palabras similares; no es un problema
de las estructuras políticas de la sociedad, sino de los sentimientos
y orientaciones de los ciudadanos hacia su organización social. Pero
estos sentimientos no han existido siempre o, por lo menos, no existían
de forma generalizada como ahora; resulta difícil concretar desde cuando
se convierten en predominantes, pero aproximadamente ocurre inmediatamente después
de la II Guerra Mundial.
En definitiva, las formas democráticas de vida (FDV)
se pueden entender como una aceptación general del modelo democrático
como procedimiento organizativo de las sociedades occidentales actuales (Gráfico
1). Sin embargo, esta aceptación general se puede analizar en grupos
distintos de actitudes. Un primer aspecto es una especial atracción por
una sociedad "a la carta", flexible, sin coacciones ni violencia, donde cada
uno pueda elegir entre las distintas ofertas sociales; se podría sintetizar
en la frase "máximas elecciones y mínima autoridad" (MEMA). Otro
aspecto se relaciona con la permisividad en los estilos de vida, en la elección
de obligaciones, en la expresión artística, en la educación,
impulsando así los estilos espontáneos de vida en contraposición
con las normas y patrones establecidos (EEV). Por último, existen unas
creencias firmes en el juego político pacífico, plural y formalista,
al margen de su consideración de espectáculo y del ejercicio real
de los derechos; un formalismo democrático (FD) basado más en
los estilos que en los contenidos.
Pues bien, en nuestras muestras existe una fuerte aceptación
de estas formas de vida; es una escala de aceptación de 1 a 5, los resultados
fluctúan todos alrededor del cuatro. Lo más significativo es que
no existen diferencias importantes entre jóvenes, adultos y viejos, tal
como los definimos anteriormente.
Como puede observarse, en los tres aspectos parciales (MEMA,
EEV y FD) existen pocas diferencias, los estilos espontáneos son los
más bajos en conjunto y las formas democráticas las más
aceptadas. En el factor general, las formas democráticas de vida (FDV)
que se representan separadas a la derecha del gráfico, el grupo de viejos
está ligeramente por debajo de los otros dos grupos, pero la diferencia
es poco importante, sobre todo si tenemos en cuenta que estamos en el extremo
de mayor acuerdo de la escala. Se podría haber esperado que las formas
democráticas de vida fuesen más características de los
jóvenes, en alguna medida de los adultos, puesto que existe el prejuicio
de que los mayores no se sienten tan cercanos a este modo de organización
social. Pues no es así; nuestras muestras de más de 65 años
aceptan plenamente estas nuevas actitudes, ya sea porque han asimilado perfectamente
las corrientes de opinión mayoritaria o bien porque su generación,
nacida en 1925 o antes, comenzaba ya el proceso de elaboración de la
sociedad actual.
No es por tanto en los sentimientos hacia la organización
social donde hay que buscar las creencias específicas de nuestros mayores;
en esto no se diferencian actualmente del resto de la población.
CONCEPCION DEL MUNDO: EL DOMINIO TÉCNICO DEL PRESENTE
La segunda dimensión es la relacionada con la concepción
del mundo, con el sentido de la historia y del conocimiento; sin duda alguna
es la dimensión más en contacto con nuestra cultura y nuestro
pasado. Su sentido actual lo intentamos resumir mediante la frase "dominio técnico
del presente" (DTP), puesto que sus creencias se relacionan con la confianza
en los expertos, en los técnicos, en los profesionales, y va acompañada
además de una preocupación exclusiva por el presente de individuos
independientes y por una desconfianza sobre la capacidad de controlar la historia
y el futuro, porque intervienen fuerzas desconocidas que están fuera
del alcance de los expertos; en definitiva, como decíamos, una fuerte
creencia en el dominio o control mediante procedimientos técnicos de
los problemas presentes o actuales, al margen del pasado o del futuro.
Esta concepción del mundo, la valoración de la
eficacia, de la técnica y del presente, puede dividirse en tres grandes
conglomerados de creencias, como ocurría en la dimensión que analizamos
anteriormente. En primer lugar, una agrupación de actitudes sobre la
concepción técnica del conocimiento (TC), es decir, rechazo del
conocimiento como humanismo (Stone-Garzón, 1992) y valoración
de la ciencia, colocando la tecnología y hasta la enseñanza dentro
de una visión utilitarista y economicista del conocimiento: valoración
de expertos y técnicos, junto con una devaluación del conocimiento
en sí mismo y como proceso de humanización.
En segundo lugar, una agrupación de actitudes relacionadas
con la transmisión informatizada del conocimiento frente a la historia
cultural, la creencia en el presente individual, no en el colectivo, y en la
independencia de los antepasados, de los contemporáneos y de los descendientes.
En definitiva, independencia tanto de los demás como de la historia;
por eso hablamos de un "individualismo ahistórico" (IA).
La tercera agrupación de actitudes dentro de esta dimensión
apunta hacia un fatalismo tanto histórico como personal, cercano al paranoidismo
de los teóricos de la personalidad (Ibáñez-Andreu, 1988),
que sugiere que nuestras acciones no nos pertenecen por completo; es decir,
un fatalismo histórico y personal (FHP), que nos impide pensar que somos
dueños y responsables de nuestras acciones.
Pues bien, los resultados en esta dimensión se pueden
observar en el Gráfico 2, donde la concepción del mundo como un
intento de dominio técnico de presente aparece separada a la derecha
del gráfico y sus tres componentes se muestran en primer lugar, a la
izquierda.
Como puede observarse, tanto en los tres componentes como en
la dimensión general, los viejos alcanzan puntuaciones de aceptación
o acuerdo considerablemente superiores a los otros dos grupos, los jóvenes
y los adultos. El mismo patrón de resultados se repite sistemáticamente:
el máximo de acuerdo en este tipo de creencias son los viejos, seguidos
a cierta distancia por los jóvenes, y el mínimo de acuerdo pertenece
a los adultos. Si prescindimos por un momento del grupo de mayores, parece lógico
que los jóvenes estén más de acuerdo con esta concepción
del mundo; nacidos entre 1970 y 1975 aproximadamente, pertenecen plenamente
a la sociedad post-industrial y a sus sentimientos. Los que aquí consideramos
adultos (30-40 años) son de las generaciones de 1950 a 1960, y por tanto
socializados todavía en el mundo de las ideologías, los humanismos
y las revoluciones; además son los que están actualmente activos
en la sociedad y con frecuencia con una familia alrededor, y así se ven
forzados a un menor individualismo y a una creencia en un mayor control de sus
acciones. Hasta aquí los resultados parecen bastante coherentes, pero,
¿qué ocurre con los viejos, con los de la tercera edad?
El grupo de mayores supera considerablemente hasta a los jóvenes;
mantiene un acuerdo de 4.2 sobre 5 en la concepción técnica del
conocimiento, un 3.2 en individualismo ahistórico y un 3.6 en fatalismo
histórico y personal; en conjunto, un 3.7 en dominio técnico del
presente. Pueden existir varias razones para estos resultados; en primer lugar,
el papel que los viejos tienen en la sociedad actual favorece algunos aspectos
de estas creencias. Su soledad, su aislamiento de la familia y de la sociedad
activa en general, su sentimiento de falta de control de las circunstancias,
la utilización de los medios masivos de diversión y entretenimiento,
todo ello y otras circunstancias más son perfectamente consistentes con
las actitudes y creencias de la dimensión que estamos comentando. En
algunos aspectos tienen posiciones similares a los más jóvenes,
al menos en cuanto que no están en el mundo de la producción y
la actividad social, sino que desempeñan papeles más pasivos y
de consumo de servicios.
Otro grupo de razones, más discutibles pero también
interesantes, que pueden favorecer estos resultados apuntan hacia ciertas características
evolutivas de nuestra sociedad, concretamente hacia su etapa actual de desarrollo;
sin duda, las sociedades occidentales son sociedades viejas, con creencias y
actitudes típicas en las culturas viejas: la creencia en la técnica
y en la ciencia instrumental, el sentimiento de falta de control sobre la historia,
la sensibilidad individualista, todo indica un perfil de sociedad muy desarrollada,
casi en su tercera edad, ya mayor. Si esto es así, tampoco resulta extraño
que las personas mayores sintonicen bien con los sentimientos prevalecientes
en estas sociedades; es el pensamiento de los viejos en una sociedad vieja.
En cualquier caso, sean estas u otras las razones, los resultados
apuntan a que esta concepción técnica e individualista de la historia
y del conocimiento es la concepción característica de los viejos,
seguidos a distancia por los jóvenes que se sitúan alrededor de
la zona neutra de la escala (la puntuación 3), mientras que los adultos
están ya en plena zona de rechazo o desacuerdo (por debajo de 3). Hasta
ahora, podemos insinuar que nuestros mayores no son especialmente distintos
en cuanto a sus creencias sobre la organización social, en la medida
en que aceptan bien las formas democráticas de vida al igual que jóvenes
y adultos, pero se diferencian en su concepción del mundo, más
técnica e individual en comparación con los jóvenes y,
principalmente, contrapuestos en esto con los adultos.
RELACIONES INTERPERSONALES: RELACIONES SOCIALES EGOCENTRICAS
Organización social, concepción del mundo y,
por último, relaciones con los demás, relaciones interpersonales
como tercera dimensión de las creencias sociales, que en nuestra sociedad
aparecen centradas más en lo externo y en los deseos y necesidades que
en lo íntimo y emocional, destacando un rechazo hacia el compromiso profundo
y una defensa de la autonomía y de la independencia afectiva; es decir,
unas relaciones sociales egocéntricas (RSE). El modelo tradicional de
relaciones interpersonales se basaba en el grupo primario, fundamentalmente
en la familia, con fuertes lazos afectivos entre los próximos y cierto
distanciamiento con los extraños; por el contrario, en la sociedad post-industrial
predomina la multiplicidad de relaciones más o menos superficiales con
personas que con frecuencia no hemos visto nunca o que dejaremos de ver en breve
plazo. Por fuerza, tienen que ser entonces relaciones más egocéntricas
que comunitarias o grupales.
Las actitudes que configuran esta dimensión son, en
primer lugar, las tan conocidas y comentadas por los sociólogos actuales
relacionadas con la preocupación excesiva por la imagen externa, por
las gratificaciones externas inmediatas y, en general, por el pensamiento desiderativo.
Quizá sea el término de narcisismo (NA) el que más se haya
empleado para describir estos sentimientos (Lasch, 1979), considerados como
característicos de una buena parte de nuestra sociedad.
En segundo lugar, esta dimensión se relaciona con las
actitudes y creencias típicas del consumismo, pero no tanto del consumismo
de productos y artilugios que constituían el conocido "nivel de vida"
en los años 60, sino de servicios y medios culturales propios del deseo
de "calidad de vida" en la sociedad de servicios de lo años 80. Por tanto,
un consumismo cultural y personal (CCP) que busca el uso de cultura y de diversión,
acompañado de miedo a envejecer y de premura de vivir, con distanciamiento
de las tradiciones y de todo lo que signifique esfuerzo en su consecución.
Por último, y muy característico de esta dimensión,
aparecen creencias que destacan la importancia del control emocional, en el
sentido de conseguir una independencia afectiva, no comprometida y más
preocupada por uno mismo que por los demás; es decir, un egocentrismo
emocional (EE) que matiza cualquier relación interpersonal.
Los resultados obtenidos en estas agrupaciones de creencias
es semejante a los obtenidos en la anterior, en cuanto a las diferencias entre
jóvenes, adultos y viejos; los más bajos son los adultos, seguidos
a continuación por los jóvenes, y los mayores en las posiciones
de mayor acuerdo, tal como aparece en el Gráfico 3.
Podemos observar que las diferencias en narcisismo son mínimas,
todas las puntuaciones alrededor del 3, aunque viejos y jóvenes destacan
ligeramente. En consumismo cultural y personal las distancias son más
claras, con predominio de los mayores y luego de los jóvenes, ambos por
encima de la puntuación 3, y con un ligero desacuerdo por parte de los
adultos puesto que puntúan por debajo del 3. Pero es el tercer aspecto
el que resulta más característico, el egocentrismo emocional,
que en los viejos alcanza casi la puntuación 4, mientras que jóvenes
y adultos están por debajo del 3 aunque con ligero predominio de los
jóvenes. En definitiva, las relaciones interpersonales de tipo egocéntrico
consideradas como típicas de la sociedad de servicios, también
parecen las propias de la tercera edad; una vez más, encontramos cierta
consistencia entre los mayores y las características de la sociedad postindustrial.
En este caso las razones para estos resultados pueden ser muy
semejantes a las empleadas en la dimensión anterior. Este tipo de relaciones
sociales no pueden mantenerse fácilmente por unos adultos con una familia
todavía alrededor, algo más fáciles de incorporar por parte
de los jóvenes por la ausencia aún de compromisos y de lazos más
profundos con los demás; pero, sin duda, son unas relaciones oportunas
para los mayores de la sociedad actual, solos en la mayoría de los casos,
habiendo dejado en el recuerdo a muchos de los suyos, preocupados por su propia
imagen en una época de pretendida juventud permanente y deseando utilizar
los servicios culturales, de entretenimiento y de salud que les ofrece la sociedad.
O dicho de otra manera, si las sociedades jóvenes son en ,general más
tribales y centradas en el propio grupo, las sociedades ya mayores como la nuestra
tienen que fomentar relaciones de tipo más secundario, más internacionalistas
como diríamos ahora; y, en consecuencia, coinciden de esta forma sociedad
y la generación de mayores.
CREENCIAS, SOCIEDAD Y VEJEZ
Hemos visto que desde los comienzos de nuestra cultura, los
pensamientos sobre el mundo que nos rodea tienen tendencia a estructurarse en
tres grandes aspectos: la organización social, la concepción de
la historia y del conocimiento, y las relaciones con los demás. Insinuamos
también que en los tiempos actuales, tiempos que para algunos ya no son
modernos sino postmodernos, esas dimensiones toman la forma de un modo democrático
de vida, una concepción ahistórica y técnica del mundo,
y unas maneras egocéntricas en la relación con los demás.
Este parece ser el diagnóstico de nuestro momento, al margen de que sea
visto de un modo optimista por unos o de forma crítica por otros.
Con estos supuestos, tenemos que llegar a la conclusión
de que el pensamiento de los que pertenecen a la tercera edad no discrepa de
ese diagnóstico, sino que por el contrario aparece como especialmente
representativo del mismo. En la primera dimensión, en las formas democráticas
de vida, el acuerdo es tan alto y tan generalizado que no resulta interesante
para diferenciar entre grupos y edades; con pequeños matices, la aceptación
es plena. Pero las otras dos dimensiones resultan mucho más significativas
para nuestros propósitos, y en ambos casos la gente mayor está
más de acuerdo y los adultos son, más reacios en aceptar esas
creencias. Por tanto, no parece cierto que los viejos puedan estar o sentirse
desplazados en la sociedad actual, por lo menos en cuanto a sus modos de pensar;
otra cosa muy distinta es su consideración social, la atención
de su bienestar o sus posibilidades económicas. Sus creencias, sus "hábitos
del corazón", como dirían los clásicos, parecen totalmente
adecuados a la sociedad en que viven.
Naturalmente que las tendencias que hemos observado y que estamos
comentando deben ser tomadas con muchas precauciones; análisis más
amplios y rigurosos deberán confirmarlas, al margen de que existen muchos
factores que pueden alterar y modificar esta situación. Pero en cualquier
caso es un panorama curioso y digno de tomarse en cuenta. Porque si las tendencias
actuales persisten, la situación puede hacerse todavía más
marcada; se piensa, por ejemplo, que el aumento en la expectativa de vida y
el descenso en la natalidad aumentará el impacto de la tercera edad sobre
la sociedad occidental y, por tanto, siguiendo nuestro argumento, aumentará
también la influencia social de sus creencias. También deberíamos
tener en cuenta que en la actualidad la juventud tiende a aumentar todo lo posible
sus límites de edad, al margen de que las dificultades del mundo de trabajo
les facilita ese proceso; del mismo modo que el retiro anticipado de la llamada
vida activa incrementa, por otro lado, los grupos de la tercera edad. Podría
ocurrir, en una caricatura que sólo pretende ser un toque de atención,
que lo que hoy día entendemos por "adultos" se convierta en algo absolutamente
minoritario en la sociedad del futuro, transformada así en una sociedad
de "viejos" con ciertas proporciones de "jóvenes".
Hace ya tiempo que los intelectuales vienen intentando realizar
un retrato robot del que denominan "último hombre" de nuestra cultura
y, ciertamente, no se alcanza mucho acuerdo en esta materia. Posiblemente lo
único que se pueda decir es que ese hombre, feliz o fracasado, individualista
o comunitario, en evolución o petrificado, ese hombre del "final
de la historia", pertenece casi sin lugar a dudas a la llamada Tercera Edad.
NOTAS
1. Fausto, Obras Completas de Goethe, III, p. 1301.
Aguilar. |