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 Nada de lo psicológico nos es ajeno
III Congreso Nacional de Psicología - Oviedo 2017
Universidad de Oviedo

 

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ARTÍCULO SELECCIONADO

Psicothema

ISSN EDICIÓN EN PAPEL: 0214-9915

1993. Vol. 5, Suplem.1, pp. 181-196
Copyright © 2014


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CONSIDERACIONES PSICOSOCIALES SOBRE EL AMOR ROMÁNTICO

 

José Luis SANGRADOR

Facultad de Psicología. Universidad Complutense de Madrid

Se ofrecen unas consideraciones sobre el Amor desde la Psicología Social, reflexionando sobre algunas de las hipótesis y teorías psicosociales sobre el Amor, e indagando sobre su respectivas focalizaciones en variables del sujeto, del objeto amoroso, o de la situación, tanto en lo relativo al enamoramiento y elección de pareja como a los conflictos y rupturas de la relación.

Palabras clave: Psicología Social del Amor; Pasión amorosa; Amor romántico; Enamoramiento.

Psychosocial considerations about romantic love. Some considerations about love from the point of view of Social Psychology are offered. A reflexion on some of psychosocial theories about love is made, and at the same time an inquiry about their corresponding focuses on the Iove subject, the love object, or the the Iove situation. This reflexion is referred to falling in love and selection of couple and to the conflicts and the breaking-off of the relation.

Key words: Social Psychology of Love; Passionate Love; Romantic Love: Falling in Iove.

 
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Correspondencia: José Luis Sangrador
Facultad de Psicología.
Universidad Complutense de Madrid

 

En este trabajo se ofrecen unas breves pinceladas sobre la temática del Amor; no se trata obviamente de una revisión teórica del campo, sino de unas reflexiones, obligadamente limitadas, en torno a algunos puntos sobre los que la Psicología Social ha realizado investigaciones en las últimas décadas. Dadas las obvias limitaciones de espacio, el trabajo se restringe a consideraciones de índole psicosocial, quedando fuera necesariamente aquellas otras -biológicas, psicofisiológicas, antropológicas, filosóficas, etc- sin duda tan relevantes (o tal vez más) en un tema como el presente.

Sorprende, para comenzar, la escasa incidencia que la temática amorosa ha tenido en los textos standard de la disciplina hasta hace dos décadas. Parece que la intrínseca dificultad y la complejidad del fenómeno amoroso, que incorpora aspectos biológicos, psicológicos, psicosociales, sociológicos, antropológicos, filosóficos, jurídicos, etc., ha llevado a los psicólogos sociales a huir a terrenos más asequibles y "rentables". Las múltiples razones -que no justificaciones- aducidas para tal escaso tratamiento son bien conocidas: el amor, por sus propias características, no puede (¿no debe?) ser objeto de estudio "científico", pertenece al ámbito de lo etéreo o intangible, ha sido una temática tabú, no se presta a investigación experimental (y si se prestase, sería ético generar pasión amorosa en el laboratorio?), presenta serios límites a la extrapolación y generalización, "parece" una temática demasiado cotidiana (¿quién no tiene su propia opinión al respecto?), etc. Y aunque resulta asimismo evidente su escaso tratamiento en textos de Sociología o Antropología (que en todo caso se han centrado en la vertiente conyugal o familiar de la cuestión), e incluso en los de Psicología, no por ello deja de resultar sorprendente. Entre otras razones, porque es difícil encontrar fenómenos más intrínsecamente interpersonales que el amor, el cual, además, parece guiar muy importantes comportamientos humanos: y porque, de un modo u otro, el amor está latente en otros muchos procesos interpersonales (bien con su presencia -altruismo- o su ausencia -agresión-), grupales (liderazgo, solidaridad grupal), intergrupales, etc. así como en la base de una institución social fundamental: la familia (cuando menos en Occidente).

Como quiera que fuese, el hecho es que sólo en las dos últimas décadas ha emergido un progresivo interés en Psicología Social por esta temática, a partir de las monografías de Lee (1976) Rubin (1973), Berscheid y Walster (1982), entre otras, hasta llegar a las recientes de Perlman y Duck (1987), Sternberg (1989), la excelente de Stemberg y Barnes (1988), Hendrick y Hendrick (1992), etc. La paulatina incorporación de la temática a la disciplina ha podido deberse a una mayor sensibilidad por los aspectos emocionales o afectivos del comportamiento, paralelo a la paulatina incorporación de mujeres a la investigación psicosocial, o quizá también, paradójicamente, a la progresiva disminución del amor en las relaciones interpersonales unida al aumento en las tasas de rupturas y conflictos amorosos.

Pues bien, para centrar el tema, comenzaré este breve recorrido planteando unos supuestos que, aunque puedan parecer evidentes, conviene tener presentes a fin de evitar algunos de los errores más frecuentes al respecto:

-Existen casi tantos tipos de amor como tipos de personas y de relaciones humanas.

-Existen prácticamente tantas definiciones de amor como personas han escrito sobre el tema (No seré yo quien añada una más).

-Casi todo lo que pueda decirse sobre el amor será verdad al menos para algunas personas y en algunas circunstancias.

-El amor no es una entidad material, observable, sino una realidad inferida, un constructo psicológico, un estado interno cuyos referentes externos no son tan obvios (cabe perfectamente estar enamorado sin "síntoma" comportamental observable alguno), lo que lleva a esa gran variabilidad entre las concepciones sobre su naturaleza y sus vivencias.

-El amor como objeto de estudio e investigación, plantea una difícil paradoja a la que antes aludí: No parece factible ni serio generar experimentalmente amor apasionado en el laboratorio, y si lo fuera no sería ético... Ni siquiera resulta fácil medirlo: aunque existen sin duda escalas, ¿cómo medir algo que a menudo es definido como indescriptible, intangible, etéreo...? Así las cosas, nos movemos a nivel de observaciones de conductas, y de autoinformes, cuya validez siempre puede cuestionarse. Y por lo general, lo poco que sabemos está focalizado en unos pocos aspectos, más sobre atracción que sobre amor, y más sobre primeros encuentros entre desconocidos que sobre relaciones estables o de larga duración.

-La importancia del amor en nuestra sociedad se desprende fundamentalmente de un fenómeno sociocultural no universal sino más bien propio de la cultura occidental: el basamento de una institución social básica, la familia, a través del matrimonio, en el amor romántico (existen diferentes datos empíricos según los cuales en torno a un 90% de los sujetos consultados señalan que no se casarían con un individuo, aunque tuviera todas las cualidades deseadas por ellos, sin estar enamorados-as de él), lo cual esta asociado con la libertad de elección de pareja, algo que puede parecer lógico desde nuestra visión etnocéntrica pero que no es lo "normal'' desde una perspectiva universalista.

Por todo lo anterior, no resulta extraño observar la confusión conceptual existente en torno al tema. Así, por ejemplo, se habla de amor y atracción al mismo tiempo, y mientras unos defienden el amor como mera intensificación de la atracción, otros hablan de diferencias cualitativas entre ambos; existen asimismo muy diversas y variopintas denominaciones, tipologías y taxonomías (que se prestan a jugosas comparaciones -Sternberg, 1989-), y en cuyo seno resulta a veces difícil aceptar como "amor" alguno de los tipos propuestos.

Por otra parte, buena parte de los investigadores se mueven en una persistente perplejidad respecto al amor y a toda la parafernalia que lo acompaña. La gran cuestión es, cómo no, la explicación del fenómeno, y en concreto, el interrogante sobre si las reglas que gobiernan las relaciones humanas y las conductas sociales, pueden aplicarse también, y siempre, al amor. En buena lógica, la respuesta debe ser positiva: y así, teorías como la del refuerzo, o sus vertientes cognitivo-sociales como la del intercambio o la de la equidad, insisten en que la génesis y mantenimiento de una relación amorosa dependen del grado en que las recompensas (o expectativa de recompensas) mutuas sean superiores a las obtenibles en relaciones alternativas (incluyendo como alternativa la no relación).

Pero es difícil reconciliar estas perspectivas que cabe denominar racionalistas, basadas en el refuerzo, el intercambio o la equidad, con ciertas realidades: por ejemplo, esos amores incomprensibles y "ciegos", aparentemente sin lógica alguna: esa fantasía e hiper-idealización del ser amado; esos patéticos amores llenos de sufrimientos, renuncia, y autosacrificio; esos amores absolutamente altruistas; esas rupturas de parejas que "parecían hechos el uno para el otro", esas otras rupturas tras las que el amor se torna súbitamente en odio; esos enamoramientos "de oídas", etc. Es esta faceta aparentemente "irracional" del amor la que puede plantear el anterior dilema. Porque es evidente que mientras por lo general elegimos los amigos entre quienes nos gratifican de algún modo y hacen agradable la relación con ellos, sin embargo existen personas que quedan amorosamente colgadas, en una suerte de adicción, a individuos que no sólo no las ratifican, sino incluso las llenan de amargura, sufrimiento, y hasta de daño físico. ¿Cómo explicar la persistencia del amor en estos casos?.

En el fondo, y aun a riesgo de simplificar, esta antítesis entre ambas facetas es vieja, y refleja en el fondo otra tensión, la que se da entre dos de los estilos amorosos de una tipología clásica, la de Lee (1976): "eros" y "ágape", que resultan difíciles de compaginar. ¿Qué tienen en común, por ejemplo, personajes como Don Juan, Romeo, o Casanova (eros), con Gandhi, Francisco de Asís, o Teresa de Calcuta (ágape)? Nótese que, por extraño que pueda parecer, esta concepción del amor como ágape no se encuentra lejos del ideal trovadoresco del "amor cortés" (De Rougemont, 1978): en vez de servir a Dios, el amante sirve a la dama con la misma dedicación y renuncia.

Pues bien, esta tensión entre eros y ágape, en la que coinciden muchos autores (como Rubin, 1973, por ejemplo), puede entenderse replicada, a mi juicio, en la literatura psicosocial de los últimos años en una distinción que, resumiendo, se plantea entre el amor entendido como una actitud, y el amor conceptualizado como una emoción (existiendo una posible tercera vía: el amor entendido como una conducta). Se trata de una distinción que de alguna manera cabe encontrar bajo diversas denominaciones: por ejemplo, amor apasionado frente a amor de compañerismo (Berscheid y Walster, 1982), amor-deficiencia y amor-self (Maslow, 1964), etc. En el fondo es el contraste entre lo que parece seguir un curso más razonable, y es respuesta a recompensas pasadas o en espera de futuras, y lo que no parece seguir tal aparente lógica. Es también el contraste entre aquello que parece más controlable (la actitud) y lo que parece más incontrolable (emoción).

Generalmente, quienes entienden el amor como atracción terminan refiriéndolo al constructo actitud: "Atracción (¿amor?) es una actitud positiva hacia una persona". La actitud es un constructo ya acuñado, clásico en la disciplina, y fácilmente operacionalizable, y ello es ventajoso sin duda. Pero la actitud es un constructo meramente cuantitativo, y a partir de ahí poco cabe avanzar. Por otra parte, la tendencia a la estabilidad que se da en las actitudes casa mal con la fragilidad del amor, y además, mientras las actitudes pueden (aunque resulta difícil) cambiar con información o evidencia en contra, no es fácil predicar lo mismo del amor... En cuanto a la conceptualización del amor como una emoción, se adecúa mejor con la fragilidad atribuida al fenómeno amoroso, así como con la riqueza cualitativa del mismo. Finalmente, el amor entendido como comportamiento supone, a mi juicio, una suerte de negación del concepto, reduciéndolo a meros comportamientos o respuestas ante el otro (cuidar de él, responder a sus necesidades, estar más tiempo con él, etc.) muy en línea con la conocida teoría de la autopercepción de Bem (1972).

Basándome en el anterior razonamiento, y en esa dualidad entre eros y ágape, pienso que lo que habitualmente denominamos amor puede entenderse como una suerte de combinación a partir de dos componentes básicos, a los que cabría denominar amor-afecto y amor-pasión aun a riesgo de simplificar. El amor así entendido pivotaría sobre esta tensión irresuelta (difícilmente resoluble, cuando menos) entre la referencia básica a uno mismo (quiero ser feliz, y para ello necesito al otro porque me hace feliz: perspectiva hedonista en definitiva, y con un carácter más individualista: el amor-pasión) o la referencia básica al otro u otros (con un carácter más altruista: el amor-afecto). En la práctica combinatoria de ambos elementos, podría darse una mayor cantidad de lo primero que de lo segundo (sería el caso del amor de compañerismo) o a la inversa (amor apasionado).

Además de las lógicas diferencias entre ambos (como la mayor idealización, fantasía, y recompensas imaginarias en el caso del amor-pasión), una de las diferencias constatables más claras entre ellos sería el factor temporal: el afecto suele durar mucho más tiempo, puede durar toda una vida (amigos de la infancia que duran hasta la muerte), mientras el amor-pasión es mucho más frágil, puede nacer súbitamente y morir con la misma celeridad, y lucha contra el tiempo. Y ello ocurre sencillamente porque el tiempo hace que entren en acción las gratificaciones reales, lo que el otro realmente es, y no las imaginarias, no la idealización... Mientras el noviazgo es el "amor a la luz de la luna", el matrimonio es el "amor a plena luz del día". No se puede vivir durante mucho tiempo de un ideal elaborado en la fantasía durante la etapa (necesaria tal vez) del amor apasionado (seamos precisos: se puede, pero no resulta nada fácil resistir la evidencia). De modo que, parafraseando al refrán, al igual que "el amor hace que el tiempo pase", no menos cierto resulta que "el tiempo hace que el amor pase". Porque como parecen haber demostrado algunos investigadores, el "amor eterno" dura de promedio tres años y unos meses: recientemente, Helen Fisher (1992) ha justificado el porqué la pasión tiende a durar unos cuatro años ("el tiempo suficiente para criar a un niño", diría un sociobiólogo), siendo más elevadas las tasas de divorcio, en distintas culturas, en torno al 4° año de relación.

En cualquier caso, y sea como fuere, el enamoramiento y el amor están en buena medida construidos socialmente (Averill, 1988), y como tales son, al tiempo, reflejo y producto de una época y una sociedad determinada. Los individuos se autoperciben enamorados basándose en los paradigmas proporcionados por la cultura y las actitudes hacia ellos: es el caso, por ejemplo, del ideal romántico, que ofrece al individuo un modelo de conducta amorosa, organizándose en su torno factores psicológicos y sociales. Algunos elementos pueden considerarse prototípicos, facilitando la identificacion con el "síndrome": la idealización del amado, el inicio súbito, el sacrificio por el otro, etc.

Dicho de otro modo, el sentimiento de estar enamorado debe ser aprendido por los niños durante el periodo de socialización, junto con lo que significa tal sentimiento. Hay pues un conjunto de normas sociales y culturales que sutilmente se cuelan en los entresijos de las mentes infantiles explicitando cuándo, cómo, de quién, de quién no, etc. puede uno enamorarse. Es en este terreno donde los medios de comunicación arrasan literalmente, influyendo en los futuros comportamientos amorosos de los niños y adolescentes, diferenciando artificialmente los modelos a seguir, masculinos y femeninos, y generando todo un conjunto de diferentes expectativas de rol que, como luego se verá, guían sutilmente los procesos de enamoramiento, elección de pareja, ruptura, etc. No hay más que dedicar unos minutos de atención a los culebrones televisivos, los concursos de parejas, las películas, etc. para ver reflejados en ellos y transmitidos desde esas privilegiadas fuentes emisoras los citados modelos de rol de género de unos y otras, quizá más crudamente los de ellas, pero también los de ellos.

ENAMORAMIENTO Y ELECCION DE PAREJA

Pues bien, creo que puede aceptarse, aunque solo fuera como punto de partida, que el amor romántico, mayoritariamente, se produce entre un hombre y una mujer y en una determinada situación. Cabe pues hablar de un SUJETO, un OBJETO amoroso, y una SITUACIÓN, cada uno de los cuales puede aportar factores o determinantes que afecten al comportamiento amoroso, tanto a su génesis como (y no menos importante) a su terminación. A mi juicio, resulta interesante tratar de indagar cómo algunas de las más conocidas teorizaciones psicosociales sobre el amor muestran un mayor énfasis (patente o latente) bien en el sujeto, en el objeto, o en la situación, a la hora de explicar la génesis y finalización del fenómeno amoroso. Mientras en muchas de ellas cabe entrever, en mi opinión, una mayor localización en alguno de esos elementos que en los otros (con todas las reservas que tal afirmación supone), resulta enormemente difícil encontrar alguna que logre incorporarlos todos de un modo integrador. Tal ausencia no deja de resultar lamentable, pues si se acepta la propuesta anterior, una buena teoría debería considerar e integrar los elementos citados y no sólo al explicar la génesis, sino también la finalización del episodio amoroso.

A la espera de tal teoría, la propuesta me resulta sugerente, pues entre otras cosas, por ejemplo, la localización extrema en el papel y las variables del sujeto conduciría a reducir el papel del objeto, hasta casi afirmar que es intercambiable. El hincapié extremo en las características del objeto llevaría a afirmar que ante un objeto amoroso determinado el sujeto sería asimismo intercambiable. La focalización en la situación (esto es, en el papel de los estímulos externos) llevaría a afirmar que en determinada situación, dos personas llegarían a enamorarse como resultado de agentes externos: ambas serían, pues, intercambiables.

Esta distinción permite incluso juegos semánticos: mientras en inglés, por ejemplo, decimos "I like you" y "l love you", en castellano decimos "Yo te quiero" (sujeto) pero "tú me gustas" (objeto). Resulta igualmente paradójico comparar el término "elegir pareja" (que sugiere un acto racional, como elegir carrera o marca de coche) con el término "enamorarse", que sugiere más bien algo que sobreviene, que nos sucede sin mayor control por nuestra parte. En todo caso, al tratarse de un fenómeno diádico, y aún admitiendo que se dé de hecho una elección, tal elección tendrá lugar más bien por uno de los dos (sujeto), siendo el otro más elegido que elector (objeto). Pero al tratarse de una relación dialéctica, el objeto puede actuar asimismo como sujeto, o creer que es él el elector. Ello nos lleva a una quebradiza (y fascinante) cuestión, sobre la que a menudo se postulan diferencias entre varones y mujeres: quién elige y quién es elegido. Una sutil tesis al respecto señala que, mayoritariamente, los hombres son llevados por las mujeres, o empujados por los modelos de rol de género dominantes en la sociedad, a actuar como si fueran ellos quienes eligen y a creer que realmente lo son, cuando en realidad lo que probablemente sucede es que los hombres son elegidos por ellas para ser sus electores, o lo que es lo mismo, sólo eligen a una mujer si esta previamente ha posibilitado, o a veces provocado, tal elección.

Aunque este proceso fuese cierto en muchos casos, cosa difícilmente demostrable, pienso que tales diferencias intersexuales son (pese a las conocidas tesis sociobiológicas) cada vez más nimias, existiendo una gran variabilidad intragrupal al respecto: Existen en efecto muchos hombres que, fieles a la socialización que han recibido (y de la cual tanta culpa tienen ellos como las mujeres, entre otras sus propias madres), van a la caza, eligen, y persiguen incluso a su presa hasta que la consiguen: pero hay también mujeres, cada vez más en opinión de algunas voces masculinas, que emiten similares o parecidos comportamientos con el mismo objetivo. Y como es bien sabido, los terapeutas de pareja llevan ya varios años señalando los problemas que genera a más de un varón esta actitud "masculina" de ciertas mujeres, que les deja desarmados, sin repertorio conductual al que acudir, y a veces con efectos secundarios nada "deseables". Como suelen decir algunos varones, el amor es como un partido de tenis, en el que antes la mujer permanecía al fondo de la pista, y ahora sube a la red cada vez con más frecuencia. El juego es más divertido, pero tal vez no para todos...

Pues bien, aceptando esa posible localización en alguno de los tres elementos citados, expondré algunos ejemplos de teorías psicosociales que ilustran esa posibilidad. Así, Berscheid y Walster (1982), en su conocida teoría bifactorial del amor apasionado, defienden una concepción del mismo absolutamente desmitificadora por una parte y escasamente racional por otra, en la que dan importancia decisiva a la SITUACION. Como es sabido, tales autoras, siguiendo la teoría bifactorial de las emociones de Schachter y Singer, defienden que la experiencia amorosa requiere dos componentes: una fuerte activación emocional, y un etiquetamiento de la misma como "amor" o "enamoramiento". A su juicio, durante la socialización hemos aprendido, más o menos bien, a etiquetar correctamente distintas emociones (alegría, miedo, tristeza) a partir de las señales de la situación y de los modelos que hemos observado previamente. Pero el amor apasionado no es precisamente una emoción que se experimente con frecuencia en la familia o en la vida cotidiana de un adolescente, con lo que éste no llega a organizar del todo correctamente tales sentimientos. Así las cosas, puede llevar a cabo una atribución errónea y denominar amor apasionado a lo que experimenta un día en que, por ejemplo, comparte con una mujer una "situación" activante, tanto positiva como negativa (un concierto fastuoso, un bombardeo, una romántica puesta de sol, cte.)... Esto explicaría, por ejemplo, los súbitos enamoramientos de los soldados en campañas bélicas, en los que el objeto amoroso sería, entonces, bastante intercambiable.

Muy diversos experimentos que tratan de verificar la tesis de Berscheid y Walster parecen haber probado que determinadas activaciones (arousal) producidas por miedo, rechazo, frustración, interferencia paterna (efecto Romeo y Julieta: Driscoll et al,. 1974), etc. pueden aumentar la atracción sentida hacia otra persona. Sin embargo, y desde una perspectiva diferente a la de la falsa atribución, es claro también que existe una explicación alternativa: existe un refuerzo positivo cuando se asocia la otra persona con una situación agradable, pero también un refuerzo negativo (Kenrick y Cialdini, 1977) cuando se la asocia con el cese de la emoción negativa (tal vez el soldado cree sentir menos miedo al estar en compañía de la mujer).

El conjunto de trabajos centrados en el papel de la Proximidad Física en la génesis de la relación amorosa caben asimismo ser interpretados en apoyo del papel de la situación. Sin embargo, debe recordarse que la situación de proximidad sólo facilita la interacción: es pues más un requisito que un determinante. Pero es obvio que la proximidad genera un primer filtro de elegibles: ningún asturiano encuentra su alma gemela en China pese a que, por pura estadística, fuera más probable que, de existir, estuviera allí.

Otras teorizaciones parecen otorgar una mayor relevancia al papel desempeñado por las variables del propio SUJETO que se enamora. En muchos casos, estas perspectivas defienden, en el fondo, una perspectiva algo peyorativa sobre el enamoramiento, relacionándolo frecuentemente con estados de debilidad, depresión, etc. T. Reik (1944) puede ser un caso extremo, relacionando el enamoramiento con la depresión. Y de hecho es frecuente leer que las personas se enamoran cuando se encuentran en un estado previo de disponibilidad, de especial disposición de ánimo; el amor para ellos refleja un anhelo, una búsqueda de alguien con quien compartir su vida, de huir de su radical soledad encontrando seguridad y afecto, porque no se sienten suficientemente valorados, y tienden a proyectar su deseo en muchos potenciales individuos, con la consiguiente proclividad al enamoramiento. En el lado opuesto se encontrarían hombres y mujeres para quienes el amor es, por el contrario, un estorbo en su vida profesional, o incluso algo patológico, como una enfermedad de la que procuran librarse: Son esos hombres y cada vez más mujeres tan racional-analíticos que raramente se enamoran.

Las teorías del intercambio, y la de Thibaut y Kelley (1959) en concreto, reflejan esta idea al defender que esa disponibilidad para enamorarse se da cuando lo que ellos llaman el "Nivel de Comparación" (N.C.) del individuo desciende. El citado constructo se refiere al nivel de resultados (recompensas menos costos) que un individuo necesita recibir en sus relaciones para sentirse satisfecho, y puede entenderse como lo que uno cree que merece recibir en un intercambio amoroso. Así, una persona que en su o sus interacciones amorosas, puro intercambio en la terminología de estos autores, suele recibir unos resultados muy por encima de su N.C., será menos proclive a enamorarse que aquel otro hambriento de recompensas al respecto. Como el citado N.C. se elabora tanto a partir de las propias experiencias como las de los conocidos y de las expectativas que nos generan los medios de comunicación, es fácil que una adolescente, en plena crisis de adolescencia, sin el apoyo emocional de sus padres, tienda a sentir más fácilmente amor hacia quien simplemente le ofrezca apoyo emocional o a veces meramente una sonrisa. O que una persona que acaba de romper una relación, con el consiguiente descenso de su N.C., acabe fijándose en quien antes no se fijó. O el caso, más paradigmático quizá, de esas parejas de mediana edad en las que el individuo ha ido acostumbrándose a un lento declinar de las recompensas recibidas de su pareja, con el consiguiente descenso también de su N.C., y que, sin embargo, al haber triunfado en su profesión, cree tener ahora más que ofrecer, con lo que comienza a considerar alternativas antes no contempladas. Esos varones que, a cierta edad, rompen su matrimonio y rejuvenecidos, o "precisamente" para sentirse así huyendo de la evidencia que el espejo, impertérrito, les presenta por las mañanas, se lanzan a relaciones amorosas con jóvenes, a veces cuasiadolescentes, en un claro ejemplo de intercambios de recursos diferentes por ambas partes, y que, aun con aspecto a veces grotesco e incluso circense, pueden llegar a funcionar. Nótese al respecto la muy inferior incidencia de situaciones similares a la inversa: los intercambios amorosos entre señoras de mediana edad y jóvenes no parecen funcionar tanto, cuando menos a la luz del día: sin duda los costos derivados de las presiones sociales y las diferentes expectativas normativas asociadas a uno y otro sexo lo dificultan.

El conocido constructo psicológico "locus de control" (Rotter, 1966) ha sido utilizado también en este contexto, señalándose cómo los individuos controlados externamente, esto es, quienes creen que su conducta está determinada por factores ajenos a su propia decisión (destino, azar) tienden a enamorarse más que los individuos controlados internamente, aquéllos que piensan que son ellos mismos quienes deciden su destino, y que tienen una visión del amor menos idealizada (Dion y Dion, 1988).

Pero dejando de lado lo visto hasta aquí, esto es, que determinados aspectos de la situación de interacción así como ciertas características del sujeto pueden hacer más probable un enamoramiento, queda por responder a los factores relativos al OBJETO amoroso: por qué elegimos, o nos enamoramos, de una persona y no de otra. Es una cuestión que probablemente no tiene respuesta clara, pero sobre la que se pueden adelantar unas cuantas hipótesis basadas en los estudios sobre la atracción interpersonal, en los que en definitiva se estudia qué requisitos o criterios debe cumplir una persona para devenir objeto amoroso.

Quizá el caso más claro de focalización en el objeto lo constituyen las perspectivas que hacen hincapié, directamente, en cómo ciertas características de un individuo hacen más probable que sea elegido como objeto amoroso. Este tema ha generado, por la frivolidad imperante en algunos psicólogos sociales, investigaciones que son meros divertimentos sobre cuales son esas características en base a las cuales pretendidamente se elige pareja. El análisis de tales listados no conduce a nada, primero porque varían mucho de unas encuestas a otras, segundo porque en definitiva no reflejan sino pura deseabilidad social, y tercero porque en todo caso reproducen los rasgos en que el sujeto "cree fijarse" al elegir, sin garantía alguna de que sean precisamente tales los cruciales en la elección (y eso suponiendo que el proceso electivo pudiera descomponerse analíticamente en un conjunto de rasgos, que todo se hiciera de modo consciente, y que el individuo pudiera monitorizar los factores causantes de su elección, cosa bastante improbable por otra parte). Porque, como es bien sabido, todo varón que se precie, en el nivel de lo deseable, elegiría una mujer alta, delgada, elegante, simpática, inteligente, con dinero, etc., pero en la realidad Cupido le lanzará en brazos de una mujer probablemente no tan afortunada (es la hipótesis del "matching").

Por otro lado, no existen en verdad tantos rasgos genuinamente positivos, puesto que por lo general son dimensiones, en muchas de las cuales la virtud está en el punto medio: la inteligencia es positiva sin duda, pero para más de un varón una mujer demasiado inteligente pierde parte de su encanto; la generosidad también puede parecer positiva, pero tiene sus límites, igual que la valentía, la extroversión, y tantas otras características. Quedan pues pocos rasgos, pero queda sobre todo uno que por lo general no se reconoce como fundamental en su elección, especialmente por parte de los varones: el Atractivo físico, y que sin embargo resulta crucial, por lo que me detendré brevemente en él.

En efecto, existe una constatación obvia: hombres y mujeres dedicamos buena parte de nuestro tiempo, esfuerzo, y dinero no a ser más inteligentes, ni más generosos, ni más audaces, ni más simpáticos, ni más sensatos, ni más sinceros (rasgos todos ellos los más valorados en las encuestas) sino precisamente a tratar de ser más atractivos. Desde poco después de nacer, comenzamos ese duro aprendizaje, duro especialmente para los no agraciados, respecto al valor de cambio del atractivo físico. Nuestros niños escuchan cuentos y ven películas que, a más de fomentar el aprendizaje de los roles de género dominantes, les van convenciendo de la ineluctable asociación bello-bueno (Dion, Berscheid y Walster, 1972). No hay príncipe o princesa que no refleje tal dogma, ni bruja o malvado que resulte, en lo físico, medianamente presentable. En perfecta combinación con los roles sexistas latentes (por qué siempre es una bruja y no un brujo, porque siempre un príncipe acude en ayuda de la princesa y no al revés, etc.). se va así interiorizando sutilmente tal asociación. De modo no consciente, se tiende enseguida a rechazar a los menos atractivos físicamente, sobre todo entre las niñas, a quienes se les enseña quizá con mayor rigor el supremo valor del atractivo físico. La iconografía que nos rodea está al servicio del mismo dogma: desde la religiosa: santos, vírgenes y dioses hasta la profana: personajes cinematográficos, series televisivas, revistas, si bien existen a veces excepciones en confirmación de la regla: esas mujeres bellísimas que, diabólicamente, utilizan su belleza como arma fatal (ver "Instinto Básico", sin ir más lejos).

El efecto perverso de tal asociación es la contaminación de la percepción a través del denominado "Efecto de Halo": el atractivo físico de una persona nos lleva a percibirla más positivamente en todo un conjunto de variables que, en principio, nada tienen que ver con el; existe de hecho toda una plétora de trabajos experimentales en Psicología Social que verifican tales procesos de inferencia: los rostros más atractivos son percibidos como más inteligentes, más exitosos, más simpáticos, más nobles, e incluso más altos... Esto es, no sólo lo atractivo atrae por puro placer estético (cosa lógica por otra parte), sino también, y especialmente, como resultado de esos procesos inferenciales.

Así las cosas, el efecto del atractivo físico se magnifica por una sencilla razón: este factor opera especialmente en los inicios de la relación, o incluso antes de ella impulsando su inicio: es un factor que opera "a distancia", en un momento en que otros determinantes más relevantes aún no pueden operar (similaridad, cte.): el atractivo físico actúa así a modo de filtro, impidiendo a veces que profundas bellezas interiores accedan a la posibilidad de interacciones enriquecedoras.

Es interesante al respecto un conocido experimento en Psicología Social, el de Snyder, Tanke y Berscheid (1977). Los sujetos eran varones que hablaban por teléfono con mujeres de las que previamente se les había informado que eran atractivas o no atractivas. Tras las conversaciones, se encontró que efectivamente los sujetos evaluaban a su contacto telefónico de modo más positivo en una serie de variables cuando se les había dicho que era atractivo; tales mujeres eran, a su juicio, más sociables, animosas, habladoras, etc. Pero lo más sugerente del experimento es que la conducta telefónica de los propios varones fue evaluada a su vez por un grupo de jueces neutros que no sabían cual era la situación experimental (atractiva-no atractiva): tales jueces la juzgaron como más cálida, sociable, interesante y con sentido del humor cuando hablaban con una mujer presuntamente atractiva.

Lo grave, por decirlo de algún modo, de este proceso es que a la larga, y por el conocido efecto de lo que en Sociología se conoce bajo la denominación de profecías autocumplidas, puede terminar efectivamente "autocumpliéndose" tal asociación. Y así, por ejemplo, algunas mujeres poco agraciadas, a fuerza de ser discriminadas y tratadas "de otra manera", terminan elaborando una autoimagen que, como todo científico social sabe desde Cooley y Mead, tiene mucho de producto social y reflejo de lo que perciben en las actitudes de los demás hacia ellas: terminan así siendo de hecho menos exitosas, simpáticas, etc. con lo que confirman la expectativa previa.

Por si esto fuera poco, existe también un insidioso fenómeno que ayuda a hacer aún más difícil el camino a los no agraciados: por una parte, es sabido que las personas, cuando menos a partir de cierta edad, son responsables de su propia expresión facial, o lo que es lo mismo, han llegado a elaborar una expresión que de algún modo resume o refleja su vida pasada: una vida amarga difícilmente se reflejará en un rostro exultante. Por otra parte, existe asimismo una insidiosa creencia en la mente de algunas personas que responde a lo que Lerner (1974) denominó las creencias en un mundo justo: existe, se afirma, cierto grado de justicia en el mundo, y por tanto al igual que quienes ocupan posiciones inferiores las ocupan "por propio merecimiento" (puro pensamiento reaccionario que evita otros planteamientos críticos al respecto), cabría generalizar la tesis a los no agraciados físicamente.

En definitiva, el factor atractivo físico, que raramente aparece encabezando los listados de rasgos deseables, es sin embargo decisivo en muchos casos, si no como determinante, si como requisito "sine qua non" para la interacción (Véase al respecto la otra cara de la moneda: el reciente trabajo de Tseëlon, 1992: "What is beautiful is bad").

Otras hipótesis claramente centradas en el objeto son las que hacen referencia al amor que surge como resultado de la atracción percibida: experimentar que alguien nos aprecia puede generar un afecto recíproco, tanto mayor cuanto mayor sea la necesidad afectiva. Existen toda suerte de experimentos que han verificado tal aserto, y tal parece ser el fundamento de muchas relaciones de parejas en las que uno de los dos actúa respondiendo con su afecto al amor (a menudo comenzando con autorevelaciones) que percibe del otro, algo que parece darse más entre las mujeres, incluso "de oídas" como antes señalé. Todo maestro de seducción sabe perfectamente, y actúa en consecuencia, cómo utilizar esas técnicas de lo que Jones (1964) denominó "congraciamiento": estrategias que se utilizan para convencer a alguien de que nos resulta atractivo o agradable (adulación, elogios, regalos, autorevelaciones personales, etc.).

Estas tesis sobre la reciprocidad de afecto han llevado a autores como Aronson y Linder (1965) a elaborar una teoría muy cuestionable, pérfida en sus sugerencias y aterradora en sus consecuencias, la de la "ganancia-pérdida". Señala Aronson que más que el afecto percibido, lo que realmente apreciamos es un aumento en ese afecto percibido (efecto de ganancia). Igualmente, más que la falta de afecto, lo que nos duele es la pérdida de afecto (efecto de pérdida). No ocurre nada, diría Aronson con su aplastante lógica, si alguien no nos quiere, pero podemos llegar a matar a quien queriéndonos, ha dejado de hacerlo. Aunque sus tesis no gozan de evidencia experimental clara, especialmente la de la pérdida, no dejan de ser verosímiles. Y, a su modo, dan una explicación a ese carácter temporal, finito, del amor. Las mayores expresiones de afecto se expresan, en la pareja tradicional, según parece, en las cercanías de la boda (antes y después), con lo que inevitablemente no queda esperar sino que disminuyan en el futuro: es el efecto de pérdida de afecto que señala Aronson. En una pareja ella puede ofrecer afecto sin duda, pero difícilmente puede ofrecer más cada vez, cosa que, por el contrario, si puede hacer un extraño... Dicho de otro modo, uno no puede recompensar a su pareja como lo haría un extraño (ganancia), pero sí puede dañarlo más que un extraño con la pérdida de afecto (pérdida). La aparente lógica de tales razonamientos llevó a los alumnos de Aronson a bautizar su tesis como la "ley de la infidelidad marital'', dadas las previsibles consecuencias de su aplicación práctica.

En cualquier caso, e independientemente de las características del objeto amoroso y las necesidades del sujeto, existen líneas teóricas que tratan de poner en relación ambos elementos, sujeto y objeto, postulando una suerte de necesaria adecuación entre necesidades del SUJETO y características del OBJETO.

Así, existe una línea de pensamiento que defiende la existencia previa en el sujeto de un modelo interior o forma apriorística del objeto amoroso, una suerte de construcción intelectual que sirve de guía, bien que no consciente, en la búsqueda de pareja. Con lo que no serían las características del otro en sí, sino su adecuación a ese modelo interior del sujeto, lo realmente decisivo. Como es fácil adivinar, hipótesis en esta línea son más frecuentes en orientaciones psicodinámicas, para las que todo amor es, en definitiva, un retorno al amor prototípico. Se habla así, por ejemplo, de la clara influencia de la figura parental de sexo opuesto: la imagen paterna configura un modelo masculino para la hija, que puede generar un desplazamiento de la líbido edípica a un objeto amoroso adulto, si la relación con el padre es positiva, la seguridad afectiva y, el amor quedarán asociados a rasgos paternos, que luego se tratarán de buscar en la pareja. Es un dato empírico que un porcentaje, aunque mínimo, de varones declaran, en algunas encuestas, elegir a su pareja por similaridad física e incluso temperamental con su madre. Pero tan cierto es que un porcentaje incluso algo superior de varones declaran que su esposa no se parece en nada a su madre: una relación negativa ha servido para construir una suerte de contramodelo.

Aunque el psicoanálisis haga hincapié en el papel de las figuras parentales en la elaboración de ese modelo interior, es claro que este no se reduce a tal génesis. Así, por ejemplo, ocurre con los amores infantiles o adolescentes que, aunque suelen perderse en el olvido, dejan a menudo una cierta fijación en algunas características bien físicas (color de los ojos, del pelo, contextura) como comportamentales.

Las conocidas teorías del Apego (Shaver, Hazan y Bradshaw, 1988) pueden asimismo entenderse en este sentido. En efecto, a su juicio las personas tienden a adoptar determinados estilos en sus relaciones amorosas a partir del tipo de apego que experimentaron en su infancia hacia su madre: seguro, esquivo, y ansioso-ambivalente. El interés de este enfoque es grande, pues entre otras cosas permite conceptualizar al amor como apego dentro de un contexto evolutivo.

Finalmente, las conocidas hipótesis de la Similaridad de actitudes y la Complementaridad de necesidades defienden asimismo esa adecuación entre ambos partners. Poca duda cabe que el intercambio con quien comparte creencias, actitudes e intereses resulta más gratificante, o menos costoso si se quiere, sobre todo al comienzo de la interacción. La conocida teoría del equilibrio, de Newcomb, es fiel reflejo de lo anterior. Otro tanto ocurre con la hipótesis de la complementaridad de necesidades. Si al dar salida a una necesidad propia gratifico una necesidad del otro, y a la inversa, tal relación será mutuamente reforzante. Existen relaciones amorosas que parecen funcionar en base a tal complementaridad (hombre que desea decidir, mujer que desea que decidan por ella).

Estas ideas son recogidas, de hecho, por las teorías del intercambio y de la equidad, que defienden el equilibrio y la equidad en los intercambios para una relación amorosa sólida.

ERRORES, CONFLICTOS, RUPTURAS

Dada la evidencia de los datos, que reflejan altas tasas de infelicidad, conflictos, separaciones, rupturas, divorcios, etc., incluso entre los teóricamente expertos en la cuestión (psicólogos, terapéutas), cabe plantearse de nuevo una cuestión similar a la relativa a la génesis del fenómeno amoroso, en términos atributivos: ¿Quién es más responsable: él, ella, la inadecuación mutua, la situación (agentes externos), la pareja como institución inviable a largo plazo...? La experiencia cotidiana nos muestra que, contra lo que pudiera parecer, no es mayoritaria la atribución de la responsabilidad del fracaso a la institución ni al propio sujeto: son cientos los que reinciden una y otra vez tratando de mejorar, es de suponer, su objeto amoroso y su relación en cada intento. El problema parece haber radicado en los errores cometidos en el proceso de elección, que más a menudo de lo deseable responde a un mero azar, o en el proceso relacional posterior.

Una primera fuente de error es, por supuesto, el desconocimiento real del objeto amoroso elegido. Un individuo nunca debe estar seguro de sus percepciones cuando cree estar enamorado: el enamoramiento dificulta (¿impide?) la objetividad en la percepción del otro. Cabría decir, al respecto, que cuanto más rápida sea la fijación amorosa más probable es el error. Y tan sólo retrospectivamente, y tras la prueba del tiempo, tensiones y problemas cotidianos, cabe afirmar que aquel enamoramiento inicial, superadas las necesarias crisis y, la idealización del otro, ha devenido en un amor "sólido".

Otra fuente de error tiene que ver con el sexo. Hace años se enseñaba a las mujeres que el amor es un requisito previo para el sexo, mientras se estimulaba a los varones a tener experiencias sexuales con o sin amor, a que se entrenaran en el sexo sin que hubiera amor. Progresivamente, la mujer comenzó a poder permitirse relaciones sexuales prematrimoniales pero siempre que hubiera promesa formal, o fuera "algo serio" (esto es, con amor). Hoy se ha dado un paso más, y muchas mujeres practican el sexo sin amor de modo natural.

Pero quizá precisamente la fuente de error radica en la confusión entre deseo sexual y amor. Aun tratándose de una cuestión en extremo polémica, creo que puede admitirse la no identificación entre ambos. Y es un hecho que, especialmente los jóvenes varones, pueden llegar a confundir deseo con amor, imaginando querer cuando desean, y a menudo justificando el deseo denominándolo amor. Ellas, por su parte, pueden llegar incluso a verse forzadas al sexo para no ser abandonadas por su "amigo", al que pueden querer pero no desear. La moderna educación sexual, en fin, no siempre ayuda a distinguir entre ambos, y en todo caso no parece que la elección de pareja, si se plantea como base de la institución familiar, deba basarse fundamentalmente en el deseo. En cualquier caso, la relación entre sexo y amor se hace difícil en parte por las contradicciones que plantea al respecto la misma sociedad, que estimula valores antagónicos: el de libertad y el de compromiso, el de estabilidad y el de novedad sexual (efecto Coolidge), independencia y fidelidad, etc.

Las variables del sujeto generan, asimismo, posibles fuentes de error tanto en el proceso electivo como en la relación posterior. Es el caso, por ejemplo, de la inmadurez afectiva del Sujeto: personas que no han superado el amor tiránico y posesivo del niño, y para quienes amar es meramente el deseo de ser amado. O quienes pretenden usar al otro como un mero instrumento para su satisfacción, en una posesividad mórbida en la que la pareja, por así llamarla, es un mero instrumento de su narcisismo: es el caso de la mujer tratada como simple medio de satisfacción sexual de su marido, a su hora y conveniencia: no hay amor, sólo apropiación. Paradójicamente, esta necesidad patológica del otro para satisfacer un deseo personal puede parecer amor y "venderse" como tal, pues contiene algunos de sus supuestos ingredientes: el deseo de estar con el otro, etc. Estos errores del proceso debidos a factores más o menos neuróticos que buscan su satisfacción egocéntrica, patologizan en alguna medida la elección y la posterior relación, pudiendo llevar al sujeto a ser victima de su pasión. Un buen ejemplo de ello son los crímenes pasionales, o los suicidios a duo: obnubilado el sentido moral y todo realismo, cuando el otro quiere romper, dado que ha devenido refugio absoluto contra el mundo, emergen ideas de muerte, bien del otro, bien de uno mismo, bien de ambos... Hay incluso quienes piensan que, en definitiva, todo amor es neurótico, al ser fruto de tendencias neuróticas latentes o patentes, y lo "conveniente y sensato" es, sin duda alguna, mantenerse alejado de tan "nefasta y difundida enfermedad": al igual que denominamos adicto a quien necesita de la droga para vivir, necesitar el apego de alguien para vivir es también una forma de adicción (El amor y la adicción: Peele y Brodsky, 1976).

En muchos casos, los conflictos en la interacción se plantean como resultado del papel de las expectativas estereotipadas sobre mujeres y hombres, que son compartidos por la mayoría de los varones, no sólo por machos chauvinistas, e incluso por muchas mujeres. Como la Psicología Social ha probado (Abbey, 1992), los hombres tienden a interpretar la amabilidad de las mujeres como seducción o coquetería, y su comportamiento hacia ellas puede terminar resultado odioso, al "detectar' signos de interes sexual en una actitud meramente amistosa de la mujer. Es el caso, singularmente, de esas mujeres mayores de los treinta años, especialmente las no emparejadas, que al interactuar con varones ven a menudo como éstos captan su amabilidad, su simpatía, su apertura, poco menos que como un ofrecimiento sexual. Esos varones que, fruto maduro de la más exquisita educación machista, parecen reacios a aceptar la mera existencia de mujeres que no compartan sus deseos sexuales, varones que deberían ser protegidos y conservados (en frascos con formol) dado su tipismo e interés antropológico.

Sin embargo, no debe olvidarse que son las propias mujeres, como señala Gil Calvo (1991), quienes con el activo ejercicio de su autoridad moral sobre ellos (como madres, maestras, hermanas, esposas y objetos de deseo) catalizan su masculinista emancipacion, induciendo en ellos dosis notables de machismo, a consecuencia de la errada concepción de que sin ese machismo nunca lograrán emanciparse, pues para conseguirlo deben competir con unos rivales que, como "ellas saben muy bien", son machistas confesos y profesos.

Otras fuentes de conflicto radican en las difíciles relaciones entre Matrimonio y Amor, y entre el Amor-conyugal y el Amor-pasión. Mientras nuestra cultura occidental enfatiza el amor previo al matrimonio, y establece una relación causal entre ambos, en grandes zonas de Africa y Asia las familias conciertan la unión. Nadie espera que los componentes de un matrimonio convenido en su niñez comiencen su vida en común movidos por el amor: se piensa que la lealtad, el afecto, incluso el amor, surgirán con el tiempo. Consecuentemente, carece de sentido separarse ante el desvanecimiento del amor, pues no es el amor lo que motivó su unión. Esos matrimonios concertados mantienen el orden socioeconómico y garantizan la vida familiar.

Sin embargo, en los países occidentales, donde la libertad alcanza también a la elección de pareja, las tasas de divorcios y separaciones son altísimas. Se pretende que las personas reconozcan el "amor verdadero" y elijan una pareja en función sobre todo del amor. Pero nuestra socialización dedica muchas más horas para el aprendizaje de zoología o geografía, o para sacar el carnet de conducir, que para aprender a no equivocarse al elegir, para aprender a amar en definitiva. Con lo que se hacen promesas formales de amor "eterno" que obviamente no pueden cumplirse: el insensato "te querré hasta que la muerte nos separe" olvida que el amor no es un acto de la voluntad...

Ni siquiera la vida en común previa a la institucionalización de la unión resuelve la cuestión, pese a la coherencia de la propuesta. Los datos indican que las parejas que han convivido antes no son necesariamente más duraderas que las demás. Por otro lado, entender esa convivencia como un periodo de prueba (algo así como cuando probamos un coche) es arriesgado, especialmente en el terreno sexual: puede llegarse a la tentación de establecer un listado de características sexuales a medir en la pareja: al igual que al probar un coche puede medirse su aceleración, reprise, frenada, capacidad de recuperación, comodidad, etc. Tal procedimiento, entre otras cosas, acaba volviéndose contra el que lo práctica, que termina por ser medido también.

Así las cosas, puede llegar a presentarse al amor-conyugal (visto como alienante y represivo) como incompatible con el amor-pasión, al que la literatura romántica presenta como "el verdadero" amor. El matrimonio es visto así como la tumba del amor-pasión... Con ello, el miedo al matrimonio se expande, y surgen todo tipo de derivados o sucedáneos: uniones libres, matrimonios que viven separados, monogamias sucesivas, adulterios con consentimiento bilateral o unilateral, menages a tres, a cuatro, comunas que comparten mesa y cama, libre intercambio de parejas, poligamias-poliandrais recíprocas, relaciones fugaces y sin compromiso, madres reproductoras para solteros, etc..

Las teoría del intercambio da una explicación a esa mayor tendencia a la ruptura, basada en situaciones de falta de equidad percibida por uno de los miembros. Esa mujer, por ejemplo, que habiendo subordinado sus necesidades a las de su pareja, comienza a ver que existen oportunidades fuera del matrimonio, eleva poco a poco su nivel de comparación, y deviene menos dependiente de su existencia conyugal. Eleva sus expectativas sobre lo que debería recibir en su matrimonio, y empieza e encontrar insuficientes sus resultados, con lo que acaba no tolerando esa demanda de rol que pospone sus necesidades a las de su pareja. Se genera así una percepción de falta de equidad que puede acabar con la relación. De hecho, algunos datos parecen indicar que es la mujer, en mayor medida, la que tiende a iniciar el procedimiento de separacion, tanto en parejas casadas como en no casadas.

Es cierto que algunos autores defienden que no puede aplicarse la equidad, una teoría eminentemente mercantilista en el fondo, al amor. Pero incluso Erich Fromm (1972) defiende que el amor sin pedir nada a cambio acaba generando equidad: quienes así aman verán devuelto ese amor de algún modo, dice Fromm. Tal vez bajo la pretensión de que la equidad no es aplicable al amor subyace el deseo, en algunos varones especialmente, de seguir manteniendo un propio status no equitativo, del que se benefician (quieren seguir sin lavar los platos). Porque buena parte de los estudios al respecto insisten en las altas correlaciones de la equidad percibida con satisfacción, duración de la relación, satisfacción sexual, etc. (Hafield et al., 1979).

Existen, ya para terminar, explicaciones más sociológicas y situacionales sobre la crisis de las parejas institucionalizadas. Así, por ejemplo, puede afirmarse que hace décadas existía un cierto ajuste funcional entre el sistema capitalista del trabajo asalariado (básicamente de hombres) y el sistema doméstico de trabajo no pagado (básicamente de mujeres) que se daba en la familia conyugal tradicional. La contradicción surgió probablemente cuando el mismo sistema capitalista comenzó a favorecer el trabajo de la mujer, porque entre otras razones resultaba más barato. Al tiempo, y al hilo del progreso, surgen poco a poco nuevas aspiraciones materiales en las familias, a menudo artificialmente creadas, y ambos miembros de la pareja deben encontrar trabajo asalariado si quieren satisfacerlas. El resultado es un incremento del trabajo de la mujer, lo cual resquebraja el anterior equilibrio de la familia tradicional y posibilita la génesis de conflictos maritales, porque las parejas deben ahora negociar un nuevo tipo de relación de intercambio basado en una mayor igualdad de recursos, relación para la que ni él ni ella han sido socializados. Las mujeres terminan siendo explotadas aún más que antes, pues además de trabajar fuera de casa, los hombres y a menudo las propias mujeres siguen esperando que hagan gran parte del trabajo doméstico. Al tiempo, la tradicional expectativa masculina respecto a la subordinación femenina es amenazada ahora por el nuevo poder económico de la mujer, que deviene así más independiente.. En definitiva, uno y otro sexo terminan resentidos en una relación que no llena sus expectativas, y que puede llevar a situaciones conflictivas y de ruptura.


REFERENCIAS

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