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 Nada de lo psicológico nos es ajeno
III Congreso Nacional de Psicología - Oviedo 2017
Universidad de Oviedo

 

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ARTÍCULO SELECCIONADO

Psicothema

ISSN EDICIÓN EN PAPEL: 0214-9915

2000. Vol. 12, nº 1, pp. 41-47
Copyright © 2014


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CORRELATOS COGNITIVOS ASOCIADOS A LA EXPERIENCIA DE VIOLENCIA INTERPARENTAL

 

José Manuel Yanes Cedrés y Rosaura González Méndez

Universidad de La Laguna

Esta investigación analiza la relación existente entre el nivel de violencia interparental al que se han visto expuestos los participantes, sus creencias acerca del papel social y familiar de la mujer, y sus respuestas ante diversos conflictos de pareja (estimaciones de responsabilidad, frecuencia y gravedad). Para ello, se elaboraron tres instrumentos que fueron presentados a 176 estudiantes de FP (98 mujeres y 78 varones). Los resultados confirman la existencia de diferencias significativas en los juicios de los sujetos en función tanto del nivel de violencia experimentado como de sus creencias. Se discute la implicación de estos datos con relación al proceso de transmisión intergeneracional de la violencia marital.

Relation between exposure to interparental violence and cognitive correlates. This research tests the relation between level of exposure to marital violence among the subjects, their beliefs about women and their response to several couple’s conflicts (estimates of responsability, frecuency, and severity). We developed three instruments that were answered by one hundred and seventy six students of technical schools (98 females and 78 males). Results showed, as we expected, significative differences in the subject´s estimates as a function of their level of exposure to violence and their beliefs. The meaning of these results with relation to the process of intergenerational transmission of violence is discussed.

 
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Correspondencia: Rosaura González Méndez
Facultad de Psicología
Universidad de La Laguna
38205 Tenerife (Spain)
E-mail: mrglez@ull.es

 

La creciente preocupación social por las manifestaciones de violencia familiar está llevando a los medios de comunicación a ocuparse de las agresiones domésticas con cierta frecuencia. Esta situación, sin duda deseable, encierra también algunos peligros. De hecho, es frecuente la difusión de afirmaciones que, a pesar de carecer de suficiente apoyo empírico, tienen consecuencias negativas importantes en la vida de numerosas personas (vid. Kaufman y Zigler, 1993). Se ha llegado a defender, por ejemplo, que el alcohol y las drogas son la principal causa de la violencia; que el maltrato ocurre fundamentalmente en familias con escasos recursos económicos y culturales; o que los hijos que crecen en ambientes familiares violentos se convierten, a su vez, en padres y/o cónyuges agresivos (Gelles y Corner, 1990). De todas estas afirmaciones, es esta última la que mayor interés teórico ha suscitado, y la que va a centrar nuestra atención en este artículo. En concreto, nos ocuparemos de la posible repetición de la violencia de pareja.

La hipótesis de la transmisión intergeneracional de la violencia familiar fue propuesta en los primeros trabajos de investigación que se realizaron en la década de los sesenta. En un primer momento, el interés se centró exclusivamente en el maltrato infantil y en sus efectos sobre los hijos, una vez llegada la edad adulta. Concretamente, y con relación al ámbito familiar, se ha venido analizando tanto la posible transmisión del abuso infantil como el futuro comportamiento violento hacia la pareja. A finales de los setenta, coincidiendo con el desarrollo del movimiento feminista, los investigadores comenzaron a interesarse también por la violencia marital, lo que ha promovido el estudio de los efectos a largo plazo de la observación de agresiones entre los padres.

Ahora bien, el esfuerzo dedicado a estudiar el hipotético proceso de transmisión ha dado escasos frutos hasta el momento, debido a que la investigación ha tropezado con diversas dificultades.

Por un lado, la mayor parte de los estudios sobre violencia familiar presentan problemas metodológicos importantes (Barnett, Miller-Perrin y Perrin, 1997; Reiss y Roth, 1993; Widom, 1989). Los datos sobre transmisión se apoyan, fundamentalmente, en estudios de casos, investigaciones retrospectivas o con muestras no representativas, sin grupos de control, etc. Tales dificultades se han visto potenciadas por el carácter íntimo del problema, y por la escasa integración de las aportaciones que realizan los especialistas de diferentes áreas (Gelles, 1993). En general, se ha dedicado demasiado tiempo a estimar la incidencia de la transmisión, y poco a estudiar bajo qué condiciones se produce la misma. De hecho, sólo recientemente, los investigadores han logrado ponerse de acuerdo para afirmar que la exposición a episodios de violencia interparental durante la infancia constituye un elemento de riesgo importante, pero no un antecedente necesario o suficiente para la violencia adulta (Kaufman y Zigler, 1993; Widom, 1989). En este sentido, se ha señalado la necesidad de investigar las condiciones que se asocian a la ruptura del «ciclo de la violencia» en sus diversas manifestaciones. Egeland (1993), por ejemplo, ha encontrado que las madres que no repiten el maltrato con sus hijos suelen presentar, entre otras peculiaridades, la de haber logrado interpretar su propia experiencia de forma coherente, asumiendo la necesidad de utilizar pautas distintas a las empleadas por sus progenitores. Este resultado sugiere que la atribución juega un papel importante en el proceso de transmisión, y que requiere mayor interés por parte de los investigadores. De hecho, la relación entre atribución y violencia familiar ya ha sido descrita en algunos trabajos (vid. Cantos, Neidig y O’Leary, 1993; Weiner, 1995). Así, por ejemplo, se sabe que los maridos violentos suelen atribuir más responsabilidad y culpa a sus mujeres que los no violentos; aunque tengan el mismo nivel de insatisfacción marital que estos últimos (Holtzworth-Munroe y Hutchinson, 1993), y que algo similar ocurre con los padres que maltratan a sus hijos. Por otro lado, se ha constatado también que las mujeres que han sido objeto de agresiones durante su infancia tienden a autoinculparse más por las agresiones maritales; y que las atribuciones de ambos miembros de la pareja cambian en función de la gravedad y frecuencia de los episodios de violencia.

Un segundo factor que ha limitado el avance respecto al problema de la transmisión intergeneracional de la violencia familiar es el escaso desarrollo teórico de este campo. Concretamente, la investigación psicológica sobre transmisión de la violencia marital ha estado guiada, casi exclusivamente, por la teoría del aprendizaje social (Bandura, 1973). Desde esta perspectiva, se asume que los hijos imitan la conducta de sus padres ante los conflictos, y desarrollan actitudes favorables al uso de la violencia como forma de resolver los problemas de pareja. En esta línea, gran parte de la investigación ha estado orientada por la hipótesis de Kalmuss (1984), que defiende cierto isomorfismo entre el tipo de conducta observada en la infancia y el esquema relacional que deriva de ella en la edad adulta. De hecho, algunos trabajos han podido confirmar que haber sido testigo de las agresiones interparentales tiene mayor poder predictivo respecto a la futura violencia en pareja que haber sufrido malos tratos. No obstante, la unión de ambas circunstancias constituye un factor predictivo aún más potente (Hotaling y Sugarman, 1986; MacEwen, 1994).

Los teóricos del aprendizaje social, y otros investigadores sociales, se han interesado también por la transmisión de actitudes y creencias relativas a los roles de género, así como sus consecuencias sobre la violencia marital. En este sentido, se ha encontrado que la observación de violencia entre los padres favorece la aprobación masculina de la violencia marital (Stith y Farley, 1993). Asimismo, también existe evidencia de que los varones con actitudes más conservadores respecto a las relaciones de género tienen más probabilidad de manifestar conductas violentas en pareja (Briere, 1987).

Con todo, los datos existentes ponen de manifiesto que el proceso de transmisión no es tan simple como se desprende de esta perspectiva teórica. Las conductas y las actitudes de los padres no se imitan sin más, y algunas variables juegan un papel modulador importante. Así, la repetición parece depender de la frecuencia y gravedad de la violencia observada, pero también del género del observador y del modelo, del tipo de rol jugado en la violencia marital adulta (agresor/a o víctima), y del tipo de implicación en la violencia de los padres (observación y/o ser objeto de maltrato) (Barnett et al., 1997).

Otro modelo teórico con gran peso en la investigación sobre transmisión del maltrato infantil, que ha empezado a ser aplicado a la violencia marital, es la teoría del apego (Bowlby, 1980). Desde esta perspectiva, los investigadores suponen que los niños desarrollan modelos relacionales internos, relativamente estables, a través de la interacción con sus padres o cuidadores. Y que, posteriormente, utilizan dichos modelos como guías en su relación con otras personas, hasta el punto de afectar a su vida adulta (vid. Feeney y Noller, 1996). En este sentido, Barnett, Martínez y Bleustein (1996) proponen que la exposición a violencia en la infancia podría favorecer un estilo de apego dependiente y celoso, que precipitaría la agresión marital.

Aunque la traslación de esta perspectiva al ámbito de la violencia marital es prometedora, tanto ella como la teoría del aprendizaje social muestran una misma debilidad que constituye, en nuestra opinión, el tercer factor que limita el avance de la investigación sobre transmisión. En este sentido, entendemos que ambas teorías presentan un modelo de ser humano pasivo, y con escasos recursos para defenderse de las consecuencias de su experiencia temprana. Este hecho, ha provocado que la mayoría de los trabajos de investigación hayan interpretado la hipótesis de la transmisión de forma determinista. Asimismo, y aunque ambas perspectivas reconocen la importancia de los factores cognitivos implicados en el aprendizaje y en la vinculación afectiva, ninguna de ellas ha estimulado su análisis con relación a la transmisión, por considerarlo un proceso casi automático. Desde nuestro punto de vista, sin embargo, los hijos no se limitan a copiar las estrategias de resolución de conflictos que observan en sus padres, sino que someten su experiencia a un proceso de construcción. Por lo tanto, no basta con buscar factores externos al individuo, de carácter compensador, que frenen la transmisión (v.g. Belsky, 1993). Es necesario analizar también el propio proceso de construcción de la experiencia pasada para encontrar las claves que nos permitan entender porqué algunos individuos repiten las pautas de violencia observadas y otros no.

Esta investigación es sólo un primer paso en esta línea. Nuestro propósito es analizar si los individuos con diferentes niveles de exposición a la violencia interparental manifiestan también diferencias en su forma de interpretar los conflictos maritales. Asimismo, exploraremos la relación existente entre sus creencias acerca del papel social y familiar de las mujeres y dichas interpretaciones.

Objetivo e hipótesis

El objetivo concreto de esta investigación es analizar la relación existente entre el nivel de violencia interparental al que se han visto expuestos los hijos (primera variable predictiva), sus creencias acerca del papel de la mujer (segunda variable predictiva), y sus interpretaciones sobre distintas situaciones hipotéticas de conflicto marital (tales interpretaciones se medirán a través de la responsabilidad atribuida a cada uno de los personajes implicados, así como de las estimaciones de frecuencia y gravedad relativas a los distintos conflictos). Estas cuatro medidas constituyen las variables criterio.

En cuanto a las hipótesis, esperamos que los participantes con mayor nivel de exposición a la violencia interparental perciban en los conflictos de pareja más responsabilidad, frecuencia y gravedad que aquellos otros con menor nivel de exposición. Asimismo, esperamos estimaciones de responsabilidad, frecuencia y gravedad más elevadas entre los sujetos con una visión más tradicional que entre los que defienden una visión menos tradicional.

Método

Sujetos

La muestra estaba integrada por 176 participantes (98 mujeres y 78 varones) que cursaban estudios de FP en dos centros situados en áreas urbanas de nivel socioeconómico bajo de la provincia de S/C de Tenerife. La edad media de los estudiantes era de 18.3 años, y su participación fue totalmente voluntaria.

Material y procedimiento

Los sujetos respondieron a una batería de instrumentos, presentados en el siguiente orden: a) cuestionario de episodios críticos de conflicto marital; b) cuestionario de teorías implícitas sobre la mujer; y c) cuestionario de estrategias utilizadas por los padres ante sus conflictos maritales.

a) Cuestionario de episodios críticos de conflicto marital

A través de varias fases, construimos un primer cuestionario cuya finalidad era medir los juicios de los participantes respecto a distintos conflictos de pareja. Concretamente medimos, como variables criterio, las estimaciones de responsabilidad de cada uno de los personajes, así como la frecuencia y gravedad de los conflictos.

En primer lugar, y con el fin de establecer un listado inicial de episodios conflictivos, se realizaron varias sesiones de brainstorming. A los primeros grupos de discusión se les pidió que describieran los diferentes tipos de conflictos de pareja que pueden producirse. Posteriormente, otros grupos se ocuparon de señalar ejemplos concretos para cada una de esas categorías. De esta forma, conseguimos un total de 65 escenas, con las que se llevó a cabo un estudio normativo (con 15 estudiantes de FP) para establecer la responsabilidad de los protagonistas en cada uno de los conflictos. En concreto, los sujetos indicaron que la responsabilidad era fundamentalmente masculina en 31 escenas, femenina en 24, y que 10 no tenían responsable claro.

Dado el gran número de episodios recogidos, se construyeron dos cuestionarios (de 32 y 33 episodios, respectivamente) que fueron utilizados en sendos estudios piloto con dos muestras de estudiantes de FP (34 y 35 sujetos de ambos sexos). Asimismo, se controló que en cada uno de los instrumentos hubiese un número similar de episodios en función del tipo de responsabilidad atribuida a sus protagonistas (masculina, femenina o sin responsabilidad clara). A partir de los resultados obtenidos, eliminamos aquellas escenas donde los juicios de los sujetos mostraron distribuciones asimétricas (asimetría >.54).

El cuestionario definitivo (ver apéndice l) contenía once episodios con una distribución asimétrica adecuada, y equilibrio respecto al tipo de responsabilidad. Tras cada escena, los sujetos debían responder a cuatro escalas que iban de 0 (nada) a 9 (totalmente), y medían lo siguiente: a) responsabilidad atribuida al personaje masculino; b) responsabilidad atribuida al personaje femenino; c) frecuencia estimada para este tipo de conflictos; y d) gravedad de los mismos.

b) Cuestionario de teorías implícitas sobre el papel social y familiar de la mujer

Este cuestionario tenía como objetivo medir las creencias de los sujetos sobre el papel social y familiar de la mujer. Creencias que fueron tratadas como variables predictivas del estudio. Para elaborar dicho instrumento, seguimos la metodología propuesta por Correa y Camacho (1993). En este sentido, el primer paso fue analizar el contenido de diversos materiales (sesiones de brainstorming, textos y artículos de prensa) que hacían referencia al papel de la mujer. De esta forma, extrajimos 120 enunciados con los que llevamos a cabo un estudio normativo. Los participantes en este estudio (185 estudiantes universitarios: 109 mujeres y 76 hombres) fueron distribuidos aleatoriamente en cinco grupos. Cada grupo debía comparar la similitud de los enunciados con una de las cinco categorías culturales (tradicional, liberal, progresista, educacional y biológica), que establecimos provisionalmente a partir del trabajo de González (1993).

Tras el estudio normativo, seleccionamos 90 frases en función de sus puntuaciones de tipicidad (similitud entre un enunciado y una categoría cultural) y polaridad (medida en que un enunciado es típico de una categoría o de varias). Concretamente, eliminamos las frases que no eran representativas de ninguna categoría, esto es, aquellas con una tipicidad menor de 5.6, y una polaridad menor de 0.32.

Seguidamente, realizamos un estudio piloto con los 90 enunciados seleccionados. En dicho estudio le pedimos, a 131 estudiantes de FP (76 mujeres y 55 varones), su opinión respecto a cada una de las frases seleccionadas. Una vez analizados los datos, y eliminados los enunciados con alta asimetría (> 0.67), elegimos los 43 ítems que pasarían a configurar el cuestionario definitivo.

c) Cuestionario de estrategias seguidas por los padres ante sus conflictos maritales

La finalidad de este instrumento fue medir el nivel de agresividad marital observado por los sujetos tanto en sus padres como en sus madres. Para ello, seleccionamos seis de las conductas incluidas en la Escala de Tácticas de Conflicto elaborada por Straus (1979). Concretamente, escogimos las siguientes: hablar tranquilamente, negarse a hablar, gritar, insultar, empujar y pegar. De esta forma, eliminamos aquellas que implicaban mayor agresividad (v.g. dar patadas, herir con un cuchillo, etc.).

Para disponder de dos índices globales de violencia, uno para el padre y otro para la madre, necesitábamos ponderar cada una de las seis estrategias en función de su nivel de agresividad. En este sentido, pedimos a 44 estudiantes universitarios (25 mujeres y 19 hombres) que estimaran la agresividad de cada conducta en una escala de 0 a 9. Concretamente, 21 juzgaron la agresividad de las conductas de un supuesto varón; y 23 hicieron lo mismo respecto a una mujer. De esta forma, obtuvimos distintos coeficientes con los que ponderar las estrategias.

La tarea propuesta a los sujetos de la investigación consistió en estimar, mediante escalas que iban de 0 (nunca) a 9 (siempre), la frecuencia con la que cada uno de los progenitores había manifestado las seis conductas ya mencionadas. Una vez hecho esto, los dos índices de violencia correspondientes a cada sujeto fueron calculados sumando sus respuestas a cada conducta, una vez ponderadas (esto es, la suma de las estimaciones de frecuencia multiplicadas por su coeficiente de ponderación correspondiente).

Resultados

Para presentar los resultados, los agruparemos en tres subapartados. En los dos primeros, nos ocuparemos de los datos relacionados con las hipótesis planteadas. En el tercero, describiremos algunos resultados inesperados.

a) El nivel de exposición a la violencia de los progenitores y su relación con los juicios de responsabilidad, frecuencia y gravedad ante los conflictos maritales.

En primer lugar, calculamos la correlación existente entre las estimaciones realizadas por los sujetos (juicios de responsabilidad, frecuencia y gravedad) y el nivel de violencia de cada progenitor.

Tal como apuntaba nuestra hipótesis, la tabla 1 indica que a medida que aumenta el nivel de violencia interparental observado por los sujetos, aumenta también la responsabilidad que se atribuye a los personajes de ambos sexos, así como la frecuencia y la gravedad estimadas en los episodios críticos. Únicamente no encontramos correlaciones significativas entre el nivel de agresividad del padre y la estimación de gravedad de los conflictos de pareja.

Por otro lado, comprobamos que los juicios de los participantes de ambos sexos son similares, salvo en el caso de la estimación de frecuencia de los conflictos (F(1, 158)= 6.74; p< 0.05). Concretamente, las mujeres hacen estimaciones de frecuencia significativamente más altas que los hombres.

b) Las creencias de los participantes y su relación con los juicios de responsabilidad, frecuencia y gravedad ante los conflictos maritales.

Para examinar el papel de las creencias, comenzamos realizando un análisis de componentes principales (rotación ortogonal) con los datos del cuestionario de teorías implícitas. De esta forma, detectamos una estructura formada por tres factores que explican el 26.5% de la varianza total (véase apéndice 2).

El primer componente, que denominamos «teoría del hombre discriminado», tiene un valor propio de 6.0 y explica el 14.6% de la varianza. En esta teoría se aglutinan algunas ideas que señalan la discriminación que sufren los varones respecto a las mujeres.

El segundo componente, «teoría progresista», agrupa enunciados donde se defiende la igualdad de ambos sexos. Su valor propio es 2.8 y explica el 6.9% de la varianza.

Finalmente, denominamos «teoría tradicional» a un conjunto de ideas que hacen hincapié en las funciones tradicionales de la mujer dentro de la familia. Su valor propio es de 2.1 y la varianza explicada es el 5.1%.

A continuación, realizamos un análisis de clusters con el fin de agrupar a los participantes en función de sus puntuaciones en los tres componentes ya mencionados. Tomamos esta decisión por entender que los individuos no suelen defender ideas relacionadas con una única creencia, sino con varias al mismo tiempo (Rodrigo, Marrero y Rodríguez, 1993).

Tras el análisis, detectamos dos grupos de sujetos que defienden una combinación similar de creencias. El primero de ellos, caracterizado por mayores puntuaciones en los factores 1 (Hombre discriminado) y 3 (Tradicional), está formado mayoritariamente por varones (54.2%), y lo hemos denominado grupo «más tradicional». Mientras que el segundo, con medias más bajas en esos mismos factores, está integrado básicamente por mujeres (71.8%), y le hemos dado el nombre de grupo «menos tradicional». En la tabla 2, pueden verse los promedios de ambos grupos en cada uno de los componentes teóricos.

Asimismo, se llevaron a cabo varios ANOVAS que nos permitieron comprobar que las diferencias entre los dos grupos o clusters eran significativas. Concretamente, el grupo 1 (más tradicional) presenta mayor puntuación que el 2 (menos tradicional) en los componentes «hombre discriminado» (F(1,171)= 68.3; p< .00) y «tradicional» (F(1,171)= 155.9; p< .00). Por el contrario, el grupo menos tradicional tiene una puntuación mayor que el tradicional en el componente «progresista» (F(1,171)= 155.9; p< .00). Estos resultados indican que el primer grupo sustenta una visión más conservadora sobre el papel de las mujeres, al tiempo que denuncia el acoso que sufren los varones en estos momentos. El segundo grupo, en cambio, está integrado por sujetos con una visión menos conservadora.

Tras clasificar a los sujetos en función de sus posiciones teóricas, llevamos a cabo varios análisis de covarianza, utilizando como covariantes los índices de violencia paterna. De esta forma, procedimos a examinar la relación existente entre las creencias de los participantes sobre el papel de la mujer y sus juicios ante los conflictos de pareja (responsabilidad masculina y femenina, frecuencia y gravedad). Las variables independientes fueron el sexo de los sujetos y los dos clusters descritos en el apartado anterior. Como variables dependientes utilizamos las cuatro medidas del cuestionario de episodios críticos.

Los datos obtenidos indican que los grupos 1 (más tradicional) y 2 (menos tradicional) sólo se diferencian significativamente en las atribuciones de responsabilidad a los personajes femeninos (F(1,5)= 4.71; p<0.5). Asimismo, no encontramos ningún efecto de la variable sexo sobre los resultados.

Como puede observarse en la tabla 3, los sujetos más tradicionales responsabilizan a las mujeres más que los menos tradicionales, pero no se diferencian significativamente respecto a las otras tres medidas.

c) Relación entre el nivel de violencia interparental experimentado por los participantes y sus creencias acerca del papel de la mujer.

Para examinar esta relación, llevamos a cabo varios análisis de varianza con las creencias (más conservadores/menos tradicionales) como niveles de la variable independiente y los índices de violencia de cada progenitor como variables dependientes. Los resultados de estos análisis indican que sólo los menos tradicionales perciben diferencias significativas entre la violencia paterna y materna (F(1,153)= 8.99; p<.05).

En la tabla 4, puede verse con más detalle que ambos grupos tienden a considerar que sus padres son más agresivos que sus madres. No obstante, esta diferencia sólo resulta significativa entre los menos tradicionales.

Discusión

Los datos confirman que existe una relación compleja entre el nivel de violencia interparental al que se han visto expuestos los participantes, sus creencias acerca del papel de la mujer, y sus juicios respecto a distintos conflictos de pareja. De ahí, que sea necesario analizar por separado cada una de las asociaciones detectadas.

En primer lugar, cabe destacar la correlación existente entre los niveles de agresividad de ambos progenitores y las diferentes estimaciones realizadas por los sujetos. Concretamente, se confirma la primera de nuestras hipótesis, ya que aquellos que dicen haber observado mayor nivel de violencia son también los que han hecho estimaciones más elevadas de responsabilidad, frecuencia y gravedad. En este sentido, y aunque no puede afirmarse que la experiencia relatada constituya un antecedente objetivo, dicho resultado indica una mayor sensibilidad hacia los conflictos de pareja en estos participantes. De hecho, es probable que los sujetos con mayor nivel de exposición a la violencia interparental tengan muy accesible este tipo de experiencia, lo que facilitaría que se vieran afectados por distintos sesgos cognitivos como, por ejemplo, el de la correlación ilusoria. En este sentido, la facilidad para recordar sucesos conflictivos en pareja puede llevarles a establecer una correlación entre esos dos elementos, hasta el punto de considerar que dicha asociación es muy frecuente.

Esta y otras «distorsiones» podrían ser adaptativas en ciertas circunstancias, como sugiere el hecho de que también las mujeres que han sido víctimas de malos tratos, tiendan a considerar que los conflictos maritales son más frecuentes y de peor pronóstico (Stalans y Lurigio, 1995). Sin embargo, lo más probable es que la sensibilización detectada sea contraproducente en la mayoría de las relaciones de pareja, ya que se asocia a atribuciones de responsabilidad más extremas y, probablemente también, a expectativas de éxito más bajas. Por lo tanto, una nueva hipótesis que surge a partir de este primer resultado es que los sujetos más expuestos a la violencia interparental podrían tener también mayor dificultad para relacionarse con sus parejas, lo que no significa que estén abocados a utilizar estrategias violentas.

Los datos apoyan también, aunque sólo parcialmente, la segunda de nuestras hipótesis. Concretamente, los resultados indican que los más tradicionales atribuyen más responsabilidad a los personajes femeninos que los menos tradicionales. Si tenemos en cuenta que la atribución de responsabilidad se asocia directamente con distintas manifestaciones agresivas (Betancourt y Blair, 1992), y que los maridos violentos tienden a atribuir más intencionalidad y culpa a sus mujeres (Holtzworth-Munroe y Hutchinson, 1993), es de esperar que los más tradicionales tengan más probabilidad de comportarse violentamente con sus parejas. Especialmente, cuando se trata de personas expuestas a episodios de violencia interparental que, como ya hemos visto, tienen tendencia a atribuir mayores niveles de responsabilidad. De esta forma, los datos sugieren una posible vía de transmisión para aquellos que, además de haber observado las agresiones de sus padres, sostienen una visión conservadora de las relaciones de género. Con todo, es posible que los más tradicionales no sean los únicos expuestos a repetir las pautas de relación observadas en sus padres y, en este sentido, convendría investigar si existen otras vías de transmisión, ajenas a la justificación que facilitan las creencias.

Por otro lado, conviene señalar que las diferencias halladas entre ambos grupos de creencias se circunscriben a los juicios de responsabilidad femenina, y que no afectan a las otras medidas (juicios de frecuencia, gravedad y responsabilidad masculina). Esto hace que la conducta de las mujeres cobre relevancia como criterio discriminador de lo que podría ser un sexismo sutil, desde el que se denuncia que la discriminación la sufren los varones.

En tercer lugar, destaca la relación hallada entre las creencias y el nivel de violencia de los progenitores. En este sentido, y aunque todos los sujetos tienden a señalar más violencia en el padre que en la madre, los menos tradicionales acentúan esta diferencia hasta hacerla significativa. Este dato sugiere dos interpretaciones, no necesariamente incompatibles.

Por un lado, es posible que las creencias estén afectando a la construcción de la experiencia pasada. De hecho, se ha podido comprobar que las personas acomodan sus recuerdos hasta hacerlos compatibles con sus creencias acerca de sus relaciones de pareja (vid. Holmes y Murray, 1995). Concretamente, aquellos con una visión pesimista, no sólo valoran más negativamente los hechos del presente, sino que tienden a olvidar los sucesos que fueron valorados favorablemente en el pasado. En cambio, las personas con una imagen positiva de su relación tienden a distorsionar su recuerdo en sentido contrario. De esta forma, es posible que los estudiantes menos tradicionales hayan acomodado sus recuerdos hasta ajustarlos a sus creencias, en las que la discriminación que sufren las mujeres constituye un elemento clave.

Por otro lado, también es posible que la exposición a conflictos interparentales haya sensibilizado a los sujetos, llevándoles a adoptar una visión igualitaria entre hombres y mujeres. Para que esto sea así, seguramente es necesario que se produzca una mayor identificación con la madre, lo que resulta bastante probable entre las mujeres, que configuran el 71.8% del grupo menos tradicional. De esta forma, la identificación con los progenitores podría ser un factor importante, que conviene analizar en futuras investigaciones.

Tal como señalan Schank y Abelson (1995), las creencias y los recuerdos se empaquetan juntos. Y a fin de cuentas, resulta indiferente si el hecho se reconstruye en función de la creencia, o si la creencia surge como justificación de un suceso. Lo realmente importante es que ambos aspectos están entrelazados, y que toda experiencia lleva consigo un proceso de construcción. Un indicio más de que las creencias podrían jugar un papel importante en la transmisión de conductas violentas de una generación a otra y que, por tanto, conviene analizar su papel en dicho proceso.

Agradecimientos

Esta investigación ha sido financiada por la Dirección General de Enseñanza Superior (proyecto PB96-1036).

APENDICE 1
Conflictos de pareja incluidos en el cuestionario de episodios críticos

1) Ana le comenta a su marido que su madre quiere venirse a vivir con ellos, pero a éste no le parece una buena idea.

2) Isabel y Pablo llevan casados 24 años, y ella le dice que está cansada de tanta monotonía.

3) Rosa acaba de pedirle a su marido que ayude a su madre (de ella) en la mudanza que va a hacer. Enrique le ha dicho que no porque ha quedado para tomar unas cervezas con sus amigos.

4) Juan quiere invitar a unos amigos a tomar algo en su casa. Sin embargo, María, su mujer, se niega argumentando que «dejarían la casa patas arriba».

5) Eduardo reconoce a su exmujer por la calle y va a saludarla. Beatriz, su nueva esposa, le dice que se haga el despistado. Sin embargo, él la saluda.

6) En una cena, Carmen critica la comida que ha preparado su cuñada. Al marido de Carmen no le ha gustado ese comentario.

7) A Elena se le ha hecho tarde y sabe que su marido se va a enfadar.

8) A Rosa la han invitado sus amigas a salir, pero Pablo le dice que no vaya porque no quiere quedarse solo.

9) Cristina y Cristóbal tratan de decidir qué hacer en Semana Santa. Ella quiere ir a París a visitar a unos amigos, pero él prefiere quedarse en casa descansando.

10) Una vecina le comenta a Irene que ha visto a su marido con otra mujer en una cafetería. Más tarde, Irene le pregunta a Juan si está teniendo una aventura.

11) Sonia le dice a su marido que quiere ver a su suegra lo menos posible porque está cansada de que ésta se meta con su forma de hacer las cosas.

APENDICE 2
Pesos factoriales de los enunciados del cuestionario de teorías implícitas

FACTOR 1: TEORÍA DEL HOMBRE DISCRIMINADO

Las mujeres se escudan en su debilidad para no afrontar los problemas y que sean los hombres quienes los resuelvan. (.70)

Lo que realmente desean las feministas es convertir a los hombres en ciudadanos de segunda. (.65)

Las mujeres se aprovechan de su atractivo sexual para escalar puestos en el trabajo, cosa que el hombre de puede hacer. (.63)

Muchas mujeres denuncian un presunto acoso sexual con el objeto de obtener provecho económico. (.62)

Las mujeres hablan mucho de igualdad, pero luego no quieren trabajar en la construcción ni hacer la mili. (.60)

Las feministas quieren que la mujer esté por encima del hombre. (.53)

Las mujeres mandonas suelen tener algún desequilibrio hormonal. (.50)

No entiendo por qué las mujeres se visten de forma provocativa y luego se quejan de acoso. (.49)

Creo preferible recibir órdenes de un hombre que de una mujer. (.46)

Una mujer policía no inspira tanto respeto como un hombre policía. (.44)

Las mujeres con responsabilidades familiares rinden poco en su trabajo. (.40)

Es normal que los hijos varones gocen de ciertos privilegios. (.39)

Aparte de los rasgos físicos, no existe ningún tipo de diferencias entre hombres y mujeres. (-.36)

Las mujeres prefieren a los hombres con experiencia sexual. (.34)

Los hombres piropean a las mujeres porque saben que alguna cae. (.33)

No es bueno que una esposa destaque profesionalmente por encima de su marido. (.31)

FACTOR 2: TEORÍA PROGRESISTA

No me importaría vivir en una sociedad gobernada por mujeres. (.54)

Las mujeres afrontan muchos problemas mejor que los hombres. (.53)

Las mujeres, por haber tenido que ir siempre contracorriente, suelen ser más maduras e inteligentes que los hombres. (.48)

Gracias a las feministas, las mujeres pueden votar hay en día. (.44)

Las mujeres deben trabajar fueran de casa para no depender económicamente de sus maridos. (.42)

Las culturas donde la mujer tiene un papel importante son mucho más abiertas y desarrolladas. (.42)

La maternidad es una de las causas por las que la mujer ha sido oprimida a lo largo de la historia. (.41)

Las feministas sólo desean la igualdad entre hombres y mujeres. (.40)

Las diferencias entre hombres y mujeres son principalmente biológicas. (.36)

Las mujeres deben asociarse para liberarse de la opresión masculina. (.34)

FACTOR 3: TEORÍA TRADICIONAL

Las diferencias entre hombres y mujeres son, en su mayoría, culturales. (.70)

Las mujeres que trabajan no deben descuidar las tareas de su hogar. (.60)

Lo prioritario para una mujer debe ser atender a sus hijos y a su marido. (.46)

La virginidad de la mujer es algo importante. (.40)

Debe respetarse al padre como cabeza de familia, pues así se ha hecho siempre. (.39)

Hombre y mujer son distintos porque Dios lo quiso así. (.30)

La anatomía femenina nos recuerda que la mujer es, ante todo, madre. (.30)


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Aceptado el 16 de marzo de 1999

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Ver Tabla 1 :
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    Tabla 1. Correlaciones entre los índices de agresividad de los padres y las distintas estimaciones realizadas por los sujetos (responsabilidad masculina y femenina, frecuencia y gravedad).
                            
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    Tabla 2. Promedios en cada uno de los factores según el grupo de creencias al que pertenecen los sujetos.
                            
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    Tabla 3. Promedios en las estimaciones (responsabilidad masculina y femenina, frecuencia y gravedad) según el grupo de creencias al que pertenecen los sujetos.
                            
Ver Tabla 4 :
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    Tabla 4. Nivel de agresividad de los padres según el grupo de creencias al que pertenecen los sujetos.