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 Nada de lo psicológico nos es ajeno
III Congreso Nacional de Psicología - Oviedo 2017
Universidad de Oviedo

 

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ARTÍCULO SELECCIONADO

Psicothema

ISSN EDICIÓN EN PAPEL: 0214-9915

2006. Vol. 18, nº 1, pp. 25-30
Copyright © 2014


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LA SEXUALIDAD EN NIÑOS DE 9 A 14 AÑOS

 

Rafael Ballester Arnal y María Dolores Gil Llario

Universitat Jaume I (Castellón) y Universitat de València

El objetivo de este estudio fue analizar el comportamiento y actitudes sexuales de niños entre 9 y 14 años en la Comunidad Valenciana (España). En este trabajo aportamos los datos de 470 niños (52% son niños y 48% niñas). Para su evaluación se utilizó el Cuestionario CIACS-II de Ballester y Gil. Los resultados evidencian que los niños de 9 años ya manifiestan comportamientos que muestran su interés hacia la sexualidad. A esta edad, un 8% de los niños varones se ha masturbado y un 9% ha utilizado pornografía para excitarse. Un 14% de niños varones de 11-12 años han tenido contactos sexuales y un 38% tiene fantasías sexuales. Las niñas comienzan a masturbarse y tener relaciones sexuales más tarde que los niños y muestran menor prevalencia de fantasías sexuales y uso de pornografía. Se concluye la necesidad de implantar programas de educación sexual en las escuelas desde edades tempranas.

Sexuality in children 9-14 years old. The aim of this study was to analyze sexual behaviors and attitudes of children 9-14 years old in Spain. In this article we present data from 470 children of which 52% are boys and 48% girls. In order to evaluate the sample, Information, Attitudes and Behaviors related to Health Questionnaire (CIACS-II) was used. Results evidence that boys 9 years old already show behaviors that evidence their interest towards sexuality. 8% have sometimes masturbated and 9% have used pornography for becoming excited. 14% of children 11-12 years old have already had sexual relations and 38% state to have sexual fantasies. Girls start to masturbate and to have sexual relations later than boys and show a prevalence of sexual fantasies and use of pornography very lower. It is necessary sexual education programs to be implanted since early ages in schools.

 
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Fecha recepción: 22-12-04 • Fecha aceptación: 18-5-05
Correspondencia: Rafael Ballester Arnal
Facultad de Ciencias Humanas y Sociales
Universitat Jaume I
12071 Castellón (Spain)
E-mail: rballest@psb.uji.es

 

La sexualidad de los niños ha sido negada durante muchos siglos y todavía en la actualidad se le deja poco espacio para expresarse. La infancia, asociada tradicionalmente en nuestra historia a valores como la ingenuidad, la inocencia o la pureza, no podía estar «manchada» por un sexo que, históricamente, se consideraba sucio, pecaminoso y causa de patologías físicas y degeneraciones morales. Los ángeles no podían tener sexo. Decenas de artilugios fabricados en la Edad Media y en siglos posteriores para impedir la masturbación en niños y adolescentes dejaron paso a las posteriores teorías médicas del siglo XIX acerca de la degeneración nerviosa que podría derivarse de su práctica. Autores como el médico suizo Tissot en el siglo XVII o Krafft-Ebing (Psychopathia Sexualis, 1886) (citados en Masters, Johnson y Kolodny, 1987) alertaron sobre estos peligros, sustituyendo así los prejuicios moralistas del clero por los preceptos médicos (Ballester y Gil, 1995).

Tan sólo algunos autores como Freud a finales del siglo XIX reconocieron la existencia de la líbido en los niños, la existencia de una sexualidad infantil y dieron a los comportamientos sexuales de los niños un aire de naturalidad y normalidad dentro del desarrollo psicosexual.

Desde entonces, a lo largo de nuestro siglo, se ha reconocido desde el punto de vista científico su existencia, pero, sin embargo, desde el punto de vista social y educativo, la sexualidad infantil sigue casi tan escondida como siempre. Prueba de ello son los escasísimos estudios científicos realizados sobre el tema. La mayor parte de ellos se centran en las consecuencias del abuso sexual infantil, es decir, se habla de la sexualidad de los niños como seres pasivos que pueden ser objeto de los impulsos de otros individuos mayores. Sin embargo, rara vez se habla de los niños como seres que tienen por sí mismos impulsos sexuales (Sandnabba, Santtila, Wannäs y Krook, 2003) y que van conformando su sexualidad de manera activa (Bullough, 2004). Otra prueba de la falta de reconocimiento de la sexualidad infantil lo constituye el hecho de que en la mayoría de los países (España es un buen ejemplo de ello) la educación sexual está prácticamente ausente en las escuelas.

El objetivo de este trabajo es mostrar cómo ya en la etapa de los 9 a los 14 años se encuentran presentes comportamientos y actitudes sexuales que nos están indicando la necesidad de una educación sexual temprana en las escuelas. La razón y el interés de centrarnos en estas edades radica en que a partir de los 9 años podemos considerar con cierta fiabilidad las respuestas que los propios niños dan a los autoinformes, por lo cual se les puede preguntar a los niños directamente acerca de su comportamiento sexual. Sin embargo, son muy escasos los estudios en los que se investiga la sexualidad en este segmento de edad, es decir, después de los 9 años y antes de los 14.

Material y método

Diseño

En este trabajo se presenta un estudio transversal y multicéntrico dirigido a niños de 9 a 14 años residentes en la Comunidad Valenciana (España).

Participantes

Como presentamos en la tabla 1, evaluamos a un total de 470 niños de las tres provincias de la Comunidad Valenciana (España) de 9-10 años (14%), 11-12 años (21%) y 13-14 años (65%) de edad. La media de edad es de 12,5 (DT= 1,5). Por lo que respecta al sexo, 243 sujetos (52%) eran niños y 227 (48%), niñas, siguiendo la distribución natural de los colegios que colaboraron con nosotros. Para dos ítems acerca de la educación sexual de los hijos preguntamos a 199 padres de niños entre 4-8 años.

Los datos que presentamos en este trabajo forman parte de los resultados no publicados de un estudio epidemiológico llevado a cabo en la Comunidad Valenciana para explorar los hábitos de salud de la población general entre los 4 y los 23 años. El total de la muestra evaluada en ese estudio fue de 3.019 sujetos. Nos pusimos en contacto con distintos centros educativos de las tres provincias teniendo en cuenta que estuvieran representadas tanto las localidades del interior como de la costa y del entorno tanto rural como urbano. La selección de los centros, todos ellos públicos, se hizo de acuerdo con el censo de las Direcciones Territoriales de Educación de las tres provincias y fue aconsejada y validada por Inspección Educativa como centros representativos de todo el espectro social. Hay que destacar como significativo que de los centros seleccionados tres rehusaron administrar el cuestionario y en uno se creó cierta alarma entre los padres porque la dirección del centro no les había informado previamente de que se iba a pasar un cuestionario con este tipo de preguntas. En el caso de los tres primeros, los centros fueron sustituidos por otros tres equiparables en cuanto a sus características. Una vez obtenido el permiso del centro, evaluamos a todos los niños y niñas de los cursos correspondientes a las edades precisadas. La administración de los cuestionarios fue voluntaria y colectiva, es decir, se evaluó a todos los niños de cada aula en su propia clase. En todo momento estuvo presente el administrador del cuestionario, que era ajeno al colegio, y que velaba por que los niños no se pudieran copiar unos de otros, que se dieran las condiciones de intimidad necesarias para garantizar la sinceridad y confidencialidad de las respuestas y, asimismo, que se comprendiera el contenido de las preguntas. En general, la comprensión de los ítems fue buena, si bien, cuando fue necesario, se aclaró el significado tanto colectiva como individualmente de algún término como «masturbación». En todo caso se eliminaron 14 cuestionarios cuyos resultados evidenciaban la falta de comprensión o de colaboración del niño. Ninguno se negó a contestar el cuestionario.

Instrumentos

Para el desarrollo del presente estudio se utilizó el Cuestionario de Información, Actitudes y Comportamientos relacionados con la Salud (CIACS-II) de Ballester y Gil (Gil, Ballester y Bravo, 2004). El cuestionario se compone de un total de 139 ítems relacionados con distintos ámbitos como el ejercicio físico, la higiene, el consumo de sustancias tóxicas, el comportamiento alimentario o el sueño. Para la realización de este trabajo hemos utilizado los ítems relacionados con la sexualidad que exploran aspectos como la masturbación, experiencias sexuales con otras personas, abusos sexuales, preocupaciones sexuales, comportamientos sexuales con personas del mismo sexo y uso de material pornográfico. La fiabilidad de esta escala, evaluada a través de su consistencia interna (alfa de Cronbach), es de 0,82 y la de la totalidad del cuestionario es de 0,89.

Análisis estadísticos

Para todas las variables se realizaron análisis descriptivos de frecuencias y análisis diferenciales por sexos (prueba Chi cuadrado).

Resultados

Los resultados evidencian la presencia de una actividad y un interés sexual de los niños desde las primeras edades exploradas. Como se puede apreciar en la tabla 2, la masturbación ya se da en el 8,3% de los niños varones de 9-10 años y su prevalencia llega a ser del 87,3% a los 13-14 años. Frente a estos datos, en las niñas constatamos actividad masturbatoria a los 13-14 años, con una prevalencia inferior. Estos datos no significan de ningún modo que esta práctica no pueda ser realizada en ambos sexos con anterioridad a estas edades. Las diferencias entre sexos en este aspecto alcanzan significación estadística entre los 11 y 14 años.

Por lo que se refiere a la frecuencia de la masturbación, entre los niños varones de 11-12 años el mayor porcentaje (54%) se masturba entre 1 y 3 veces a la semana, mientras que a los 13-14 años la mayoría (79%) se masturba entre todos los días y 2-3 veces a la semana. A esta edad también encontramos diferencias sexuales estadísticamente significativas, con una frecuencia inferior en las niñas.

No se observan, sin embargo, estas diferencias en la actitud expresada frente a la masturbación. Los porcentajes en ambos sexos son similares, observándose una disminución progresiva a lo largo de la edad en la idea de que la masturbación es perjudicial para la salud (véase tabla 2).

También las fantasías sexuales parecen estar presentes ya desde edades tempranas. Ya un 6,3% de niños varones de 9-10 años afirman que en ocasiones piensan en algo para excitarse sexualmente y a los 13-14 años el porcentaje es del 66%. De nuevo se encuentran importantes diferencias sexuales significativas estadísticamente a partir de los 11 años, edad en la que aún no se aprecian fantasías sexuales en las niñas.

Lo mismo sucede con el uso de la pornografía para excitarse. Ya se da en el 9,4% de niños varones de 9-10 años y a los 13-14 años el porcentaje es del 65,4%, frente al 8,8% de niñas.

Paradójicamente, la idea de que la pornografía tiene efectos perjudiciales para la sexualidad de quien la utiliza se encuentra ampliamente extendida, especialmente entre los más pequeños (78,3% de las niñas de 9-10 años). Se observa una mayor aceptación de la pornografía con la edad. Y también se evidencia una mayor aceptación por parte de los chicos, que llega a ser estadísticamente significativa a los 13-14 años.

En lo que concierne al hecho de mantener relaciones o contactos sexuales de cualquier tipo con otros niños (véase tabla 3), comenzamos a encontrar indicios de esas relaciones en los niños varones de 11-12 años. Un 14% de éstos ya dicen haberlas tenido, y ese porcentaje es del 35,4% a los 13-14 años. Es a esta edad cuando comenzamos a detectar relaciones de las chicas. Las diferencias sexuales alcanzan significación a partir de los 11 años y se expresan en un comienzo más tardío en chicas.

A los niños y adolescentes que no habían mantenido relaciones o contactos sexuales de ningún tipo con otras personas les preguntamos por su actitud ante esa posibilidad. Las diferencias sexuales ya se dan a los 9-10 años, comienzan a ser estadísticamente significativas a los 11-12 años, y a los 13-14 años las diferencias son más evidentes todavía. Frente a los niños varones que manifiestan tener ganas de mantenerlas y pensar que sabrían cómo mantener esas relaciones, las niñas tienden a afirmar que no tienen ninguna prisa, que no piensan siquiera en ello y que les da miedo y vergüenza esa posibilidad. No obstante, hay que destacar que a los 9-10 años entre los niños varones son más los que afirman no pensar en ello que los que desearían tener relaciones.

Respecto a la posible existencia de abusos sexuales y de relaciones con algún miembro de la familia explorada en nuestro estudio (véase tabla 3), nos encontramos con que un 5,6% de chicos de 13-14 años dicen que alguna vez les han forzado a realizar algo relacionado con el sexo, frente al 2,2% de chicas. También a esta edad, un 1,4% de los chicos afirma haber tenido relaciones con algún miembro de su familia y aquí el porcentaje entre chicas es mayor (4,3%). Las diferencias no son estadísticamente significativas.

Otros resultados de nuestro estudio nos muestran que ya a los 9-10 años un 9,1% de los niños están preocupados por aspectos sexuales como el tamaño de su pene y este porcentaje es nada menos que del 24,6% a los 11-12 años (véase tabla 4).

Por lo que se refiere a los comportamientos sexuales con personas del mismo sexo también encontramos que un 2,9% de niñas de 9-10 años afirman haber deseado tener experiencias sexuales con otras niñas y lo mismo ocurre con un 2,6% de adolescentes varones entre 13-14 años. Los contactos sexuales con niños del mismo sexo comienzan a detectarse a los 11-12 años (2,6% de las niñas). Además, un 3,3% de niños varones de 9-10 años ya se han planteado la posibilidad de ser homosexuales. No obstante, en ninguno de estos aspectos detectamos diferencias sexuales significativas (véase tabla 4).

No podemos decir lo mismo de las diferencias ante la idea de que la homosexualidad es una enfermedad. Esta idea es igualmente compartida por niños y niñas a los 9-10 años (48-55%) y conforme aumentamos en edad, la homofobia va siendo mayor (tres veces más frecuente) en los chicos.

Para finalizar, hemos de decir que a una edad como los 11-12 años (véase tabla 5) tan sólo el 20% de chicos y el 34% de chicas manifiestan que sus padres hablan con ellos de sexo. Los porcentajes en chicas son superiores a los de los chicos y las diferencias son significativas a los 13-14 años.

Por otro lado, ante la pregunta «de quién sueles obtener información acerca de temas sexuales», se obtiene que a los 9-10 años la principal fuente son los padres, seguidos de los amigos y las revistas. A los 11-12 años la principal fuente son los amigos, seguidos muy de lejos por padres y revistas. Y a los 13-14 años la principal fuente siguen siendo los amigos, en segundo lugar las revistas y en tercer lugar los padres. Los profesores quedan relegados a un cuarto lugar.

En contraste, cuando preguntamos a 199 padres de niños entre 4 y 8 años si alguna vez habían hablado de sexo con su hijo, entre un 45% y 54% contestaron afirmativamente. Y cuando se les preguntó quién debería hacerlo, la gran mayoría (96-91%) mencionaba a los padres, seguida por el 67%, que creía que debían hacerlo los profesores.

Discusión

Los resultados del presente estudio confirman la idea inicial que planteábamos en la justificación del mismo. Nuestros datos obtenidos a través de la pregunta directa a los propios niños reflejan que antes de los 14 años un buen porcentaje de niños ya expresan su sexualidad a través de la masturbación y de experiencias o contactos sexuales con otros niños (a veces del mismo sexo) y que, además, buscan la excitación a través de las fantasías sexuales y del uso de material erótico. La existencia de estos comportamientos, junto con la constatación de actitudes negativas como la preocupación por el tamaño del pene o la homofobia y la prevalencia de agresiones sexuales, llevan a la necesidad de implantar programas de educación sexual desde la enseñanza primaria en las escuelas.

Nuestra muestra parte de una edad de 9 años, pero también existen estudios que demuestran que los profesores de niños en guarderías y hasta los 7 años de edad observan frecuentemente en éstos conductas como la de dibujar genitales, tocar los genitales de otros niños, mostrárselos o simular el acto sexual (Kaeser, DiSalvo y Moglia, 2000; Davies, Glaser y Kossof, 2000). En un interesante estudio de Vizcarral, Balladares, Candia, Lepe y Valdivia (2004) en el que se preguntaba retrospectivamente a estudiantes de enseñanza secundaria de Chile sobre su comportamiento sexual cuando eran niños, un 95% de los sujetos admitieron haber tenido alguna conducta sexual individual e interpersonal antes de los 12 años; entre los 6-10 años la prevalencia de conductas individuales fue del 57% y la de las interpersonales fue del 48%; finalmente, un 22% de estudiantes recordaban haber tenido comportamientos sexuales individuales antes de los cinco años y un 13% tuvieron interacciones sexuales con otros niños a esas edades.

Además, parece que desde edades tan tempranas se han observado diferencias sexuales en cuanto al tipo y cantidad de manifestaciones que realizan los niños. En el estudio de Sandnabba et al. (2003) con niños finlandeses se observaba cómo las chicas tendían en mayor medida a realizar conductas exploratorias del rol de género, mientras que los chicos solían realizar más comportamientos específicamente sexuales y de búsqueda de información. En nuestro estudio, sin embargo, no se han observado grandes diferencias sexuales en las primeras edades, coincidiendo en esto con otros trabajos (Sandfort y Cohen-Kettenis, 2000). Sin embargo, ya a los 11-12 años se van perfilando esas diferencias que apuntan a un inicio sexual más temprano de los niños respecto de las niñas (lo que también se observa en otros países) (Fleiz, Villatoro, Medina, Alcantar, Navarro y Blanco, 1999; Vizcarral et al, 2004), una mayor prevalencia de la masturbación y de las fantasías sexuales, una actitud más permisiva ante la pornografía (McCabe, 2000) y una mayor homofobia (Sandnabba y Ahlberg, 1999).

Maestros y padres coinciden en la necesidad de mayor formación para saber cómo reaccionar ante las manifestaciones sexuales de los niños (Prieto, 1999; Kakavoulis, 2001).

Aunque el comportamiento sexual infantil parece observarse en muchos países, se encuentran matices en culturas distintas. Así, los padres de niños holandeses (Friedrich, Sandfort, Oostveen y Cohen-Kettenis, 2000) y suecos (Larsson, Svedin y Friedrich, 2000) informan de más conductas sexuales en sus hijos que los padres americanos, posiblemente como consecuencia de una mejor socialización sexual. Pero incluso en Suecia, que constituye un verdadero modelo para la educación sexual, algunos estudios indican que un 67% de padres y un 41% de profesores nunca hablan de cuestiones sexuales a los niños de 3-6 años (Larsson y Svedin, 2002). Ante la falta de educación sexual no es de extrañar que los niños pequeños no comprendan cuestiones como la reproducción humana o el comportamiento sexual adulto (Volbert, 2000).

Las escuelas tampoco parecen tomar la responsabilidad de educar sexualmente a los niños. Y todavía en la actualidad algunos programas de educación sexual no tienen más finalidad que retrasar el inicio de la actividad sexual (Anderson, Koniak-Griffin, Keenan, Uman, Duggal y Casey, 1999).

Finalmente, queremos destacar que en nuestro estudio se obtiene una prevalencia de abusos sexuales en los niños de 9-14 años mucho mayor de lo que viene siendo referido en la literatura. Sin embargo, esta diferencia podría ser explicada en parte por el hecho de que nuestro ítem se refería a un concepto más amplio que el habitual cuando se habla de abuso, a saber, si le «habían forzado alguna vez a hacer algo sexual que él no deseara hacer», mientras que en otros estudios se habla de «abuso» en un sentido más restrictivo. Cuando se tiene en cuenta esto, nuestros resultados se acercan mucho más a los reflejados en estudios como el de Kaeser, DiSalvo y Moglia (2000), en el que se observa que un 4% de las conductas observadas en niños que van a guardería o primeros cursos de educación infantil consisten en forzar a otros niños a enseñar o tocar sus genitales o lanzar amenazas sexuales explícitas a otros niños. Otros autores (Wieckowski, Hartsoe, Mayer y Shortz, 1998) también enfatizan que este tipo de comportamientos puede ser más frecuente entre niños de lo que se suele imaginar. También resulta interesante que, en nuestro estudio, entre los 13-14 años de edad el porcentaje de chicos que manifiestan haber sido forzados sexualmente es mayor que el de chicas, en contra de lo que se suele encontrar en la literatura sobre el tema. Pensamos que se trata de un resultado acerca del cual se debería seguir investigando porque podríamos estar ante las primeras consecuencias del incremento de prevalencia del acoso (también sexual) entre los propios niños en los centros educativos. Sin embargo, ésta apenas es una hipótesis que convendría confirmar.

Creemos que los resultados obtenidos en nuestro estudio tienen relevancia y validez, habida cuenta del tamaño de la muestra y de su representatividad como consecuencia del proceso de selección de los centros educativos en los que fue obtenida. Además, el hecho de que la información obtenida haya sido autoinformada por los niños es un punto fuerte de este estudio que no resulta frecuente en la literatura científica. No obstante, es importante recordar que la edad de 9 años se encuentra en la frontera de la fiabilidad del autoinforme como método de evaluación, por lo que los resultados obtenidos en las primeras edades deberían ser valorados con precaución.

Los escasos estudios científicos sobre la sexualidad infantil evidencian que mientras muchas personas se plantean si la educación sexual puede conducirnos al riesgo de la promiscuidad y la pérdida de la inocencia de nuestros niños, numerosos peligros derivados de la desinformación sexual se ciernen sobre los ciudadanos más pequeños, como los abusos sexuales (Wieckowski, Hartsoe, Mayer y Shortz, 1998; Burton, 2000; Shaw, 2004), el SIDA (Topolski, Patrick, Edwards, Huebner, Connell y Mount, 2001), los embarazos no deseados, los prejuicios sexuales, el acoso de la pornografía a través de revistas, vídeos y de Internet (Longo, Brown y Orcutt, 2002; Zoldbrod, 2004), la homofobia o nada menos que la falta de disfrute y goce del propio cuerpo y de la propia sexualidad.

Por ello, pensamos que es necesario seguir realizando estudios empíricos en los que se investigue el comportamiento sexual de los niños, tanto autoinformado como observado por los educadores. Además, consideramos que las metodologías de tipo cualitativo podrían complementar de manera fundamental los hallazgos de los estudios cuantitativos al respecto.


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    Tabla 1. Distribución de la muestra por sexo y edad.
                            
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    Tabla 2. Masturbación, fantasías sexuales y uso de pornografía (%) en ambos sexos.
                            
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    Tabla 3. Relaciones sexuales, actitudes ante las mismas, agresiones sexuales y prácticas incestuosas en ambos sexos.
                            
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    Tabla 4. Preocupación por el tamaño del pene y comportamientos sexuales con personas del mismo sexo.
                            
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    Tabla 5. Fuentes de información sexual en ambos sexos (%). Prueba Chi cuadrado.