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 Nada de lo psicológico nos es ajeno
III Congreso Nacional de Psicología - Oviedo 2017
Universidad de Oviedo

 

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ARTÍCULO SELECCIONADO

Psicothema

ISSN EDICIÓN EN PAPEL: 0214-9915

1989. Vol. 1, nº 1 - 2, pp. 41-45
Copyright © 2014


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MANIPULANDO LA INTELIGENCIA: ¿QUIEN NECESITA HABLAR DE CAUSAS?

 

José Antonio López Cerezo José Antonio LOPEZ CEREZO

Dep. de Filosofía y Psicología. Universidad de Oviedo

En lo que sigue comentaré críticamente el mencionado artículo de STAATS desde un punto de vista metodológico-conceptual. Defenderé que, a pesar de las pretensiones explícitas del autor, su enfoque conductista paradigmático no puede entenderse como una teoría causal de la inteligencia en el sentido de un conjunto de generalizaciones nómicas que (junto con un conjunto de procedimientos experimentales ejemplares) circunscriban el campo causal en el que cabe dar cuenta de la conducta inteligente.

 
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José Antonio López Cerezo
Dep. de Filosofía y Psicología.
Universidad de Oviedo

 

1. Cuando Arthur STAATS nos habla en «Paradigmatic Behaviorism's Theory of Intelligence» de su aproximación conductista paradigmática a una ambiciosa teoría de la cognición, lo hace presumiblemente (véase el prólogo original a Conductismo Social) influido por la terminología de Thomas S. KUHN en La Estructura de las Revoluciones Científicas. Ahora bien, ¿qué significado de «paradigma» tiene en mente STAATS?

Margaret MASTERMAN ha señalado en «La Naturaleza de los Paradigmas» hasta 21 significados diferentes de «paradigma» en la mencionada obra clásica de KUHN. Entre ellos: Como logro científico universalmente reconocido, como un mito, como una «filosofía» o constelación de cuestiones, como un libro de texto u obra clásica, como una tradición, como una analogía, como una especulación metafísica acertada, como un hecho de jurisprudencia, como una fuente de herramientas, como un ejemplo típico, como un plan de instrumentación, como un conjunto de instituciones políticas, como un punto de vista epistemológico general... ¿Qué es o qué puede ser, pues, el conductismo paradigmático?

En lo que sigue comentaré críticamente el mencionado artículo de STAATS desde un punto de vista metodológico-conceptual. Defenderé que, a pesar de las pretensiones explícitas del autor, su enfoque conductista paradigmático no puede entenderse como una teoría causal de la inteligencia en el sentido de un conjunto de generalizaciones nómicas que (junto con un conjunto de procedimientos experimentales ejemplares) circunscriban el campo causal en el que cabe dar cuenta de la conducta inteligente. Por el contrario, mantendré que tal enfoque debe ser contemplado más bien como una fructífera técnica de análisis y modificación de conducta. Una técnica que puede considerarse operativa por la diversidad de procedimientos experimentales que acoge y por estar basada en generalizaciones conductuales (principios de condicionamiento) que, eventualmente, deberían completarse con generalizaciones procedentes de las ciencias cognitivas y la neurociencia a fin de producir un marco teórico unificado y completo con su tecnología asociada. Es este marco teórico el que, en un sentido propio, constituiría un eventual paradigma (o, mejor, matriz disciplinar en el sentido de KUHN, 1974) que agrupe como comunidad científica a los psicólogos que trabajan hoy en el campo-de la inteligencia desde perspectivas parciales diversas (cf. STERNBERG y DETTERMAN, 1986). El paradigma que STAATS fundamenta es más un plan técnico de instrumentación que un marco teórico comprehensivo.

2. Ciertamente, el enfoque de STAATS amplía de un modo considerable la posición metodológica del conductismo tradicional: Se construye como un marco conceptual operativo para extender a procesos cognitivos en general (y de aprendizaje del lenguaje en particular) el dominio de aplicación del conductismo. Baste recordar el buen número de tareas involucradas en el rendimiento en tests de C.I. de las que ya es capaz de dar cuenta el enfoque de este autor. En este sentido, creo que podemos considerar el conductismo paradigmático como una técnica efectiva de manipulación de la conducta humana «inteligente» (tal como ésta es registrada en tests de C. I.). Y en la medida en que el enfoque de STAATS demuestra su eficacia experimental al respecto, parece satisfacer el objetivo de trazar un puente entre el conductismo y la psicometría. Como también parece arrojar nueva y prometedora luz sobre la estancada polémica herencia-ambiente al demostrar la importancia de los factores motivacionales para dar cuenta del rendimiento diferencial en tests de C.I. Pero no es esto lo que aquí nos concierne.

3. Consideremos ahora las siguientes preguntas: ¿Cómo aprende alguien a ser inteligente? ¿Cómo funciona la inteligencia? ¿Cómo se justifica conductualmente su medida? Y, por último, ¿cómo puede ser manipulada por procedimientos de intervención? Todas estas preguntas las formula el propio STAATS a continuación de hacerse la pregunta original «¿Qué es la inteligencia?». ¿Acaso puede, debemos preguntarnos ahora, reescribirse esta última pregunta como la conjunción de las anteriores? Es decir, ¿acaso una respuesta (satisfactoria o no) para el grupo de preguntas anteriores involucra una respuesta para la pregunta por la propia inteligencia? STAATS parece creer que sí. Pero tal creencia descansa sobre una base ciertamente insegura: Ser capaces de manipular algo con éxito (digamos la conducta) no significa que entendamos lo que estamos haciendo, en el sentido de que seamos capaces de explicar paso a paso cómo podemos hacer lo que de hecho estamos haciendo. Un marco metodológico y experimental como el bosquejado por STAATS no tiene por qué involucrar una teoría causal de la inteligencia: Manipular con éxito no presupone una explicación previa satisfactoria. Es bien conocido que contábamos con máquinas de vapor mucho antes de que la nueva ciencia de la termodinámica llegase a explicar por qué funcionaban dichas máquinas.

De un modo más ilustrativo, el concepto de valencia era bien conocido en química, y utilizado con éxito para dar cuenta de las razones enteras de combinación de los elementos químicos, antes de que los físicos contaran la historia microfísica correspondiente. «Tener la valencia n» era tradicionalmente entendido como una propiedad combinatoria disposicional: «Estar en disposición a comportarse de tales-y-tales formas bajo tales-y-tales circunstancias», es decir, «tener cierto repertorio químico-conductual». Sólo más tarde, sin embargo, consiguió entenderse por qué los elementos se combinaban con las razones enteras ya conocidas.

Pero cuidado, nos advierte DENNETT (1987: 44), una cosa es citar las valencias como causas de un fenómeno combinatorio (¿Por qué se combinan estos dos elementos de la forma en que se combinan? «Porque tienen ciertas valencias») y otra bien distinta dar una explicación propiamente causal del fenómeno (...? «Porque tienen ciertas propiedades microfísicas»). Como respuesta de la primera clase debería identificarse la apelación a disposiciones o repertorios conductuales, una clase de respuestas útiles por conferirnos cierta capacidad predictiva antes de saber ni una palabra sobre el mundo microfísico (o, para el caso, neurofisiológico), pero también una clase de respuestas que desde luego no agota todo lo que puede decirse sobre el asunto. Simplemente, hemos de mantener diferenciadas, por un lado, la caracterización conductual de «valencia» (o «inteligencia») como competencia y, por otro lado, la caracterización causal de esas propiedades como realización.

Los repertorios conductuales jerárquicamente organizados deben entenderse conceptualmente como disposiciones conductuales que, de algún modo, resumen una historia de interacciones individuo-medio. Ahora bien, una explicación completa de las formas de conducta inteligente no puede restringirse (por decisión metodológica) a apelar a una serie de destrezas conductuales adquiridas. Nos olvidamos de una parte importante de la historia causal que debería relatarse, a saber, la concerniente a la realización material de esas competencias (la historia que presumiblemente ha de contar todavía el neurofisiólogo). Asimismo, es plausible suponer que las ciencias cognitivas tienen otra parte importante que añadir a tal historia: Es necesario considerar un patrón de organización cognitiva o sistema inferencial (la racionalidad del lenguaje ordinario) para que nuestro banco de elementos cognitivos o repertorio de disposiciones a actuar tenga alguna posibilidad de funcionar apropiadamente. Y aunque todavía hoy se ofrecen pocas posibilidades predictivas y manipulativas desde las ciencias cognitivas y la neurociencia, hemos de reconocer que son ciencias que se hallan en pleno desarrollo. No es aconsejable, y puede que tampoco sea posible, excluirlas de un eventual «paradigma» en psicología con la inteligencia como objeto de estudio. Hacer tal cosa sería condenarlas antes de contar con el veredicto del tribunal de la experiencia, como sucede con el pobre Sombrerero Loco de Alicia a través del Espejo.

El enfoque de STAATS, de este modo, no constituye una teoría causal que pueda presentarse como alternativa auto-suficiente, o unificación paradigmática, al problema de la inteligencia. Construir un marco metodológico y experimental para la manipulación efectiva de la conducta inteligente no es ofrecer eo ipso una teoría explicativa y completa de la inteligencia, por rudimentaria que ésta sea en principio. En pocas palabras: a menos que encorsetemos a priori e inadmisiblemente el ámbito de la psicología, o a menos que nos enredemos con significados metafísicos sobreañadidos para la expresión «repertorio conductual», debemos reconocer que no todo lo que puede decirse interesante acerca de la inteligencia en psicología es expresable solamente en términos conductuales.

4. Una teoría de la inteligencia, en el sentido usual de teoría científica, y en tanto que teoría, debe ofrecer una respuesta causal a la pregunta «¿Qué es la inteligencia?». Este debe ser el motivo por el que STAATS habla en el texto de causas con tanto énfasis.

¿En qué consiste, con todo, una lectura causal de la pregunta por la inteligencia? En ofrecer una respuesta explicativa a la pregunta: ¿Cuál es la causa de la conducta inteligente? Ahora bien, esta última pregunta ha sido tradicionalmente interpretada al menos de dos modos diferentes:

(i) ¿Cuál es el órgano de la inteligencia?, y

(ii) ¿cuál es la estructura de la inteligencia?

Obviamente, (i) es una mala pregunta. Es similar a preguntar por el órgano de la vida o por el órgano de los celos. Así, una respuesta para (i) sería o bien trivial y no informativa (ejemplo: el sistema nervioso central), o bien desafortunada al estilo de una interpretación cosificadora del factor g (ejemplo: la energía mental de SPEARMAN).

Respecto a (ii) las cosas parecen cambiar sustancialmente. La pregunta por la estructura de la inteligencia puede recibir, a su vez, una interpretación morfológica o anatómica (como haciendo referencia a la estructura física o hardware), con lo cual estamos nuevamente en (i); o bien recibir una interpretación más plausible de carácter funcional («software», es la palabra). Rasgos, factores, y repertorios conductuales jerarquizados corresponden presumiblemente, como respuestas, a esta última interpretación funcional de la pregunta por la estructura de la inteligencia. El problema aparece cuando, en este punto, se pretende estar ofreciendo todavía una posible respuesta a la pregunta por la causa de la conducta inteligente. Responder a la pregunta por la causa de la inteligencia (o de la conducta inteligente) en términos de la estructura funcional de la inteligencia es dejar la pregunta original sin respuesta. Y pretender lo contrario es cometer un error categorial. Creer que la estructura funcional de la inteligencia es la causa de la conducta inteligente es como creer que la clasificación taxonómica de los seres vivos (que también está basada en generalizaciones de la biología evolutiva y confiere una gran capacidad predictiva) es la causa de que estén vivos, o como creer que la organización administrativa de una universidad (basada, en este caso, en normas de aplicación general) es la causa de que haya algo que administrar.

Claro que siempre se puede usar el término «causa» de un modo diferente a como es usado en las ciencias naturales, pasando a interpretarlo como competencia y no como realización (material antecedente), ante la tarea de ofrecer una explicación «causal» de la conducta inteligente. Pero ésta, desde luego, no es una solución muy atractiva para alguien que desee hacer ciencia bona fide.

5. Quizá la dificultad de base se encuentre en el poderoso atractivo que siempre ha ejercido la palabra «causa», y más cuando estamos hablando de razón o inteligencia, la secular categoría ordenadora del mundo natural y social (por no hablar del sobrenatural -Dios era concebido como intellectus purus por SANTO TOMÁS-).

Cuenta un mito órfico de la Grecia Arcaica que los hombres estamos constituidos por una doble naturaleza: la titánica, carnal y negativa, y la dionisíaca, nuestra alma divina e inmortal. Desde entonces, nuestra cultura occidental ha transformado y asimilado el mito religioso hasta convertirlo en un lugar común de la filosofía, el sentido común y darle incluso categoría de respetable conclusión científica. El alma-como-razón de PLATÓN, el speculum obscurum de SAN PABLO, el alma intelectual de los escolásticos, la esencia de vidrio de SHAKESPEARE, la res cogitans de DESCARTES, la mente de la tradición empirista. La facultad intelectiva de la ciencia decimonónica, la energía mental de SPEARMAN y el posteriormente ubicuo factor g... Muchos psicólogos de hoy en día siguen todavía empeñados en buscar alguna clase de referente para el término «inteligencia». La atribución de poderes causales ha sido, y sigue siendo, la manifestación más directa de ese venerable compromiso realista. Aunque hoy día difícilmente podemos encontrar dualistas, los materialistas más convencidos siguen persiguiendo el mismo animal al buscar, si bien ya no en el reino espiritual, esa cosa, entidad, propiedad, o estructura causalmente responsable de las acciones que ordinariamente calificamos como «inteligentes». Con este trasfondo histórico considero que debe observarse el interés de Arthur STAATS por ofrecer una interpretación causal de la inteligencia, por conductual que esta interpretación sea.

Nótese, marginalmente, que todas estas dificultades simplemente se evaporarían si, siguiendo la indicación de archiconocidos psicólogos (WATSON) y filósofos de la psicología (RYLE), nos limitáramos a seguir considerando la inteligencia de acuerdo con la mejor tradición conductista: Como una suma de actividades actuales y potenciales. Este sería el modo de evitar un desafortunado y viejo error del pensamiento occidental (que aparece ya con las Formas platónicas): Tratar los adjetivos como si fueran nombres, tomar propiedades y considerarlas como si ellas mismas fueran sujeto de predicación y lugar de eficacia causal (cf. RORTY, 1979: Cap. 1).

En mi opinión, STAATS no sólo no tiene necesidad alguna de esa interpretación causal, sino que tampoco creo que tenga posibilidad de ofrecerla dentro de su marco conceptual conductista. Con todo, el enfoque conductual de los fenómenos cognitivos descrito por STAATS en el texto es interesante en sí mismo, sin necesidad de superfluos compromisos realistas que en nada contribuyen en este caso al eventual desarrollo de una técnica efectiva de modificación de conducta. Adelante, pues, con la técnica que ya llegará -si es que ha de llegar una teoría causal apropiada en alianza con la psicología cognitiva y, eventualmente, la neurofisiología.

Pero cuidado, no obstante, con palabras tan seductoras como «causa». Está claro que podemos hacer de ella un término técnico y convenir su uso, en el sentido de STAATS, para hacer referencia a disposiciones conductuales. Ahora bien, hemos de tener en cuenta que se trataría entonces de una licencia metodológica (su lectura real sería «variable independiente»). Como también hemos de estar precavidos contra la creencia de que al construir un enfoque «causal» - conductual de la inteligencia à la STAATS estamos construyendo por eso mismo una teoría causal tout court que, eventualmente, pueda desembocar en una teoría conductual que no necesite de las ciencias cognitivas ni de la neurociencia para dar una respuesta causal-sin-comillas (en la mejor tradición fisicalista) a la pregunta «¿Qué es la inteligencia?». Las disposiciones disponen, los individuos actúan.

6. En resumen, tratar la personalidad como causa y hablar sólo de conducta y repertorios conductuales, o bien tratar de unificar - los «cuerpos tradicionales de conocimiento» con un «cuerpo conductista de conocimiento» barriendo para casa, es construir puentes conceptuales inconsistentes. Y, por otra parte, el reduccionismo por decreto, estipular lo que sea o deje de ser la inteligencia, puede resultar en la construcción de puentes conceptuales que finalicen en el punto de partida, es decir, en nuestra propia parroquia.


Dennett, D. C. (1987). The Intentional Stance, MIT Press/Bradford, Cambridge (Mass.).

Kunh, T. S. (1971). La Estructura de las Revoluciones Científicas, FCE, México, edición original de 1962.

- (1979). «Segundas Reflexiones acerca de los Paradigmas», en: F. Suppe (ed.), La Estructura de la Teorías Científicas, Editora Nacional, Madrid, ed. orig. 1974.

Masterman, M. (1975). «La Naturaleza de los Paradigmas» , en: I. Lakatos y A. Musgrave (eds.), La Crítica y el Desarrollo del Conocimiento, Grijalbo, Barcelona, ed. orig. 1970.

Rorty, R. (1983). La Filosofía y el Espejo de la Naturaleza, Cátedra, Madrid, ed. orig. 1979.

Ryle, G. (1949). The Concept of Mind, Hutchinson, Londres.

Staats, A. W. (1975). Conductismo Social, El Manual Moderno, México 1979, ed. orig.

Stemberg, R. J. y D. K. Detterman (1988). ¿Qué es la Inteligencia? Enfoque Actual de su Naturaleza y Definición, Pirámide, Madrid, ed. orig. 1986.

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