1. Cuando Arthur STAATS nos habla en «Paradigmatic Behaviorism's
Theory of Intelligence» de su aproximación conductista paradigmática
a una ambiciosa teoría de la cognición, lo hace presumiblemente
(véase el prólogo original a Conductismo Social) influido
por la terminología de Thomas S. KUHN en La Estructura de las Revoluciones
Científicas. Ahora bien, ¿qué significado de «paradigma» tiene
en mente STAATS?
Margaret MASTERMAN ha señalado en «La Naturaleza de
los Paradigmas» hasta 21 significados diferentes de «paradigma» en la mencionada
obra clásica de KUHN. Entre ellos: Como logro científico universalmente
reconocido, como un mito, como una «filosofía» o constelación
de cuestiones, como un libro de texto u obra clásica, como una tradición,
como una analogía, como una especulación metafísica acertada,
como un hecho de jurisprudencia, como una fuente de herramientas, como un ejemplo
típico, como un plan de instrumentación, como un conjunto de instituciones
políticas, como un punto de vista epistemológico general... ¿Qué
es o qué puede ser, pues, el conductismo paradigmático?
En lo que sigue comentaré críticamente el mencionado
artículo de STAATS desde un punto de vista metodológico-conceptual.
Defenderé que, a pesar de las pretensiones explícitas del autor,
su enfoque conductista paradigmático no puede entenderse como una teoría
causal de la inteligencia en el sentido de un conjunto de generalizaciones nómicas
que (junto con un conjunto de procedimientos experimentales ejemplares) circunscriban
el campo causal en el que cabe dar cuenta de la conducta inteligente. Por el
contrario, mantendré que tal enfoque debe ser contemplado más
bien como una fructífera técnica de análisis y modificación
de conducta. Una técnica que puede considerarse operativa por la diversidad
de procedimientos experimentales que acoge y por estar basada en generalizaciones
conductuales (principios de condicionamiento) que, eventualmente, deberían
completarse con generalizaciones procedentes de las ciencias cognitivas y la
neurociencia a fin de producir un marco teórico unificado y completo
con su tecnología asociada. Es este marco teórico el que, en un
sentido propio, constituiría un eventual paradigma (o, mejor, matriz
disciplinar en el sentido de KUHN, 1974) que agrupe como comunidad científica
a los psicólogos que trabajan hoy en el campo-de la inteligencia desde
perspectivas parciales diversas (cf. STERNBERG y DETTERMAN, 1986). El paradigma
que STAATS fundamenta es más un plan técnico de instrumentación
que un marco teórico comprehensivo.
2. Ciertamente, el enfoque de STAATS amplía de un modo
considerable la posición metodológica del conductismo tradicional:
Se construye como un marco conceptual operativo para extender a procesos cognitivos
en general (y de aprendizaje del lenguaje en particular) el dominio de aplicación
del conductismo. Baste recordar el buen número de tareas involucradas
en el rendimiento en tests de C.I. de las que ya es capaz de dar cuenta el enfoque
de este autor. En este sentido, creo que podemos considerar el conductismo paradigmático
como una técnica efectiva de manipulación de la conducta
humana «inteligente» (tal como ésta es registrada en tests de C. I.).
Y en la medida en que el enfoque de STAATS demuestra su eficacia experimental
al respecto, parece satisfacer el objetivo de trazar un puente entre el conductismo
y la psicometría. Como también parece arrojar nueva y prometedora
luz sobre la estancada polémica herencia-ambiente al demostrar la importancia
de los factores motivacionales para dar cuenta del rendimiento diferencial en
tests de C.I. Pero no es esto lo que aquí nos concierne.
3. Consideremos ahora las siguientes preguntas: ¿Cómo
aprende alguien a ser inteligente? ¿Cómo funciona la inteligencia? ¿Cómo
se justifica conductualmente su medida? Y, por último, ¿cómo puede
ser manipulada por procedimientos de intervención? Todas estas preguntas
las formula el propio STAATS a continuación de hacerse la pregunta original
«¿Qué es la inteligencia?». ¿Acaso puede, debemos preguntarnos ahora,
reescribirse esta última pregunta como la conjunción de las anteriores?
Es decir, ¿acaso una respuesta (satisfactoria o no) para el grupo de preguntas
anteriores involucra una respuesta para la pregunta por la propia inteligencia?
STAATS parece creer que sí. Pero tal creencia descansa sobre una base
ciertamente insegura: Ser capaces de manipular algo con éxito (digamos
la conducta) no significa que entendamos lo que estamos haciendo, en el sentido
de que seamos capaces de explicar paso a paso cómo podemos hacer lo que
de hecho estamos haciendo. Un marco metodológico y experimental como
el bosquejado por STAATS no tiene por qué involucrar una teoría
causal de la inteligencia: Manipular con éxito no presupone una explicación
previa satisfactoria. Es bien conocido que contábamos con máquinas
de vapor mucho antes de que la nueva ciencia de la termodinámica llegase
a explicar por qué funcionaban dichas máquinas.
De un modo más ilustrativo, el concepto de valencia
era bien conocido en química, y utilizado con éxito para dar cuenta
de las razones enteras de combinación de los elementos químicos,
antes de que los físicos contaran la historia microfísica correspondiente.
«Tener la valencia n» era tradicionalmente entendido como una propiedad combinatoria
disposicional: «Estar en disposición a comportarse de tales-y-tales formas
bajo tales-y-tales circunstancias», es decir, «tener cierto repertorio químico-conductual».
Sólo más tarde, sin embargo, consiguió entenderse por qué
los elementos se combinaban con las razones enteras ya conocidas.
Pero cuidado, nos advierte DENNETT (1987: 44), una cosa es
citar las valencias como causas de un fenómeno combinatorio (¿Por qué
se combinan estos dos elementos de la forma en que se combinan? «Porque tienen
ciertas valencias») y otra bien distinta dar una explicación propiamente
causal del fenómeno (...? «Porque tienen ciertas propiedades microfísicas»).
Como respuesta de la primera clase debería identificarse la apelación
a disposiciones o repertorios conductuales, una clase de respuestas útiles
por conferirnos cierta capacidad predictiva antes de saber ni una palabra sobre
el mundo microfísico (o, para el caso, neurofisiológico), pero
también una clase de respuestas que desde luego no agota todo lo que
puede decirse sobre el asunto. Simplemente, hemos de mantener diferenciadas,
por un lado, la caracterización conductual de «valencia» (o «inteligencia»)
como competencia y, por otro lado, la caracterización causal de esas
propiedades como realización.
Los repertorios conductuales jerárquicamente organizados
deben entenderse conceptualmente como disposiciones conductuales que, de algún
modo, resumen una historia de interacciones individuo-medio. Ahora bien, una
explicación completa de las formas de conducta inteligente no puede restringirse
(por decisión metodológica) a apelar a una serie de destrezas
conductuales adquiridas. Nos olvidamos de una parte importante de la historia
causal que debería relatarse, a saber, la concerniente a la realización
material de esas competencias (la historia que presumiblemente ha de contar
todavía el neurofisiólogo). Asimismo, es plausible suponer que
las ciencias cognitivas tienen otra parte importante que añadir a tal
historia: Es necesario considerar un patrón de organización cognitiva
o sistema inferencial (la racionalidad del lenguaje ordinario) para que nuestro
banco de elementos cognitivos o repertorio de disposiciones a actuar tenga alguna
posibilidad de funcionar apropiadamente. Y aunque todavía hoy se ofrecen
pocas posibilidades predictivas y manipulativas desde las ciencias cognitivas
y la neurociencia, hemos de reconocer que son ciencias que se hallan en pleno
desarrollo. No es aconsejable, y puede que tampoco sea posible, excluirlas de
un eventual «paradigma» en psicología con la inteligencia como objeto
de estudio. Hacer tal cosa sería condenarlas antes de contar con el veredicto
del tribunal de la experiencia, como sucede con el pobre Sombrerero Loco de
Alicia a través del Espejo.
El enfoque de STAATS, de este modo, no constituye una teoría
causal que pueda presentarse como alternativa auto-suficiente, o unificación
paradigmática, al problema de la inteligencia. Construir un marco metodológico
y experimental para la manipulación efectiva de la conducta inteligente
no es ofrecer eo ipso una teoría explicativa y completa de la
inteligencia, por rudimentaria que ésta sea en principio. En pocas palabras:
a menos que encorsetemos a priori e inadmisiblemente el ámbito de la
psicología, o a menos que nos enredemos con significados metafísicos
sobreañadidos para la expresión «repertorio conductual», debemos
reconocer que no todo lo que puede decirse interesante acerca de la inteligencia
en psicología es expresable solamente en términos conductuales.
4. Una teoría de la inteligencia, en el sentido usual
de teoría científica, y en tanto que teoría, debe
ofrecer una respuesta causal a la pregunta «¿Qué es la inteligencia?».
Este debe ser el motivo por el que STAATS habla en el texto de causas con tanto
énfasis.
¿En qué consiste, con todo, una lectura causal de la
pregunta por la inteligencia? En ofrecer una respuesta explicativa a la pregunta:
¿Cuál es la causa de la conducta inteligente? Ahora bien, esta última
pregunta ha sido tradicionalmente interpretada al menos de dos modos diferentes:
(i) ¿Cuál es el órgano de la inteligencia?, y
(ii) ¿cuál es la estructura de la inteligencia?
Obviamente, (i) es una mala pregunta. Es similar a preguntar
por el órgano de la vida o por el órgano de los celos. Así,
una respuesta para (i) sería o bien trivial y no informativa (ejemplo:
el sistema nervioso central), o bien desafortunada al estilo de una interpretación
cosificadora del factor g (ejemplo: la energía mental de SPEARMAN).
Respecto a (ii) las cosas parecen cambiar sustancialmente.
La pregunta por la estructura de la inteligencia puede recibir, a su vez, una
interpretación morfológica o anatómica (como haciendo referencia
a la estructura física o hardware), con lo cual estamos nuevamente
en (i); o bien recibir una interpretación más plausible de carácter
funcional («software», es la palabra). Rasgos, factores, y repertorios
conductuales jerarquizados corresponden presumiblemente, como respuestas, a
esta última interpretación funcional de la pregunta por la estructura
de la inteligencia. El problema aparece cuando, en este punto, se pretende estar
ofreciendo todavía una posible respuesta a la pregunta por la causa de
la conducta inteligente. Responder a la pregunta por la causa de la inteligencia
(o de la conducta inteligente) en términos de la estructura funcional
de la inteligencia es dejar la pregunta original sin respuesta. Y pretender
lo contrario es cometer un error categorial. Creer que la estructura funcional
de la inteligencia es la causa de la conducta inteligente es como creer que
la clasificación taxonómica de los seres vivos (que también
está basada en generalizaciones de la biología evolutiva y confiere
una gran capacidad predictiva) es la causa de que estén vivos, o como
creer que la organización administrativa de una universidad (basada,
en este caso, en normas de aplicación general) es la causa de que haya
algo que administrar.
Claro que siempre se puede usar el término «causa» de
un modo diferente a como es usado en las ciencias naturales, pasando a interpretarlo
como competencia y no como realización (material antecedente), ante la
tarea de ofrecer una explicación «causal» de la conducta inteligente.
Pero ésta, desde luego, no es una solución muy atractiva para
alguien que desee hacer ciencia bona fide.
5. Quizá la dificultad de base se encuentre en el poderoso
atractivo que siempre ha ejercido la palabra «causa», y más cuando estamos
hablando de razón o inteligencia, la secular categoría ordenadora
del mundo natural y social (por no hablar del sobrenatural -Dios era concebido
como intellectus purus por SANTO TOMÁS-).
Cuenta un mito órfico de la Grecia Arcaica que los hombres
estamos constituidos por una doble naturaleza: la titánica, carnal y
negativa, y la dionisíaca, nuestra alma divina e inmortal. Desde entonces,
nuestra cultura occidental ha transformado y asimilado el mito religioso hasta
convertirlo en un lugar común de la filosofía, el sentido común
y darle incluso categoría de respetable conclusión científica.
El alma-como-razón de PLATÓN, el speculum obscurum de SAN
PABLO, el alma intelectual de los escolásticos, la esencia de vidrio
de SHAKESPEARE, la res cogitans de DESCARTES, la mente de la tradición
empirista. La facultad intelectiva de la ciencia decimonónica, la energía
mental de SPEARMAN y el posteriormente ubicuo factor g... Muchos psicólogos
de hoy en día siguen todavía empeñados en buscar alguna
clase de referente para el término «inteligencia». La atribución
de poderes causales ha sido, y sigue siendo, la manifestación más
directa de ese venerable compromiso realista. Aunque hoy día difícilmente
podemos encontrar dualistas, los materialistas más convencidos siguen
persiguiendo el mismo animal al buscar, si bien ya no en el reino espiritual,
esa cosa, entidad, propiedad, o estructura causalmente responsable de las acciones
que ordinariamente calificamos como «inteligentes». Con este trasfondo histórico
considero que debe observarse el interés de Arthur STAATS por ofrecer
una interpretación causal de la inteligencia, por conductual que
esta interpretación sea.
Nótese, marginalmente, que todas estas dificultades
simplemente se evaporarían si, siguiendo la indicación de archiconocidos
psicólogos (WATSON) y filósofos de la psicología (RYLE),
nos limitáramos a seguir considerando la inteligencia de acuerdo con
la mejor tradición conductista: Como una suma de actividades actuales
y potenciales. Este sería el modo de evitar un desafortunado y viejo
error del pensamiento occidental (que aparece ya con las Formas platónicas):
Tratar los adjetivos como si fueran nombres, tomar propiedades y considerarlas
como si ellas mismas fueran sujeto de predicación y lugar de eficacia
causal (cf. RORTY, 1979: Cap. 1).
En mi opinión, STAATS no sólo no tiene necesidad
alguna de esa interpretación causal, sino que tampoco creo que tenga
posibilidad de ofrecerla dentro de su marco conceptual conductista. Con todo,
el enfoque conductual de los fenómenos cognitivos descrito por STAATS
en el texto es interesante en sí mismo, sin necesidad de superfluos compromisos
realistas que en nada contribuyen en este caso al eventual desarrollo de una
técnica efectiva de modificación de conducta. Adelante, pues,
con la técnica que ya llegará -si es que ha de llegar una teoría
causal apropiada en alianza con la psicología cognitiva y, eventualmente,
la neurofisiología.
Pero cuidado, no obstante, con palabras tan seductoras como
«causa». Está claro que podemos hacer de ella un término técnico
y convenir su uso, en el sentido de STAATS, para hacer referencia a disposiciones
conductuales. Ahora bien, hemos de tener en cuenta que se trataría entonces
de una licencia metodológica (su lectura real sería «variable
independiente»). Como también hemos de estar precavidos contra la creencia
de que al construir un enfoque «causal» - conductual de la inteligencia à
la STAATS estamos construyendo por eso mismo una teoría causal tout
court que, eventualmente, pueda desembocar en una teoría conductual
que no necesite de las ciencias cognitivas ni de la neurociencia para dar una
respuesta causal-sin-comillas (en la mejor tradición fisicalista) a la
pregunta «¿Qué es la inteligencia?». Las disposiciones disponen, los
individuos actúan.
6. En resumen, tratar la personalidad como causa y hablar sólo
de conducta y repertorios conductuales, o bien tratar de unificar - los
«cuerpos tradicionales de conocimiento» con un «cuerpo conductista de conocimiento»
barriendo para casa, es construir puentes conceptuales inconsistentes. Y, por
otra parte, el reduccionismo por decreto, estipular lo que sea o deje de ser
la inteligencia, puede resultar en la construcción de puentes conceptuales
que finalicen en el punto de partida, es decir, en nuestra propia parroquia. |
Dennett, D. C. (1987). The Intentional Stance, MIT Press/Bradford,
Cambridge (Mass.).
Kunh, T. S. (1971). La Estructura de las Revoluciones Científicas,
FCE, México, edición original de 1962.
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en: F. Suppe (ed.), La Estructura de la Teorías Científicas,
Editora Nacional, Madrid, ed. orig. 1974.
Masterman, M. (1975). «La Naturaleza de los Paradigmas» , en:
I. Lakatos y A. Musgrave (eds.), La Crítica y el Desarrollo del Conocimiento,
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Rorty, R. (1983). La Filosofía y el Espejo de la
Naturaleza, Cátedra, Madrid, ed. orig. 1979.
Ryle, G. (1949). The Concept of Mind, Hutchinson, Londres.
Staats, A. W. (1975). Conductismo Social, El Manual
Moderno, México 1979, ed. orig.
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la Inteligencia? Enfoque Actual de su Naturaleza y Definición, Pirámide,
Madrid, ed. orig. 1986. |