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 Nada de lo psicológico nos es ajeno
III Congreso Nacional de Psicología - Oviedo 2017
Universidad de Oviedo

 

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ARTÍCULO SELECCIONADO

Psicothema

ISSN EDICIÓN EN PAPEL: 0214-9915

1995. Vol. 7, nº 1, pp. 189-217
Copyright © 2014


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LA PSICOLOGÍA EN LA OBRA DE BENITO G.FEIJOO

 

Rafael Llavona y Javier Bandrés

Universidad Complutense, Universidad de Vigo

Benito G. Feijoo y Montenegro (1676-1764) fue el más destacado promotor de la actitud crítica y empirista en los albores de la Ilustración española. En este artículo se ofrece un panorama de conjunto de la investigación psicológica en la obra del maestro benedictino.

The psychology in the work of Benito G. Feijoo. Benito G. Feijoo y Montenegro (1676-1764) was the most prominent promoter of the critical empiricist attitude at the dawn of the Spanish Enlightenment. In this paper a general survey of the psychological research by the benedictine master is showed.

 
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Correspondencia: Rafael Llavona
Universidad Complutense. Facultad de Psicología
28223 Madrid. Spain

 

Feijoo y la Ilustración

Benito Gerónimo Feijoo y Montenegro nace en Casdemiro (Orense) el año de 1676. En 1688 ingresa en el monasterio benedictino de San Julián de Samos (Lugo), estudia Artes en el colegio de San Salvador de Lérez (Pontevedra) y Teología en el de San Vicente de Salamanca. En 1709 se traslada al que ya será su destino definitivo, el convento de San Vicente de Oviedo. En su Universidad recibe el grado de doctor en Teología y en ella ocupa cátedra de Teología durante tres décadas. El momento de su jubilación en 1739 coincide con la edición del último tomo de su Teatro Crítico. Durante los veinte años siguientes redacta los cinco volúmenes de sus Cartas Eruditas. Muere el año 1764 en el convento de San Vicente.

Julián Marías sitúa a Feijoo en el centro de la generación de 1676, primera del siglo XVIII. El y Macanaz, personajes tan dispares, constituyen sus principales figuras (Marías, 1976). Mayor dificultad supone su adscripción intelectual respecto a las líneas del pensamiento ilustrado. Maravall lo sitúa entre los representantes del llamado «primer siglo XVIII» o «primera Ilustración», eslabón entre el grupo de los «novatores» (1680-1726) y elude los «reformadores» de la segunda etapa del siglo XVIII (Maravall, 1981).

Feijoo es un escritor tardío, comienza a escribir en plena madurez y cuando lo hace, la escritura constituye una actividad bien diferenciada de su especialidad académica, la Teología. Debe su reconocimiento, no exento de polémica, a sus dos obras mayores: Teatro Crítico Universal. Discursos varios en todo género de materias para desengaño de errores comunes y Cartas Eruditas y Curiosas, en que por la mayor parte se continúa el designio del Teatro Crítico Universal, impugnando o deduciendo a dudosas varias opiniones comunes. En ambos títulos quedan patentes el planteamiento y propósito de Feijoo: variedad temática y refutación crítica de los puntos de vista vulgares. Amplio es, en efecto, el catálogo de materias examinadas. Discursos y cartas no están comúnmente enlazados por un hilo argumental, no se trata de obras sistemáticas. En consonancia, la crítica se ha inclinado por un tratamiento transversal y temático de su obra. Tal es el caso de las monografías dedicadas a la Biología, Antropología, Zoología, Medicina, Pedagogía, Estética, Gnoseología o Psicología Comparada (Marañón, 1934; Cerra, 1986; Chao, 1983; Telenti, 1963; Sainz-Amor, 1950; Montero, 1932; Martínez, 1992; Bandrés y Llavona, 1994).

Ahora bien, esta dispersión en las más variadas materias no está exenta de lazos que delatan un punto de vista coherente. En primer lugar, por las frecuentes referencias en las que el propio Feijoo remite a pasajes anteriores de su obra y por la recurrencia de ciertos temas mayores. En segundo lugar, por el propósito único de sus escritos: crítica de errores y opiniones indebidamente fundadas. Errores y opiniones que son la concreción de un estilo de pensamiento, el del vulgo - y el de muchos vulgares aunque no pertenecieren al vulgo, como Feijoo gusta escribir - a los que se enfrenta (aun tratando siempre de evitar roces con las instituciones) con análisis e interpretaciones concretas que remiten a su propio esquema explícito de pensamiento, el que corresponde a un enfoque regido por los principios de una religión depurada y una filosofía natural basada en la experiencia. En su planteamiento convergen la actitud de apertura intelectual a las corrientes de pensamiento moderno recibida de sus profesores benedictinos de S. Vicente en Salamanca y el interés por las ciencias físico-matemáticas que le llega por medio de los «novatores» (Mestre, 1990).

En el ámbito de la naturaleza, no así en el de la fe, la orientación teórica que da unidad a su pensamiento está marcada por una actitud crítica, empirista y probabilista. Feijoo revisa diversas interpretaciones prodigiosas de fenómenos naturales y prescinde de las explicaciones metafísicas de las realidades físicas. Bajo la influencia de Bacon (McClelland, 1976), no duda en referir la base de toda certeza a la prueba de la experiencia. Experiencia que define como suma de observación - bien directa bien por medio de informantes cualificados y contrastados- más reflexión, y que contrapone a los discursos ideales deducidos de cualquiera de los sistemas filosóficos, ya sean éstos antiguos o modernos.

Este planteamiento le lleva a definir la práctica de la filosofía natural como «hábito opinativo». El examen de la naturaleza (y de la conducta) es más un programa y un proceso que una acumulación de resultados, y mucho menos un sistema. Más aún, la investigación de las causas naturales no admite demostración o certeza alguna, sólo probabilidad, duda o suspensión del juicio. Ahora bien, esta triple actitud lo es tan sólo relativa. El marco conceptual sigue fuertemente influido por la doctrina aristotélico-tomista: el horizonte de toda discusión siguen siendo las Escrituras, si bien interpretadas con sensatez y huyendo en ocasiones de interpretaciones literales. Inevitablemente, el triángulo experiencia -reflexión- revelación producirá en ocasiones dudas e inconsistencias en el pensamiento de Feijoo (Ardao, 1962; López, 1976; Coletes, 1981).

El impacto de su obra es súbito y amplio. Conoce múltiples reediciones y traducciones al inglés, francés, italiano y alemán. Las razones de su éxito se encuentran tanto en el contenido como en el talante del autor y en las características formales de su obra. El talante personal de Feijoo le lleva a adoptar una posición de prudencia posibilista en la relación poder-pensamiento, para no transgredir los límites de lo «políticamente correcto». Entre las características formales de su obra se han destacado la opción por la lengua castellana en lugar del latín, las peculiaridades estilísticas de su prosa, en sintonía con una tradición permanente en nuestra literatura que se ha denominado «senequismo literario hispánico» y el formato de sus escritos, que le permiten constituirse en nuestro primer ensayista contemporáneo (Bueno, 1966; Marichal,1971).

Feijoo y la Psicología

Feijoo consideraba los temas de lo que hoy denominamos Psicología como el más vasto, atractivo y apasionante de todos los campos del saber. Y así lo declara en su ensayo El Error Universal: «Si Dios nos diese luz para conocer claramente cualquier alma humana, ¡Qué teatro tan vasto y tan variado se presentaría de repente a los ojos de nuestro entendimiento! ¡Cuánto número de facultades diversas! En cada facultad, ¡cuánta multitud de distintas determinaciones! ¡Qué variedad tan prodigiosa de inclinaciones y afectos! Ninguna selva tiene tantas hojas, cuantas son las diferencias que hay que contemplar en cada una de las partes expresadas.

Para hacer bien comprensible esto, siento una suposición, que pienso no me negará ningún hombre de mediano entendimiento; y es, que entre tantos millares de millares y aun millares de millones de hombres que hay en el mundo, no se hallará alguno que sea perfectamente parecido a otro, ni en el complejo de inclinaciones ni en el conocimiento de todos los objetos. Cualquiera que lea esto, haga reflexión sobre si ha visto jamás dos individuos tan acordes en los afectos que a uno agradase todo lo que agradaba al otro, o tan conformes en entender, que nunca discrepasen en el dictamen. Es certísimo que no. Y de aquí se infiere con evidencia, que así la parte intelectiva como la apetitiva de cada hombre consta de un número innumerable de disposiciones distintas: pues a no ser así, sería imposible que entre tantos millares de millones de individuos no se repitiese en algunos y aun en muchos el mismo complejo.

Toda la variedad que hemos considerado en el entendimiento y voluntad del hombre es menor que la que hay que contemplar en el amplísimo seno de la memoria: aquel seno, digo, capaz de contener el ser inteligible de todo un mundo y aun de muchos mundos, y donde actualmente se contienen millares de millares de aquellas especies que la Escuela llama inteligibles o impresas. ¡Qué teatro tan vario, tan espacioso, tan augusto aquel donde se representa al vivo la inmensa mole del Cielo, el cuerpo, curso y resplandor de todos sus astros: la tierra, el aire, el agua, con tanto número sinnúmero de cuerpos vivientes, inanimados, elementales y mixtos!

Todo esto y mucho más, que es imposible individuar aquí, hay que contemplar en el espíritu del hombre, que tan simple, tan uniforme se representa el común modo de entender. Yo me imagino que si Dios nos fuese mostrando sucesivamente todo lo que hay que ver en él, de modo que en cada minuto de tiempo sólo viésemos lo que es representable en un acto, el más precisivo del entendimiento, pasarían muchos centenares de años antes de verlo todo. Yo, sin duda, si se me diese opción, antes elegiría ver claramente una alma humana, que registrar cuantos entes visibles contienen el Cielo, la tierra, el aire y el agua» (VI, XIII, 364-365).

El panorama de la Psicología en la obra de Feijoo que ofrecemos muestra que el texto citado no fue una mera declaración de intenciones. El Feijoo psicólogo constituye una de las caras más atractivas del polifacético maestro de la Ilustración española. Un recorrido por las diversas áreas que captaron su interés nos lo mostrará así.

Fundamentos de la Percepción

En Que no ven los Ojos sino el Alma Feijoo defiende la tesis de que los sentidos transmiten las estimulaciones del mundo al cerebro, que es el órgano mediante el que el alma percibe e interpreta.

Para empezar, descarta el valor de la experiencia vulgar en torno al tema: el hombre de a pie opina que los ojos ven por la misma razón por la que cree que los objetos se reflejan en la retina manteniendo en la imagen la posición original de sus partes, «esto es, las superiores arriba y las inferiores abajo (...) y estará firmísimo en que la propia experiencia de la visión lo convence visiblemente. Con todo, la óptica convence lo contrario: esto es, que las partes de la imagen ocular están en sitio inverso (...) Y lo que más sorprenderá a los nada o poco impuestos en los curiosos secretos de la óptica es, que si no estuviesen en el modo que he dicho, contrapuesta en la positura la imagen con el original, no se vería este según su propia disposición» (4, 26, 361-362).

Descartada la opinión vulgar, Feijoo menciona en defensa de su tesis el caso de los enfermos en los que la obstrucción del nervio óptico anula la visión: los ojos se conservan sanos pero la función se pierde. Así, apoyado en la autoridad de Gassendi, Malebranche, Bouhours, Tozzi y el doctor Martínez, afirma rotundamente que «el órgano o sujeto propio donde se ejerce la visión es el principio u origen del nervio óptico, que está, como el de todos los demás nervios, dentro de la substancia de el cerebro. Lo mismo digo de todas las demás sensaciones; esto es, que todas se hacen en el origen de los nervios correspondientes (...) En llegando la impresión al origen del nervio óptico resulta, o se excita en el alma aquella percepción de el objeto que llamamos visión» (4, 26, 364).

Las reflexiones de Feijoo no se limitaron a la explicación del substrato fisiológico de la percepción. En el corolario que añade a Nueva Potencia Sensitiva, nuestro autor puso en cuestión el marco conceptual aristotélico basado en la estructura pentasensorial, sugiriendo que la difícil comprensión de ciertos fenómenos perceptivos que se manifestaba en su época «proviene de los estrechos límites que hasta ahora señalaron los filósofos a la esfera de actividad del alma sensitiva, reduciendo los sentidos corpóreos al preciso número de cinco. Y me inclino a pensar, que esta limitación no esta bastantemente fundada (...)» (4, 6, 76). Feijoo duda de la doctrina tradicional, apuntando sagazmente al complejo problema de la percepción sensorial de las respuestas emocionales: «Luego que oímos alguna noticia triste, o vemos algún suceso para nosotros lamentable, al punto se aflige el alma, y de la aflicción del alma resulta prontamente en el cuerpo una especie de dolor congojoso, que manifiestamente experimentamos en el pecho. La percepción experimental de este dolor ciertamente es una sensación corpórea. Pero ¿a qué sentido de los cinco pertenece?» (4, 6, 77). Tanto este caso, como el de la percepción del horror, hacen sospechar a Feijoo que «hay otro sentido corpóreo innominado, a quien pertenece esa sensación» (4, 6, 77). Se hace cargo de la objeción de que estas sensaciones pueden ser no más que casos especiales del funcionamiento del tacto, argumentando que, en último término, todos los sentidos se ejercen por alguna suerte de contacto material con el mundo y, sin embargo, «sólo a uno se da el nombre de tacto, distinguiendo específicamente los otros cuatro, y cada uno de estos entre sí, por la distinción de los cuerpos y de los órganos. Luego, aunque el ejercicio de las potencias sensitivas, y que yo destino para las particulares sensaciones que he expresado, se haga por alguna especie de contacto, queda lugar a su distinción específica respecto de las potencias sensitivas conocidas hasta ahora (...)» (4, 6, 80).

La Percepción del Tiempo

En su Nueva Potencia Sensitiva se había planteado específicamente la posibilidad y compleja naturaleza de la percepción del tiempo: «hay un objeto real y verdadero, cuya existencia percibimos, y aun cuya dimensión conocemos, sin que esta percepción se haga mediante alguna de las potencias que hasta ahora señalaron los filósofos (...) El objeto de que hablo, es este ente fluido, volátil y fugitivo, que llamamos tiempo (...) ¿con qué sentido corpóreo percibimos este objeto material, o por cual de los cinco conocidos entra su especie al alma? Por ninguno de ellos sin duda, pues ni le vemos, ni le oímos, ni le olemos, ni le gustamos, ni le tocamos. Luego hay otra potencia sensitiva, destinada a su percepción (...) otra interior, que es esa nueva potencia representativa, a quien podemos llamar reloj natural del alma» (4, 6, 70-71). Feijoo rechaza el punto de vista de Locke, que atribuía la percepción del tiempo a un proceso de reflexión sobre el orden sucesivo de las ideas, y reafirma su convencimiento de que hay en nosotros una capacidad perceptiva de la duración del tiempo. La tesis de Feijoo constituye un precedente del enfoque kantiano del tiempo y el espacio como formas sensibles primitivas (Martínez Gómez, 1956).

La inclinación feijoniana hacia la perspectiva comparada en los temas psicológicos se pone de manifiesto al concluir el texto principal de este artículo con la cuestión de si en los animales hay la misma capacidad perceptiva del tiempo que en nosotros. Feijoo resume su posición con claridad: «Primera proposición. Supuesto que no es el tiempo un ente espiritual (...) no está por este capítulo excluído de la esfera de actividad o jurisdicción de la potencia cognoscitiva de los brutos. Segunda. Aun supuesta la materialidad del tiempo, no se infiere de ella que los brutos le sientan o perciban, siendo cierto que no se extiende su capacidad, como probablemente ni aun la de los hombres, a todas las especies o géneros de objetos materiales. Tercera. Aun cuando concedamos a los brutos alguna facultad perceptiva de la serie sucesiva del tiempo, no es preciso suponerla de igual perfección específica a la del hombre: antes lo contrario es lo más verosímil (...) Cuarta. No es necesario discurrir uniformemente de todos los brutos sobre esta materia, cuando su diversidad específica (...) da motivo para pensar que no todos están proveídos de las mismas facultades sensitivas (...) Quinta. Las observaciones experimentales que se han hecho en algunos brutos, dan motivo aparente, pero no seguro, para suponer en ellos alguna facultad destinada a discernir la cuantidad y orden sucesivo del tiempo» (4, 6, 74-75). Sobre la naturaleza de la percepción del tiempo en los animales, Feijoo se muestra dubitativo y a veces contradictorio. Maneja alternativamente como procesos explicativos la pura percepción del tiempo y la capacidad de enumerar (p. ej. los días): «Más como yo en la tercera proposición, escrita arriba, he asentado, que aun concediendo a los brutos alguna percepción, de la serie sucesiva de el tiempo, debe restringirse ésta, de modo, que sea específicamente inferior a la que nosotros tenemos, parece que dejándoles a salvo la enumeración de los días de la semana, considerado cada uno en su totalidad, según la serie con la que se van sucediendo, ya se les concede cierto sentimiento de la duración del tiempo, aunque imperfecto, respecto del que experimentamos nosotros». Mas, con su gran sentido crítico, rápidamente advierte que «acaso es más perfección de los brutos, y por tanto más difícil de admitirse, la enumeración de los días que se les concede, que es otra mesuración del tiempo, que se les niega (...)» (4, 6, 75-76).

La Percepción y el Problema Mente-Cuerpo

El análisis de la percepción conducía inevitablemente a Feijoo al problema mente-cuerpo. En Que no ven Los Ojos sino El Alma comenta: «Esta dificultad es transcendente a todas aquellas afecciones del alma, que resultan de tales o tales movimientos de los miembros del cuerpo, como asimismo a todos los movimientos del cuerpo, que resultan de tales o tales afecciones del alma. Entre un espíritu puro, cual es el alma, y la materia, hay una distancia filosófica tan grande, que se hace ininteligible, que esta resultancia provenga de alguna conexión natural de uno con otro (...) Pero el que aquella conexión natural nos sea, o ininteligible o de muy difícil inteligencia, en ninguna manera prueba que no la haya» (4, 26, 364-365). Feijoo se sitúa en el marco del dualismo aristotélico pero enfatizando los datos empíricos en torno al sustrato fisiológico de la vida mental: «es indubitable que la alma es la que ve, la que oye, la que huele etc., pues la materia es incapaz de percepción alguna, y sólo organizada de este o aquel modo puede servir de instrumento para aquellas percepciones del alma, la cual tampoco, sin el órgano corpóreo puede ejercerlas. Este órgano necesariamente se ha de colocar en el cerebro (...)» (4, 26, 365). En apoyo de su tesis, Feijoo, en primer lugar, cita ejemplos para mostrar que «( ...) si el cerebro carece de la disposición necesaria para que la impresión que los objetos hacen en ellos se propague por los nervios hasta el cerebro, no se logra alguna sensación» (4, 26, 365): el hombre que duerme no escucha sonidos que estimulan su tímpano, el «apoplético» no siente pese a conservar sano el resto del organismo, el cataléptico, en fin, se muestra insensible a la mayoría de los estímulos aun cuando en ocasiones responda a algún tipo de ellos: «Lo que verosímilmente proviene de que el nervio, por donde se propaga la impresión de tal o tal objeto, tiene su orígen en una parte del cerebro, que no está lisiada u obstruida, estándolo las que dan origen a los nervios que conducen las impresiones de otros objetos» (4, 26, 365-366). En segundo término, Feijoo va a proponer algunos casos en apoyo de la tesis psicofisiológica de que «todas las sensaciones se hacen en el cerebro», de modo que «aun faltando el objeto de tal o tal sentido exterior, si por otra causa distinta el nervio que pertenece a él se conmueve del mismo modo que por la impresión que hace aquel objeto, resulta en el alma la misma sensación» (4, 26, 366). Como se ve, Feijoo intuye el concepto de energías específicas de los nervios medio siglo antes de que Bell o Müller ensayen su formulación sistemática: «Si a alguno de noche dan un golpe en un ojo, ve un género de chispeo o iluminación pasajera, porque el golpe dio el mismo movimiento al nervio, que daría la iluminación si existiera» (4, 26, 366), y así comenta también en este contexto el fenómeno de las postimágenes: «Por la misma razón, el que vio por un rato un objeto muy iluminado, verbi gracia una vidriera expuesta a la luz de el sol, cerrando luego los ojos, ve por uno o dos minutos el mismo objeto o mantiene la misma sensación» (4, 26, 366). La generalidad de estos principios psicológicos no ofrece dudas para Feijoo: «Lo que he dicho del acto de ver, de oír y de la percepción del dolor, se debe entender asimismo de todas las demás sensaciones, porque para todas milita la misma razón. Sólo siente el alma, y siente en aquella parte del cerebro, donde está el origen de los nervios» (4, 26, 367).

Ilusiones y Percepciones Anómalas

En coherencia con el reconocimiento de la compleja interacción entre la información de los sentidos y las interpretaciones de la mente, Feijoo se hace cargo en su Escepticismo Filosófico del problema de las ilusiones sensoriales, comentando tanto casos normales como psicopatológicos: «El segundo motivo para desconfiar del informe de los sentidos, es la experiencia de las alteraciones que ocasionan en las especies sensibles o la interposición del medio o la diferente disposición del órgano. La especie que pasando por medio uniforme u homogéneo, representa recta la vara, en virtud de la refracción, que padece pasando del agua al ambiente, la representa torcida. El que padece ictericia todo lo ve de color flavo, y aunque es verdad que este es un accidente preternatural, no sabemos si prescindiendo de toda disposición morbosa, hay en varios individuos diferente temperie o configuración, bastante a inducir diferentes sensaciones respecto a un mismo objeto. Y parece lo más probable ser así (...) Ya se han visto hombres en quien el ojo derecho representaba los objetos o con diferente color o con desigual magnitud que el izquierdo. El tercer fundamento para dicha desconfianza es la errada representación de la imaginativa, la cual figura como existentes las sensaciones externas de los objetos que no hay. Al que le cortaron una pierna le representa su imaginativa la sensación de dolor como existente en la pierna y pie que ya no tiene. Al maníaco que juzga ser de vidrio o de barro o ser lobo o perro, se le representan estas formas peregrinas como evidentemente manifestadas por sus propios sentidos, de suerte que el que se imagina de vidrio jura con invencible seguridad que ve en sí la transparencia y palpa la lisura propias de aquel compuesto artificial. Este error es común a todos los hombres en los desvaríos del sueño, pues el que sueña cree percibir con los sentidos los objetos que sólo percibe con la imaginación» (III, XIII, 285-286).

La Atención

En torno al tema de la percepción visual Feijoo realiza algunas interesantes observaciones sobre «ver» y aprender a «mirar», intuyendo problemas relacionados con la atención y el aprendizaje perceptivo. Así, en La Patria del Rayo comenta: «Pero no confundamos los significados de las voces. Mirar y Ver son dos cosas distintas pero una depende de la otra. Para ver bien es menester mirar bien. Acaso me podré adelantar a decir que para saber ver, es menestar aprender a mirar. Pues qué, ¿no saben todos mirar? Resueltamente digo que no. No mira bien quien no mira con una atención firme y constante. No mira bien quien no mira y remira. No mira bien quien mira el objeto sólo a una luz, y no a las diferentes con que puede mirarse. No mira bien quien no mira una por una todas las partes del objeto: de modo que sucesivamente vaya terminando cada una el que llamamos eje óptico. Comprenderán fácilmente todo esto los que saben que no miran ni ven los ojos, sino el alma» (4, 25, 346).

También hace referencia Feijoo a la atención en Causa de la Destreza en el Juego de Naypes, un texto dedicado a analizar cuales son las cualidades mentales que facilitan el éxito en tales juegos. Para Feijoo, jugar con destreza no requiere una inteligencia superior. El éxito depende «no de una sola, sino de dos facultades, ambas distintas del entendimiento, que son Memoria y Atención extensiva» (3, 11, 148). Este especial tipo de atención es una «que haga presentes simultáneamente al entendimiento, no una, o dos cosas solas, sino muchas» (3,11,149). Así, la memoria retiene todos los avatares del juego y la atención extensiva hace presentes los datos relevantes para la toma de decisiones. No es necesaria una inteligencia superior. La pura práctica del juego va desarrollando la habilidad. Un gran jugador es una persona de entendimiento ágil, pero no necesariamente sutil. Feijoo extiende su análisis del juego de naipes al caso de las damas o el ajedrez: «La gran dificultad de este juego, consiste únicamente en la multitud de combinaciones, que es menester tener presentes para determinar el movimiento de tal, o tal pieza: y esta presencia de multitud de combinaciones, no pende del ingenio, sino de la facultad, que llamo Atención extensiva (...)» (3, 11,152).

La Imaginación

Uno de los corresponsales de Feijoo le plantea su perplejidad ante un fenómeno que ha observado: una dama experimenta los efectos de un purgante con sólo ver el medicamento u oir hablar de él. Feijoo interpreta el fenómeno como muestra de la singular influencia de la Imaginación en nuestro aparato psíquico. Así, en Despotismo o Dominio Tiránico de la Imaginación explica que cuando la dama oye hablar de los purgantes «Este objeto hace una impresión grande en su Imaginativa; la Imaginativa conmovida mueve los espíritus, y por medio de ellos, los humores, hacia aquella parte del cuerpo, donde se hace sensible la operación de los purgantes» (4, 8,104). El caso le da pie para analizar las virtualidades de la Imaginación. Así, comenta: «Esta, que llamamos «Imaginativa», es una potencia potentísima en nosotros. Siendo tanta la fuerza que experimentamos en nuestras pasiones, por lo común vienen a ser ellas como unas inválidas si no las anima el influjo de la Imaginativa (...) Ella provoca la violencia de los afectos, y por medio de ellos todas las partes de esta animada máquina reciben el impulso que los mueve» (4, 8, 97-98).

Feijoo reflexiona sobre los aspectos sensible y racional de la imaginación y su interacción, manteniendo una visión jerarquizada del aparato cognitivo: «Yo contemplo en la imaginativa dos especies de dominios. Uno respecto del cuerpo, otro respecto del alma. El primero se puede reconocer por dominio legítimo, como de superior a inferior, porque al fin el cuerpo es cuerpo, no más que materia, y la imaginativa potencia del alma, aunque sensitiva. El segundo viene a ser como tiránico, violento y usurpado, porque es de inferior a superior; de la parte sensitiva a la racional (...)» (4, 8, 99-100).

Feijoo comenta cómo la imaginación anula el juicio racional en la contemplación del teatro o las lecturas, que conmueven nuestro ánimo a pesar de saberlas materias de ficción, y añade otros varios ejemplos en los que cree advertir la poderosa influencia de la imaginación: «Otros muchos son los casos en que la representación de la imaginativa, o sofoca o debilita el informe del entendimiento. Son muchos los que no se atreven a andar por la senda estrecha y elevada de una cornisa, o de una viga, donde tienen por infalible la caída, por más que el entendimiento les muestra que el camino es mucho más ancho que el espacio que han de ocupar sus pies (...) No son pocos los que de noche juzguen ver espectros (...) Es nada raro en mujeres devotas, muy acostumbradas a leer en las Vidas de los Santos, revelaciones, y apariciones verdaderas, creer por mera ilusión, que tienen otras semejantes (...) El bostezar porque bosteza otro, no se admira, por ser tan común. Sin embargo, esto se hace por un mecanismo enteramente incomprehensible» (4, 8,102-103).

Percepción y Estética

El interés de Feijoo por los problemas de la psicología del gusto y la estética se hace patente en dos de sus trabajos: Razón del Gusto y El No Sé Qué. En Razón del Gusto plantea dos factores para dar cuenta de este fenómeno tantas veces considerado inexplicable: el temperamento y la «aprensión». En cuanto al temperamento. Feijoo admite que la preferencia por determinados estímulos está condicionada por la disposición y estructura de los órganos perceptivos del sujeto, ya sea esta permanente o accidental. Aceptado este primer condicionante, Feijoo pasa a estudiar un mecanismo propiamente psicológico del gusto: «La segunda causa del gusto es la aprensión, y de la variedad de gustos la variedad de aprensiones. De suerte que, subsistiendo el mismo temple, y aun la misma percepción en el órgano externo, sólo por variarse la aprensión, sucede desagradar el objeto que antes placía, o desplacer el que antes agradaba» (VI, XI, 337). ¿A qué llama Feijoo «aprensión»? La describiríamos hoy como el resultado consciente de procesos de aprendizaje que modifiquen la respuesta inicial ante el estímulo. Feijoo comenta procesos de habituación / sensibilización: «Muchas veces el que nunca ha usado de alguna especie de manjar, especialmente si su sabor es muy diverso del de los que usa, al probarlo la primera vez se disgusta de él, y después, continuando su uso, le come con deleite. El órgano es el mismo, su temperie, y aún su sensación, la misma. Pues, ¿de dónde nace la diversidad? De que se varió la aprensión. Mirole al principio como extraño al paladar, y por tanto como desapacible; el uso quitó esa aprensión odiosa, y por consiguiente le hizo gustoso. Al contrario, otras muchas veces, y aun frecuentísimamente, el manjar que, usado por algunos días, es grátisimo, se hace ingrato continuándose mucho. La sensación del paladar es la misma, como cualquiera que haga reflexión experimentará en sí propio; pero la consideración de su repetido uso excita una aprensión fastidiosa, que le vuelve aborrecible» (VI, XI, 337-338). Feijoo comenta también procesos de aprendizaje social: «Muchos no gustan de un manjar al principio, y gustan después de él, porque oyen que es de la moda o que se pone en las mesas de los grandes señores; otros porque les dicen que viene de remotas tierras, y se vende a precio subido (...) Aquellas noticias excitaron una aprensión o apreciativa o contemptiva, que mudó el gusto. En los demás sentidos, y respecto de todas las demás especies de objetos delectables, sucede lo mismo» (VI, XI, 338). Así, Feijoo concluye que los gustos que dependen de la constitución del organismo son inmodificables, mientras que no lo son los que dependen de la aprensión: «porque los vicios de la aprensión son curables con razones (...) Es verdad que no siempre que se convence el entendimiento, cede de su tesón la imaginativa; pero cede muchas veces, como la experiencia muestra a cada paso» (VI, XI, 340-341).

Feijoo describió algunos efectos de la estimulación infraliminal inconsciente y de la configuración de estímulos en uno de sus artículos psicológicamente más penetrantes y originales, El No Se Qué. En este trabajo aborda un interesante problema de la psicología de la estética y el gusto: el problema de no poder definir conscientemente las cualidades que hacen atractivo a un estímulo. Feijoo se hace cargo de que frecuentemente la clave del atractivo de un objeto resulta inaprehensible: «En muchas producciones, no sólo de la naturaleza, aun más del arte, encuentran los hombres, fuera de aquellas perfecciones sujetas a su comprensión, otro género de primor misterioso, que cuanto lisonjea el gusto, atormenta el entendimiento; que palpa el sentido y no puede descifrar la razón, y, así, al querer explicarle, no encontrando voces ni conceptos que satisfagan la idea, se dejan caer desalentados en el rudo informe de que tal cosa tiene un no sé qué, que agrada, que enamora, que hechiza, y no hay que pedirles revelación más clara de este natural misterio» (VI, XII, 345). El efecto aludido tiene un carácter estéticamente simétrico: «No solo se extiende el no sé qué a los objetos gratos, más también a los enfadosos; de suerte, que como en alguno de ellos hay un primor que no se explica, en algunos de estos hay una fealdad que carece de explicación» (VI, XII, 348). ¿Cuál es la naturaleza y el mecanismo de acción del no sé qué? El caso es distinto, según Feijoo, según se trate de estímulos simples o compuestos. En el caso de los simples, se trata de sutiles variaciones del estímulo que nos afectan sin que seamos conscientes de ello. Feijoo lo explica con claridad en el caso de los sonidos: «La perfección de la entonación es un primor que se oculta aun a los músicos. He dicho la perfección de la entonación. No nos equivoquemos. Distinguen muy bien los músicos los desvíos de la entonación justísima hasta un cierto grado (...) Pero cuando el desvío es mucho menor, verbi-gracia la octava parte de una coma, nadie piensa que la voz desdice algo de la entonación justa. Con todo, este defecto, que por muy delicado, se escapa a la reflexión del entendimiento, hace efecto sensible en el oído (...) de suerte, que aunque parece que la voz está firme; pongo por ejemplo, en re, suelta algunas sutilísimas hilachas, ya hacia arriba, ya hacia abajo, desviándose por interpolados espacios brevísimos de tiempo de aquel indivisible grado, que en la escalera del diapasón debe ocupar elre» (VI, XII, 352- 353). Resuenan aquí las petites perceptions de Leibniz, y falta más de medio siglo para que Herbart reflexione sobre la apercepción y los umbrales de la conciencia...

El caso del gusto o desagrado por los estímulos compuestos, como una melodía o un lienzo, es distinto. Feijoo comienza por precisar que «muchos objetos compuestos agradan o enamoran, aun no habiendo en ellos parte alguna, que tomada de por sí, lisonjee el gusto» (VI, XII, 349). El problema aquí no será la cualidad de las partes sino la configuración del todo: «Esto es decir, que hay muchos, cuya hermosura consiste precisamente en la recíproca proporción o coaptación, que tienen las partes entre sí. Las voces de la música, tomadas cada una de por sí, o separadas; ningún atractivo tienen para el oído; pero artificiosamente dispuestas por un buen compositor, son capaces de embelesar el espíritu (...) Generalmente hablando, que las partes tengan por sí mismas hermosura o atractivo, que no, es cierto que hay otra hermosura distinta de aquella, que es la del complejo, y consiste en la grata disposición, orden y proporción, o sea natural o artificiosa, recíproca de las partes» (VI, XII, 349-350). Pero, ¿cuál es la razón última de que tal o cual compuesto determinado nos agrade y otro nos incomode? La respuesta de Feijoo se basa en una suerte de isomorfismo estructural entre el estímulo y el perceptor: «el agradar los objetos consiste en tener un género de proporción y congruencia con la potencia que los percibe, o sea con el órgano de la potencia (...) De suerte, que en los objetos simples sólo hay una proporción, que es la que tienen ellos con la potencia; pero en los compuestos se deben considerar dos proporciones: cada una de las partes entre sí, la otra de esta misma colección de las partes con la potencia, que viene a ser proporción de aquella proporción» (VI, XII, 350). La presencia o ausencia de este isomorfismo explicaría la muy distinta respuesta que los estímulos provocan en distintas personas: «La verdad de esta suposición consta claramente de que un mismo objeto agrada a unos y desagrada a otros, pudiendo asegurarse, que no hay cosa alguna en el mundo, que sea del gusto de todos: lo cual no puede depender de otra cosa, que de que un mismo objeto tiene proporción de congruencia respecto del temple, textura o disposición de los órganos de uno, y desproporción respecto de los de otro» (VI, XII, 350). Como se ve, no parece exagerado considerar a Feijoo como precursor de la doctrina de la Gestalt.

No debemos cerrar este apartado sin hacer referencia a las cualidades psicoterapéuticas que Feijoo atribuía a la música. En El Deleite de la Música comenta: «(...) dentro del siglo en que estamos, se vieron pacificar furiosos delirios por medio de la Música, y aun curarse con ella los delirantes» (4, 1, 22), lo que confirma el convencimiento de Feijoo de que «la Música, en cuanto al dominio sobre el ánimo humano, excede infinito a todas las demás Artes» (4, 1, 24).

La Memoria

Feijoo trata de la memoria en forma de cartas dirigidas a un corresponsal que le pedía consejo sobre cómo desarrollarla. En Remedios para la Memoria descarta la utilidad de las ayudas farmacológicas a la memoria considerando, a partir de experimentos propios y ajenos, que los diversos fármacos ensayados no tienen más que un efecto pasajero y, además, no carecen de efectos secundarios indeseables. En Arte de Memoria va a mostrar su razonado escepticismo sobre las supuestas virtudes de las estrategias mnemotécnicas especiales: «Todos los que explican por mayor el arte de memoria, dicen, que este consiste, lo primero, en fijar en la imaginación cierta multitud de partes de algún todo material, como las de un edificio; las cuales partes sirven de lugares o nichos por donde se van distribuyendo por su orden las voces o especies que se van leyendo u oyendo, y que después, repasando mentalmente aquellos lugares por su orden, ellos mismos, presentados al entendimiento, van excitando sucesivamente la reminiscencia de las cosas que se colocaron en ellos (...) Estámpase por medio de aquel artificio los caracteres en la imaginación, y despues se van leyendo en ella, según el orden arbitrario que se les quiera dar (...)» (1, 21, 191). Feijoo advierte de las limitaciones que estas reglas inevitablemente encuentran por el funcionamiento de los mecanismos de la imaginación: «Pongamos que todos aquellos lugares, imaginarios o imaginados, están ocupados con una larga serie de voces, y que se quiera estampar en ellos otra serie distinta. Esto no puede ser sino de uno de dos modos: o bien echando fuera los caracteres de la primera serie, o bien cubriéndolos (que es lo mismo que borrarlos) con los de la segunda, y tanto uno como otro viene a ser un total olvido de ellos» (1, 21, 192). Para Feijoo se pretende sustituir el trabajo de la memoria con dudosos alardes de la imaginativa: «Convengo en que no hay ente u objeto alguno, ni visible, ni invisible, ni conocido, ni incógnito; ni espiritual, ni corpóreo, cuya memoria no se pueda excitar mediante alguna imagen material. Pero pregunto: ¿estas imágenes se han de tener prevenidas de antemano en la mente para todo aquello que ocurra mandar a la memoria, o se han de inventar de pronto, según se fueren proponiendo varias voces u objetos? Siendo indispensable lo uno o lo otro, afirmo, que habrá poquísimos hombres en el mundo a quienes no sea uno y otro imposible» (1, 21, 198). En definitiva, Feijoo mantiene que la hipótesis más probable es que la memoria artificial sirva para realizar alardes circenses en forma de repetición de muchos centenares de voces, pero que no tenga la menor utilidad en el campo de las ciencias y artes aplicadas.

La Inteligencia

Feijoo sostiene en su carta El Estudio no da Entendimiento la idea básica de que la capacidad intelectual es innata, sin que quepa transformarla significativamente a través del estudio: «(...) he oído mil veces esa cantinela, de que el estudio, acompañado del ejercicio de disputas, sobre las cuestiones Lógicas, y Metafísicas, que se agitan en los cursos de Artes, afilan, sutilizan o adelgazan los entendimientos, de modo que parece adquieren un nuevo ser. No Señor mío. El Estudio, los Libros, los Maestros, no hacen ingenioso al que no lo era» (5, 6, 180). En Libros Políticos lo había expresado con mayor vehemencia: «Aun es más irremediable la pesadez intelectual. Espolead si podeis a un entendimiento tardo para que discurra con alguna agilidad. No dará paso que no sea un tropiezo, y el que acaso dejado a su natural pesadez, acertaría con algo, todo es desaciertos y trompicones si le apuran» (V, X, 242-243).

Pero Feijoo no atribuye la diversidad de inteligencias a una supuesta desigualdad de las almas sino a las diferentes características materiales de los cuerpos. En El Estudio no da Entendimiento reflexiona: « (...) para esto no es menester suponer desigualdad intrínseca en las almas, sí sólo diversidad en la organización o temperie de los cuerpos. La prueba concluyente de esta verdad es la diferencia que un mismo hombre de un día a otro, y aun tal vez de una hora a otra, experimenta en el ejercicio de la facultad intelectiva (...) El alma, el entendimiento de este hombre, intrínsecamente los mismos son, sin la más leve variedad, hoy que ayer; sólo puede haber intervenido alguna inmutación, o en la intemperie de los humores, o en la organización insensible de las partes» (5, 6, 182). La precisión organización insensible no es ociosa, ya que Feijoo descarta que las características macroscópicas de los órganos del entendimiento sean relevantes, aunque se plantea la duda de que «Sólo podrá acaso hacer alguna excepción en esta materia, el mayor o menor volumen del cerebro» optando por suspender el juicio ya que «sería menester mostrarnos juntamente, por medio de las observaciones anatómicas, que dentro de la misma especie humana los hombres ingeniosos tienen mayor cerebro, que los rudos: lo que no pienso se haya averiguado jamás» (5, 6, 182-183).

Juicio y Entendimiento

Para Feijoo la capacidad de autorreflexión del sujeto difícilmente detecta el error de sus propios juicios. Esta limitación psicológica es analizada en El Error Universal. Observa Feijoo la gran variedad de las diferencias interpersonales en lo que toca a la inteligencia: «Hay entendimientos linces para una cosa y topos para otra. Hay entendimientos profundos pero tardos. Hay entendimientos que perciben bien pero se explican mal. Hay entendimientos que se enteran bellamente y hacen recto juicio de lo que discurren los demás: pero ellos por sí mismos apenas avanzan un paso sobre aquello que hayan discurrido por otros. Hay entendimientos muy hábiles para discutir sofísticos enredos, pero enteramente desnudos de aquella sustancia y sólida perspicacia, que se ha menester para tocar a punto fijo la verdad. Hay quienes tocan a punto fijo la verdad; pero no encuentran con razones para persuadirla. Hay quienes perciben bien un objeto simple, pero en las combinaciones de distintos objetos o cuestiones complejas, se enredan y se confunden. A este modo hay innumerables diferencias, y aun cada diferencia se divide y subdivide en otras» (VI, XIII, 363). A pesar de esta variedad, todos los hombres comparten una limitación: «la presunción de que en orden a aquellos objetos, cuyos términos comprehende, dándosele el espacio necesario para meditar en ellos, nadie juzga con más acierto» (VI, XIII, 367). Cuando alguien advierte un error en sus juicios, lo atribuye a falta de información o, incluso, «les parece que toda la ventaja que hay de parte del otro, es la de explicarse mejor. Pero lo primero, yo me imagino que la ventaja de explicarse mejor viene por la mayor parte de la de entender mejor» (VI, XIII, 370).

Años más tarde volvería con más calma sobre el tema de la expresión verbal. En La Elocuencia es Naturaleza, y no Arte mantiene su tesis innatista. La elocuencia no se adquiere con reglas o ejercicios sino que «pende puramente de una facultad animástica, que yo llamo Tino mental. El que tiene esta insigne prenda, sin alguna reflexión a las reglas, acierta (...) El que carece de ella, por más que ponga los ojos en las reglas, desbarra» (2, 6, 50). Lo dicho reza igualmente para la capacidad de persuasión: « ¿Quién no ve, que ésta meramente es obra de un entendimiento claro, de una perspicacia nativa, la cual representa las razones más oportunas, y eficaces para mover, atentas las circunstancias, a los oyentes, o Lectores, sobre el asunto que se propone? (...) esto lo hará mucho mejor el genio, que el estudio» (2, 6, 54).

Emociones y su Modificación: El Amor

Feijoo hace una incursión en el campo de la Psicología de la afectividad analizando el fenómeno amoroso -«Un afecto que es el primer móvil de todas las acciones humanas»- en dos de sus Discursos: Causas del Amor y Remedios del Amor. En el primero de ellos comienza por descartar (repitiendo lo ya expuesto en un Discurso anterior) que la clave psicológica del fenómeno sea la semejanza entre los amantes: «La regla de que la semejanza engendra amor, y la desemejanza odio, tiene tantas excepciones, que pudiera borrarse del catálogo de los axiomas. A cada paso vemos diversidad en los genios, sin oposición en los ánimos, y aun creo, que dos genios perfectamente semejantes no serían los que más se amasen, acaso se causarían más tedio que amor, por no hallar uno en otro sino aquello mismo que siempre posee en sí propio» (VII, XV, 349). Feijoo critica certeramente esta tesis pero, cuando él mismo se enfrenta a la cuestión de la naturaleza del amor, desvía la explicación centrándose en los fundamentos psicobiológicos del fenómeno: «Digo, pues, que el origen, así del amor como de todas las demás pasiones, no puede menos de colocarse donde está el origen de todas las sensaciones internas. La razón es clara; porque el ejercicio de cualquiera pasión no es otra cosa que tal o tal sensación ejercida, o ya en el corazón, o en otra entraña o miembro (...) Y ¿dónde está el origen de todas estas sensaciones? Indubitablemente en el cerebro, no sólo porque en el cerebro está el origen de todos los nervios, que son los instrumentos de ellas, mas también porque palpablemente se ve que algunas, si no todas, jamás se experimentan sin que preceda en el cerebro la representación de los objetos de aquellas pasiones, a quienes las sensaciones corresponden. Sólo siente el corazón aquella conmoción que es propia del amor, luego que en el cerebro se estampó la imagen del objeto agradable» (VII, XV, 364-365). Y ¿cómo se explica la infinita variedad cualitativa y cuantitativa de la pasión amorosa en las diversas personas? Recurriendo de nuevo a la configuración del cerebro: «Tiene, pues, este hombre las fibras del cerebro de tal modo condicionadas, que, presentándose a sus sentidos un objeto hermoso, hace en ellas aquella impresión que causa el amor; este las tiene tales, que el objeto no hace ni puede hacer en ellas tal impresión» (VII, XV 372). El modelo, como se ve, tiene un carácter marcadamente mecánico y el propio Feijoo no duda en afirmar que las sensaciones amorosas «muchas veces se excitan, no sólo no imperándolo o queriéndolo la alma, más aun repugnándolo y desintiendo positivamente. Así estos son, por la mayor parte, unos movimientos involuntarios: y aun cuando son voluntarios, sólo lo son y ocasionalmente» (VII, XV, 365). En el Suplemento aparecido años más tarde, Feijoo completa el discurso con una revisión de la supuesta eficacia de las diversas drogas afrodisiacas. La opinión de Feijoo es clara: «(...) el único efecto que se ha observado en las pociones, o drogas destinadas a conciliar el amor, es quitar el juicio o la vida, o juntamente uno y otro (...) no hay yerba alguna en el mundo, capaz de producir un grano de amor» (IX, VII, 318).

En Remedios del Amor se analizan los recursos para el control de la pasión analizada en el discurso anterior. ¿Se puede curar el amor? Feijoo califica la curación de difícil pero no imposible. Desde luego descarta en primer lugar la eficacia de cualquier remedio propio de la medicina de su tiempo: sangrías, drogas etc. Analiza críticamente también los remedios clásicos propuestos por Ovidio. La ausencia del objeto amado: «Creo que este remedio es bonísimo en los principios del mal (...) Más si la pasión fuere muy fuerte, y el corazón también lo fuere, hay poco que fiar de este expediente» (VII, XVI, 386). Ocupar intensamente la atención en otras cosas: «Siempre arrastrará más su atención lo que prácticamente considera más importante» (388). Hacer la más viva y continuada reflexión sobre los defectos de la persona amada: «Este auxilio es el que ocurre el primero a todos pero apenas sirve a alguno, salvo que la pasión sea débil, o los defectos enormes» (391). La saciedad del apetito... «lo peor es que es torpísimo y, no es remedio» (392). Tratar de prenderse de otro objeto: «esto es curar una llaga con otra» (392). Como se ve, Feijoo descarta a veces los consejos de Ovidio llevado por sus prejuicios personales pero, en general, sus críticas son juiciosas.

Como alternativa, Feijoo expone detalladamente un procedimiento que, sin temor, podemos calificar de precursor de las técnicas de aversión encubierta y detención del pensamiento manejadas por la moderna modificación de conducta. El análisis de los mecanismos cognitivos tanto del trastorno como de su terapia resulta sorprendentemente preciso. Veámoslo. «La experiencia muestra a todo el mundo que para las pasiones del alma, la imaginación viva del objeto hace el propio efecto que el objeto mismo presente (...) Creo que en algunas pasiones, aun en la presencia del objeto, es la imaginación quien da todo el impulso a las fibras del cerebro, o sólo mueve el objeto las fibras del cerebro por medio de la imaginación (...) De este influjo, que tiene la imaginación en el cerebro, viene la mayor parte del mal que nos causan nuestras pasiones, y principalmente del que causa la pasión amorosa. Si el amor sólo se encendiese a la presencia del objeto sería una dolencia de cortísima duración (...) Pero la lástima es que en nuestra memoria queda depositado el daño (...)» (VII, XVI, 395-396). A la luz de esto, Feijoo reflexiona: «( ...) se puede turbar, corregir o mitigar el movimiento que da a las fibras del cerebro la imaginación de un objeto que excita tal pasión, con la imaginación de otro objeto que excite otra pasión diferente (...) La razón es, porque da movimiento diverso a las fibras del cerebro, y este movimiento diverso, en caso que no extinga el primero, no puede menos de turbarle o hacerle más remiso; por consiguiente, del cerebro al corazón no se derivará la misma conmoción que antes, sino otra diferente (...) Quiero, pues, que la imaginación de un objeto haga con la imaginación de otro objeto, lo que hace la presencia de uno con la presencia de otro; esto es, que la imaginación de un objeto, o terrible, o irritante, o melancólico, temple o extinga la impresión que hace en el sujeto apasionado el objeto amable. El objeto contrapesante del amable cada uno le debe elegir, echando mano de aquel que, considerada la propia índole, le haga más fuerza (...)» (VII, XVI, 396-398). Feijoo advierte que el principio general de poco servirá si no se especifican las condiciones precisas de su implementación: «Este contrapeso de un objeto con otro, u de una imaginación con otra, pide cierto determinado manejo para que se logre el efecto pretendido. Por eficaz que sea el remedio, si se yerra la aplicación, aprovechará poco o nada (...)» (VII, XVI, 398). Así que Feijoo se empeña en una detallada descripción del procedimiento correcto. «Es menester,digo, disponer las cosas de modo que el objeto, pongo por ejemplo, terrible sorprenda de golpe a la imaginación, o la imaginación de él sorprenda de golpe al sujeto siempre, y en el mismo momento que la dirige al objeto amado. Sin esa circunstancia servirá el remedio de poco, por tres razones. La primera, porque muchas veces embebida el alma en la contemplación del objeto amado, ni pensará en el remedio, ni aun le ocurrirá que necesita de él. La segunda, porque tal vez, aunque piense en él, no le querrá buscar (...) Así, es menester que por excusarles buscar el remedio, el mismo remedio los busque a ellos. La tercera, porque la imaginación de un objeto terrible, siendo buscada con estudio no tiene tanta fuerza, ni hace tan viva impresión, como cogiendo improvisadamente al sujeto. La misma diligencia con que se busca, es prevención que dispone al alma para resistirla» (VII, XVI, 398-399). ¿Cómo conseguir este sistemático emparejamiento de fenómenos mentales antagónicos? Feijoo echa mano de los procesos cognitivos de carácter asociativo. «Es cierto que el ejercicio de juntar dos ideas en la mente o dos objetos en la imaginación engendra entre ellos cierta especie de vínculo mental, por el cual después no se puede pensar en uno sin que al mismo tiempo ocurra al pensamiento el otro (...) Lo que ha de hacer, pues, el enfermo de amor que quiera curarse es, lo primero, elegir un objeto, o terrible, o lastimoso, u de otra especie, aquel que ha experimentado más apto a conmover su ánimo, o que más altamente le conmueve. Lo segundo, ejercitarse algo en enlazar la idea de este con la del objeto amado; lo cual se hace llevando algunas veces el pensamiento de aquel a este (...) de modo que ya le sea imposible pensar jamás en el objeto amado, sin que al momento ocurra a su imaginación el lastimoso o terrible» (VII, XVI, 399-400).

Es tal la importancia que Feijoo concede a la programación y aplicación cuidadosa del procedimiento, que no desea cerrar su trabajo sin exponer algunas advertencias adicionales. Oigámoslas. «Este es en general el remedio que propongo contra la enfermedad del amor; pero para hacerle más eficaz es preciso añadir algunas advertencias. La primera es, que en igualdad se prefiera el objeto visto, a aquel de quien sólo se tiene noticia por relación (...) La segunda, que entre los objetos vistos elijas con preferencia aquellos cuya terribilidad miraba derechamente a tu persona. Si te viste en algún riesgo grande de la vida, será este un objeto muy apto para conmoverte (...) La tercera, que el apasionado no use sólo de un objeto contrapesante, sino de muchos y diferentes (...) La cuarta advertencia es, que si el mal fuere muy contumaz, de tiempo a tiempo se remuden los objetos, substituyendo unos a otros. La razón es, porque el mismo objeto, que al principio hace una fuerte impresión, deja de hacerla siendo muy repetido (...) La quinta, que no se omitan aquellos objetos que tienen relación disuasiva hacia la pasión del amor; y aun estos será acaso conveniente traerse en primer lugar a la imaginación» (VII, XVI, 402-404). Termina Feijoo su ensayo animando enérgicamente al paciente a cumplir todos sus consejos: «sobre todo el capital de habituar la imaginación de modo, que siempre que pienses en el objeto amado, vuele el pensamiento, aunque tú no quieras, a los terribles. Yo sé que el remedio es eficaz: si para tí no lo fuere, dejará de serlo por tu omisión o tibieza en aplicarle (...)» (VII, XVI, 405-406).

No nos gustaría cerrar este apartado sobre la psicología de la vida afectiva sin recoger el interesante comentario que Feijoo realiza en Verdadera y Falsa Urbanidad acerca del interesante problema mente-cuerpo implícito en los trastornos afectivos: «Todos los que están oprimidos de algún grave pesar, son unos enfermos de determinada clase. En las enfermedades a que se da el nombre de tales, empieza el mal por el cuerpo, y del cuerpo pasa al alma; en la enfermedad de la tristeza empieza por el alma y del alma pasa al cuerpo (...)» (VII, X, 274).

Personalidad: Naturaleza y Cultura

Feijoo consideraba muchos rasgos de personalidad como innatos, pero no heredados. Así, en su Valor de la Nobleza e Influjo de la Sangre subraya la variabilidad psicológica de la descendencia: «Lo que con certeza se puede asegurar es, que el parentesco en la sangre no induce parentesco en las costumbres. Esta verdad se prueba invenciblemente con la desemejanza que frecuentemente ocurre entre hermanos. Si los hijos de un padre fueran semejantes a él, fueran también semejantes entre sí. ¿Cómo, pues, a cada paso se observan tan diversos? Uno es esforzado, otro tímido: uno liberal, otro avariento; uno ingenioso, otro rudo; uno travieso, otro reportado, y así en todo lo demás» (IV, II, 31) ¿Cuál es la razón de esta variabilidad? Feijoo, entre otras razones, cree que «en el temperamento influyen muchos principios diferentes: la accidental disposición de los padres al tiempo de la generación, los varios afectos de la madre durante la formación del feto, las alteraciones de la atmósfera en ese mismo periodo, el alimento de la infancia, y otras muchas cosas» (IV, II, 33). A este respecto, conviene recordar que Feijoo siempre se mantuvo perplejo y dubitativo ante la posible influencia en el feto de la vida mental de la gestante, posibilidad comentada y admitida por autores como Francisco Vallés. En su Sobre el Influjo de la Imaginación Materna Respecto del Feto oscila entre el escepticismo -«Así, si comunmente sucediese, que cuando las mujeres que están encinta padecen algún defecto vehemente, o de ira, o de miedo, o de horror, etc..., los hijos saliesen con alguna señal representativa del objeto que movió aquella pasión, se debería creer, ser aquella señal efecto de la imaginación materna. Mas si esto sólo sucede una u otra vez rara, se debe juzgar, que la concurrencia de la nota del feto con el vehemente afecto de la madre es mera casualidad» (1, 4, 67) y una perpleja y cauta credulidad provocada por el limitado conocimiento en materia de genética del que se disponía en su tiempo: «A lo segundo me inclina principalísimamente el argumento tomado de la semejanza de los hijos a los padres. Ciertamente, este es un efecto, que como ya he ponderado, parece no puede atribuirse a otra causa que a la imaginación de la madre, vivamente excitada hacia el sujeto cooperante en el placer venéreo. Confieso, que es difícil concebir esta virtud en la imaginación: pero no hay recurso a otra alguna causa (...)» (1, 4, 72). Además, a Feijoo le informan fuentes dignas de crédito que en Sevilla hay un noble caballero de raza negra y nacido de padres blancos, fenómeno que se atribuye a que la madre «al tiempo de la concepción, había fijado con vehemencia la imaginativa en una pintura de los Reyes Magos que tenía a la vista (...)» (1, 4, 73). Feijoo vacila, pero se razona a sí mismo: «Siendo hecho constante, como yo no dudo, la perfecta negrura de aquel caballero, es claro que no puede atribuirse al indigno comercio de su madre con algún etíope. La razón es concluyente. Si fuese esa la causa, no saldría enteramente negro, sino mulato (...)» (1, 4. 73).

En cuanto a la posibilidad de modificar los rasgos de personalidad innatos, Feijoo, en su Libros Políticos, no se muestra nada optimista: «El que por temperamento es perezoso nunca se hace activo: porque el temperamento es inenmendable. Sucederále, cuando más, lo que a un caballo pesado, que si le dan dos espuelazos, aviva por breve espacio el movimiento, pero luego vuelve a su ordinaria lentitud» (V, X, 242). Lo mismo opina del atractivo personal: en Verdadera y Falsa Urbanidad comenta que esta cualidad «( ...) se compone de muchas cosas. La limpieza de la articulación, el buen sonido y armoniosa flexibilidad de la voz, la decorosa aptitud del cuerpo, el bien reglado movimiento de la acción, la modestia amable del gesto, y la viveza alagüeña de los ojos, son las partes, que constituyen el todo de esa gracia. Ya se ve que todos los expresados son dones de la naturaleza. El estudio, ni los adquiere, ni los suple» (VII, X, 253); aunque Feijoo matiza el aserto en lo que se refiere al lenguaje corporal: «Sólo pondré dos limitaciones respectivas a aquellas partes de la gracia, que consisten en la postura, y movimiento de los miembros. La primera es, que pueden en alguna manera adquirirse estas por imitación. Pero, ¿cuándo? Cuando no se piensa en adquirirlas, ni se sabe que se adquieren: quiero decir, en la infancia. Es entonces la Naturaleza tan blanda, digámoslo así, tan de cera, que se configura según el molde, en que la ponen. Así vemos frecuentemente parecerse en los movimientos ordinarios los hijos a los Padres» (VII, X, 253).

Hay también ocasiones en las que pretender alterar las inclinaciones conductuales innatas del sujeto resulta no solo ocioso sino perjudicial. Feijoo reprueba en su A Favor de los Ambidextros la costumbre de tratar de habituar a todos los niños a usar con preferencia la mano derecha: «( ...) sería convenientísimo hacer a los niños ejercitar igualmente uno y otro brazo (...)» (l, 39, 336). No advierte tampoco Feijoo inconveniente real alguno en ser zurdo, aunque prudentemente reflexiona que «( ...) basta que comúnmente se tenga por defecto, lo que llamamos ser zurdo, para que se procure evitar: mayormente cuando en algunos pasa este error a superstición, tomándole, o ya por mal agüero, o ya por indicante de un ánimo torcido» (1, 39, 336).

La coherencia con su principio general innatista le lleva también a rechazar la preferencia que se da a las personas de edad a la hora de ocupar cargos y empleos. En Paradojas Políticas y Morales Feijoo sostiene que «en igualdad de prendas intelectuales deberá preferirse la edad media a la anciana, porque prevalecen en aquella el vigor de alma, y cuerpo (...) Cuanto en la edad decadente se gana por una bien instruida capacidad, tanto, y aun más se pierde por una lánguida ejecución (...) generalmente en las prendas del alma mucho más desiguales hace a los hombres el temperamento, que la edad. El exceso que un hombre puesto en los cincuenta años se hace a sí mismo considerado en los treinta y cinco, rarísima vez es muy grande, y aun esa rarísima vez será por haber pasado de mucha ociosidad a mucha aplicación. Al contrario el exceso que hay de unos hombres a otros por la diferente constitución individual, es enormísimo» (VI, I, 32-33).

La Fisionomía

La posibilidad del diagnóstico de la personalidad estaba a la base de los debates en torno a la Fisionomía. Feijoo aborda esta cuestión en dos trabajos, Fisionomía y Nuevo Arte Fisiognómico. En el primero de ellos define la Fisionomía - «arte que enseña a conocer, por los lineamientos externos y color del cuerpo, las disposiciones internas que sirven a las operaciones del alma» (V, II, 29)-, pasa revista a sus reglas generales y concluye la absoluta vacuidad de esta supuesta ciencia.

Rechazando, pues, las pretensiones de los que pretendían identificar rasgos de personalidad humana a partir de la clasificación de sus trazas corporales. Feijoo, en su Nuevo Arte Fisiognómico propone una alternativa a la fisionomía basada en el estudio no de las formas corporales sino de los movimientos, una suerte de psicología del gesto (Carpintero, 1994; Fábbri, 1981). Acepta que las íntimas relaciones alma-cuerpo pueden manifestarse mediante signos detectables en el rostro humano: «Es cierto que hay tal comercio entre el cuerpo y el alma, que recíprocamente se comunican varias impresiones, según están variamente afectos uno y otro. Pero esta comunicación es diversa en los dos extremos. Es activa del alma al cuerpo, más no del cuerpo al alma. Es el cuerpo no sólo instrumento, más también sujeto en quien obra el alma. Esta, ni es sujeto ni instrumento del cuerpo (...) La comunicación del alma al cuerpo se ejerce con verdadera y rigurosa causalidad. Apenas hay en el alma algún afecto, a quien no corresponda en el cuerpo algún efecto. Los pasos del espíritu imprimen la huella en el semblante (...)» (V, III, 64- 65). Sobre estas bases, Feijoo puede descartar el fundamento de la vieja fisionomía: «los lineamientos del cuerpo o del rostro no significan naturalmente las disposiciones del ánimo, pues aquellos quedan los mismos en el cadáver sin que nos expresen éstas» (V, III, 67) y proponer la idea base de la nueva: «esta representación natural no puede consistir en otra cosa que en varios sutiles y delicados movimientos que de las varias disposiciones del alma resultan al cuerpo, especialmente al rostro y, sobre todo, a los ojos (...) Estos movimientos sutiles son los que varían de muchas maneras aquella conformación superficial y transitoria del semblante-, que llamamos gesto (...) Estos son los que hacen diversísimas pinturas del alma en los ojos, figurándola con diversos trajes, según son diferentes los afectos con que se viste» (V, III, 67). Formulada la idea, Feijoo deja su desarrollo «a quien tenga más ocio y más comercio con el mundo que yo» (V,III, 71).

Psicología de la Mujer

Al hilo del problema Naturaleza -Cultura, Feijoo desarrolló un interesante ensayo de contenido psicológico: Defensa de las Mujeres. En él, un esforzado Feijoo«En grave empeño me pongo. No es ya sólo un vulgo ignorante con quien entro en la contienda: Defender a todas las mujeres, viene a ser lo mismo que ofender a casi todos los hombres (...)» (I, XVI, 313) -aborda la cuestión de la igualdad de la mujer en tres dominios: moral, físico e intelectual. Sus reflexiones en torno a las características físico- morales de la mujer están influídas por los estereotipos vigentes en la época. Así, pretende defender la igualdad de la mujer contraponiendo a las masculinas virtudes de Robustez, Constancia y Prudencia las femeninas de Hermosura. Docilidad, Sencillez y Vergüenza. Aun así, Feijoo cierra esta parte del ensayo recordando que, en mayor o menor medida, todas estas cualidades son comunes a ambos sexos.

La parte psicológicamente más interesante, y la que el propio Feijoo considera esencial -«Llegamos ya al batidero mayor (...)» (I, XVI, 335)- es la discusión del intelecto femenino. Feijoo rechaza la supuesta inferioridad intelectual de la mujer, proponiendo una explicación estrictamente ambientalista de su bajo rendimiento en este ámbito. La mujer no tiene menos capacidad intelectual, sino menos oportunidades educativas: «Estase una mujer de bellísimo entendimiento dentro de su casa, ocupado el pensamiento todo el día en el manejo doméstico, sin oir, u oyendo con descuido, si tal vez se habla delante de ella de materias de superior esfera. Su marido, aunque de muy inferior talento, trata por afuera frecuentemente (...) adquiere varias noticias, entérase de los negocios públicos, recibe muchas importantes advertencias. Instruído de este modo, si alguna vez habla delante de su mujer de aquellas materias, en que por esta vía cobró un poco de inteligencia, y ella dice algo que le ocurre al propósito, como, por muy penetrante que sea, estando desnuda de toda instrucción, es preciso que discurra defectuosamente, hace juicio el marido, y aun otros, si lo escuchan, de que es una tonta, quedándose él muy satisfecho de que es un lince. Lo que pasa con esta mujer, pasa con infinitas, que siendo de muy superior capacidad respecto de los hombres concurrentes, son condenadas por incapaces de discurrir en algunas materias; siendo así, que el no discurrir, o discurrir mal depende, no de falta de talento, sino de falta de noticias, sin las cuales ni aun un entendimiento Angélico podrá acertar en cosa alguna» (I, XVI, 339). Además, la educación proporciona no sólo datos sino hábito discursivo: «Sobre la ventaja de las noticias, hay otra de mucho momento: y es, que los hombres están muy acostumbrados a meditar, discurrir y razonar sobre estas materias, que son de su uso, y aplicación; al paso que las mujeres rarísima vez piensan en ellas; con que se puede decir, que, cuando llega la ocasión, los hombres hablan muy de pensado, y las mujeres muy de repente» (I, XVI, 340). Finalmente, rechaza Feijoo que la desigualdad intelectual provenga de alguna supuesta diferencia psicofisiológica. No admite que exista la menor prueba de tal diferencia pero es que, además, las diferencias corporales microscópicas, las únicas accesibles, nada tienen que ver con las operaciones intelectuales. Feijoo se inclina a sospechar «que la mayor, o menor claridad, y facilidad en entender, depende en gran parte de la diferente organización; pero no de la diferente organización sensible de las partes mayores; sí de la insensible de partes minutísimas; como de la diferente textura, o firmeza de sutilísimas fibras, y de la mayor, o menor concavidad, limpieza y tersura de los delicadísimos canales, por donde comercian los espíritus. Y nada de esto podemos saber si es distinto en los hombres que en las mujeres (...)» (I, XVI, 344).

Psicología Comparada

El artículo La Racionalidad de los Brutos resume lo esencial de la psicología comparada de Feijoo. Comienza con un repaso del estado de la cuestión, que Feijoo divide en tres corrientes principales: mecanicismo animal, partidarios de la racionalidad animal y defensores del enfoque aristotélico-tomista.

En lo que toca al mecanicismo. Feijoo comenta la tesis de Descartes y Pereira haciendo hincapié en que el mecanicismo había sido predicado por autores de la antigüedad no sólo de los animales, sino también de los humanos.

Por lo que toca a la tesis de la racionalidad animal, Feijoo enumera autores de la antigüedad a los que se les atribuye esta opinión y recuerda que sigue viva en pensadores como Valla, Vallés y Rorarius.

Feijoo rechaza defender la tesis de la racionalidad animal mediante la acumulación de anécdotas curiosas: se propone probar la racionalidad animal sobre la base de las operaciones comunes patentes en cualquier animal doméstico.

Sobre la base de la división aristotélica del alma (vegetativa, sensitiva, racional) Feijoo afirma que en los animales se observan conductas superiores a las propias del alma sensitiva: luego el animal debe compartir algún tipo de racionalidad. Comenta las acciones que se dirigen hacia objetivos físicamente ausentes en el momento de movilizarse (fabricación de nidos, recolección de alimentos, o conductas de evitación). Feijoo cree que los animales tienen algún conocimiento del objetivo perseguido y que esto revela una cognición no exclusivamente sensorial. Maneja ejemplos como el del perro que huye del que en el pasado le golpeó. Distingue aquí tres procesos psíquicos: percepción del golpe, recuerdo del golpe y de su autor y advertencia de la probabilidad de volver a ser golpeado. Los dos primeros procesos obedecerían a procesos de sensación y memoria, y el tercero al uso de una facultad racional. El perro confiere un nuevo uso a la huella conservada en la memoria.

Feijoo comenta también un ejemplo de la conducta canina que se encuentra ya en las obras de San Basilio y Tomás de Aquino. Un perro persigue a una presa que ha perdido de vista y llega a un cruce de tres caminos. Desconcertado, olfatea el primero y, no hallando el rastro, repite la operación con el segundo obteniendo el mismo resultado, por lo que, sin olfatear el tercero, parte al instante por él. Feijoo sigue a San Basilio, al interpretar el fenómeno como un ejemplo del argumento que los lógicos llaman «a sufficienti partium enumeratione»: si una de tres proposiciones es verdadera y demostramos la falsedad de dos de ellas resulta superflua la verificación de la tercera.

Este último ejemplo parece el más cercano a su tesis, mientras que en los anteriores Feijoo mezcla casos de aprendizaje asociativo y conducta instintiva. Hay que subrayar que Feijoo rechazaba ciertas explicaciones de la conducta animal inteligente basadas en el concepto de instinto, concepto que no gozaba de su favor: «(...) la voz instinto no tiene significacion fija y determinada, ó por lo menos no se le ha dado hasta ahora, que es lo mismo que decir que no tenemos idea clara y distinta del objeto que corresponde a esta voz; y, así, usar de ella en esta cuestión, no es más que trampear el argumento con una voz sin concepto objetivo, que no entienden, ni el que defiende, ni el que arguye» (III, IX, 191). (Sin embargo, Feijoo manejó el concepto con liberalidad en varias ocasiones. Así, tiempo atrás afirmaba de los delfines: «no produjo la naturaleza brutos de tan noble instinto» (I, XVI, 350). Y en otro lugar, ponderando la mente de los insectos afirma años más tarde: «Lo que se ha dicho de hormigas y abejas basta para vindicar el honor de los insectos por la parte del alma, pues asegurados de que hay alguna, o algunas especies de insectos de tan sagaz conocimiento, o llamémosle instinto (...) (V, IX. 198). Y posteriormente se lee en una carta (1, 44, 376): «(...) uno de aquellos instintos naturales, que se dice hacen buscar a los brutos enfermos...»).

Feijoo no elude tratar de rebatir las múltiples objeciones planteadas a la tesis de la racionalidad animal. Frente a los que ven la cognición animal como semejante pero cualitativamente distinta de la racional. Feijoo responde admitiendo que la identidad entre el razonamiento animal y humano no sea completa, pero sólo para concluir que la racionalidad animal es de un nivel inferior a la humana (tesis compartida por Francisco Vallés entre otros).

Una objeción mucho más seria la constituye la visión aristotélico-tomista de la conducta animal. Tomás de Aquino niega la racionalidad en la conducta animal, la capacidad de elección y la ordenación de medios a fines. La organización y sentido teleológico de la conducta depende de la razón divina. Los animales se mueven por el diseño divino como el reloj que, por el diseño del relojero, se mueve y comporta con coherencia. Para Tomás de Aquino los objetos artificiales son al arte humano como los naturales al divino.

A Feijoo los argumentos tomistas le parecen más cartesianos que aristotélicos (no en vano Descartes aprovecharía también la metáfora del reloj). Para Feijoo, la organización de las cosas naturales por la razón divina se podría aplicar tanto a la conducta animal como a la humana, y si de ella no se deduce la ausencia de racionalidad humana, no hay razón para hacerlo en el caso de los animales. Feijoo cree que la observación sistemática y crítica de la conducta animal revela su organización intelectiva: «intención del fin, duda, consejo, elección de medios, ejecución de ellos, y últimamente consecución del fin» (III, IX, 197). Feijoo nos lega un ejemplo de este tipo de observación. El gato intenta alcanzar un pedazo de carne colgada: «Detiénese, lo primero, un poco pensativo, como contemplando la dificultad de la empresa; ya empieza a resolverse; mira hacia la puerta, por si viene persona que le sorprenda en el hurto: asegurado de que no hay por esta parte impedimento, se confirma en el propósito: registra los sitios por donde pueda acercarse; salta sobre una arca, de allí sobre una mesa; de nuevo duda, mide con los ojos la distancia; conoce que el salto desde allí es imposible; muda de puesto, y de este modo va continuando las tentativas hasta que, o logra la presa, ó desesperado, la abandona» (III, IX, 197) (No sería esta la única vez que Feijoo usó de observaciones propias para clarificar los mecanismos de la conducta animal. En el Suplernento al discurso Simpatía y Antipatía (IX, III, 81-82), Feijoo sostiene que la capacidad de ciertos animales era captar «efluvios» indetectables para nosotros explica casos -alguno observado por él mismo- como la aversión de ciertos animales hacia los lugares o personas relacionados habitualmente con su sacrificio).

Otra objeción de Tomás de Aquino que recoge Feijoo se refiere a la supuesta uniformidad de la conducta animal. La ausencia de capacidad de elección en los animales se manifiestaría por la estereotipada repetición de comportamientos dentro de una misma especie. Feijoo no admite tanta uniformidad en el comportamiento animal. La variedad de caracteres en una misma especie le parece enorme: «unos más mansos, otros más fieros; unos más domesticables, otros más ariscos; unos más sagaces, otros más rudos; unos más timidos, otros más animosos» (III, IX, 199). Y en la conducta individual también se advierte la variabilidad de respuestas que produce el aprendizaje: «no obran por un ímpetu ciego (...) sino por advertencia y conocimiento» (III, IX, 200). Conviene recordar que en su Hay Medio entre el Espiritu y la Materia insistiría años más tarde en que el aprendizaje animal se debe a procesos mentales que producen una «representación intencional de cosas pasadas» (5, 2, 103).

Admite Feijoo la superior variabilidad de la conducta de los humanos, que depende «de la mucho mayor extensión del conocimiento de estos, por el cual perciben más multitud de objetos, y un mismo objeto le miran a diferentes luces» (III, IX, 200). Se trata, por tanto, de un problema de grados, de niveles de complejidad.

Ciertas manifestaciones de la racionalidad son compartidas por los animales y otras no. Tiempo después comentaría por ejemplo en Verdadera y Falsa Urbanidad que «Ningún bruto se ríe» (VII, X, 262).

¿Conceder la racionalidad a los animales supone borrar la distinción esencial con el ser humano? Niega Feijoo esta consecuencia de sus ideas. El intelecto animal es muy inferior al humano, puesto que sólo se aplica a lo sensible, sin tener acceso a razones abstractas. (Tiempo después volvería sobre el tema en su Escepticismo Filosófico (III, XIII, 300) insistiendo en que «tenemos motivo para dudar si la definición animal racional conviene a otros, que el hombre. Si animal racional significa animal capaz de discurso, animales racionales son los brutos en sentir de aquellos, que les conceden raciocinación y discurso, (...) y teniendo esta sentencia no leves fundamentos a su favor, ya queda algo dudoso, si la racionalidad es predicado diferencial o propio solitariamente del hombre. Es verdad que aun en aquella sentencia se debe conceder que la racionalidad del hombre es distinta y de superior nobleza a la de los brutos (...)»).

¿Implica la racionalidad la existencia de libertad moral en el animal? Feijoo niega la libertad moral en el animal por su inevitable dependencia de lo sensible, pero admite lo que denomina «libertad física». Esta libertad consistiría en la capacidad de elección de las operaciones materiales destinadas a la obtención del objeto sensible. Aun esta libertad, añade Feijoo, puede ser moldeada, como en los niños y en los locos, mediante el premio y el castigo, cuya efectividad es la mejor prueba de que la conducta animal no es ciega ni inmodificable.

Un último tipo de objecciones rebatidas por Feijoo hacen referencia a las implicaciones teológicas de la tesis de la racionalidad animal. Hay que recordar que el problema mente animal-mente humana ha estado relacionado hasta la modernidad con los problemas de la materialidad / inmaterialidad y mortalidad / inmortalidad del alma (Bandrés y Llavona, 1992). Feijoo no omite el problema. Para él, la racionalidad de los animales resulta plenamente compatible con su status de formas materiales. En cuanto a la inmortalidad, afirma que no es de la racionalidad de un ser de la que se deduce su inmortalidad sino de otras notas: conocimiento de lo espiritual, conocimiento de las razones comunes abstractas, autoconocimiento y conocimiento del bien y el ma, características que niega al animal.

En la carta Que no ven los Ojos sino el Alma, escrita años más tarde, Feijoo volvería a la relación entre la cuestión de la mente animal y la tesis materialista que él rechazaba. Para Feijoo, algunos filósofos atomistas pueden hacerle el juego al materialismo sin compartirlo, ya que «cuando tratan de el alma de los brutos, no se la niegan con el rigor que los cartesianos, pero les conceden una alma que no lo es sino en el nombre, porque toda es materia y nada más. Dicen que es una porción la más sutil de la materia (...) Atenúen la materia cuanto quieran (...) siempre será materia, y no otra cosa» (4, 26, 368-369). El peligro estriba según Feijoo en que «dirán los materialistas (...) que si la materia sutilizada hasta tal o tal grado, sin dejar de ser materia, tiene facultad para sentir, atenuada algunos grados más tendrá facultad para entender (...) Descartes reconoció muy bien esta dificultad cuando huyó de conceder alma sensitiva a los brutos.(...) figurándose que cuanto hay en los brutos no es más que materia (...) y, así, resolvió hacer a las bestias máquinas inanimadas. Reconoció la dificultad: pero recurrió para disolverla a una opinión (...) manifiestamente falsa (...)» (4, 26, 369). Feijoo recurrirá a una salida intermedia:, «Así, no pudiendo admitirse, ni la opinión de Descartes, que despoja de toda alma a los brutos, ni la de los atomistas, que constituyen la alma sensitiva en lo que es puramente materia (...) es preciso recurrir a la que expuse (...) diciendo que el alma de los brutos, aunque se puede llamar material, por su esencial dependencia de la materia, no es materia realmente, sino un ente medio entre espíritu y materia» (4, 26, 369-370). (Aun volvería a insistir en su Hay medio entre el Espíritu y la Materia (5, 2) en la importancia que una correcta teoría del alma animal tiene como argumento antimaterialista).

Esta negación de la inmortalidad animal no le impide a Feijoo considerar a los animales como seres dignos de respeto y consideración. En su carta Compasión con los Irracionales se apoya en diversos argumentos de experiencia y autoridad para condenar cualquier muestra de crueldad hacia los brutos, afirmando que «este genio conmiserativo hacia las bestias prueba un gran fondo de misericordia hacia los de la propia especie (...) Y al contrario, siento, que en un corazón capaz de sevicia hacia las bestias no cabe mucha humanidad hacia los racionales» (3, 27, 339). Y no cierra esta carta sin dedicar un irónico recuerdo a los cartesianos: «Advierto a vuestra merced que lo que he escrito en esta carta, en ninguna manera comprehende a los filósofos cartesianos (...) porque, como sólo reconocen a los brutos en cualidad de máquinas autómatas, desnudas de todo sentimiento, sin el menor escrúpulo o el más leve movimiento de compasión, pueden cortar y rajar en ellos (...)» aunque, ironiza Feijoo, tomando la cautela «de no hacer ese estrago sino en los brutos que están a su disposición; pues si son ajenos, aunque estos, como meros autómatas, no lo sientan, lo sentirán sus dueños (...)» (3, 27, 342).

No falta en este ensayo sobre la mente animal la referencia al problema del lenguaje. Feijoo admite que ciertos animales tienen órganos adecuados a la locución y capacidad cognitiva para imitar el lenguaje humano. Pero advierte que los sonidos animales no constituyen lenguaje propiamente dicho puesto que no son voces de significación arbitraria, sino signos naturales, «del mismo modo aullan, v.gr., los perros en Alemania que en España» (III, IX, 211). Para Feijoo los sonidos animales son sólo manifestación de sus estados afectivos y no se refieren a los objetos que perciben. Sin embargo, Feijoo deja abierta la posibilidad de que algún animal pudiera llegar a adquirir un auténtico lenguaje: «Si es posible, ya que no le haya de hecho, invención de idioma entre los Brutos, es materia de discursión más larga (...)» (III, IX, 211).

Psicología Social

Feijoo aborda el campo de la psicología social describiendo el comportamiento real y las interpretaciones vulgares respecto a la interacción social, para descalificar a continuación tales interpretaciones, señalando las que estima correctas y marcando, a partir de tales rectificaciones, las que serían líneas de comportamiento ideal. En su discurso Simpatía y Antipatía Feijoo articula la interacción personal mediante el juego de dos principios, formulados con diversas variantes: simpatía/antipatía, consenso/disenso, concordia/discordia, inclinación/aversión, amor/odio, que incluyen expectativas de propio provecho o daño en la relación interpersonal, no por inadvertidas menos ciertas (III, III, 49).

La atracción interpersonal puede surgir de forma inmediata desde el primer encuentro, con anterioridad al trato y experiencia, sin motivo aparente. Ahora bien, el que un observador no acierte a precisar un motivo no implica que no lo haya, sino tan sólo falta de reflexión. Ese motivo lo encuentra Feijoo en la superficie de los individuos, en la presencia o apariencia. Así afirma que «para la inclinación o aversión hay unos conciliativos extrínsecos que luego dan golpe y ganan la voluntad por el conducto del entendimiento, aun antes que use de reflexiones el discurso. Un gesto agradable, un modo de mirar dulce y vivo, un despejo noble en el movimiento, la articulación y el metal de la voz, que cuadran al oído, otras mil cosas que están en los hombres a primeras cartas, en un momento pasan por el conducto de los sentidos al entendimiento, el cual aprobándolas por buenas y apreciables, aunque sin hacer reflexión en que las aprueba, se las hace abrazar a la voluntad. (...) Sólo, pues, las especies representativas que entran por los sentidos y estampan en el entendimiento imágenes agradables, producen en el alma estas súbitas inclinaciones, o los contrarios efectos si son desagradables las imágenes» (III, III, 61). La tendencia a la asociación y la atracción del grupo de referencia reciben también una atención considerable por parte de Feijoo. A la luz de sus reflexiones sobre este tema deberán interpretarse sus análisis del carácter nacional y los estereotipos internacionales.

En Amor de la Patria y Pasión Nacional se observa que la asociación está entendida por Feijoo desde un punto de vista eminentemente instrumental. Facción, distrito, ciudad, diócesis, provincia o nación parecen constituir para sus miembros, a juzgar por sus manifestaciones, polo de atracción amorosa: sin embargo, se trata de meras manifestaciones retóricas que inducen a error y aun en el caso en apariencia más eminente, como es el de: llamado amor a la patria, «se juzga ser amor de la patria lo que sólo es amor de la propia conveniencia. No hay hombre que no deje con gusto su tierra, si en otra se le presenta mejor fortuna» (III, X, 214).

Asentado este principio, no es menos cierto que el propio grupo constituye un polo de atracción en virtud de una serie de procesos psicológicos que es posible especificar. Señalemos en primer lugar la atracción ejercida por el hábito. En cada país parece a los suyos el clima agradable, la alimentación saludable, el modo de residencia muy conveniente, la forma de gobierno ajustada a temperamento, «y aun cuando les sea indiferente, engañados con la costumbre, juzgan que no dicta otro la misma naturaleza» (III, X, 215). Si al hábito se unen la capacidad de ajuste del temperamento de cada nación y las variaciones adaptativas de las especies a las características del país, el resultado es que «cada uno se halla mejor con las cosas de su tierra que con las de la ajena, y así le retiene en ella esta mayor conveniencia suya, no el supuesto amor de la patria» (III, X, 217).

Aquellos lazos más cercanos son los que nos ligan más fuertemente, de tal modo que las adherencias a personas particulares y cercanas resultan generalmente más relevantes que los vínculos más amplios. En concreto, Feijoo analiza la preferencia por la patria particular, aquel lugar en que nace cada uno, en detrimento de la patria común: preferencia nociva, dado que origina división en los ánimos, agravios comparativos e interferencias en la administración del estado. Feijoo se detiene en el examen de lo que denomina «paisanismo», estrategia mediante la cual se pretende obtener empleos y honores: «ya cualquiera que entabla pretensiones fuera de su tierra, se hace la cuenta de tener tantos valedores cuantos paisanos suyos hubiere en la parte donde pretende, que sean poderosos para coadyuvar al logro. No importa que la pretensión no sea razonable, porque el mayor mérito para el paisano es ser paisano» (III, X, 226). Por dos motivos pueden realizarse estas prácticas. En primer lugar, con el propósito de formar un grupo de presión: «aquellos que con el fin de formarse partido, donde estribe su autoridad, sin atender al mérito, levantan en el mayor número que pueden sujetos de su país. Esto no es amar a su país, sino a sí mismos, y es beneficiar a su tierra como la beneficia el labrador, que en lo que cultiva no busca el provecho de la misma tierra, sino su conveniencia propia» (III, X, 228). En segundo lugar, por mera afinidad arbitraria: «Cuando el exceso del desatendido al premiado es tan notorio, que a todos se manifiesta sino al mismo que elige ¿qué duda tiene que este cierra los ojos para no verle, o que con el microscopio de la pasión abulta en el querido las virtudes y en el desfavorecido los defectos? Apenas hay hombre que no tenga algo de bueno, ni hombre que no tenga algo de malo (...) Lo que sucede, pues, es que la pasión, habiendo de elegir entre sujetos muy desiguales, engrandece lo que hay de bueno en el malo y lo que hay de malo en el bueno» (III, X, 228-229). Caso particular de maniobras para ocupar puestos lo encuentra Feijoo en la Universidad de su tiempo. En los informes enviados al Real Consejo para la provisión de cátedras, señala el uso común de los informantes, doctores del claustro, de aplicar la gracia del informe, en los casos de igual aptitud y mérito, al candidato más de su agrado. Más aún, menciona la práctica generalizada de toda una serie de recomendaciones: así las de la amistad, del paisanismo, del agradecimiento, de la alianza de escuela, religión o colegio. Pero la lástima es que en la práctica se palpa la eficacia de estas recomendaciones, aun en desigualdad de méritos, por cuyo motivo, llegando el caso de una oposición, más trabajan los concurrentes en buscar padrinos que en estudiar cuestiones, y más se revuelven las conexiones de los votantes que los libros de la facultad» (III, X, 234).

También se ocupa Feijoo de una serie de conveniencias imaginarias comúnmente atribuídas al propio grupo y que refuerzan la adherencia al mismo. En síntesis, y refiriéndose a la patria, señala la tendencia a considerarla ventajosamente sobre todas las demás, ya sea en lo tocante a la calidad del territorio o bondad del clima, y ya sea en cuanto a la índole y habilidad de sus gentes, racionalidad de las costumbres, armonía del lenguaje, idoneidad de la política o alcance del saber. Se trata de un error de perspectiva: «en los entendimientos de escalera abajo se representan las cosas cercanas como en los ojos corporales, porque aunque sean más pequeñas, les parecen mayores que las distantes» (III, X, 219).

A partir de este error común se articula la relación entre lo propio y lo extraño. Alta estimación de lo propio, baja de lo extraño. De este modo, por las vías de la identificación y el contraste, el individuo se siente doblemente magnificado. Y por las mismas vías se fragua la oposición entre algunas naciones.

Feijoo concede particular atención a las relaciones sociales franco-españolas por su peculiar situación de naciones fronterizas. En su Antipatía de Franceses y Españoles constata la fluctuación histórica en el signo de esas relaciones con alternancia de períodos de amistad y oposición, tanto en los niveles públicos como en los particulares, que Feijoo atribuye sustancialmente a causas políticas y religiosas. Sentado el criterio de que las relaciones entre naciones se mueven por estos factores. Feijoo no deja de admitir cierta diversidad de genios entre las naciones francesa y española, pero niega que pueda ser considerada causa bastante de la discordia. La semejanza no va necesariamente aparejada con el amor ni la desemejanza con el odio: «La amistad pide habitud de proporción, no de semejanza» (II, IX, 197).

En Mapa Intelectual y Cotejo de Naciones Feijoo acepta el hecho de que la diversidad de paises produce notable diversidad en plantas, animales y hombres. En el caso de nuestra especie, el influjo se circunscribe a cuanto depende de las facultades vegetativa y sensitiva: «A las distintas disposiciones del cuerpo se siguen distintas calidades del ánimo; de distinto temperamento resultan distintas inclinaciones, y de distintas inclinaciones distintas costumbres. La primera consecuencia es necesaria; la segunda defectible, porque el albedrío puede detener el ímpetu de la inclinación; mas como sea harto común en los hombres seguir con el albedrío aquel movimiento que viene de la disposición interior de la máquina, se puede decir con seguridad, que en una nación son los hombres más iracundos, en otra más glotones, en otra más lascivos, en otra más perezosos, etc.» (II, XV, 270). Por el contrario, en todo cuanto se refiere a la capacidad discursiva, ingenio o habilidad intelectual. Feijoo se aparta de la opinión común y defiende que en lo substancial las diferencias entre unas naciones y otras son prácticamente imperceptibles. Esta afirmación, sostenida con rotundidad en algunas ocasiones y en tono probabilístico en otras, queda matizada mediante el examen de diversos casos. El denominador común de estos análisis es la diferenciación entre la capacidad potencial y el desarrollo de esa capacidad. El punto de vista de Feijoo se podría resumir en los siguientes puntos: no se puede confundir la rudeza con la ignorancia o la falta de dedicación, la incapacidad nativa con la falta de ciencias, letras o artes: ni siquiera el error en materia religiosa, o la misma carencia de religión, es prueba absoluta de rudeza o incapacidad de la razón; así, como la cercanía de los pueblos produce emulación, la falta de contacto y la distancia excesiva también producen un efecto perverso en la percepción de aquellos pueblos. «En aquellas naciones que están muy remotas de la nuestra, se nos figuran los hombres tan pequeños en línea de hombres, que apenas llegan a racionales. Si los considerásemos de cerca, haríamos otro juicio» (II, XV, 281).

La moda constituye un fenómeno psicosocial en el que Feijoo detectará también el influjo de las relaciones entre naciones. En Las Modas Feijoo vincula este fenómeno a la constante inclinación humana a los nuevos usos, pero cree advertir alguna peculiaridad en la moda de los tiempos en que le toca vivir, como el aprecio de la novedad por encima del progresivo refinamiento del gusto: «No agrada la moda nueva por mejor, sino por nueva. Aun dije demasiado. No agrada porque es nueva, sino porque se juzga que lo es, y por lo común se juzga mal» (II, VI, 139). En efecto, Feijoo anota la recuperación cíclica de viejos modos de vestir en el marco de la innovación de la moda; sin embargo, ese proceso de repetición encierra diferencias respecto a tiempos pasados: «Antes el gusto mandaba en la moda, ahora la moda manda en el gusto. Ya no se deja un modo de vestir porque fastidia, ni porque el nuevo parece o más conveniente o más airoso. Aunque aquel sea y parezca mejor, se deja porque así lo manda la moda. Antes se atendía a la mejoría, aunque fuese sólo imaginada, o por lo menos un nuevo uso, por ser nuevo, agradaba y hecho agradable, se admitía; ahora, aun cuando no agrade, se admite sólo por ser nuevo» (II, VI, 140). Se da, pues, una inversión y el gusto aparece sometido a unos dictados que no respetan sus criterios. Ni tampoco sus ritmos. Las modas se atropellan, la nueva invención no espera la muerte natural de la anterior. Se superpone a ella, la arrincona, y aumenta el gasto. Feijoo recuerda el viejo chiste del loco «que andaba desnudo por las calles con una pieza de paño al hombro, y cuando le preguntaban por qué no se vestía, ya que tenía paño, respondía que esperaba ver en qué paraban las modas, porque no quería malograr el paño» (II, VI, 141).

Francia vuelve a estar a este propósito en su punto de mira: «Francia es el móvil de las modas. De Francia lo es París, y de París un francés o una francesa, aquel o aquella a quien primero ocurrió la nueva invención» (II, VI, 141). Feijoo atribuye a los franceses, haciéndose eco de la opinión de Carlos de San Denis, una peculiar fantasía que lleva a los extranjeros a imitar sus modas, señalando a un tiempo las múltiples ventajas que esta práctica encierra para ellos: económicas las primeras, culturales las más importantes por cuanto la propagación de las modas supone formar los pueblos de acuerdo con su modelo y pasar del dominio de los ojos y los sentidos al de los corazones y los sentimientos. Así observa Feijoo cómo ciertas prendas se aceptan como novedad noble y hermosa por venir del país vecino aunque fueran usadas desde tiempos lejanos por las serranas de Los Argüellos, o cómo otras se aceptan con entusiasmo, a pesar de producir rigurosa tortura, por idéntica razón.

La repercusión de la moda en la mujer es motivo de unas consideraciones peculiares: «Por más que se diga que agradan las cosas forasteras, cuando llegan a agradar ya están domesticadas. Es preciso que el trato tarde algún tiempo en sobornar el gusto. El alma no borra en un momento las agradables impresiones que tenía admitidas, y hasta borrar aquellas, todas las impresiones opuestas le son desagradables. De aquí viene que al principio parecen mal todas, o casi todas las modas, y como la vista no es precisiva, las mujeres que las usan pierden, respecto de los ojos, mucho del agrado que tenían. ¿Qué sucede, pues? Que cuando con el tiempo acaba de familiarizarse al gusto aquella moda, viene otra moda nueva, que tampoco al principio es del gusto, y de este modo, es poquísimo el tiempo en que logran el atractivo del adorno, o por mejor decir, en que el adorno no les quita mucho del atractivo» (II, VI, 143-144).

La moda desborda el ámbito del adorno exterior y Feijoo constata que se adentra hasta en «los términos de la naturaleza, la cual por todo derecho debería estar exenta de su dominio. El color del rostro, la simetría de las facciones, la configuración de los miembros experimentan inconstante el gusto, como los vestidos» (II, VI, 146). El gusto varía con el paso del tiempo en un mismo país y más en la comparación de las diversas naciones. De ello infiere Feijoo que «lo que llamamos belleza depende en gran parte de nuestra imaginación, y lo más notable es, que la imaginación de muchos suele provenir de la imaginación de uno solo, esto es, de aquel que por capricho, o antojo fue autor de la moda» (Suplemento, IX, 11, 66). De igual manera, la moda dicta el modo de andar, la postura corporal, la forma de comer, el tono, las palabras, las materias de conversación, las aficiones, las materias de estudio y las devociones: porque también se ponen de moda oraciones, libros, ejercicios espirituales y santos. Y Feijoo no evalúa negativamente el fenómeno: «La devoción es tediosa y desabrida a nuestra naturaleza. Por tanto, como al enfermo que tiene el gusto estragado, aunque se le haya de ministrar la misma especie de manjar, se debe variar el condimiento; asimismo la depravación de nuestro apetito pide que las cosas espirituales, salvando siempre la substancia, se nos guisen con alguna diferencia en el modo» (II, VI, 148).


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