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 Nada de lo psicológico nos es ajeno
III Congreso Nacional de Psicología - Oviedo 2017
Universidad de Oviedo

 

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ARTÍCULO SELECCIONADO

Psicothema

ISSN EDICIÓN EN PAPEL: 0214-9915

1995. Vol. 7, nº 2, pp. 453-460
Copyright © 2014


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FREUD: UNA VIDA DE NUESTRO TIEMPO

 

Peter Gay

Paidós. 1989

REVISION DE LIBROS/BOOK REVIEW

La complejidad y «dureza» de una ciencia no debería medirse, como suele hacerse, por el método utilizado sino por la dificultad del objeto. Si así hiciéramos, estaríamos hablando de la Psicología como de una ciencia «dura», dada la enorme dificultad y complejidad de su objeto. De ahí que el psicólogo, que como cualquier otro científico debería adaptar su método al objeto de su disciplina, y no al revés, tendría que valerse de una gran variedad de métodos y, desde luego, no podría dejar de lado el hermenéutico. De hecho, tal vez una condición necesaria para avanzar en psicología sea la comprensión de la conducta humana y del ser humano. Y desde luego, si alguien ha destacado en psicología por utilizar el método hermenéutico, ése ha sido Sigmund Freud, a pesar de los errores y las exageraciones cometidas.

 
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Revisado por:
Anastasio Ovejero
Facultad de Psicología
Universidad de Oviedo

 

Introducción

La complejidad y «dureza» de una ciencia no debería medirse, como suele hacerse, por el método utilizado sino por la dificultad del objeto. Si así hiciéramos, estaríamos hablando de la Psicología como de una ciencia «dura», dada la enorme dificultad y complejidad de su objeto. De ahí que el psicólogo, que como cualquier otro científico debería adaptar su método al objeto de su disciplina, y no al revés, tendría que valerse de una gran variedad de métodos y, desde luego, no podría dejar de lado el hermenéutico. De hecho, tal vez una condición necesaria para avanzar en psicología sea la comprensión de la conducta humana y del ser humano. Y desde luego, si alguien ha destacado en psicología por utilizar el método hermenéutico, ése ha sido Sigmund Freud, a pesar de los errores y las exageraciones cometidas.

Así las cosas, podemos no estar de acuerdo con Freud, pero lo que no podemos es negarle el enorme mérito de haber descubierto todo un mundo que está ahí (el inconsciente, lo reprimido, etc.), a pesar de que seamos muchos los que no compartamos gran parte de las interpretaciones psicoanalíticas de ese mundo que descubrió. Y tampoco podemos negarle el mérito de haber sido muy valiente al atreverse a hacer públicos sus descubrimientos (construcciones, más bien) y sus interpretaciones en los ambientes conservadores y puritanos de la sociedad y sobre todo de la Medicina de su tiempo. Por supuesto que no fue Freud el primero en descubrir estas cosas. Había antecedentes entre los que tal vez haya que destacar a los alemanes Goethe, Herbart, Schopenhauer o Nietzsche. Pero, como subraya Peter Gay (p. 413) en el libro que estamos comentando, «lo que le daba a la teoría freudiana su inigualable rango explicativo era el hecho de que Freud atribuía a lo inconsciente, con la mayor precisión posible en esa área oscura, un rol estelar en la formación y perpetuación del conflicto psicológico».

Y eso sólo lo podía haber hecho un ateo como Freud. De hecho, él mismo había escrito: «Me identifico con la religión judía tan poco como con cualquier otra». En efecto, estoy de acuerdo con Gay cuando afirma (p. 669) que hay algo de cierto en la observación de Freud en cuanto a que un judío o un cristiano devotos no podrían haber descubierto (sic) el psicoanálisis: la doctrina era demasiado iconoclasta, demasiado irrespetuosa con la fe religiosa. Algo parecido podríamos decir de Danvin, que también era judío ateo, y de su conocida teoría.

En resumidas cuentas, Freud era un fiel y perfecto representante del intelectual liberal europeo de su tiempo, situado en una difícil encrucijada de culturas y cuyas contradicciones se veían en él multiplicadas a causa de su origen judío, lo que aumentaba aún más la dificultad y contradicción de su situación. De hecho, en 1926, cuando contaba con 70 años, le dijo a su entrevistador, George Sylverster Vierecki: «Mi idioma es el alemán. Mi cultura, mis logros son germanos. Me consideré intelectualmente germano hasta advertir el crecimiento del prejuicio antisemita en Alemania y en la Austria germana. Desde ese momento, prefiero considerarme judío». Pues bien, todas esas contradicciones de Freud y de su época son perfectamente reflejadas en esta obra de Peter Gay, tal como lo indica el propio título: «Freud: una vida de nuestro tiempo». Estamos sin duda ante un libro serio, culto, erudito y a la vez profundo, sin dejar de ser ameno y de estar escrito con una magnífica prosa, que supone una perfecta mezcla de la vida y la obra del fundador del psicoanálisis y, como toda buena biografía de este tipo, y ésta es buenísima, parece escrita por un acérrimo partidario de Freud y del psicoanálisis, cosa no del todo cierta en Gay. Pero, a pesar de ello, no posee el componente hagiográfico que suele caracterizar a la mayoría de las biografías.

Además, no estamos sólo ante la biografía de Freud sino también ante la biografía de todo el psicoanálisis hasta 1939. Así, muestra magistralmente Peter Gay las relaciones de Freud con sus discípulos, colaboradores y principales seguidores: sus relaciones con Rank, Abraham, etc...su enemistad y hasta odio mutuo con Adler e incluso con Juno, sus reticencias y vicisitudes con Ferenczi, su siempre buena relación con Jones, su cada vez más fuerte amistad con Lou Andreas-Salomé, una mujer, como sabemos, que se interpuso intempestivamente en la agitada vida de Nietzsche, etc.

En resumidas cuentas, consigue Peter Gay una conjunción casi perfecta entre la vida de Freud y su obra y las relaciones con su ambiente social próximo, sobre todo sus discípulos y seguidores. Se trata, pues, como ya he dicho, de una biografía muy completa de la vida de Freud, de su obra y del psicoanálisis entero, encrustando además todo ello perfectamente en su época y en su contexto histórico: la vieja Europa y en particular la Viena de uno de los períodos más centrales en la historia europea: 1880-1940. Y ése era ciertamente uno de los objetivos explícitos de Peter Gay, como él mismo subraya en el Prefacio (p. 20): «Como historiador, situé a Freud y su obra en el seno de sus diversos ambientes: la profesión psiquiátrica que él subvirtió y revolucionó, la cultura austríaca en la que se vio obligado a vivir como judío no creyente y médico no convencional, la sociedad europea que durante el tiempo en que él vivió sobrellevó los espantosos traumas de la guerra y las dictaduras totalitarias, y la cultura occidental como un todo, una cultura cuyo sentimiento acerca de sí mismo el propio Freud transformó más allá de todo reconocimiento, para siempre». Y es que las particulares circunstancias de la Europa que le tocó vivir a Sigmund Freud hace más atractiva su biografía. Como señala el propio Peter Gay, Freud, el gran descifrador de enigmas humanos, creció entre problemas y confusiones suficientes como para aguijonear el interés de un psicoanalista.

Estamos, pues, ante un libro que de alguna manera podríamos considerar también de psicología social de la ciencia, ahora que tan de moda empieza a ponerse en ciertos círculos, en este caso de psicología social del psicoanálisis.

El Psicoanálisis: un fenómeno urbano

Entrando un poco más en el contenido del libro que estoy recensionando, me gustaría comenzar subrayando que, como más tarde defenderá Pérez Alvarez (1992), también Gay sostiene (p. 32) que «nada parece más desesperadamente urbano que el psicoanálisis, esa teoría y terapia inventadas por y para burgueses integrados en la ciudad. Freud también fue un habitante quintaesencial de la ciudad: trabajaba todos los días en su consultorio, y en su estudio todas las noches, y daba sus paseos cotidianos por la Viena moderna erigida en la época en que él era estudiante y joven médico. En efecto, la mayoría de los observadores han visto en el psicoanálisis, lo mismo que en su fundador, no sólo un fenómeno urbano, sino específicamente vienés. Freud se opuso con vehemencia: cuando el psicólogo francés Pierre Janet sugirió que el psicoanálisis sólo podía haber surgido de la atmósfera sensual de Viena. Freud consideró que esa insinuación era una calumnia maliciosa y en el fondo antisemita. En realidad Freud podría haber desarrollado sus ideas en cualquier ciudad dotada de una escuela médica de primera línea y de un público educado lo suficientemente amplio y opulento como para proveerle pacientes». Probablemente el psicoanálisis no era un fenómeno exclusivamente vienés, pero sí primordialmente urbano. De hecho, los principales seguidores, discípulos y clientes de Freud no eran sólo vieneses, pero sí provenían de las grandes ciudades europeas como Zurcí, Berlín, Budapest, Londres, etc. «Sus teorías psicológicas tomaron forma en un universo cultural lo suficientemente grande como para abarcar toda la cultura occidental» (Gay, 1989, p.33), pero, eso sí, esencialmente la cultura occidental urbana.

Freud: el hombre y el científico

Como subraya Gay, durante el siglo XIX la ciencia de la psicología había realizado avances impresionantes y magníficos. Pero su posición era paradójica: se había emancipado de la filosofía, como antes lo había hecho de la teología, pero aceptando el abrazo imperioso de un nuevo amo, la fisiología. Desde luego, la idea de que la mente y el cuerpo están vinculados por los lazos más íntimos tenía tras de sí una tradición antigua y honorable. Por aquella época estaba generalizada la idea de que la mente depende del cuerpo. Un ejemplo: el prestigioso neurólogo austríaco William Hammond declaraba en 1876 que «la moderna ciencia de la psicología no es ni más ni menos que la ciencia de la mente considerada como una función física». Es más, añade Gay (p. 153), «las brillantes investigaciones realizadas en el siglo XIX con la anatomía del cerebro (que contribuyeron en gran medida a trazar el mapa de los complicados mecanismos de la visión, la audición, el lenguaje y la memoria) no hicieron más que brindar apoyo a esa concepción neurológica de los procesos psicológicos... Cada vez más, la mente aparecía como una pequeña máquina alimentada por fuerzas químicas y eléctricas que podían rastrearse, esquematizarse y medirse. Con un descubrimiento tras otro, parecía absolutamente segura la posibilidad de llegar a encontrar un sustrato fisiológico para todos los hechos mentales. La neurología era la reina». Esta fue la herencia que recogió Freud. En consecuencia, como le dijo a Fliess en 1891, él no estaba en absoluto «dispuesto a mantener lo psicológico en suspenso sin una base orgánica». Pero realmente lo que él hizo fue invertir la jerarquía tradicionalmente aceptada de la interacción mente-cuerpo: le otorgó la primacía a la dimensión psicológica del funcionamiento mental, aunque no el monopolio.

Y es que, por decirlo una vez más con palabras de Peter Gay, el siglo XIX fue el siglo psicológico por excelencia. En esa época las autobiografías confidenciales, los autorretratos informales, las novelas autobiográficas, los diarios íntimos y los diarios secretos, dejaron de brotar como gotas y se convirtieron en un diluvio acentuándose notablemente el despliegue de subjetividad, de interioridad deliberada. Lo que sembraron Rousseau -con sus penosamente sinceras Confesiones y Goethe -con sus autopunitivas y autoliberadoras Desventuras del jovehn Werther- en el siglo XVIII, fue cosechado en el siglo XIX por autores como Byron y Stenthal, Nietzsche y William James, y desde luego por Freud.

Por otra parte, fue Freud un hombre tremendamente apasionado que orientó su pasión hacia la psicología, por supuesto a una psicología muy especial y genuina, que era la que él estaba comenzando a construir. Decía, por ejemplo, en una carta a Fliess: «Un hombre como yo no puede vivir sin una manía, sin una pasión dominante, sin (para hablar como Schiller) un tirano, y él ha llegado a mi vida. Y a servicio ya no conozco moderación ninguna. Es la psicología». Pero esa pasión no le llevó a ser tan dogmático como a veces se le supone. Así, en algunas ocasiones, tras entrevistar a un ‘cliente', le decía abiertamente que el psicoanálisis no era la terapia indicada para su caso. Otro ejemplo: en su polémica con Rank se mostró Freud dispuesto a tomar en cuenta la conjetura de que su descubrimiento favorito, el complejo de Edipo, no era en absoluto tan esencial en el desarrollo mental como durante tanto tiempo él había creído.

Ahora bien, «la intención de Freud, tal como anunció en el inicio de su abultado memorando, era 'proporcionar una psicología científico-natural, es decir, representar los procesos psíquicos como estados cuantitativamente determinados de partículas materiales especificables, y de tal modo hacer esos procesos gráficos y coherentes... Las metáforas mecanicistas de Freud y su vocabulario técnico («neuronas», «cantidad», «reglas biológicas de la atención y la defensa», etc.) constituían el lenguaje de su mundo, de su formación médica y del Hospital General de Viena. El intento de establecer la psicología como una ciencia natural sobre la sólida base de la neurología se adecuaba a las aspiraciones de los positivistas con los que Freud había estudiado, y cuyas esperanzas y fantasías él trataba entonces de realizar con su trabajo. Nunca abandonó su ambición de fundar una psicología científica (Gay, 1989, p. 106). Por consiguiente, subraya Gay (p. 150), «la teoría de la mente de Freud, en consecuencia, es estrictamente y francamente determinista». Es más, añade el autor de esta estupenda biografía de Freud (p. 107), «con mucha justicia, se ha denominado 'newtoniano' al proyecto de Freud. Es newtoniano por su esfuerzo tendente a subordinar las leyes de la mente a las leyes del movimiento, algo que los psicólogos habían estado tratando de hacer desde mediados del siglo XVIII. También es newtoniano en su búsqueda de proposiciones abiertas a la verificación empírica. Sus admisiones de ignorancia recuerdan el estilo científico de Newton y su celebrada modestia filosófica».

Sin embargo, a pesar de todo ello, los interrogantes filosóficos nunca estuvieron ausentes del obrar de Freud. Es más, «por enérgico que fuera el desdén que le inspiraban la mayoría de los filósofos y sus fútiles juegos de palabras, él mismo persiguió sus propias metas filosóficas durante toda la vida. Esta falta de coherencia es más aparente que real. Freud le daba a la 'filosofía' un significado especial. A la manera de la Ilustración, consideraba que el filosofar de los metafísicos sólo conducía a abstracciones inútiles. Se sentía igualmente hostil a los filósofos para los que la mente era sólo conciencia. Su filosofía era empirismo científico encarnado en una teoría científica de la mente» (Gay, 1989. p. 149). De hecho, como apunta el propio Gay (p. 182), «cuando quería; Freud, el positivista y convencido antimetafísico, no vacilaba en citar a un filósofo como antepasado intelectual», cosa que hizo por ejemplo con Platón o con Schopenhauer.

Freud, hombre muy culto, estaba muy interesado por la arqueología, hasta el punto de que llega a afirmar, sin duda hiperbólicamente, que «en realidad he leído más arqueología que psicología». De hecho, lo que pretendía hacer era «arqueología de la mente». Así, por ejemplo, en El malestar en la cultura, al ejemplificar «el problema general de la preservación en la mente», empleó una amplia analogía con la ciudad de Roma, de la que tan enamorado estaba, tal como se despliega ante el hombre moderno: una sucesión de ciudades cuyos fragmentos sobreviven en yuxtaposición o han sido recuperados por las excavaciones arqueológicas. Como escribe Gay, durante toda su vida Freud se sintió impulsado a descifrar secretos. Y esa fue la herramienta que le ayudaría a construir sus teorías psicoanalíticas.

Pero pronto Freud comenzó a aplicar los conocimientos psicoanalíticos fuera del consultorio, lo que conllevó una enorme resonancia cultural y el psicoanálisis pudo tener una gran influencia sobre la sociedad toda y, sobre las ciencias sociales como la Antropología o como cierta Psicología Social. Así, ya en 1910 le escribió Freud a Jung: «Cada vez estoy, más convencido del valor cultural del Psicoanálisis y deseo que una persona brillante extraiga de él las consecuencias pertinentes para la filosofía y la sociedad». Y es que la perspectiva de una interpretación psicoanalítica de la cultura le fue cautivando y entusiasmando cada vez más, llegando a afirmar que el psicoanálisis puede arrojar mucha luz sobre los orígenes de la religión y la moral, sobre el derecho y la filosofía. Estaba tan convencido de que «la totalidad de la historia de la cultura» estaba aguardando a su intérprete psicoanalítico, que llegó a escribir en 1925: «Siempre he sido de la opinión de que las aplicaciones extramédicas del psicoanálisis son tan significativas como las médicas, sin duda, las primeras podrían tener tal vez una influencia mayor en la orientación mental de la humanidad». Y de ahí que Freud entrara en territorio ajeno, como dice Gay, como conquistador y no como suplicante: lo que le importaba era menos lo que podía aprender de la historia del arte, de la lingüística, etc., que lo que esas disciplinas podían aprender de él. «Lo que Freud omitió destacar - incluso a juicio de sus lectores más incondicionales- era el pensamiento de que reducir la cultura a la psicología parece tan unilateral como estudiar la cultura excluyendo por completo la psicología» (Gay, 1989. p. 367). Sin embargo, estoy de acuerdo con Gay, en que «la aplicación que hizo Freud de sus descubrimientos a la escultura, la ficción literaria y la pintura era bastante audaz.

Pero palidece en comparación con su intento de excavar hasta los más remotos fundamentos de la cultura. A los 55 años emprendió nada menos que la tarea de determinar el momento en que el animal humano dio el salto a la civilización, prescribiéndose los tabúes indispensables para toda sociedad organizada». No olvidemos que Freud se consideró siempre a sí mismo un investigador más interesado en la ciencia que en la curación, y como él mismo observó retrospectivamente, su hambre de conocimiento se «dirigía más a los asuntos humanos que a los objetos materiales».

Otra de las cuestiones que brillante y convincentemente nos muestra Gay es la forma en que aspectos centrales del psicoanálisis los fue desarrollando Freud al hilo de, y bajo la evidente influencia de, algunas de las circunstancias vitales e históricas que le tocaron vivir. Así, nos dice Gay (p. 443), resulta tentador interpretar el último sistema psicoanalítico de Freud, con su énfasis en la agresión y la muerte, como una respuesta a su aflicción de esos años. Más en concreto, los acontecimientos históricos (I y Il Guerras Mundiales, el auge del nazismo y el antisemitismo, etc.) así como los eventos de su propia vida personal y familiar (la muerte de Sophie, que era su hija predilecta, el cáncer bucal que tanto le hizo sufrir, etc.) fueron haciéndole cada vez más pesimista a Freud, hasta el punto de que el final de su vida ese pesimismo era francamente atroz. Un ejemplo muestra claramente lo que estoy diciendo: escribe Freud en El malestar de la cultura: La invención del ferrocarril sólo ha servido para que nuestros hijos puedan irse lejos, y la única utilidad del teléfono consiste en que nos permite escuchar sus voces. Sin lugar a dudas «no nos sentimos cómodos en la civilización del presente», concluye Freud.

Freud y la psicología social

Y tuvo Freud, aunque de una forma indirecta, una gran influencia en la Psicología Social, al menos en cierta psicología social (véase Munné, 1989. pp. 53-107). Así, en 1911 estaba completamente convencido de que la psicología individual no se puede separar de la psicología social: el inconsciente no puede huir de la cultura, había sostenido tres años antes, lo que le llevó a afirmar que la religión es una neurosis colectiva.

Pero fue en su Psicología de las masas y análisis del yo (1921) donde Freud examinó más detenidamente la relación entre la psicología individual y la social. De hecho, unos meses antes de que se publicara este libro escribió sobre él: «No es que piense que este libro sea particularmente un éxito, pero señala un camino para comprender la sociedad a partir del análisis del individuo». Y ése era en el fondo el objetivo principal del libro. Freud había estado leyendo muy detenidamente los ensayos y monografías de los psicólogos que por entonces habían publicado sobre la psicología de las masas (Le Bon, Trotter, Sighele, etc.) y los utilizó como estímulos para su propio pensamiento, que se reflejó en obras de gran éxito como Tótem y Tabú (1913), Más allá del principio del placer (1920), Psicología de las masas y análisis del yo (1921), El porvenir de una ilusión (1927). El malestar en la cultura (1931), Tótem y tabú (19) o Moisés y el monoteísmo (1938). Así, Tótem y tabú, escribe Gay, alcanzó en sus conclusiones una influencia mayor que La psicología de las multitudes de Le Bon. Lo que le interesaba a Freud, añade Gay, era investigar qué mantenía unidos a los grupos, aparte del transparente motivo racional del propio interés. La respuesta necesariamente lo llevó al campo de la psicología social. Pero lo que más llama la atención en su «psicología de las masas», es el generoso empleo por parte de Freud de proposiciones psicoanalíticas para explicar la cohesión social. Escribe textualmente Freud en su Psicología de las masas: «El contraste entre la psicología individual y la psicología social o de masas, que a primera vista puede parecernos muy importante, si se examina de cerca pierde mucho de su carácter tajante», añadiendo que, «en la vida mental del individuo el Otro entra con toda regularidad como ideal, como objeto, como auxiliar, y como adversario: por lo tanto, la psicología individual es desde el principio psicología social al mismo tiempo». A todo ello puntualiza Gay (p. 453): «Al postular la identidad esencial de la psicología individual y la psicología social, Freud dejaba en claro que el psicoanálisis, a pesar de su individualismo intransigente, no podía explicar la vida interior sin recurrir al mundo externo».

«En resumen -concluye Gay (p. 454)-, la psicología de las masas, y con ella toda psicología social, es parásita de la psicología individual: ése es el punto de partida de Freud, que sostiene con persistencia». En esta misma línea se coloca Munné al afirmar (1989, p. 66): «El individualismo del psicoanálisis freudiano, que en el fondo es un reflejo de la ideología de la clase media de la sociedad occidental europea a la que Freud pertenecía y cuyos pacientes trataba, impide construir una psicología propiamente social».

Conclusión

La influencia de Freud y del Psicoanálisis en el Siglo XX ha sido sin duda, para bien y para mal, realmente enorme. El propio Freud era consciente de ello, hasta el punto de que en sus Conferencias de Introducción al Psicoanálisis señaló que éste le había infligido a la megalomanía de la humanidad la última de las tres heridas históricas que ha sufrido: Copérnico había mostrado que la tierra no era el centro del universo: Darwin colocó al hombre en el lugar que le correspondía entre las demás especies animales; y él, Freud, estaba enseñándole al mundo que el yo es en gran medida siervo de fuerzas inconscientes e incontrolables de la mente.

Es más, en vida de Freud fueron no pocos los que señalan esta fuerte influencia de Freud. Veamos sólo dos ejemplos: en 1926. McDougall escribía: «Además de los seguidores profesionales, todo un ejército de legos, educadores, artistas y dilettanti han quedado fascinados por las especulaciones freudianas y las han convertido en una desorbitada moda popular, de modo que algunos de los términos técnicos empleados por Freud se han incorporado al idioma popular, tanto en Estados Unidos como en Inglaterra». Tres años después, en 1929, Stefan Zweig trató de resumir así la influencia de Freud: «Creo que la revolución que usted ha provocado en la estructura psicológica, filosófica, y en toda la estructura moral de nuestro mundo, excede en mucho la parte meramente terapéutica de sus descubrimientos. Pues hoy en día todas las personas que no saben y nada sobre usted, todo ser humano de 1930, incluso quien nunca ha oído la palabra 'psicoanalista', ya está indirectamente influido por su transformación de las almas», lo que es opinión de Peter Gay (p. 509) «no está lejos de la pura verdad».

A pesar de ello, como sostiene Salvador Giner (1987. p. 646), resulta difícil estimar el verdadero alcance de la aportación de Freud. En todo caso, añade Giner, sin sus concepciones, gran parte de la filosofía y la ciencia social contemporáneas tendrían un signo muy diverso.

En suma, a pesar de que todas las teorías, y tal vez más aún las psicológicas, son esencialmente falsas, nos ayudan a entender el mundo en que vivimos, el mundo psicológico en este caso. Y sin duda el Psicoanálisis ha sido una de las escuelas psicológicas del siglo XX que más pueden ayudarnos, a pesar de sus grandes errores, a entender ciertos aspectos de la psicología del hombre contemporáneo. De hecho, el Psicoanálisis refleja en gran medida la personalidad de su fundador. Y no olvidemos que el propio Freud puede perfectamente ser considerado un buen representante del siglo XX. Sea cual sea el balance «científico» que hagamos de su obra, lo que no podemos negarle a Freud es el haber sido una de las más grandes figuras de la psicología de todos los tiempos, con una biografía realmente apasionante, que refleja las contradicciones y pasiones de la época histórica que le tocó vivir y que Peter Gay consigue reflejar vívida y magistralmente en esta obra, lo que sin ninguna duda le convierte en un libro francamente inexcusable para cualquier psicólogo, independientemente de cuál sea su escuela o tendencia psicológica.


Referencias

Gay, P. (1989): Freud: Una ida de nuestro tiempo, Barcelona: Paidós (original inglés, 1988).

Giner, S. (1987): Historia del pensamiento social, Barcelona: Ariel (original, 1967).

Munné, F. (1989): Entre el individuo y la sociedad, Barcelona: EEU.

Pérez Alvarez, M. (1992): Ciudad individuo y psicología, Madrid: Siglo XXI.

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