Sus investigaciones en este campo, han generado numerosos trabajos
de alcance internacional entre los que destaca su ya clásico artículo,
«A difference in hypothalamus structure between heterosexual and homosexual
men» [Science 1991]. En 1993, vio la luz la edición americana de
su libro «The sexual Brain», traducido en 1995 al Castellano bajo el
título «El cerebro sexual» [Alianza editorial].
La edición castellana de «The sexual brain», escrito
con talante divulgativo, nos ofrece una visión de los comportamientos
sexuales, analizados desde una perspectiva biológica, que en innumerables
ocasiones, se enmarca en un reduccionismo biológico. Comienza Simon LeVay
centrándose en la clásica cuestión de la «naturaleza frente
al medio», en lo que atañe a numerosos atributos y comportamientos humanos,
manteniendo inicialmente una postura interaccionista, pero sesgando ésta
contra las posibles influencias ambientales a medida que profundizamos en el
contenido del texto. Es en este capítulo, donde introduce al lector en
el concepto de dimorfismo sexual tanto en un plano anatómico como conductual,
de gran utilidad para la comprensión de sus ideas posteriores.
A continuación, nos presenta una visión, bastante
particular y personal, de la filogenia sexual, en donde se discute los motivos
que han dado lugar a la selección de la reproducción sexual en
contra de la asexual en los mamíferos. Con el fin de sostener sus ideas
evolutivas sobre ciertas conductas y en especial de la conducta sexual. LeVay
intenta escudarse bajo los postulados de la Sociobiología. Aquí,
se hace preciso mencionar al lector, que las teorías sociobiológicas
han sido criticadas por ofrecer una explicación reduccionista y determinista
desde la biología, de la existencia humana (para profundizar en los aspectos
críticos se puede consultar, entre otros trabajos: «Not in our genes:
biology, ideology and human nature.» R. G. Lewontin, S. Rose y L. J. Kamin.).
El capítulo tercero, supone una buena introducción
a la biología del desarrollo sexual, en donde se presenta de manera breve
y clara el proceso de la determinación genética del sexo y la
cascada de acontecimientos hormonales necesarios para la consecución
de un fenotipo masculino o femenino. A lo largo de los capítulos cuarto
y quinto, LeVay esboza alguno de los principios básicos en cuanto a la
organización cerebral (descripción y funcionalidad neuronal, organización
y conexiones entre núcleos). Debido a la importancia del hipotálamo
(estructura ubicada en la base del encéfalo) en la regulación
de procesos hormonales y su relación con numerosas conductas sexodimórficas,
el autor dedica varias páginas a la descripción de los subnúcleos
que la forman y al comentario de alguna de sus múltiples funciones. Es
en estos dos últimos capítulos en donde se describen de un modo
claro y preciso alguna de las técnicas de marcaje histoquímico,
siendo unas específicas de conexiones y otras detectoras de la expresión
génica.
Los tres capítulos siguientes se dedican al análisis
de determinadas conductas sexodimórficas, centrándose en los aspectos
diferenciales de los procesos fisiológicos involucrados en las respuestas
sexuales de hombres y mujeres, en las conductas de cortejo y en la conducta
maternal. Si bien es cierto que Simon LeVay reconoce un cierto papel a los elementos
ambientales en la producción de estas conductas, se continúa apreciando
un sesgo consciente e intencionado hacia posturas interpretativas de corte biologicista.
El capítulo noveno, se dedica íntegramente, a
la presentación de los circuitos cerebrales involucrados tanto en las
conductas sexuales típicamente femeninas como en las típicamente
masculinas, centrándose en el capítulo décimo en el estudio
de la acción de ciertas hormonas gonadales, durante periodos críticos
perinatales, como determinantes del dimorfismo sexual posterior. Sin duda, de
gran relevancia parece ser el efecto organizativo de la testosterona; que actuaría
en uno de esos períodos críticos. El autor vuelve a intentar darle
cabida a la influencia del medio, para la expresión posterior de la conducta
sexual, no obstante, parece nuevamente un mero trámite de forma ya que
continúa reiterándose en posturas reduccionistas. A lo largo de
estos capítulos iniciales, Simon LeVay, restringe su análisis
a conductas y circuitos cerebrales relacionados de algún modo con la
función sexual, pero llegados al capítulo décimo primero,
retoma el dimorfismo sexual en otros ámbitos psicológicos tales
como las conductas agonísticas, las aptitudes lingüísticas
y visuoespaciales etc.. Es en esta parte del texto, cuando se realizan algunas
afirmaciones cuanto menos debatibles y actualmente debatidas, como el mayor
tamaño de la comisura anterior a favor de las mujeres (S. Demeter,
R. W., Doty y J. L. Ringo han hallado lo contrario (citado por Willian Bayne,
en Investigación y Ciencia. 1994.)).
Quizás la parte más polémica del libro,
se revele a partir del capítulo duodécimo, en donde se comienza
a tratar el tema de la orientación sexual (ya esbozado en párrafos
de capítulos anteriores), centrándose en como los sucesos acaecidos
durante el primer período del desarrollo, determinarían en gran
medida la orientación sexual de los seres humanos. Simon LeVay, intenta
incorporar sus «descubrimientos» sobre las diferencias volumétricas halladas
entre hombres homosexuales y heterosexuales en el tercer núcleo intersticial
del hipotálamo anterior [NIH3], perteneciente al área preóptica
medial; en una teoría general sobre el origen de la orientación
sexual. Estas diferencias, se hallarían determinadas por la interacción
entre hormonas androgénicas y el cerebro durante el desarrollo. El autor,
toma como probados ciertos trabajos como el firmado por el propio Simon LeVay
en Science en 1991. No obstante, cabe resaltar que estos trabajos, carecen de
la solidez suficiente, como señala Willian Bayne de la Facultad de Medicina
Albert Einstein, para ser determinantes. Así, se han descrito insuficiencias
en aspectos tan cruciales para la obtención de estos resultados como
la técnica de tinción histológica empleada y el alarmante
desacuerdo existente en la literatura científica sobre las regiones cerebrales
que presentan dimorfismo sexual (así, los resultados de los trabajos
de Swaab y Fliers en 1985, los de Allen y Cols., en 1989 y la
del propio LeVay en 1991, todos ellos estudiando núcleos intersticiales
del hipotálamo anterior, no consiguen el grado de consenso exigible).
El último capítulo, dedicado a la «identidad
de género», S. LeVay, somete a una dura crítica, los trabajos
de John Money realizados en la década de los 60, donde se defiende
una identidad de género dependiente del ambiente en el que el indivíduo
se ha criado. Y como contrapartida, presenta otros estudios basados en la deficiencia
congénita de 5-reductasa (enzima que permite la conversión de
la testosterona en dihidrotestosterona, siendo un andrógeno fundamental
para la formación de los genitales externos masculinos), señalándolos
como una evidencia científica, de la relevancia de factores biológicos
en la asunción de la identidad de género de uno u otro sexo. Los
individuos que presentaban dicha anomalía, recibían una educación
de corte femenino y al llegar a la pubertad comenzaban a masculinizarse metamorfoseando
al mismo tiempo su identidad de género en sentido opuesto.
Esta defensa de sus postulados teóricos puede no ser
tan clara como intenta hacernos ver el autor y quizás necesitáramos
algunas explicaciones sobre ciertas lagunas no cubiertas por esta teoría
biologicista. ¿Cómo es posible, una vez producida la diferenciación
sexual del cerebro y de los genitales internos, que un individuo que presenta
deficiencia de 5-reductasa, pueda asumir la identidad de género femenino?
¿no cabría esperarse la asunción de la identidad de Género
masculino, si ya ha concluido diferenciación sexual del cerebro y de
los genitales internos?
El autor dedica unas líneas a presentar la posible localización
de la homosexualidad masculina en un gen específico. En este «post-factio»
(denominado así por tratarse de «descubrimientos» posteriores a la edición
del libro) introduce el trabajo realizado por Dean H. Hamer y su grupo,
publicado en Science en 1993 bajo el título «A linkage between DNA
markers on the X chromosome and mole sexual orientation», que versa sobre
la localización de un gen ligado al cromosoma X [Xq28], que influiría
sobre la inclinación sexual de los varones. Este trabajo, también
ha sido objeto de una esmerada revisión por parte de Willian Bayne
y Bruce Parsons (Human sexual orientation: the biologic theories reappraised.
1993). Entre otras muchas críticas aportadas por W Bayne a estos
estudios que versan sobre la biología de la homosexualidad se encuentra
la que a continuación se cita.
«La confirmación de los hallazgos genéticos
que pretenden demostrar que la homosexualidad es hereditaria, no aclara que
es lo que se hereda ni como influye en la orientación sexual» (Bayne,
1994).
Antes de dar por finalizada esta breve revisión crítica,
es de mención obligada reconocer el buen hacer de Simon LeVay
al abalar con numerosa literatura experimental, cada una de las ideas que expone
a lo largo del texto, al igual que la inclusión de un glosario de términos
en las páginas finales del libro, que agiliza la lectura comprensiva
de las partes, conceptualmente más densas del texto. De igual modo, es
preciso resaltar la brillantez expositiva del autor, por ofrecernos un análisis
detallado, actual y riguroso sobre uno de los temas más controvertidos
y polémicos de la actualidad científica y social: lo que nos obliga
a recoger «El Cerebro Sexual», como uno de los textos de referencia y de lectura
imprescindibles sobre el dimorfismo sexual. |